Disclaimer » Andrew es de Lore y Danielle es mía, pero honestamente, esos dos solo se pertenecen el uno al otro.

Le blablablá » Ésto es para mi esposo y padre, Lore(-enzo) ;-; Espero te agrade, dude, estás de cumpleaños y la cosa es hacerte feliz y eso. I love you so very much, y ésta es como la mejor otp que existe y we all know that. Muchos abrazos y besos. Also, gracias a la siempre útil y (no) hermosa Anna (Annie, _aryastark, Bastie, RM freak) por betearme ésto. So, cualquier cosa, con ella, s'il vous plait. Es la cosa más cursi y fluffy que he escrito ever, so, yeah.

Summary » Era su esposa, la madre de sus hijos, el amor de su vida y la chica de la que se había enamorado desde que era un niño. Era Danielle y quería pasar todas las navidades (toda su vida) con ella y los tres pequeños que corrían por todos lados.

Music inspiration » La vie en Rose — Edith Piaf.

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La vie en rose

«Quand il me prend dans ses bras, il me parle tout bas, je vois la vie en rose.»

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Danielle despertó con un suave ronquido pegado a su oreja. Frunció levemente el ceño, estirando el cuello para alcanzar a ver la hora en el reloj despertador. El ocho cuadrado brillaba de un verde neón en el fondo negro y sin chiste mientras ella volvía a recostarse sobre la almohada, sintiendo cómo sus ojos se cerraban por instinto. Había pasado una noche larga y cansada, y lo único que quería era dormir hasta las tres de la tarde como sus primeros días libres. Pero eso era imposible con su situación actual.

Como un niño maleducado, el sueño se fue de ella en cuanto su mente concibió la idea de volver a dormir por otros cuantos minutos. Soltó un bufido y se giró entre los brazos que la pegaban a un cuerpo ajeno, pero a la vez tan propio. Sonrió de lado al ver que el rostro de Andrew se deformaba en su mueca durmiente (los labios levemente abiertos roncando con suavidad, el ceño un poco fruncido como si estuviera haciendo cálculos matemáticos y el cabello deliciosamente revuelto).

No sabía qué había hecho bien en su vida para merecer despertar todas las mañanas entre los brazos de ese hombre, pero volvería a hacerlo una y otra vez si fuera necesario. Cerró los ojos, acercándose más a él para enterrar el rostro en su cuello y pegar las puntas de sus pies en sus espinillas; sintiéndole removerse al instante. Le gustaba el olor que se alojaba en su piel cuando acababan de despertar. Pero le gustaba mucho más despertar junto a él.

Por lo difíciles e inestables que eran sus horarios de trabajo, había ocasiones en las que Danielle llegaba a casa y él ya estaba saliendo, despidiéndose con un largo beso y un «¡prometo traer el desayuno!» desde el coche que ya arrancaba a toda velocidad. Eran pocas las ocasiones en que ambos tenían el día libre o el mismo horario, por eso intentaban aprovecharlo al máximo: quedándose tirados en un sofá con una buena película y sin salir de casa.

Danielle volvió a sentir el cuerpo de Andrew moverse cuando besó su cuello y jugó con el lóbulo de su oreja entre los labios. Sonrió cuando segundos después le sintió apretar el agarre en su cintura y terminó por morder la piel sensible de su cuello sin siquiera pedir permiso. Para cuando los dedos de ella se habían enredado en las hebras castañas de Andrew, éste ya no respiraba con parsimonia.

—Sabes que es pecado hacer esto en Navidad, ¿no? —preguntó con voz ronca.

—Soy atea.

Andrew rió ante la respuesta de su esposa y ella sólo se encogió de hombros porque decía la verdad. Aunque no es como si pudieran comenzar algo cuando la puerta no tardaba en abrirse con dos voces gritando y anunciando que era Navidad. Pero mientras eso no pasaba, decidió aprovechar el poco tiempo que quedaba. Estiró las piernas y los brazos sobre su cabeza, soltando un quejido agudo al sentir sus músculos destensarse. Miró hacia abajo al rostro de su esposa, despejando los rizos dorados que rozaban sus sienes y sus mandíbulas. A pesar de los años, sus facciones eran las mismas. Los enormes ojos verdes tenían la misma chispa, sólo que un poco más atenuada; los labios gruesos, rosados al natural y rojizos por elección, llamándole para inclinarse y fundirse en ellos. Y así lo hizo. Cerró los ojos, sonriendo al acunar su rostro con una mano para enredar los dedos en aquellos rizos de oro de los que se había enamorado desde que tenía ocho años (aunque le hubiera costado diez años descubrirlo y otros cinco hacerla su esposa).

—Feliz navidad, Deedee.

—Feliz navidad, amor —susurró de vuelta.

Besó su frente con dulzura al sentir su mano entrelazarse a la de él, intentando no sonreír con satisfacción al sentir el anillo de oro que rozó sus nudillos. Era suya frente a la ley y frente a la iglesia. Aún recordaba haber rodado los ojos frente a los padres de Danielle cuando creyeron conveniente y correcto bendecir su unión, puesto que ni él ni su prometida tenían interés de acudir a la iglesia; pero una vez que la vio desfilar por el altar con el vestido blanco ciñéndose a su cintura y cayendo como cascada a su espalda, no pudo estar más agradecido. Era hermosa, era perfecta y era suya. La madre de sus hijos y la mujer con la que envejecería. La doctora que lo miraba al otro lado del hospital y le hacía señas para escaparse por ratitos a cuartos de servicio donde podían consumar su matrimonio una y otra vez. Pero también era la dueña de los abrazos reconfortantes y las palabras correctas en momentos difíciles, el tipo de esposa que le preparaba el desayuno y lo condimentaba con besos y palabras de amor. La que había cargado con tres de sus criaturas y ahora le ayudaba a criarlas.

Dos de las cuales ya entraban corriendo por la puerta entreabierta. Andrew cerró los ojos con fuerza, enterrando el rostro en el hombro de su esposa para que sus hijos pensaran que aún estaban dormidos. Lamentablemente los habían educado para que no se dejaran engañar por nadie, ni siquiera por sus padres.

—Papá, necesitas hablar con Lucy Leeh —anunció un muy serio niño de cabello rubio y ojos castaños tras lentes de montura—. Dile que los ponis pueden ser cafés, blancos o negros; pero no rosas, amarillos o morados.

Justo en ese momento el colchón comenzó a moverse gracias a los intentos de Lucy Leeh por subir a la cama de sus padres que ya se habían sentado contra la cabecera con ojos cansados y bostezos cortos. Los rizos castaños de la niña rebotaban mientras ella se tambaleaba entre sábanas revueltas hasta aventarse al regazo de su padre. Andrew la tomó entre sus brazos, mirando los enormes ojos verdes llenos de preocupación.

—¿Es cierto que los ponis bonitos no existen, papi?

Danielle evitó sonreír, abriendo los brazos para que el mayor de sus hijos subiera a la cama también, besando su mejilla con dulzura. El niño se removió con aquél rostro de: "¡mamá, ya no soy un bebé!" que tanto lucía últimamente, pero se recargó contra el pecho de Danielle y esperó a la respuesta de su padre.

—Yo creo que todo es posible si crees en ello, princesa.

—¡Papá, si le mientes sólo va a terminar por convertirse en una científica loca que quiera mutar ponis!

Lucy Leeh creyó que esa era una respuesta lo suficientemente buena y enredó sus bracitos en torno al cuello de su padre, sacándole la lengua a su hermano mayor cuando creía que nadie la estaba viendo. William rodó los ojos e imitó la mueca de su hermana, levantándose del regazo de su madre cuando ésta le dio palmaditas en la espalda y salió de entre las sábanas. Tomó a su hijo en brazos nuevamente para besar su mejilla ruidosamente, tirándolo a la cama después.

—Feliz navidad, Drewy. Feliz navidad, princesa —le sonrió a su hija que en ese momento bajó de la cama y corrió a los brazos abiertos de su madre para intercambiar incontables besos.

Mientras salía de la habitación lo último que escuchó fue a Andrew ordenando a sus hijos que salieran a la sala mientras mamá iba por Marianne. Danielle salió al pasillo de las habitaciones y entró al cuarto pintado de amarillo y rosa con muchos colgantes de estrellas cerca de la cuna de madera en que dormía la menor de sus hijas. Al llegar al borde encontró los enormes ojos castaños de Andrew escondidos bajo largas pestañas oscuras. Tenía el pulgar del pie metido en la boca y al ver llegar a su madre comenzó a revolverse con los suaves y encantadores sonidos que hacen los bebés para llamar la atención.

Danielle sonrió ampliamente y la levantó entre sus brazos para llevarla a la sala donde los otros dos pequeños ya corrían alrededor del árbol, ansiosos por abrir los enormes paquetes con su nombre en ellos. Lucy Leeh no sabía leer aún, pero su hermano estaba ahí para informarle qué le pertenecía y qué no. Andrew abrió los brazos con una mueca de adoración hacia la nena y la llenó de besos una vez que Danielle la colocó contra su pecho.

Empezaron a abrir los regalos de los niños primero, porque William estaba a punto de estallar de la emoción. Después de veinte minutos de abrir y abrir paquetes, Will estaba encantado con el telescopio por parte de su padre, la patineta de parte de su tío Liam, la consola de videojuegos por parte de sus abuelos y los juegos de mesa que su madre había prometido.

Lucy Leeh estaba entretenida con su castillo de ponis regalo de su padre, su paquete de ponis regalo de su madre, sus cuadernos y colores de ponis regalo de sus abuelos y los patines con ponis que le había enviado su tío Liam. Los rizos castaños cubrían su rostro mientras arreglaba su castillo, encantada con sus regalos.

Marianne estaba ocupada deshaciendo las envolturas que habían tirado sus hermanos, gateando por toda la alfombra mientras su madre intentaba llamar su atención con los novedosos juguetes que le había enviado Liam y todos los vestidos que los abuelos le habían comprado. Pero todo era inservible porque ella seguía ocupada deshaciendo el papel brillante en que se veía reflejada.

Cuando finalmente sólo quedaron ocho paquetes bajo el árbol, Andrew tomó uno en forma rectangular y lo puso sobre el regazo de su esposa, rodeando su cintura con un brazo para recargar la barbilla en su hombro.

—Ábrelo, cielito.

—¿Qué es esto, amor? ¿Un libro?

—Solo ábrelo, Deedee.

La rubia sonrió ante el misterio de su esposo y terminó por quitar el envoltorio del regalo con tranquilidad. Descubrió que era un libro, pero no pudo evitar reír al ver el título "Ricitos de oro" en la portada de fondo café. Giró el rostro para encontrarse la sonrisa de Andrew y se inclinó para besar sus labios, riendo encantada.

—Sabes que sigo detestando el apodo, ¿no?

—Sí, pero ya necesitas algo nuevo qué leer a los niños —afirmó.

Danielle rió. Andrew besó su mejilla y la abrazó aún más fuerte.

—Te amo, Ricitos.

—Y yo a ti, cariño.