Mil gracias si alguien está leyendo esto.

Sé que el principio es confuso, pero si me dan una oportunidad prometo mejorar. Tengo varios capítulos ya hechos, si recibo por lo menos 5 reviews será la señal de que quieren más, si no es así, ¡gracias igualmente por leer!

1. Campo Dorado

En ese momento la temperatura de las mantas era perfecta. Atrás habían quedado el calorcillo molesto de la medianoche y el frío previo al amanecer. Lluvia se hizo un ovillo y ni siquiera se permitió bostezar. Gruñó medio dormida cuando el insistente trinar de los pajarillos fuera de su ventana amenazó con despertarla por completo. Apretó los ojos con fuerza y trató de volver a dormir.

El recuerdo de su sueño aún estaba fresco y era fácil evocarlo. Un campo verde bañado de sol se extendía hasta el horizonte y ella estaba de pie, girando sobre sí misma en medio de una vasta alfombra de margaritas. El calor emanado del sol le llenaba cada poro de piel y la colmaba de energía. Mientras daba vueltas, un brazo tibio le rodeó la cintura y la hizo sentir confiada. Suspiró con felicidad y muy lentamente movió la cabeza para encontrar al dueño de ese brazo… Fue entonces cuando el ruido de las aves la despertó.

El agradable sonido del viento se vio distorsionado por el molesto deslizar de una gota de agua resbalando por la grieta del jarrón hasta llegar al platito dispuesto para detenerla, desbordarlo y caer al suelo de piedra con un intolerable 'pluc'. Resultó inútil concentrar sus pensamientos en la dulce melodía del viento o en el soleado día de su sueño. El monótono pluc-pluc-pluc era suficiente para acabar con toda armonía y forzarla a abrir los ojos. Una hendidura en la ventana dejaba colar un tímido y precoz rayo de luz, y fue esto lo primero que Lluvia pudo enfocar con nitidez. Gruñó con más fuerza y se empujó las mantas hasta la cintura antes de sentarse en el viejo catre. Frotó sus ojos y buscó la trenza en su espalda como si temiera no encontrarla.

A juzgar por los ruidos provenientes de la otra habitación, su madre y hermana estaban ya despiertas y atareadas con las primeras faenas del día. El catre en el otro extremo de la habitación estaba tendido y con la solitaria almohada en su sitio. Nube siempre se levantaba antes del canto de los gallos y, tan silenciosa como un gato, trabajaba con la dedicación de una hormiga. Ella, a diferencia, tenía la agresividad del gallo, la holgazanería del gato y la voracidad de las hormigas. Las características de la fauna de la zona estaban repartidas equitativamente entre ambas.

El olor a huevos cocidos y leche tibia despertó su apetito. Buscó su ropa y alisó el delantal con las manos; no consiguió gran cosa, pero lo ató a su cintura antes de soltar su larga trenza castaña y cepillarse el cabello para volver a trenzarlo. El agua fresca sobre su rostro siempre la animaba, pero, para despertarla del todo, nada resultaba más eficiente que abrir la ventana y encontrar un joven sol en el horizonte anunciando el nacimiento del día.

La muchacha respiró profundamente y sus pulmones se llenaron del frío aire de la mañana. El cielo todavía contaba con unos ligeros toques de índigo y la luna, reacia a ocultarse de todo, se mantenía pálida y distante en un extremo del paisaje en la ventana. En un par de horas todo se teñiría de colores vivos y contrastantes.

—Buenos días —la saludó su madre con la cariñosa sonrisa de siempre.

Con manos ágiles, aunque algo avejentadas, cortaba finas rebanadas de pan para luego colocarlas con esmero en un canasto, cerca del queso y la fruta.

Nube, con gesto de superioridad, le señaló a su hermana la jarra de agua vacía. Lluvia refunfuñó y se frotó los ojos antes de tomar un cántaro grande para salir por agua. Aquél era su castigo por ser la última en levantarse. La holgazanería no era bien vista en esa casa.

—Gruñir no es un saludo, Lluvia —declaró Nube, sin desviar la vista del fuego donde terminaba de cocinar algunos huevos—; ni siquiera para los bárbaros.

—Voy por agua —ignoró a su hermana y bufó.

La ponía de mal humor humedecerse la ropa, y su habilidad no era tanta como para sacar agua del pozo manteniéndose seca.

—Sin resoplar, jovencita —la reprendió su madre con la voz un poco más firme.

En unos meses, Lluvia cumpliría veinticinco años, todas las que algunas vez habían sido sus amigas estaban ya casadas y lucían con el mismo orgullo su trenza recogida en un moño y a cada uno de sus hijos. Ella oficialmente era una solterona, pero su madre seguía empleando ese jovencita en tono admonitorio. La muchacha continuaba luciendo su larga trenza que pronto le alcanzaría las rodillas e ignoraba las miradas lastimeras a su paso.

Lluvia tomó la manzana más roja del pequeño costal preparado para el almuerzo de ese día y, después de limpiarla en su delantal, la mordió con fuerza antes de dirigirse al pozo para llenar el cántaro, con la fruta aún sujeta por los dientes. Dejó un poco de agua en la orilla del pozo y, al momento de darse la vuelta, tres o cuatro pajarillos ya bebían de ella con voracidad. Les perdonó la interrupción de su sueño: no era sano guardar rencores.

El desayuno transcurrió con cotidianeidad: Nube tenía la nariz pegada en uno de los libros de Tobías y leía con el rostro inexpresivo; Clo, su madre, comentaba en voz alta el alarmante incremento de sus deudas, y Lluvia trataba de desviar la conversación a temas más alegres, como la gran cantidad de huevos puestos por Florecita, su gallina favorita.

Era día de mercado en la aldea, y ellas, además de vender huevos, algunas hortalizas, panes hechos por Nube, y prendas cosidas y tejidas por Lluvia y Clo, aprovechaban para hacer las compras necesarias; actividad ridículamente breve dadas las escasas monedas que tintinaban en sus bolsillos.

Resultaba muy sencillo calcular la hora por la posición del sol en el cielo, pero la impaciencia de Nube ya la hacía tamborilear los dedos en cada superficie plana y aquello era, por lo menos, tan exacto como el astro. Dos series de golpecillos con sus dedos equivalían a un segundo. Su ceja derecha se arquearía a la hora programada para salir y se cruzaría de brazos a los cinco minutos de retraso. ¿Quién necesitaba sol o un reloj teniendo a Nube?

Llevaban apenas unos metros andados cuando Clo se detuvo y llevándose una mano a la frente giró y chocó con Lluvia, quien la seguía muy de cerca.

—Olvidé cerrar la ventana —explicó.

— No creo que vaya a llover —la tranquilizó Lluvia; casi era hora de recoger las cosechas y durante las últimas semanas el clima se había mantenido cálido y seco.

—No me da miedo la lluvia. Me preocupan las ardillas —dijo Clo desandando el camino—. ¿Recuerdas los destrozos en la cocina cuando se metieron varias la última vez que dejamos la ventana abierta?

Nube suspiró y detuvo al viejo borrico con la carga. Empezaba a impacientarse y eso la ponía de mal humor. Cualquier evento no planeado la alteraba, incluso una ventana abierta o un roedor curioso. Pasar todo el día con una Nube disgustada era una clase de tortura demasiado cruel y ameritaba un pequeño sacrificio para librarse de ella.

—Iré a cerrar —declaró Lluvia con resignación.

—Encárgate de dejarles claro a las ardillas que no son bienvenidas en casa —añadió Nube con su típica sonrisa irónica.

Clo la miró con los ojos entrecerrados y Lluvia se mordió el labio para no reír enfrente de su hermana; dio un par de pasos y sus ojos se posaron en la ventanita entreabierta, resopló ligeramente. En ese instante, como si su suave exhalación contara con la fuerza necesaria para recorrer varios metros y empujar el trocito de madera que mantenía la ventana abierta, ésta se cerró de golpe.

Regresó con su madre y su hermana encogiéndose de hombros y sonriendo alegremente: a veces tenía suerte. Nube le dio una palmada al animal y continuaron su camino sin mayores contratiempos.

Un pasto crecido y aún verde gracias al riachuelo cercano, las acompañó durante una buena parte del sendero, antes de dejarle el paso libre a los altos y dorados trigales que valseaban al compás de viento y por los cuales la aldea recibía su nombre: Campo Dorado. A lo lejos, algunas vacas pastaban con tranquilidad y varias ardillas hacían temblar las ramas de los árboles cercanos. Minutos después las carretas empezaron a reemplazar a los animales y los rostros conocidos aparecían entrando y saliendo del camino principal.

La vieja Mila, con sus canastas de mimbre, ya ocupaba su espacio a un lado de ellas. Al verlas, su rostro arrugado se iluminó y les sonrió mostrando sus encías desdentadas. De inmediato retomó la conversación interrumpida una semana atrás y les recordó lo mal que le sentaba el frío de la mañana a sus cansados huesos. Clo la escuchaba con interés y Lluvia intercalaba sonrisas comprensivas con cada mercancía acomodada. Nube liberaba al burro del costal con las hortalizas cuando, salido de la nada, un joven moreno, alto y fornido apareció detrás de ella luciendo su mejor sonrisa. Ruy, todavía con algunos clavos en la boca, abandonó la carpintería y corrió a ayudar a Nube. Como cada semana, permaneció a su lado tartamudeando y tosiendo nerviosamente hasta conseguir una sonrisa de gratitud que lo dejó a punto de tragarse un clavo.

Lluvia observó a su madre en una animada conversación con Mila, a su hermana leyendo mientras se dejaba admirar por Ruy, y empezó a bostezar. Durante el cuarto paseo de una mujer pequeña y obesa realizó la primera venta y antes de quedarse dormida decidió dar una caminata alrededor de la aldea. Pasó largo rato estudiando unos complicados encajes y tratando de memorizarlos porque, quién sabe, probablemente muy pronto, Nube necesitaría un ajuar de novia.

Caminaba sin rumbo fijo, dejándose empujar mansamente por todos aquellos quienes, a diferencia de ella, tenían prisa y un lugar al cual dirigirse. Hombres cargados de pesados bultos, animales de ojos tristes jalando desvencijadas carretas, mujeres con tres o cuatro pequeños detrás de ellas y, en ocasiones, elegantes jinetes ataviados con terciopelo y montados en caballos de brilloso pelaje. De cuando en cuando, hallaba un rostro conocido y sonreía de forma animada, pero todos parecían ocupados y se alejaban de ella después de saludar rápidamente con la mano.

Encontró una fina tela de un encantador color rosa, y al poner la mano cerca de ella supo que era el tono perfecto para su color de piel, pero el precio del corte era el equivalente a su alimentación de todo un año, por lo que se despidió con un suspiró y buscó otra manzana en su delantal.

—¡Lluvia! —exclamó una voz conocida a su espalda.

—¡Hola, Lena! —Saludó Lluvia a la joven; debió pararse de puntitas para mirarla de frente debido a su baja estatura—. Acabo de ver a Ruy —añadió dejando caer la manzana en su delantal. No pensaba compartirla, podía ser muy egoísta cuando se trataba de su fruta favorita.

—Me imagino. Habrá corrido con Nube como de costumbre. Ya le dijo a papá que quiere unirse a ella, ¿sabes? —Le confesó como si se tratara de una travesura de su hermano—. Hace semanas Nube perdió una cinta de su cabello y él la guarda desde entonces; no te sorprendas cuando veas la cinta atada a una cesta de provisiones frente a tu puerta.

»A papá no le agradaba la idea, pero ya parece más conforme…

Lluvia sonrió imaginando el rostro serio de Nube al abrir la puerta y hallar la canasta con su cinta. Era una tradición tonta: tomar la cesta de provisiones aderezada con una pertenencia de la dama a quien iba dirigida y preparar una cena con ella, implicaba aceptar el compromiso matrimonial. Ese mismo día durante la cena, y con ambas familias presentes, se fijaba la fecha de la ceremonia de unión y con eso daba comienzo el breve noviazgo.

Si por alguna razón la dama no deseaba aceptar el ofrecimiento, la canasta permanecía en la puerta, hasta que el desairado galán, con la cabeza baja y la derrota dibujada en el rostro la recuperaba. Aquél era un pensamiento desagradable para Lluvia, por lo que sacudió la cabeza y se deshizo de él.

Nube sentía apreció por Ruy, era un joven sano, alegre y de buena familia. Uno de los mejores partidos de la aldea. La carpintería de su padre era visitada lo mismo por aldeanos que por gente del palacio y siendo el único varón en su familia, algún día ese sería su patrimonio. Lo más importante de todo, era la adoración ciega de Ruy por Nube.

Lluvia sintió el brazo de la jovencita en el suyo y notó que caminaba a su lado a través de la calle principal de la aldea, la más transitada y donde se encontraban los comercios más importantes. El borde de su falda clara ya lucía pardo a causa de la caminata, pero no se había tomado la molestia de sacudirla hasta entonces, cuando una frase de Lena llamó su atención. Recargó la espalda en una de las repisas de la alfarería y un par de hermosas jarras decoradas temblaron peligrosamente mientras ella se sacudía la falda con energía.

—¿Por qué tu padre no quiere a Nube? —quiso saber, esforzándose en disimular su enfado.

—No, no. No es eso. Son costumbres viejas, ya sabes. Hubiera preferido ver a Ruy casado con una muchacha nacida aquí. Es una tontería, pero ya se le ha pasado. Aunque, de cualquier forma, Ruy no hubiera cambiado de planes, con o sin la aprobación de papá… está loco por Nube —sonrió con picardía.

Eso podía soportarlo. No ser nativa de la aldea era el único defecto imaginable de su hermana. Bueno, tal vez un poco de rigidez y mal genio, pero eso y su habilidad con el sarcasmo la hacían divertida. Nube era apenas una bebita de semanas cuando su madre y ella llegaron a la aldea; ya habían pasado casi veinte años de aquello. Veinte años… de golpe se sintió vieja. No ayudaba saber a su actual acompañante por lo menos seis años más joven que ella.

—¿Y que haces aquí? — preguntó, más por cambiar de tema que por interés.

—Moría de curiosidad —declaró la joven, repentinamente entusiasmada—. Hace unos días llegaron a la aldea un par de carruajes muy elegantes, con seguridad iban al palacio. Ruy vio a una mujer y a un joven en uno de ellos. Debe tratarse de la Reina Peregrina. ¿Recuerdas la historia? Esa mujer que vive recorriendo todos los reinos sin establecerse en un lugar fijo. Seguramente vendrá hoy, está viviendo en el palacio.

Lena continuó parloteando alegremente por varios minutos y sin darse cuenta estaban ya en los límites de la aldea. Los locales empezaba a escasear, la poca gente se movía sin tanta prisa y, a los lejos, los árboles se acariciaban unos a otros anunciando el inicio del bosque. Esa era una señal clara para emprender el regreso. Se detuvieron a cierta distancia de la taberna, el último comercio al final del camino principal, y giraron sobre sus talones para dirigirse a la carpintería.

Un ruido agudo las sorprendió: era el chirrido de una vieja puerta al abrirse. Fue seguido por otro de voces exaltadas y, por fin, cuando ya su atención estaba concentrada en la entrada de la taberna, por la puerta de ésta salió disparado un bulto que levantó una gran cantidad de polvo al azotar contra el suelo con un golpe seco.

El hombre —porque eso resultó ser el bulto— cayó a unos cuantos pasos de los pies de Lluvia; aún tenía en la mano un tarro de cerveza y el líquido se desparramó cerca de sus dedos formando un charco lodoso. Intentó ponerse en pie, pero su mano resbaló con el lodo y volvió a caer dolorosamente.

Cuando tras un segundo intento logró erguirse sobre sus piernas, éstas tambalearon al soportar su peso. En un esfuerzo por mantener el equilibrio, el hombre dio un giro y terminó observando de frente a Lluvia. No se trataba de alguien conocido, debía ser un forastero. Era muy alto y grueso, aunque ya entrado en años. Su piel blanca estaba surcada de arrugas y sus ojos, enrojecidos por el alcohol, parecieron a punto de explotar al posarse largo rato en el discreto escote de la muchacha. Dio un par de vacilantes pasos hacia ella y extendió la mano queriendo tocarla.

Lluvia no tuvo tiempo de reaccionar, cuando las uñas amarillentas y sucias estaban a punto de rozar su piel, alguien la tomó por la cintura para alejarla y, parándose frente a ella, alejó de un golpe la mano. Los dos hombres mantuvieron un largo duelo de miradas que, sin remedio, ganó el recién llegado.

Entonces el sujeto ebrio señaló al cantinero tuerto, quien observaba la escena desde la puerta de la taberna, y comenzó a reír de forma histérica. Una pequeña multitud ya se había reunido y lo observaba con el interés propio de quienes no acostumbran presenciar eventos fuera de su rutina.

—Se los digo… es el fin… —gritó con una voz rasposa y pausada. El hedor escapado de su boca resultaba casi visible—. La primera guerra se repetirá… Ya lo verán.

—¡Oh! ¡Lárgate ya! —bufó el tuerto, y amenazó con aventarle un cubo de agua encima—. No vuelvas a espantar a mis clientes con tus locuras.

Aparentemente el individuo obedeció; tambaleó una vez más y se alejó trazando eses con los brazos extendidos hacia la desaparecida muchedumbre. Caminando de espaldas, miró con odio a Lluvia, medio escondida detrás de su salvador, y desapareció en el bosque dejando tras de sí un aroma a licor y suciedad.

En el suelo, un hilillo de cerveza escapaba velozmente del charco y amenazaba con mojar los zapatos de Lluvia. La tierra apisonada se oscurecía lentamente al contacto con el líquido y ella se limitó a observarlo. No necesitó levantar el rostro para saber quien se encontraba parado frente a ella, formando una barrera protectora contra las ya pocas miradas curiosas.

—Éste no es un buen lugar para usted, señorita Lluvia —señaló la voz serena y firme de Tobías, El Sabio Tobías.

—No empieces, Tob, eres aburridísimo cuando te portas así —gruñó la muchacha—. Ya volvíamos con mamá. ¿Nos acompañas? Nube quiere hacerte algunas preguntas.

Su humor se aligeró al notar los labios apretados del hombre al escuchar la familiar forma en que lo trataba, totalmente opuesta al exagerado respetó mostrado por él.

Tobías suspiró discretamente y mantuvo el rostro serio aunque los ojos oscuros brillaron divertidos bajo unas tupidas cejas. La tomó por el codo y caminó a su lado luego de inclinar la cabeza en dirección a Lena como saludo. Lluvia estiró el cuello lo más posible, deseando ganar con ello un par de centímetros y no parecer tan pequeña a lado de Lena, quien era capaz de ver la coronilla de casi todas las personas sin alzar el rostro. Ella, aun parándose de puntillas, apenas alcanzaba el hombro de sus acompañantes, ambos de elevada estatura.

Durante todo el camino de regreso, el codo de Lluvia se mantuvo firmemente sujeto por la mano de Tobías; el ligero balanceo motivado por su cojera resultaba casi imperceptible y no abreviaba la solidez de su apretón. Lena caminaba a lado de ella tratando de hablarle sin ser escuchada por el hombre. La gente de la aldea no confiaba en él; lo mantenían al margen y lo trataban como si fuera un extraño y no un vecino más. Su fama de ermitaño llevaba años consolidándose y muy pocos eran capaces de recordar al joven de dieciocho años que, con otros cinco muchachos más, se marchó una soleada mañana de la aldea para embarcarse en Puerto Esperanza, dispuesto a luchar contra los bárbaros en la Guerra de todos los Reinos.

Pasados diez años, y cuando todos los daban ya por muertos, Tobías regresó como único sobreviviente. Una carreta llena de libros en idiomas extraños, una vieja mula y una ligera cojera eran todo cuanto la guerra le había dejado. La cabaña donde sus padres habían muerto esperándolo estaba abandonada y en un principio se dedicó de lleno a su reconstrucción.

La gente lo visitaba manifestando no solidaridad ni aprecio, sino vil curiosidad. Las insistentes preguntas sobre la guerra y las costumbres bárbaras nunca recibieron respuestas y, poco a poco, la gente se alejó, tachándolo a partir de entonces de trastornado y huraño. La compañía de sus libros le ganó el apodo de Sabio y era tratado de la misma forma que los ebrios consuetudinarios, bravucones afamados o los atacados de alguna enfermedad infecciosa: con el civil castigo del desprecio.

La gratitud de Clo, quien aún era capaz de recordar la amabilidad de la familia de Tobías y la cálida forma en que la recibieron cuando ella llegó con dos niñas pequeñas, la impulsó, primero a estar cerca del lecho de muerte del matrimonio, y más tarde a ayudar y recibir al hijo con una sonrisa de comprensión, cariño y ni una sola pregunta. El sentirse aceptado y bienvenido dentro del círculo familiar de esas tres mujeres fue el único reconocimiento para él por los años perdidos durante la guerra.

El camino se hizo más largo de lo normal debido al pesado silencio. Si Lluvia trataba de entablar una conversación, Tobías se limitaba a contestar con vagos monosílabos muy parecidos a gruñidos; lo cual confirmaba una vez más la satisfacción del hombre al saberse considerado un salvaje. Lena lo miraba de reojo, casi atemorizada y cuando llegaron a la carpintería musitó un par de palabras de despedida y se perdió en el interior del local con un suspiro de alivio.

—¡Tobías! —Clo se acercó a él, dejando a un lado su labor de bordado—. Gracias por traerla de vuelta. Empezaba a preocuparme.

Lluvia resopló con incredulidad. Regresaba de un paseo y su madre se comportaba como si acabara de ser rescatada de una manada de búfalos salvajes. Tob soltó una media sonrisa al notar su gesto y de inmediato sacó de su chaqueta un minúsculo libro para Nube.

La muchacha sonrió con gratitud antes de tomar otros dos libros, muy gruesos y pesados, para devolvérselos a su dueño. Apretó los labios reprimiendo el impulso de iniciar una larga perorata sobre uno de los ejemplares. Había quedado obsesionada con algunas de las viejas leyendas de las Tierras Secas y Clo y Lluvia se vieron obligadas a soportar sus comentarios hasta muy entrada la noche. Cuando Nube le permitía a su boca soltar la primera palabra sobre una de sus lecturas, resultaba imposible callar al siguiente millón.

Aunque Tobías compartía su amor por la palabra escrita, era más mesurado y prefería escuchar a hablar. Nube podía atiborrarlo con largos análisis sobre los textos leídos y mantener su atención por horas, pero nunca en público. Con una sonrisa educada el hombre se despidió de ellas y como premio de consolación, prometió ir a tomar el té muy pronto. Nube suspiró y miró resignada al interior de la carpintería. Lluvia supo que Ruy sería el encargado de escuchar a su hermana y, por supuesto, lo haría con más gusto que Tobías, pero comprendiendo sólo una décima parte. A Ruy le daba lo mismo si Nube entonaba una de las canciones más vulgares cantadas en la taberna o le explicaba la forma de calcular el inicio de la temporada de siembra. Con escucharla era feliz.

Cuando el calor de la tarde se incrementó, la manzana en el bolsillo de Lluvia reclamó su atención haciéndose más pesada. La tomó en su mano y a punto de morderla su madre la detuvo, recordándole que aún no había comido. Después de esa breve regresión a su más tierna infancia, hizo un mohín y devolvió la manzana a su delantal. Comió de mala gana un poco de pan y queso, llenándose la boca al punto de merecer una mirada desaprobadora de Nube.

Una sensación extraña en el pecho hizo a Lluvia moverse inquieta. Empujó el que colgaba de su cuello para frotarse libremente. La piel le ardía, sentía una nausea extraña y un sudor frío recorriéndole todo el cuerpo. Miró un trozo de queso con desconfianza: tal vez estaba descompuesto y eso la había enfermado. El mareo que le confundía los pensamientos la hacía sentir en medio de un sueño, ajena a todo y presenciando una escena sin participar directamente en ella. A su alrededor vio gente moverse en todas direcciones, a su madre y hermana continuar con sus actividades y de pronto su malestar la obligó a jadear profundamente. Escuchó su respiración agitada de forma lejana, como si fuera un eco.

Todo empezó en un instante; al principio fue sólo una fuerte ráfaga de viento, luego siguió otra y otra. Clo movía los labios pero el sonido de sus palabras no la alcanzaba. Entonces, más que notarlo, Lluvia sintió la fuerza del viento naciendo en sus pulmones. Los flecos adornando las bridas de cuatro magníficos caballos negros recién aparecidos se sacudían violentamente al ritmo de su respiración y el elegante carruaje jalado por ellos se ladeaba sin control. En medio de su desconcierto, Lluvia se esforzó en no respirar, pensando así parar aquella ventisca. Desgraciadamente, después de unos segundos, la bocanada de aire que aspiró creó un tornado en su pecho rebasándolo hasta exteriorizarse. Sus manos se aferraron al medallón sacudido por el viento y lo sostuvieron, manteniéndolo firme sobre su corazón.

A través de la ventanilla del carruaje observó a una mujer de sorprendente belleza, a pesar del gesto de sorpresa que en ese momento distorsionaba sus facciones. A su lado, un joven pálido y de rostro delgado, parecía hacer enormes esfuerzos por respirar.

El viento alrededor de la muchacha y el carruaje continuaba causando estragos, pero en un pequeño círculo, con ellos como centro, la calma había regresado: aparentemente, estaban en el ojo del huracán. De nuevo, Lluvia trató de contener la respiración; sus oídos empezaron a zumbar pero ella se mantuvo firme, mientras a lo lejos observaba objetos arrastrados por la fuerza de la corriente. El joven dentro del carruaje movía los ojos con desesperación y sus miradas se encontraron un instante antes de que una profunda lividez se apoderara de ella y le nublara la vista.

Se sintió flotar y ya no fue consciente de su cuerpo al caer pesadamente sobre el suelo.

Una manzana roja y grande se deslizó de su bolsillo y rodó algunos centímetros hasta ser aplastada por la pata de un nervioso caballo.