Me llamó la atención él, por su forma de mirarla, como si no fuese una desconocida que veía por vez primera, pero así era. Él había subido en la misma estación que yo y estaba solo. Recién en la siguiente parada, ella entró al autobús y no se percató de su presencia, pese a que se sentó junto a él. Después, sacó de la mochila un dossier de ilustraciones. Él, como ya dije, la miraba, como si evocase un centenar de momentos compartidos: el otoño en que la lluvia los llevó a refugiarse en el mismo lugar, la excusa para hablarle, un número de teléfono, los días de dudas, la timidez de él para invitarla a salir, los silencios de ella para retrasar la cita, el recital en el que coincidieron, el beso, los besos, las confesiones, los descubrimientos, cenas de dos, reuniones, compromisos, el compromiso, hijos y deseos de seguir soñando. ¿Y si únicamente le recordase a un antiguo amor? O quizá, sin aguzar tanto la memoria, ella era la silueta vacía de sus anhelos, de esa ilusión latente que lo mantuvo despierto, de un desenlace feliz que ya había vivido durante cada noche de insomnio. —Rafael R. Valcárcel

El vaivén adormecía su razón. Cada segundo que transcurría en ese silencio observador, más se multiplicaba su adoración por ella. Y ella, al fin y al cabo, ignorante, se mostraba egoísta en su espacio, con su dossier lleno de colores de otoño y atardeceres de Ámsterdam.

Frágil a simple vista, ella conservaba un aire infantil, como si sólo unos meses atrás, fuera tan sólo una pequeña pidiendo por un poco de chocolate caliente.
Las manos de él, temblaban ligeramente, las palabras se acumulaban en un nudo doloroso en su garganta; el cabello castaño, las facciones finas, le provocaban un leve escalofrío.
Un ligero aroma a vainilla, comenzaba a invadir el espacio.

¿Quién era? ¿Cuál era su nombre? ¿Cuál era su destino?

Él quería preguntar eso y muchas cosas más, pero no se atrevía porque la actitud de ella, le frenaba. No parecía interesada en lo que ocurría a su alrededor, por la naturalidad y confort con la que se mantenía en su asiento, quedaba claro que no era la primera vez en que viajaba en autobús.

Otra estación se aproximaba, y los latidos de su corazón se aceleraron, sus ojos respondieron a un picor conocido que anunciaba a las saladas lágrimas, pero cuando llegaron a la estación, ella siguió en su asiento, tan serena como al principio.

Entonces suspiró aliviado, sabía que tenía una oportunidad, que el hecho de que ella estuviera ocupando ese asiento, era una señal divina.
Armándose de un valor repentino, le preguntó la hora.

—Son las cuatro treinta. —Contestó ella con una sonrisa, que la hacía más adorable que cualquier otra criatura.

Su voz delicada y femenina, era una caricia para el alma, que le hacía sentirse reconfortado y seguro. Agradeció el gesto, y volvió a quedarse callado.

No sabía que más preguntar, o que decir, inexplicablemente las palabras congruentes se desvanecían en un abismo mental.

Por la ventana veía pasar la nieve arremolinada en las calles. El cielo gris de esa tarde, amenazaba con más ráfagas de aguanieve, y el sol, estaba en un lugar entre las nubes, igual que el corazón de él; escondido dentro de su pecho, pero vivo y brillante, aunque no hubiera testigos para afirmarlo.

¡Cobarde! ¡Cobarde! Su juventud le abrumaba, la tensión le acosaba.

¿Por qué renunciaba a una lucha que ni siquiera había empezado?

Por miedo, era obvio. Su semblante era el de un hombre que había sufrido, uno que había sido engañado y hasta ese día, que la vio, supo que su corazón aún latía, que aún existía una esperanza… y esa, sólo era ella.

Un extraño conociendo a una extraña, y que se ha enamorado desde ese instante con un amor loco y desmedido… Si ella le hablara en ese momento habría dejado todo: casa, familia, amigos, todo para estar con ella, y compartir el sueño más hermoso que siempre le fue negado.

Ella repentinamente dejó de leer, guardó su dossier con extremo cuidado en la mochila. Dejó a un lado los guantes y sus manos de porcelana, quedaron al descubierto, provocándole un mareo momentáneo.

Él moría por tomarlas entre las suyas, por sentir las tibias palmas de sus manos y la electricidad que seguramente le recorrería todo el cuerpo.

No podía para de pensar en lo hermosa que era, en que no sólo era un rostro, sino que su aspecto cuidado y lleno de serenidad, era uno de los muchos detalles que la hacían única y especial.

Se imaginó caminando por las calles, tomados de la mano, riéndose de los sucesos del día. Orgulloso de tenerla a su lado, sabiendo que nadie más la amaría como él, nadie tendría esos labios finos y rosados que cuando sonreían podían desatar un terremoto de felicidad.

Pero la triste y cruel verdad es que ella le ignoraba, y no era personal, la razón es que siempre le advirtieron que no hay que fiarse de los extraños, porque no todos tienen buenas intenciones, y desgraciadamente, su día había sido cansado. Podía verse cada vez que sacudía su cabeza ligeramente, tratando de despejarse.

Ella ignoraba lo desprotegido que lo dejaba cada vez que respiraba, que con cada parpadear, se desvanecía una promesa. Pero él, ahora parecía prepararse para decir adiós. El trayecto terminaría pronto y en dos estaciones más tendría que bajar. Despedirse en silencio, y con la cabeza en alto, porque no le gustaría exponer su debilidad.

Pero tuvo que enfrentar el golpe, de ser dejado atrás.

Una estación antes del destino de él, ella anunció su partida, se puso de pie, sujetando fuertemente su mochila. Caminó por el estrecho pasillo, mientras su ondulado cabello que se movía en un vaivén, se despedía.

Su esencia, se hacía cada vez más tenue.

Y él, se despidió en silencio, y prometió que nunca la olvidaría, que honraría el día y la hora en que hablaron, para siempre. Pero para su sorpresa, una pequeña cartera se había quedado en su asiento.

Con un estampado de flores, la abrió nervioso, encontrando una identificación a nombre de ella, quién se había quedado en la estación anterior, y él tendría que bajarse en la siguiente parada.

Sonreí, sabía que esa historia acababa de empezar.