Capítulo XII.

Por ella.

Vicia estaba sentada en la cama del hospital con los ojos vendados. Uncas, quien estaba a su lado, llenaba un vaso con agua para luego llevársela a la boca de la chica, quien bebía el vital líquido con avidez.

Ichigo le había operado ambos ojos hace tres días. La operación había salido bien, aunque éste comentaba que había qué esperar un mes para observar mejor el resultado. Vicia temía quedarse ciega, aunque después decidió resignarse mentalmente ante el posible hecho de que así fuera dado lo problemático que sonó respecto a la cicatriz en su retina.

Uncas tomó fuertemente la mano de Vicia en señal de darle un poco de valor y paciencia, aunque dicha tras dicha señal se escondía un segundo significado.

El hombre suspiró al ver a la chica dormida. Levantándose de la silla, se dirigió hacia la ventana para contemplar el panorama de un Tokio vibrante y lleno de colores que le daban vida durante las noches.

Temo perderte, pensó el hombre muy consternado y preocupado. He perdido a muchos amigos y compañeros en mi vida, pero no sentí el intenso miedo que tengo ahora por ti al momento de perderlos. Sólo esto se debe a una cosa… Y no tiene nada que ver con que me gustes como mujer… O tal vez sí, pero no tanto como para remover la frialdad que escondía mi lado humano.

Posó su frente encima del brazo. Su mirada parecía perdida, pero sus ojos reflejaban las incontenibles ansias de llorar, de desahogar lo que estaba germinando en él desde quién sabe cuándo. Era un temor indescriptible lo que sentía en el corazón y en el alma; era un temor que se originó en el momento en que ella estaba en peligro en Rumania.

Al principio la había comprado con el simple propósito de entablar una relación normal, prácticamente una relación sexual de amigovios, aunque conservaba cierta esperanza de que tal vez, en algún lugar de su corazón, pudiera tener una sensación similar a la que sintió en la universidad con Clarice Earheart, su primera novia.

Clarice era la mujer más bella de todo el condado de York. Con una fila enorme de pretendientes, Uncas era solamente un novio más de acuerdo a los estándares de la caprichosa hija de James Earheart, un acerero estadounidense, debido a su posición social. No obstante, cuando llegó el momento de hacer el siguiente paso, la ambiciosa mujer le pisoteó sus sentimientos "con zapatos Gucci" al decirle que amaba a otro, quien era mil veces más rico que él.

Eso le dolió en el alma y le hizo derramar más lágrimas de las que podía recordar. La amaba tanto por ser tan bella e inteligente que hasta sacrificaba sus clases en pos de cumplirle con sus caprichos, pero cuando le dijo escuetamente que no se casaría con él porque no era lo suficientemente rico para estar a su altura, el tipo se transformó en el ser humano más frío que ha existido a lo largo y a lo ancho de la Tierra.

Sin embargo, ahora, en esos momentos, aquella máscara de frialdad que cubría el dolor de un amor mal correspondido se estaba cayendo con la llegada de ella, de la jovencita que en su momento estaba rellenita y semi –ciega que yacía en el lecho hospitalario en esos momentos.

La inocencia y malicia de aquella joven mujer despertaban en él una serie de sentimientos encontrados; su ingenuidad hasta cierto punto protegía muy bien la integridad emocional de la joven, aunque sabe que no será por mucho tiempo antes de que inicie el verdadero asunto que lo traía demasiado desquiciado desde que pisó Japón.

Malditos Yakuzas, pensaba el hombre con rabia. Por lo visto el hijo de puta que anda detrás de Vicia también ha azuzado a los Yakuzas a conseguirla.

Volviéndose hacia la jovencita, añadió mentalmente a su lista de tareas el investigar quién era el bastardo que ha estado azuzando a los Yakuzas para que intentara secuestrar a la chica para luego ir a su casa y volarle los sesos.

Al llegar a Japón, Uncas y los demás caminaban tranquilamente por el aeropuerto en busca de un taxi; empero, cuando abordaron el taxi e iniciaron su recorrido por la ciudad, Janos había observado que un auto sospechoso les seguía desde el lugar de partida. Aquella observación alertó a Uncas, quien enseguida le había ordenado al taxista, el cual era en realidad un Lobo Rojo, que condujera más rápido. De esa forma se inició una persecución por las calles de Tokio, dejando mucho desastre a su paso y varias personas heridas y varios de sus perseguidores muertos.

Aquello fue un punto de alerta para el joven británico, un punto que le obligó a tomar medidas extremas, incluyendo la necesidad de estar matando a tientas y a locas a todos los Yakuzas que se le cruzara en su camino.

Nadie, absolutamente nadie toca a Vicia. Ese es un punto que había quedado claro desde el momento en que ejecutaba con sus propias manos a varios Yakuzas.

Vicia era suya y de nadie más. Él era el dueño absoluto de todo lo que abarca aquella joven mujer, desde sus cabellos hasta su entrepierna. Aquél infeliz que le tocara un cabello con malas intenciones terminaría por amanecer muerto en un lago, en una fuente o hasta colgando de algún edificio con las pelotas cortadas.

Por ella sería capaz de poner de cabeza a todo Japón si al líder de los Yakuzas o al cabrón infeliz que la persigue se le ocurriera acercársele...

Sólo por ella.


- ¡No puedo creer que no hayan podido con ese maldito infeliz! – exclamó Quatermine muy furioso mientras que Shinobu Ayase, líder de los Dragones Verdes, le explicaba:

- El Lobo Rojo es muy astuto, señor Quatermine. Al parecer sabía que nosotros iríamos por la chica.

- ¡¿Pero cómo es posible que lo supiera si él había abandonado Rumania con la chica al momento de comunicarme con ustedes?!

- No lo sabemos, señor Quatermine.

- ¡Carajo!

El hombre lanzó su vaso al suelo.

Presa de una furia descomunal, el hombre más rico del mundo se volvió hacia Shinobu y le preguntó:

- ¿Dónde están ahora?

- No lo sabemos. Se perdió el rastro cuando nos recuperábamos de los balazos.

- ¡Maldición!


- Tenemos que hacer algo para sacar a Vicia de aquí y enviarla a un lugar seguro – comentó Ichigo mientras que Ortrud le daba su café en la habitación de Vicia-. Los Yakuzas darán con nosotros en cualquier momento.

- ¿Pero a dónde quieres que la enviemos, Ichigo? – inquirió Janos -. Aquí y en Rumania ella corre peligro.

- Podríamos ir a España – sugirió Ortrud -. Nuestros hermanos de la Orden podrían darnos cobijo en lo que Vicia se recupera.

- Es posible – añadió Ichigo -, pero quien realmente tiene la última palabra es Uncas. Saben bien que él no es de los que huyen así porque sí sin antes pelear, aunque claro, habría que saber contra quien peleamos…

- Más bien, ya sabemos con quien peleamos– interrumpió Uncas mientras entraba a la habitación.

- ¿En serio? – inquirió Janos.

- Sí… Quincy Quatermine.