Capítulo XI.

Rivales.

- ¡No puedo creer que pronto arribaremos en suelo japonés! – exclamó Vicia con una sonrisa - ¡Estoy emocionada!

- Eso lo noto, querida – comentó Ortrud -. Eso lo noto. ¿Y qué harás una vez que lleguemos ahí? ¿Comprarás mangas yaoi o de cualquier otro género?

- ¡Je, ya quisiera! Si supiera leer, hablar y escribir en japonés, con todo el gusto del mundo lo haría, pero como no sé nada de eso, pues me conformo con leerlo por internet.

- Toda traducción del japonés al inglés es más figurada que literal – comentó Ichigo -. Hay algunas cosillas por ahí que los traductores omiten.

- Lo sé, pero aún así me conformo con ello.

Mientras que Vicia, Ortrud e Ichigo comentaban sobre cómics e idiomas, Janos y Uncas, quienes se sentaban detrás de ellos, charlaban sobre el asunto en el que se habían involucrado. Janos, muy preocupado, le comentó a su mejor amigo:

- Debemos estar alertas una vez que lleguemos a Tokyo. Algo me dice que podría haber algún pequeño comité de bienvenida por ahí.

- No lo creo. Los Yakuzas no están tan locos como para intentar lanzarnos una balacera sin razón. Además, dudo mucho que supieran sobre nuestra llegada.

- Pues teniendo en cuenta que Vicia es un "producto" muy valioso para los Steaua de Est – intervino Ichigo, quien se sentaba a lado de Janos -, ten por seguro que estarán bien armados hasta los dientes.

- Je… Esperemos que no.

- Nunca subestimes a un Yakuza, Uncas. Ellos tal vez tengan cierto interés en recapturar a Vicia y revenderla al mejor postor. No por nada tienen la fama de ser los mejores negociantes de esclavos sexuales en los bajos mundos.

Las últimas palabras del japonés dejaron a Weisz en medio de la incertidumbre y de la preocupación.

Se volvió hacia donde se encontraba sentada Vicia, quien sonreía feliz de la vida por la embriagadora emoción de pisar Japón por primera vez. Le daba miedo pensar que aquella encantadora sonrisa con la que ella expresaba su inocencia y felicidad pudiera ser borrada por aquél bastardo que lograba movilizar a una mafia entera sólo para echarle la mano encima como si fuera un objeto más.

No sé quién seas ni cómo posaste tus ojos en ella, pensó mientras se levantaba para ir al baño, pero quiero que sepas que no lograrás ponerle un dedo encima ni aunque envíes a toda la Steaua de Est o a los Yakuza. Ella es mía, mía y de nadie más… Y todo aquél que toque lo que es mío… Lo paga con la muerte.


- ¡¿Cómo que no había nadie en ese departamento?! – exclamó Luckham luego de escuchar el informe de Carles Carreida, el líder de los matones que estaban a su servicio- ¡Me dijiste que a esta hora estaba siempre en su departamento!

- Lo sé, señor – se defendió Carreida -, lo sé, pero créame que hasta a mí me sorprendió hallar el departamento inhabitado.

- ¡¿Y tienes alguna idea de a dónde habrán ido?!

- No, señor. Lamento comunicarle que no tengo más información hasta ahora.

- La naiba! (¡Maldita sea!). ¡¿Ahora qué le diré al señor Quatermine?! ¡Mis horas están contadas!

Carles se quedó ligeramente sorprendido, aunque disimuló bien su reacción al fingir no haber escuchado esa última expresión. Luckham, por su parte, despidió a Carreidas con un ademán diciéndole:

- Puedes retirarte, Carles.

- Sí, señor.

- Y Carles…

- ¿Señor?

- ¿Escuchaste lo que dije de último?

- No, señor. ¿Acaso dijo algo?

Luckham sonrió y le replicó:

- No, nada de importancia, absolutamente nada… Ya puedes irte.

El aludido asintió y se marchó de la oficina del líder de los Steaua de Est.


Quincy Quatermine, un conocido millonario excéntrico ligado a as mafias y al tráfico de mujeres, dio una calada a su cigarro mientras escuchaba la letanía de excusas que Luckham le echaba por teléfono al fallar por enésima vez en la misión de recapturar el exquisito producto deseado por el que todo pervertido daría por poseer en su colección de seres humanos disfrutables.

Una joven mujer virgen de edad tardía, prácticamente entrando a la veintena. Una joven mujer rellenita y muy bonita… Bueno, lo rellenita prácticamente se había quedado eliminado al enterarse de que bajó de peso y dio a relucir una bella y extraordinaria figura femenina. En cuanto a su virginidad, ese aspecto todavía estaría por comprobarse; de haber perdido el objeto por el cual pagaría el triple de lo que su actual "dueño" ofreció, entonces la vendería a madame Toussaud, la regente de una lujosa casa de citas en Bruselas, Bélgica.

Maldito Lobo Rojo, pensó con disgusto mientras colgaba el teléfono.

El Lobo Rojo… Ese infeliz, ese maldito cabrón que interfería entre él y su presa; ese hombre cuya racha de asesinatos hasta ahora se mantenía en alto, ese hombre de quien menos había esperado enfrentarse por el premio. Ese hombre a quién tendrá que enfrentarse cara a cara por el premio mayor… Ese hombre que, para colmo de males, posee extraordinarias habilidades de combate cuerpo a cuerpo, las suficientes para dejar detrás de sí toda una carnicería.

- Weisz… ¡Maldito Uncas Weisz!

Lanzando su vaso de whisky a la chimenea, Quatermine se retiró de su sala-estudio.

Te acabaré, Weisz… Te aplastaré como a un jodido gusano... Lo juro.