Ejercicio de cuento fantástico

La pequeña Mariana iba sola en el tranvía llevando sobre las piernas aquel estorboso canasto. Sabía bien que la gente la observaba, podía sentir sus miradas curiosas sobre ella pero no era capaz de imaginar lo que pasaba por su mente. No sabía si la observaban por ser la única niña en el tranvía o bien por que el canasto que llevaba era tremendamente grande.

Como fuese, se levantó de su asiento y caminó rápidamente a la puerta ya que debía bajar justo antes de cruzar aquella concurrida calle. Bajó del tranvía con mucho trabajo, se preguntaba qué demonios había metido su madre en aquel canasto que debía llevarle a su tía.

La encomienda era muy simple; llevarle aquel canasto a su tía al jardín central frente a la biblioteca. Eso era todo. El problema principal era transportar aquella pesada y misteriosa cosa desde la casa, ubicada varias cuadras al este, hasta aquel parquecito que se hallaba lejos de la avenida. Mariana levantó un poco el mantelito que cubría el canasto, solo deseaba curiosear el contenido que no había podido ver antes de salir de casa.

—No te detengas por ahí a chismosear —le dijo la madre antes de salir de casa—, lleva el canasto a tu tía y regresas de prisa porque hay que hacer cosas en la casa.

Colocó el canasto sobre el suelo, levantando el mantelito blanco a cuadros rojos y echando una ojeada rápida; alcanzó a ver unos pinceles largos y sucios además de unos frascos llenos de líquidos que se veían de colores. No halló nada de interesante, acomodó el mantel, levanto el canasto y siguió su camino hasta el parquecito frente a la biblioteca.

Conforme caminaba por la calle empedrada balanceándose como pato ya que el canasto se le iba de lado la gente se iba quedando atrás y la calle se quedaba sola; en eso iba distraída y no vio a la mujer frente a ella y contra la cual chocó inevitablemente.

—Ouch, disculpe no la vi —dijo Marina sin más.

— ¿Eres la pequeña sobrina de Doña Dolores? —le dijo la mujer ignorando que la niña había colisionado contra ella.

—Si —dijo ella tímidamente.

Tras decir esto la enorme mujer que llevaba el delantal del vestido lleno de pintura la guió por el parque, Mariana entregó el pesado canasto a la mujer sintiendo un gran alivio al quitarse de encima tal carga y la siguió entre aquel grupo reducido de gente que estaba pintando en el parque.

En aquel sitio se reunían pintores; por donde la niña volteara veía caballetes, brochas, botes con agua y pintura de colores. Oía los comentarios sobre aquel o cual cuadro, sobre este o aquel movimiento artístico, algunos sostenían acalorados debates sobre si era mejor el arte de Monet o el de Picasso. Mariana realmente no entendía una sola palabra de todas aquellas pláticas, sabía que su tía Dolores era pintora y desde hacía años que se reunía en aquel parque a compartir su trabajo y tratar de vender siquiera alguno de sus cuadros.

Mariana saludó a su tía afectuosamente al llegar al sitio donde siempre se reunía con otras señoras a pintar; del enorme canasto sacaron los pinceles de madera que les hacían falta para completar el trabajo de ese día así como la pintura de colores que se había terminado algunos minutos atrás. La niña se sentó en una banca a observar como la tía pintaba; sus pinceladas eran firmes, sin una sola línea fuera de lugar, personalmente jamás había sentido tanta pasión por la pintura como su tía, su madre tampoco era pintora ni amante de algún tipo de arte.

La niña dejó la banca para ir directamente a ver la nueva pintura de su tía. Aquel cuadro le parecía realmente extraño, un lindo paisaje con una puerta justo a la mitad de la nada… una delgada escalera iba del suelo a la puerta, ¿a quién se le ocurría poner una puerta sin pared que la sostuviera?

Aquello no tenía sentido para Mariana, el arte en si era algo que no tenía mucho sentido. Solo pones un poco de pintura en un lienzo, le das alguna forma o algún sentido a las manchas que pongas y listo, aquello se llamaba arte. Había llegado a la conclusión, de que no había que ser muy pensante para eso de pintar, los otros pintores alrededor del grupo de mujeres pintaba cosas cotidianas; lámparas, macetas, flores, uno de ellos había hecho un retrato magnífico de su gato, paisajes de la ciudad y cosas así.

Pero uno de los cuadros llamó su atención.

Mariana se acercó a la pintura intrigada por sus formas extrañas y brillantes colores. Se quedó contemplando la obra en el caballete un rato, no se dio cuenta de que un hombre de barbar gris, gabardina café y sombrero la observaba interesada. Aquel cuadro tenía un pasillo con varias puertas y en cada pared había un cuadro colgado, las puertas estaban cerradas y pintadas de un color rojo chillón y brillante, en el suelo estaba una larga alfombra morada y las paredes estaban pintadas de amarillo como las plumas de un pollo.

Si definitivamente aquel era un cuadro único, aunque a Mariana le pareció que los colores eran demasiado llamativos.

—Hija, ven.

La voz de tía Dolores la llamaba por atrás. Le había dicho que era momento de volver a casa porque su mamá estaría preocupada por ella. La mando de regreso al tranvía con una manzana, un pincel de madera muy viejo y despostillado y un frasquito de pintura. Los metió en la bolsa frontal del delantal de la niña y le indicó por donde debía regresar.

Mariana se alejó de aquel ambiente bohemio y, hasta cierto punto, raro para ella. Emprendió el camino por una calle empedrada la cual por cierto no le era nada familiar. Se detuvo un momento para mirar a su alrededor y ubicarse cuando sintió una mirada detrás de ella; volteó rápidamente y vio a un hombre muy mayor, de barba gris y espesa, vestía una gabardina café y un sombrero. Su primer impulso fue el de caminar más rápidamente ya que aquel hombre la había asustado, su corazón latía tan rápido que seguramente le estallaría en cualquier momento, aceleró el paso creyendo oír los pasos del hombre muy cerca de ella.

Giró en una esquina sin fijarse y se quedó callada detrás de un viejo bote de basura esperando a que se fuera. Vio que el hombre seguía su camino, entonces ella dejo el sitio donde se hallaba escondida y noto que no sabía dónde estaba. Regresó a la calle y miro por todas partes, desconocía aquel lugar, se habría perdido mientras corría. Sin embargo la calle donde había girado sí que le parecía familiar.

Se trataba de la calle que había visto en la pintura; el suelo tenía el mismo color morado extraño, las puertas eran rojas brillantes y las paredes amarillas como las plumas de un pollo. Se le olvidó por completo que estaba perdida y muy lejos de su casa, se adentró por la estrecha calle, que más bien era un callejón por lo estrecho que estaba, y poco a poco se alejaba del camino por donde había entrado.

Había cuadros en las paredes, tal como estaba en la pintura pero estos mostraban un gran marco vacío. No había pintura en ellos. Mariana se preguntó porque habría unos marcos vacíos colgados en la pared exterior de aquellas casas, se supone que van por dentro, aquello le parecía desordenado más por el hecho de que no había ventanas en ninguna parte de las paredes, la ausencia de ventanas y el hecho de que hubiera marcos de cuadros en su lugar le hacían pensar que se había perdido en un sitio demasiado extraño.

Trató de volver, le estaba entrando mucho miedo a esa calle tan rara pero al voltear para regresar por el mismo camino vio con sorpresa que este había desparecido dejando solo una pared; delante de ella solo una pared y detrás de ella un pasillo largo lleno de puertas. El corazón lo tenía a mil por hora y el miedo la invadía totalmente.

Se sentó en el suelo y lloro por varios minutos ya que no se le ocurría que otra cosa podía hacer en la situación en la que se encontraba.

No se dio cuenta de que una de las puertas se estaba abriendo, lentamente y con un prolongado chirrido que Mariana oyó muy bien y de inmediato dejo de llorar, se limpió las lágrimas con sus manos y caminó lentamente hacía donde estaba la puerta. Era la primera de la fila del lado izquierdo. El corazón le latía con fuerza ya que se acercaba paso a paso a lo desconocido.

Lentamente abrió toda la puerta y vio que detrás había un gran taller. El que había tratado de abrir la puerta era un gato que intentaba salir a estirar las piernas, la niña se había asustado mucho pero al ver un simple talle lleno de madera se tranquilizó mucho. Con cuidado se acercó a las mesas y las vio llenas de pinceles; había pinceles y brochas de todos tamaños y grosores; Mariana sabía que no se debían tocar las cosas ajenas pero nada le impedía acercarse un poco y mirar los pinceles más de cerca.

Se veían muy costosos, estaban bellamente tallados y grabados, lo mismo que las brochas por muy toscas que se vieran estaban talladas bellamente, Mariana no recordaba haber visto objetos más bonitos que esos. Camino un poco más y también había caballetes y paletas. En resumen ahí se podía encontrar todo lo que un pintor necesitaba para realizar las más bellas creaciones.

— ¿Algo que te guste? —dijo una voz a un lado. Ella dio un respingo y justo detrás de ella estaba el hombre barbón de hacía un rato, se apartó instintivamente pero había algo distinto en la mirada de aquella persona, se quedó un poco perpleja ya que recordaba que el hombre se había seguido derecho sobre la calle pero ahora lo tenía justo delante. No llevaba su gabardina sino un mandil de trabajo y varias herramientas en la bolsa del frente— ¿Puedo ver el pincel que llevas en tu bolsa?.

Había olvidado por completo el pincel de su bolso junto con la pintura, sacó el pincel y se lo entregó al hombre que lo observaba muy interesado, la niña lo observó con gran interés tan solo era un simple palito despostillado de madera para ella pero algo muy valioso, al parecer, para él. Ella sacó la pintura y la sostuvo en sus manos observándola; no era más que un frasco con un líquido blanco que ni siquiera era pintura, suspirando de aburrimiento lo regresó a su bolsa.

Pero le hombre lo había visto y se lo había pedido para observarlo; ella se lo entregó sin más. El sonrió y le dijo— Ven conmigo, esto es muy valioso.

Salieron de aquel taller, al camino de las puertas, atravesaron el camino morado hasta otra de las puertas la cual tocó amablemente. Esta se abrió lentamente dejando ver un taller igual de pequeño que el otro pero este estaba lleno de lienzos blancos sin pintar, había lienzos circulares y redondos todos ellos de diferentes tamaños. Entraron lentamente, Mariana se quedó muy cerca de la puerta pero su curiosidad la hizo entrar en el taller y verlo todo a su alrededor.

Solo había lienzos blancos y nada más.

Mariana se acercó a una pared llena de ellos, le daban ganas de tomar un lápiz y hacer un dibujo tal y como había hecho años atrás con todas las hojas blancas que encontraba en su casa; mamá la había regañado cada vez que lo hacía, solía decirle que no perdiera el tiempo con esas cosas y que mejor la ayudara a recoger la ropa limpia o la mesa. La niña pensó en ese momento que quizá su mamá había frustrado una gran carrera como pintora.

La realidad era que sabía bien que mamá por alguna razón odiaba la pintura, detestaba que su hermana se dedicara a tal oficio, sin embargo había accedido a que Mariana le llevara el canasto con pinceles siempre y cuando regresara lo antes posible; trato evidentemente roto ya que Mariana se había retrasado mucho y se imaginaba el regaño que le tocaría por la tarde luego de comer.

—Toma —le dijo el hombre barbón dándole el pincel de tía Dolores y el frasco de pintura—. Haz un lindo dibujo en uno de los lienzos.

Ella lo tomo sin dudarlo y fue al lienzo más cercano pero no sabía que pintar, solo había aprendido a hacer soles, árboles y casitas; le daba pena que vieran que no tenía talento para eso de la pintura. Estaba a punto de decirles que mejor no cuando otra persona apareció en la habitación.

Se trataba de una mujer igual de mayor que el hombre barbudo. Mariana no dijo nada pero esa mujer que acababa de aparecer, tenía una gran semejanza con su tía y con su madre. Estaba segura de que nunca la había visto pero esa impresión de familiaridad no dejaba de resultarle extraña.

—Así se hace pequeña —le dijo la anciana tomando su mano y guiándola desde el frasco de pintura hasta el lienzo.

Mariana observó sin poner resistencia como la mujer la guiaba, lo curioso es que no necesitaba usar más pinturas solo aquel frasquito, cada pincelada que daba sobre el lienzo se pintaba se vivos colores como por arte de magia; los verdes, los azules, los rojos todos los colores estaban contenidos en aquella agua transparente que contenía el frasquillo.

—Tan solo tienes que imaginarlo y ponerlo en el lienzo —decía ella con voz dulce.

Por alguna razón la niña se llenó de nostalgia, aquella mujer le recordaba a una dulce abuelita. Mariana no conoció a sus abuelos; su madre siempre la mantuvo alejada de ellos por alguna razón que la niña no conocía, también mantenía cierta distancia con sus hermanas; todas ellas pintoras y su madre dedicada a la casa.

Casi sin darse cuenta había pintado exactamente lo mismo que su tía; aquella puerta que no tenía paredes y parecía estar en medio de la nada.

— ¿Dónde está esa puerta? —dijo Mariana casi inconscientemente.

La anciana sonrió la tomó de la mano con mucha familiaridad y la llevo hacía afuera del taller de los lienzos, fueron hacía la calle nuevamente, una vez más cruzaron el camino morado y fueron a otra puerta que estaba más alejada de las primeras. La mujer mayor tocó 2 veces.

Toc, Toc.

La puerta se abrió lentamente delante de ella se extendía un gran jardín lleno de colores, aquel jardín le recordaba mucho a uno que no estaba lejos de su casa, de hecho le era muy familiar, su madre solía llevarla ahí de pequeña, Mariana se sintió un poco desilusionada ya que ella se esperaba que detrás de aquella puerta hubiera algo realmente fantástico.

Cual va siendo su sorpresa que lo fantástico era que acababa de cruzar la puerta que acababa de pintar, no tenía paredes que la sostuvieran como si estuviera colocada en medio del paisaje. Lo que se veía más cercano era una casita a la cual ella corrió sin perder el tiempo.

Cuando llego a la casa entro ya que la puerta estaba abierta y vio al gato de hacía un rato acostado en su canasto, la anciana también estaba ahí cocinando un guiso que a Mariana la resultó muy familiar, aquel aroma lo había olido en la cocina de su casa un par de veces; se trataba de una comida que a su madre sabía que le gustaba mucho, era curioso que la anciana a la que jamás había visto en su vida supiera que aquella era su comida favorita.

Se acercó a una de las paredes y vio que había muchos retratos en ella; había retratos de los ancianos; el hombre barbón al parecer era el esposo de la anciana, había fotos de ellos con rodeados de unas 3 niñas pero una en especial había llamado mucho su atención.

Aquel retrato mostraba a la pareja de ancianos el día de su boda. Mariana recordaba que había una copia de ese mismo retrato en su casa, arrumbado en alguna parte. Su madre lo tenía por ahí; era el retrato de sus padres, de los abuelos que Mariana nunca había conocido.

Se detuvo un momento para observarlos con detenimiento mientras servían la comida sobre su mesa. Se sintió muy reconfortada y sin hacer ruido salió de la casa.

Caminó hasta aquella puerta y la atravesó.

La calle con el suelo morado y los marcos en las paredes había desaparecido, solo que daba el camino que ella conocía y que tomo para darse prisa y llegar a su casa a tiempo. Tan solo se cercioró de llevar en su bolsa del delantal las cosas que su tía había guardado, sacó la manzana y la comió mientras caminaba.

Fin