EL MAR, UNA IDEA EN BLANCO

Por aquel entonces yo tenía veintidós años y me faltaba poco para terminar la carrera, al menos en forma porque de antemano sabía que la tesis me tomaría cuando menos dos semestres más. Sería elegante decir que eso se debía a la ambición de mi trabajo, pero lo cierto es que durante aquellos años estaba más interesada en escribir versos y participar en cuanto evento poético se me cruzara por el camino. No estaba sola en eso. Varios compañeros ya habían desertado de la carrera y otros la habían dejado en la congeladora. Lo importante no era hacerse de un título universitario, sino volcar nuestra existencia a la vida literaria. No a la literatura como tal, de la manera en la que un bibliófilo lo haría, sino a ese mundo de los poetas, los recitales y las presentaciones de libros.

Me reunía con Los Salvajes una vez a la semana. Bebíamos cerveza en la casa de Túpac —así se llamaba, lo juro— y discutíamos cómo difundir nuestro sello editorial cartonero. Poemarios, escritos por nosotros o por otros autores desconocidos, encuadernados de manera rústica en cartón. Nuestro objetivo no eran las librerías, sino los eventos. En esos lugares no triunfa lo que está bien hecho, sino lo que parece más alternativo. Por difícil que sea de creer, nuestros libros siempre se vendían muy bien. Eran baratos, únicos y estaban firmados por poetas a los que les inventábamos una historia de lo más demente o por autores imaginarios, nacidos de la necesidad de los lectores de encontrarse con un sujeto del que nadie sabe pero que como legado dejó un conjunto de poemas transgresores para el olvido.

Los Suicidas era otro grupo literario, formado por apenas dos personas que no parecían interesadas en ganar más adeptos. Su nombre no tenía nada que ver con sus ideas, aunque corría el rumor de que uno de los dos, un gordito con cabello largo y los ojos verdes, había estado escribiendo durante varios años una novela sobre suicidas japoneses en México. Todos lo llamaban poeta y de hecho había publicado dos poemarios, pero él decía odiar la poesía y que por lo mismo nunca la leía. El otro Suicida, Mario Echenique, se dedicaba la mayor parte del tiempo a escribir cuentos, casi todos protagonizados por artistas homosexuales. Con ellos mi relación era algo distante, quizá porque preferían publicar por la vía tradicional. Siempre despreciaron nuestro sello cartonero y en los eventos vendían caro sus libros. Casi nadie los compraba, pero no les hacía falta porque eran la clase de personas que vivían de ganar concursos. Además, como parecían llevarse bien con Los Salvajes, a pesar de las marcadas diferencias, pude entablar con ellos una especie de amistad literaria que se cristalizaba en las reuniones en el café donde probé los mejores bagels de queso crema y salmón ahumado. Eso sí, el pan era más caro que nuestros libros de cartón.

Vivía con mis padres, así que no tenía que preocuparme por pagar la renta, de manera que podía darme ciertos lujos que otros no se daban. Ni siquiera me presionaban demasiado por la tesis, y cuando me preguntaban de qué se trataba yo les decía que era un estudio de la literatura y el lenguaje posmoderno en Inglaterra. No entendían nada. Yo tampoco. A decir verdad, el trabajo no iba hacia ningún lado, pero el título era tan bueno y pretencioso que silenciaba a todos, incluso a mí. Bien a bien no sabía por qué decidí trabajar en eso. Quizá porque me gustaba la música alternativa inglesa y la televisión de ese país. También debo admitir que elegí el mundo contemporáneo porque a mí la literatura antigua siempre me aburrió bastante. Para mí no existía nada mejor que presionar hasta los límites los versos, transformarlos en imágenes dementes, con vida propia. En general, buena parte de la literatura universal hasta antes del siglo XX había estado atada por reglas muy firmes, sobre todo la poesía. Fue el desenfreno de los vanguardistas lo que permitió que el lenguaje poético diera un paso adelante. El poeta fue, al fin, libre, y con su libertad le llegó a la literatura una nueva posibilidad para crear mundos, escenarios, e incluso lo hasta antes inimaginable.

No es de extrañar que el rock progresivo fuera mi género favorito, ya que era posible extrapolar mis ideas sobre los versos libres hacia la complejidad de una música con estructura cambiante y experimental. Quizá por eso, entre todas las personas que conocí durante esos años, no hubo para mí una presencia más relevante que la de Steven.

Un día una muchacha muy blanca, con el cabello negro y los ojos grises, que en definitiva no parecía mexicana y que fungía como mecenas de muchos poetas y de quien nunca supe su nombre, nos presentó en el mismo café a Steven, un joven inglés un par de años más grande que yo. A diferencia de todos los que estábamos ahí, a él no le interesaba la literatura en lo más mínimo. Él era músico y estaba atrapado en México. Ni siquiera hablaba español. A pesar de eso lo aceptamos en el grupo porque durante nuestras presentaciones nunca nos ceñíamos únicamente a lo literario. Eso habría sido una contradicción de nuestra parte. Es por eso que varios músicos y cineastas experimentales habían participado en nuestros eventos. Al final la poesía era el nexo entre todo.

De la gente del grupo, yo era la que mejor podía comunicarse con Steven porque los demás estudiaban letras hispánicas o porque pasaron toda su vida en escuelas públicas en las que no aprendieron más allá del my name is... Además de mí, también esa joven extraña, que hablaba con acento británico cuando le daba por decir algo en inglés, podía entablar conversaciones coherentes con Steven, pero de cualquier forma ella casi nunca abría la boca y muy difícilmente calificaba como humana. Los Suicidas también tenían un buen nivel, pero no parecían interesados en hablar con un músico, que además estaba más enfocado en encontrar una mujer con la cual hablar. Claro que esa persona fui yo. No porque me eligiera, sino porque insistí en estar a su lado. Tenía el cabello rubio y algo largo, los ojos azules y una barba de tres días que seguramente se dejaba para parecer más indie. Su música era como él: extraña, sin reglas ni límites, y a veces sus canciones podían durar más de media hora.

Como muchos otros, nació empapado por la lluvia londinense. Era curioso, porque en él se reunía tanto lo romántico —ese romanticismo gótico del siglo XIX— como lo nihilista. Solía decirme que la desvalorización de la existencia es positiva en la medida en que comprendemos el mundo como en verdad es, y que la creación artística tiene mucho más sentido en la tristeza. A mí, en cambio siempre me atrajo el existencialismo, aunque más por razones literarias que filosóficas. Él creía en Nietzsche, yo en Camus. Había un par de cosas en común: ambos sufríamos de constantes migrañas desde la adolescencia y los dos éramos fanáticos a morir de Pink Floyd. A mí me gustaba más Wish You Were Here, mientras que él prefería Animals.

Todo eso lo descubrí en su departamento. Un lugar pequeño y desordenado en el que vivían los demás integrantes de su banda y en el que indudablemente se respiraba el olor a mota, según Steven porque ése era el único remedio efectivo contra la migraña. No estaba equivocado, he de confesar. Si vamos a experimentar con el arte, ¿por qué no habríamos de hacerlo con los estados de consciencia?, me decía. Para mí no era algo nuevo. Había empezado a fumar marihuana a los diecinueve años, aunque muy ocasionalmente. Para él, además de una forma de librarse de la migraña, era una forma de encontrar inspiración. En lo personal yo no creía en ese cuento: el arte es un chispazo y el resto es puro trabajo, pero creer en las musas, vengan de donde vengan, es más romántico que estar convencido de que un poema o una melodía no son una súbita iluminación sino más bien el fruto del esfuerzo. Nunca se lo dije. No faltaba que lo hiciera porque con esa simple idea era suficiente para crear esas canciones trepidantes e hipnóticas que podían mantenerme en silencio por horas, viendo sus movimientos a la distancia mientras yo me quedaba como una isla inamovible en su casa.

De todos, el día más memorable fue cuando me invitó al concierto de unos amigos suyos en una suerte de pub ubicado en algún callejón perdido del Distrito Federal en el que se dedicaban a imitar el modo de vida inglés. Cosas como esas abundan en esta ciudad demente, me dije a mí misma cuando, envuelto en periódico, un mesero me trajo una orden de fish 'n' chips, el plato emblemático de la cocina urbana inglesa, y dos tarros de cerveza oscura. Aquello fue lo único bueno de esa velada. La música fue un fraude. El mismo Steven me dio la razón: Their music is crap, I know. Y es que no era más que una mala imitación de Pearl Jam, con un sujeto tratando de cantar grave alguna letra que hablaba de lo miserable que se sentía. El grunge había pasado de moda en los noventas, y la verdad es que su fama fue de lo más efímera, tanto así que culminó el día en que un músico sobrevalorado, que hoy es tratado de dios, se suicidó con la ayuda de una escopeta.

Después de ese concierto desangelado como la bruma de un callejón, fuimos al apartamento de Steven donde todos, menos él, comenzaron a beber. Apenas entré pude percibir el caos del lugar, los gritos desaforados, las risas estruendosas y los botes de alcohol en el suelo. Tal escenario había instalado en mi cabeza una migraña insoportable. Me recosté en un sillón mientras Steven acariciaba mi cabello. Cerré los ojos para poder concentrarme en él y no en la fiesta. No necesitaba nada más para estar tranquila, para construir en mí misma un albergue contra el mundo y sus inclemencias, del vodka con Red Bull e incluso de una jeringa suministrando una dosis de heroína en el brazo del bajista, un joven con síndrome de Asperger que nunca hablaba con nadie. Debo admitir que observé eso con cierta calma, sin horrorizarme por lo que pasaba —había visto cosas peores antes en la casa de Los Salvajes y además estaba bajo el influjo de las manos del inglés—. Tranquila, le pregunté a Steven si él también se metía eso. Sus ojos azules me silenciaron. Por eso es que son tan malos músicos, me dijo, lo mío, en cambio, es el ácido. Según él porque los opiáceos sólo sirven para inflar el ego, mientras que las drogas psicoactivas para alcanzar un conocimiento más sublime, un verdadero estado de liberación, un encuentro con el yo. Después sacó un paquetito que me entregó en la mano.

Dos horas y media después, que es cuando el ácido tiene su mayor efecto sobre el cerebro, el departamento se había vuelto un conjunto de líneas distorsionadas y la cara de Steven una pintura abstracta que quise bosquejar en un cuaderno que no sé de dónde apareció. Vi mis manos como tentáculos jugando con los espacios en blanco mientras él, recostado en el piso —o podía ser el techo, no sé— movía los brazos insistentemente. Mis palabras eran también estelas confusas, versos inconexos pertenecientes al más delirante de mis poemas. Eres la extensión de mí misma, le decía a Steven, quien parecía tan lejano como podría estarlo otra realidad, otro mundo, el de los poetas que no escriben ni un solo verso, el de los músicos que sólo necesitan su mente para hacer una sinfonía de todo el universo, el de los hombres que se encuentran más solos que nunca, libres incluso de la libertad. Eres un lienzo, repetí insistentemente esa noche, tan infinito como el mar, como los océanos que no tienen memoria.

Horas más tarde vi a Steven tendido en el sofá. Estábamos solos. Caminé hacia él y me senté a su lado. Dejé que su cabello se escurriera por mis dedos, como un caudal infinito. Así estuve hasta que sus ojos azules se quedaron fijos sobre mí y yo no pude hacer otra cosa que abalanzarme sobre él y echarme a llorar. Quería que mis lágrimas se perdieran en sus ojos porque en ese momento yo me sentía flotando a la deriva. Sí, era un nuevo mundo. Ninguna unión hubiese sido más profunda que la de mis lágrimas en el abismo azul de su mirada.

Los meses siguientes no fueron muy distintos a ese noche aunque sí mucho más calmados porque hubo veces en las que ni siquiera nos hicieron falta los psicoactivos. No era necesario: luego de probarlos por primera vez ya todo es diferente, como si naciera otro mar más allá de los miedos que uno lleva dentro pero de los que no estaba al tanto. Aunque siempre me negué a vivir con él iba a visitarlo casi todos los días. Lo mejor era encontrarlo cantando con su voz aguda y tocando un melotrón viejo que se trajo de Inglaterra. Nuestro pasatiempo era dar un paseo por la discografía de Pink Floyd, la de King Crimson, la de Camel y la de Rush.

Durante todo ese tiempo no avancé nada en la tesis e incluso me aparté un poco de Los Salvajes y Los Suicidas, si bien nunca perdí por completo el contacto con ellos. Hacer libros de cartón ya no me interesaba porque estaba muy ocupada escribiendo nuevos poemas, y eso decepcionó a Túpac y a los demás. Ya habría tiempo para hacer una edición más cuidada de mis textos.

Por las noches acostumbraba subir a la azotea del edificio. La vista nocturna de la ciudad me emocionaba. El Distrito Federal se mostraba ante mis ojos como un lienzo negro del que emergían miles de luces angustiadas. Aquella visión era el escenario perfecto para mi nuevo proyecto. Había comenzado a escribir una historia para el disco que Steven planeaba grabar dentro de poco. Muchas de las canciones ya estaban listas pero faltaba la letra. Decidimos que sería buena idea hacer un álbum conceptual, como The Dark Side of the Moon de Pink Floyd o Metropolis Pt. 2: Scenes from a Memory de Dream Theater. Yo sería la encargada de darle sentido a la obra. La Ciudad de México era el escenario perfecto para contar el destino del hombre más libre de todos, un personaje que después de emerger de las entrañas del metro se encontró con una ciudad vacía que con su imaginación era capaz de llenar.

No contaba con que una noche, al regresar al departamento de Steven, mientras él cantaba frente al melotrón Shine on You Crazy Diamond, el baterista de la banda entraría a la casa como un loco a darle de golpes a Steven, quien no hacía nada por defenderse. Me alejé lo más posible, pero logré escuchar algo que podría traducirse como: Cabrón, mientras te estabas cogiendo a esa zorra, Thom se moría por una sobredosis de heroína. Se refería al bajista, el tipo con Asperger que nunca hablaba. Al cabo de un rato, después de gritar cualquier cantidad de insultos, el baterista se cansó de golpear a Steven, quien, estoico, le dijo de forma contundente: Fuck off. Supuse que se desataría una nueva golpiza, pero para mi sorpresa al poco rato nos volvimos a quedar solos en el departamento, como si esa orden de Steven hubiese bastado para borrar la sombra de la muerte de Thom. Desesperada, le pregunté si él sabía de la situación. No recibí ninguna respuesta. Lo único que vi fueron esos ojos azules que no querían mirarme. Volví a insistir una y otra vez, sacudiéndolo, pero Steven era como un muñeco sin vida o como autómata al que le habían arrebatado el último trozo de humanidad.

Finalmente me tomó de la mano y me condujo hacia la azotea. Caminaba despacio, casi arrastrándose. Sobre nuestras cabezas sólo podía verse una gran oscuridad, un cielo opacado por nubes negras. Steven se acercó lo más que pudo al borde del edificio y se sentó. El mar, una idea en blanco, ¿qué te parece?, me preguntó sin voltearme a ver. No fui capaz de decir nada. No tenía idea de lo que estaba hablando. La historia del hombre más libre de todos, dijo, susurrándole al viento. Aunque en ese momento comprendí sus palabras, empecé a sentir miedo. ¿Inventaría un mundo sin muerte?, reflexionó para sí mismo, sería un desperdicio; un lugar sin la libertad de imaginar qué es lo que hay detrás del horizonte de la muerte, sin la libertad de explorar aunque sea la posibilidad de temerle, ¿te lo puedes imaginar? No habría poemas ni canciones, sería el peor mundo de todos.

Llena de miedo, salí corriendo de aquel lugar. Dejé solo a Steven, quien se quedó hablándole al viento. Al salir del edificio todavía era capaz de sentir su mirada persiguiéndome. Él era el vigía de una noche vacía que sólo nos pertenecía a los dos, donde no importaban ni siquiera los muertos. A medida que apresuraba el paso la ciudad parecía quedarse más vacía que nunca. Dejé de chocar con las personas porque simplemente habían desaparecido y no quedaban ni sus sombras. Incluso en mi huida desesperada me pareció que las luces de las casas y del alumbrado público se apagaban apenas las dejaba detrás. Los edificios, testigos de mi miedo, nunca se vieron tan altos como aquella noche. Finalmente me tropecé. Caí al suelo y, al cabo de unos minutos, me tendí bocarriba. Vi el cielo, las nubes negras, los edificios que parecían elevarse hasta el fin del universo, el mar más oscuro de todos, mis propios poemas.

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