Disclaimer: Once again: Andrew es de Lore, Danielle es mía, pero esos dos sólo se pertenecen a sí mismos.

Le blablablá: No tengo excusa para haber hecho éste Andrielle, pero aquí esta. Porque, (quoting Lore), Andrielle es LA OTP. Osea, no es una OTP cualquiera, es la OTP. Así que por supuesto, esto es para ella, con mucho William!material porque es su favorito (la mía es Marianne, pero bueno, ajá). Y esto también es para Leeh (la original, no la que aparece aquí), porque… bueno, porque quiero y ya. ¡Esto NO está beteado! Pero en dos horas lo estará, pero aun así léelo y muere de diabetes, gracias. ¡Deja review! Y hazme feliz.

Summary: Esa noche había una cena de doctores, pero a diferencia de lo que había pasado tantos años atrás, ella ya no era la niña pequeña de perfectos rizos rubios que era forzada a acompañar a sus padres.

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C'est L'amour.

«C'est l'amour qui fait qu'on aime. C'est l'amour qui fait rêver.»

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—No quiero ir —declaró William por quinta vez esa noche.

Danielle desvió la mirada del espejo que tenía enfrente y giró para mirar a su hijo de diez años acomodarse las gafas sobre el puente de la nariz, parpadeando decididamente tras el cristal. Si no tuviera el cabello rubio sería el idéntico reflejo de su padre, con la camisa a botones de manga larga y el pantalón de vestir; alto y espigado. Con ese porte que hacía que las niñas lo detestaran por solo acercarse a conversar, corrigiendo su pronunciación o dando datos de conocimiento general que normalmente a nadie le importaban. Su madre casi sonrió. No tenía de qué preocuparse, así había sido su esposo cuando lo conoció y ahí estaba ella, enamorada de él como el primer día.

Ladeó el rostro terminando de abrocharse el zarcillo, sonriendo un poco en dirección a su hijo.

—Tienes que ir, Drewy.

—No, no tengo que ir. Tengo que comer, respirar e hidratarme. Ésta cena es opcional.

Danielle sólo rodó los ojos y se acomodó mejor los rizos rubios que salían rebeldes por el moño que se había hecho en la nuca. El vestido verde jade combinaba a la perfección con sus ojos, resaltándolos tras el maquillaje discreto que se había aplicado para la ocasión. Esa noche había una cena de doctores, pero a diferencia de lo que había pasado tantos años atrás, ella ya no era la niña pequeña de perfectos rizos rubios que era forzada a acompañar a sus padres. Ahora era la doctora Ramsey y estaba acompañando a su esposo que recibiría un galardón por su trabajo. Así que en otras palabras, era ella la que tenía que obligar a tres pequeños a vestirse elegantemente y comportarse ante otras autoridades del mundo de la medicina.

—Tienes que ir, Drewy —repitió al mayor de sus hijos—. Es una noche importante para papá y vamos a estar ahí para apoyarlo. Ahora ve a traer a Lucy Leeh, por favor, que tengo que peinarla.

William rodó los ojos y salió de la habitación de su madre con el ceño fruncido. Al asomarse a la sala pudo ver cómo su padre hablaba por el teléfono, caminando de un lado a otro por la estancia. Se preguntó con quién podría estar charlando y si era tan poco interesante como lo parecía. Los doctores eran aburridos. Sus papás se vivían la mayor parte del día en el hospital y cuando no lo estaban, siempre estaban cansados, cariñosos o hablando en susurros para después avisarles que el siguiente fin de semana irían a la casa de los abuelos. William no sería así cuando fuera adulto. Él no sería médico, él sería astronauta y descubriría un nuevo planeta. Eso sí sonaba como algo interesante qué hacer, no sólo estar abriendo y cosiendo de vuelta a personas enfermas.

Se arregló los lentes sobre la nariz y evitó pasarse la mano por el cabello porque su madre lo regañaría si volvía a la habitación estando despeinado. Encontró a su hermana menor sentada en la alfombra del cuarto que compartía con Marianne y volvió a fruncir el ceño, acercándose al ver que estaba coloreando un paisaje de árboles y animales felices.

—Leeh, los árboles no tienen ojitos y sonrisas.

—Éstos sí tienen porque son felices —contestó la niña de rizos castaños con una mueca arrugando sus labios. William odiaba cuando hacía esa mueca, porque ella aseguraba algo que no tenía sentido. Como cuando pensaba que los ponis eran rosas y una niña de cuatro años podía ser amiga de un mono y tener aventuras por toda la ciudad. Aunque claro, si él le hacía el favor de desmentirla, ella iría corriendo con su padre y él terminaría por ser regañado por ser grosero con su hermana, así que en ésta ocasión solo se encogió de hombros y se mantuvo en silencio.

—Como sea, mamá te está buscando.

Lucy Leeh suspiró y se levantó con dificultad. Su largo y pomposo vestido de florecitas verdes y fondo amarillo le causaba más incomodidad de la que podía describir con su (aún escaso) léxico. Siguió con toda tranquilidad a su hermano por los pasillos, llegando a la recámara de su madre para encontrar a Marianne sentada sobre la cama de sus papás con un vestido similar al suyo, pero en color rosa y morado. Observó a su madre frente a su tocador, agregando un poco de brillo a sus labios y sonrió. Ella también quería tener unos labios como los de su mamá para pintarlos y después besar las mejillas de los muchachos. Se acercó a ella, colocándose a su lado para ver su reflejo en el cristal, compartiendo una sonrisa con la mujer de cabello rubio y hermosos ojos a su lado. Le habría gustado tener el cabello rubio. Su cabello era oscuro y tenía rizos que a veces le provocaban cosquillas sobre la clavícula y los hombros. William decía que era fea, pero a él le faltaban dos dientes y a ella solo uno, así que no era quién para hablar.

—Párate aquí, princesa —le pidió su madre, señalando el banco de tocador en que solía arreglarse todas las mañanas antes de irse a trabajar.

Danielle tomó a su hija de la cintura para subirla a su asiento, arreglando los rizos castaños que caían como cascada en su espalda. Tomó dos de los extremos frontales para unirlos atrás y dejar su frente y mejillas despejadas. Le gustaba pensar que se parecía un poco a Liam cuando éste tenía su edad. A los ocho años todos los Anderson tenían mejillas regordetas y siempre rosadas. Al terminar de arreglar el cabello de su hija, le puso un poco de perfume y le sonrió nuevamente por el espejo.

—Te ves hermosa, cariño.

—Claro que no, ese vestido la hace ver como una piñata —comentó su hermano desde la cama junto a Marianne, que seguía ocupada jugando con sus muñecas.

—¡Andrew! —lo reprimió su madre, con una mirada severa.

—¿Qué pasa, cielito? —preguntaron a sus espaldas.

Esa era la razón por la que siempre llamaba Drewy a su hijo. Ella siempre había sido partidaria de que su hijo se llamara Andrew, pero al ser tocayo de su esposo, siempre solían confundirse cuando le decía por su nombre completo. Giró el rostro para encontrarse con el primer Andrew Ramsey, acomodándose las mangas del saco negro y el moño que resaltaba sobre la camisa blanca. Sonrió, acercándose a él para arreglar mejor las solapas de su saco, aprovechando para pasar los dedos por el cabello de su nuca con el pretexto de acomodarlo.

—No tú, amor; Drewy.

—Por eso lo llamamos Will —comentó divertido, mientras una mano acariciaba su cintura. Ya era como un reflejo, el tocarse para sentirse cerca, sin importar la ocasión o el pretexto. Danielle rodó los ojos con una sonrisa, y palmeó la punta de su nariz con el índice.

—Lo llamaré Will cuando tú dejes de llamarme Ricitos.

—Uh sí, Drewy suena bastante bien —rió entre dientes, inclinándose para rozar sus labios delicadamente. A pesar de que se separaron casi al instante para no dar un espectáculo frente a sus hijos, pudieron escuchar los sonidos de "¡puaj! ¡qué asco!" que William y Lucy Leeh soltaron. Danielle rodó los ojos y se separó de su esposo sin perder la sonrisa, acercándose a Marianne para arreglar su cabello y su vestido.

—Andrew, debes pedirle una disculpa a tu hermana —prosiguió, intentando darles forma a los rizos rubios de su hija.

—¿Qué pasó ahora, Will? —preguntó su padre, buscando algunas cosas en su armario.

—Dijo que con éste vestido parecía piñata —explicó Leeh con ese tono meloso que solo usaba con su padre.

—Bien, bien, lo siento. Aunque eso no quita que sea verdad.

—¡William! —gritaron su padre al unísono.

Danielle suspiró. Y se suponía que era a Lily a quien habían llamado en honor a Liam. De haber sabido que Will sería el que heredaría su actitud lo habrían nombrado así a él.

Para cuando lograron salir de casa, ya llevaban quince minutos de retraso. Andrew estaba a punto de explotar por los nervios, el estrés y lo molesto que era el moño que le apretaba la garganta. Danielle se abanicaba por el calor que hacía dentro del vehículo y se arreglaba el vestido una y otra vez. Marianne parecía impaciente por deshacer el peinado que su madre le había hecho y Lucy Leeh seguía oliendo sus brazos, encantada con el perfume que Danielle había rociado sobre su piel. William era el único que miraba por la ventana y se preguntaba qué se sentiría vivir en una estrella, mientras su padre entregaba el coche y todos salían de él para entrar casi corriendo a la cena de doctores. No habían pasado ni diez minutos de saludos, presentaciones y muchos abrazos y besos de personas que a William le desagradaban, cuando encendieron el micrófono y anunciaron el premio que estaban por otorgar.

Danielle ordenó a sus tres hijos permanecieran en sus asientos mientras su padre subía al estrado entre aplausos, junto a tres colaboradores del proyecto por el cual lo estaban premiando esa noche. William regresó a ver a su madre y rodó los ojos, negando para sí. Parecía una de esas chicas en las películas que ven a su novio desde lejos y luego corren en cámara lenta, se besan y se abrazan. Cosas asquerosas de ese tipo. Cuando volteó a ver a su padre para ver si éste le correspondía, pudo ver cómo le guiñaba el ojo a ella y sólo a ella, antes de tomar el micrófono y dar su discurso; momento que William aprovechó para bajar de su silla y caminar hasta la mesa de bebidas, encontrándose con una chica de bonito cabello castaño cobrizo. Era largo. Muy largo. Por un momento le recordó a una princesa de la cual había leído en uno de los libros que le compraba su padre. Rapunzel, se llamaba. Al llegar a su lado, se acomodó los lentes, tomando un vaso para servirse un poco de ponche. Notó como la chica reía suavemente al ver su complicación por los enormes lentes de montura y frunció levemente el ceño.

—No te rías, Rapunzel, algún día seré astronauta.

La chica no dijo nada, pero le sacó la lengua y regresó a la mesa con su madre. William no la perdió de vista incluso cuando él volvió a sentarse entre Lucy Leeh y Marianne. Horas después, después de que sus padres se habían besado (de nuevo, ¡puaj!) y todos habían cenado ya, se levantó junto a los otros cuatro miembros de su familia, atendiendo a presentaciones que realmente no le interesaban. Fue hasta que se acercaron a la mesa de Rapunzel, que su atención volvió a estar enfocada en esa cena y no en las fotos que había visto el día anterior de Jupiter y todas sus lunas.

Después de los saludos de rigor y sonreír cuando su padre dijo: "…y éste es mi hijo el mayor, William", escuchó que Rapunzel en realidad se llamaba Emma. Mientras sus padres platicaban y todos se entretenían en algo que no eran sus hijos, se acercó a Emma y le dijo bajito:

—Así que después de todo no te llamas Rapunzel.

La chica solo sonrió, pero pretendió ignorarlo, mirándolo cuando creía que nadie lo notaba. Al final de la noche, de vuelta en el coche, mientras sus dos hermanas ya dormían en el asiento contiguo al suyo, escuchó que su padre le preguntaba algo desde el volante.

—Hijo, ¿cómo fue que llamaste a la hija de los Thompson hace un rato?

William se sonrojó y se tomó un momento para acomodarse los lentes nuevamente, aclarándose la garganta para despegar la mirada de la ventanilla. Pensó que nadie lo había notado, pero como siempre, su padre observaba cosas que nadie más veía. Era como un súper poder que a él le habría gustado tener.

—Rapunzel —contestó tímidamente, intentando olvidar el tema tan pronto como había soltado la respuesta.

Pensó que sus padres lo regañarían y le dirían que no estaba bien poner apodos a niñas bonitas de cabello largo, pero en lugar de eso solo rieron. Su padre parecía increíblemente divertido. William enarcó las cejas, escuchando como su madre soltaba algo parecido a un bufido entre suaves risas y solo susurraba:

—Es un Ramsey.