Disclaimer: Desmond es mío, Scarlett es de la siempre insolente Majo.

Summary: ¿Qué habría pasado si los padres de Scarlett y Desmond jamás hubieran muerto? ¿Y si ambos hubieran seguido creciendo uno al lado del otro siendo solo amigos y vecinos?

Le blablablá: Esto es para que Majo no se incinere. Y porque me da un bloqueo mental bien cañón cuando no escribo las ideas de fic en cuanto me llegan. Esto está beteado por mi hermosa Leeh, pero es medianoche so si encuentran cosas feas solo cierren la pestaña y dejen de leer. Also, Majo, espero sepas que te odio.

Music inspiration: Delicate » Damien Rice.

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Delicate

«When there's nothing to give, well how can we ask for more?»

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Desmond cerró los ojos para evitar ponerlos en blanco. Estaba harto de que en cada ocasión fuera lo mismo. No importaba la chica, importaban todos los defectos que Scarlett veía en ella. Porque siempre había más de uno.

(«No, ella es muy castaña y tiene las piernas largas. ¿Qué carajo se cree que es? ¿Una rana?»,

«¿Estás jodiéndome, Desmond? ¡Esa chica parece haber sido atropellada por un remolque!»

«Pero qué asco, ¿cuándo crees que haya sido la última vez que acudía al dentista? No, no me contestes, probablemente ni siquiera sabe qué es eso.»)

Entonces Desmond le preguntaría si estaba celosa, ella diría que no, lo insultaría, comenzaría a hablar sin parar y él tendría que callarla a besos. Porque eso era lo que hacían siempre. Un tipo de rutina estúpida y cansada en que ninguno ganaba porque ni siquiera era una competencia. Era enfermizo, infantil, tonto e inmaduro. Como ellos. Pero Desmond seguía ahí porque todas las razones que tenía para irse se veían anuladas por una: la quería.

No sabía cómo había sucedido en realidad, solo sabía que había sido así desde hacía tanto tiempo que ni siquiera podía recordar el punto de partida. Y es que estar con Scarlett siempre le había parecido lo más natural. No importaba la situación, importaba su compañía. Ambos eran hijos únicos, vecinos, y el tipo de chicos que se ven forzados a crecer juntos porque sus padres son mejores amigos. O amigos que se terminan botellas de vino juntos. El contexto era lo de menos cuando no hacía falta explicación.

Recordaba haber sido el chico que la acompañaba a la escuela todos los días cuando eran pequeños. El que se interponía entre ella y los idiotas que le hacían burla por ser como era. Había sido una de las razones por las que ella había aprendido a maldecir en tantos idiomas, y estaba orgulloso de eso. Pero llegado a un punto, también había sido el chico que tensaba la mandíbula y apretaba los puños cuando veía que un idiota se acercaba a coquetearle. Uno de los primeros en notar cómo Scarlett se desarrollaba y se convertía en la chica hermosa que ahora era. Pero sobre todo: recordaba haber sido un patán con ella y aun serlo.

Porque mientras su cuerpo entero gritaba en silencio por la necesidad de estar con ella y su mente tenía grabada su nombre como un eco en repetición continua, él prefería evadir dichas súplicas inconscientes, ahogándolas en piernas y besos ajenos. Al principio había sido un escape ocasional, invitar a salir a una chica de vez en cuando, comprarle un helado o tal vez una entrada al cine. Pretender que podía llegar a querer a alguien como quería a Scarlett, porque el quererla a ella era doloroso y prácticamente inconcebible.

No es como si fueran hermanos o algo parecido (estaba bastante seguro de que moriría si hubiera una barrera de sangre que los separara), era algo más, algo tan espeso e invisible, pero aun así presente, que preferían guardar para su particular entendimiento. Algo que ni nombre tenía.

Cuando volvió a abrir los ojos, regresó al terrible presente que se desarrollaba en la pequeña habitación de Scarlett. Sus padres estaban abajo, ajenos a la revolución que se desarrollaba en susurros apresurados en un italiano casi ininteligible. Cuando se levantó de la cama, sentándose a la orilla de ésta con los codos en las rodillas, Scarlett ya iba por el quinto insulto en cadena hacia Benedictte, la nueva chica con la que salía. Era encantadora, de cabello castaño cenizo rozando los hombros, grandes ojos azules y labios delgados explayando una sonrisa fácil. Ni siquiera la había besado, pero le gustaba que Scarlett pensara lo contrario. Cuando escuchó que le llamaba algo similar a prostituta y chica barata no pudo más que levantarse y rodar los ojos, sonriendo al verla caminar de un lado a otro por la habitación.

—…no es raro que te guste esa chica, probablemente es de las que abren las piernas más fáciles que las puertas eléctricas en el supermercado.

—¿Enserio, Scar? ¿El supermercado? Creo que necesitas un ejemplo mejor; si las puertas del supermercado resguardaran algo tan interesante como lo que hay entre las piernas de Benedictte, habría más hombres haciendo las compras.

Disfrutó en silencio la mirada de asco que le dedicó Scarlett al recorrerlo de pies a cabeza. No necesitaba expresarlo con palabras, pero aun así lo hizo.

—Eres un enfermo pervertido. Maldito bastardo, lárgate de mi habitación.

—No quiero.

—¡No te pregunté si querías, imbécil! He dicho que te largues a tu casa para que te toques pensando en piernas y lo que hay entre ellas.

—No, gracias, creo que en éste momento prefiero besarte.

Y sin más se acercó para aprisionarla contra la puerta. De experiencias anteriores había aprendido que después de discutir por una chica, era mejor si la encerraba contra una superficie lisa, porque a Scarlett le era más difícil separarse y plantarle una cachetada. Acunó su rostro con rudeza para mover sus labios contra ella, mientras soportaba los golpes contra su pecho y los tirones violentos de su cabello. Después de un minuto (tal vez más, tal vez menos), la sintió suspirar y entreabrir los labios sucumbiendo ante el sentimiento que ninguno de los dos sabía combatir. Cuando el aire fue insuficiente, desvió los besos por su mandíbula y su cuello, recargando la frente en su hombro para jadear en busca de oxígeno qué llevar a sus pulmones. Besó la piel desnuda entre su cuello y su clavícula, cerrando los ojos para disfrutar la paz que venía tras la tormenta.

—No salgas con ella —susurró Scarlett. Desmond simplemente asintió, sintiéndose pesado bajo las caricias femeninas que se perdían en su cabello.

—No pensaba hacerlo —susurró de vuelta—. Sal tú conmigo.

—No, no soy tu puta.

—No, eres mi chica.

—No salgo con idiotas.

—¿Sólo los besas?

—Vete a la mierda.

—Ven conmigo.

—No quiero.

—De acuerdo.

Y volvió a cerrar los ojos. Porque era su chica, y no podía hacer nada al respecto. Porque no importaba si sólo se besaban cuando estaban solos y no había nadie ahí para ver cómo sus manos se entrelazaban a la perfección.

Porque todo era delicado.

Como él, como ella.