Gracias a las personas que leyeron y dejaron review. Respondiendo al comentario de uno de ellos. creo que es sólo a través de reviews que podemos saber que es lo que no les gusta y por qué, para así tratar de mejorar. De cualquier forma con este capítulo me doy una segunda oportunidad de saber qué les parece.

Saludos.

2. Cambio de planes

El sabor amargo de la infusión de raíces ya estaba impregnado, no sólo en la boca de Teo, también en su garganta y nariz. Probablemente esa amargura lo obligaba a mirar con desprecio todo cuanto lo rodeaba: las lujosas mantas, los cuadros de las paredes, los espejos, incluso la fina copa de plata donde bebía el desagradable líquido. Quedaban solamente unas gotas cuando dejó el recipiente sobre el buró de caoba y secó sus labios. Su brazo cayó casi muerto a un costado, como si el intrascendente trabajo de beber estuviera más allá de sus posibilidades. Sonrió con amargura al recordar que, en esos momentos, así era.

Todo su cuerpo estaba tenso, adolorido y débil. Sus miembros actuaban como herramientas de poco valor, reaccionando con lentitud a sus deseos; cada movimiento era una dolorosa proeza. Incluso la sencilla tarea de erguirse, apoyando las manos en el colchón, requirió una inusual concentración y fuerza.

Una doncella esperaba instrucciones mientras lo observaba a prudente distancia, con la barbilla inclinada sobre el pecho en señal de respeto. Teo señaló la ventana abierta con una fugaz mirada que, a pesar de todo, hizo correr a la joven para cerrarla. Desde el día del tornado, el mismo de su última crisis, no había tenido oportunidad de salir. Un par de días más tarde, al recuperar la conciencia, sus ojos encontraron un paisaje gris y una densa neblina capaz de transformar los árboles cercanos en manchas difusas de un color verde oscuro. Eso no mejoraba ni su salud ni su estado de ánimo.

La joven del servicio continuaba mirándolo; la extraña mezcla de piedad y miedo en sus ojos logró exacerbarlo y de haber tenido fuerzas él mismo la habría sacado de la habitación a empujones. La chiquilla parecía una gallina asustada esperando misericordia del hacha del cocinero. El "vete" que Teo quiso gritarle murió en su garganta sin siquiera alcanzar el grado de murmullo. Afortunadamente el miedo de la joven la orilló a buscar la puerta por instinto y al no recibir una orden en sentido contrario abandonó el cuarto con prisa y alivio.

Teo giró el rostro hasta sentir la suave tela de la almohada en su mejilla. A pesar de no tener queja alguna por la generosidad de sus anfitriones estaba harto de ese lugar; el clima frío de las montañas succionaba toda la energía de su cuerpo, le provocaba nauseas y unos terribles dolores en las piernas. Él y su madre habían pasado los últimos meses recorriendo costas soleadas y la cálida brisa del mar resultó ser la más eficiente de todas las curas a las que se había sometido. En medio de su desesperación, el mejor aliciente para su pronta recuperación era la promesa de que con ésta vendría la partida y el viaje hacía tierras bajas lo recompensaría con un clima cálido y agradable. Dacia llevaba ya mucho tiempo hablando de llegar a las Regiones Selváticas, a Tierras Secas, a las Islas e incluso a Tierras Bárbaras. El joven estaba tan harto de su actual anfitrión, que incluso la perspectiva de dirigirse a lugares tan agrestes le resultaba placentera.

El Rey, aunque algo entrado en años, era un hombre lleno de vigor, generoso, jovial y confiado; características que lo colocaban en automático dentro de la categoría de personas a las que Teo, amante del silencio y la privacidad, evitaba. A pesar de eso, admiraba la capacidad del soberano para expresar sus opiniones de forma firme, sin imponerse ni dar falsas concesiones. El derecho a tener una opinión creaba en automático la obligación a defenderla, y ese, en opinión de Teo, era un lujo privativo de personas sanas y fuertes. Él, por lo tanto, se abstenía de emitir juicio alguno sobre temas con mayor trascendencia que el color de las cortinas o la habilidad del cocinero que preparaba sus alimentos. Pasaba inadvertido por elección propia y se sentía cómodo con el papel de accesorio dentro de la corte ambulante de su madre.

Aquella noche, Teo se armó de la fuerza proporcionada por su hastío, se aseó, usó las ropas más llamativas que poseía, pensando desviar así la atención de su demacrado rostro, y bajó a cenar. Logró llegar por sí mismo apenas apoyándose disimuladamente en la pared o en las sillas. En esa corte el protocolo riguroso de otros sitios se hacía de lado y los invitados podían sentarse sin esperar para ello la presencia de su anfitrión, por lo que el joven ocupó uno de los lugares dispuestos para las visitas.

Llevaba unos minutos esperando cuando Ámbar apareció seguida por una de sus damas. Como siempre, la princesa llevaba la nariz levantada como si se esforzara en rozar con ella el techo del salón. Le dirigió una mirada de reproche cuando él no se levantó al notar su presencia; pero, si el Rey en persona no exigía para sí tales muestras de respeto, su altiva hija no podía esperar más, por muy heredera al trono que fuera.

Después de tomar asiento, Ámbar susurró algo al oído de su acompañante y ambas rieron sin gran disimulo. Mientras el muchacho terminaba por aceptarse como el objeto de la risa de las jóvenes, la puerta se abrió y un par de guardias entraron sosteniendo casi todo el peso de un anciano bastante débil para caminar por sí mismo. A Teo le llevó un buen rato entender que ese cuerpecillo enclenque pertenecía al Rey.

Dacia lo seguía a un par de pasos de distancia y, juzgando por las constantes miradas que los hombres le dirigían, era obvio que esperaban órdenes de su parte. Ámbar con los labios apretados, miraba a su padre esperando una reacción, pero el hombre concentraba toda su atención en controlar el temblor de sus manos para tomar un vaso con agua.

—Pueden retirarse —dijo Dacia después de un breve duelo de miradas con la princesa.

Fue apenas una ligera contracción en la comisura de los labios, pero Teo conocía a su madre lo suficiente para encontrar la sonrisa de triunfo escondida en ese rostro inexpresivo. Ámbar pareció llegar a la misma conclusión, ya que se puso de pie con la frente en alto y su mejor mirada de desafío.

— ¡Siéntate! —le ordenó su padre entre jadeos.

La joven dudó un momento, no había tenido siquiera oportunidad de abrir la boca, pero la mano de su dama de compañía ejerciendo una suave presión en su hombro la convenció del nulo beneficio de un enfrentamiento en ese momento, incluso si éste culminaba con una victoria.

Ámbar tomó asiento, derrotada, pero sin bajar la mirada.

El resto de la cena transcurrió sin mayor eventualidad. Sólo la voz de Dacia interrumpía el silencio dando alguna orden a los sirvientes o velando por la comodidad del anciano con desmedido interés.

A Teo le resultaba tan difícil aceptar a su madre en el papel de solícita asistente como el imaginar una ave carroñera tratando de reanimar a un ciervo herido en lugar de devorarlo. Sin embargo, al muchacho le agradaban los espectáculos de todo tipo y, con la certeza de que el representado frente a sus ojos era uno de muy alta calidad, ocupó su sitio en primera fila y observó.

—Nos alegra mucho verte recuperado, hijo mío —declaró Dacia antes de beber un sorbo de vino— ¿No es así, Mi Señor?

—Nos alegra mucho, así es —repitió el viejo antes de ser víctima de un prolongado ataque de tos que lo dejó agotado.

Por lo visto, no era Teo el único convaleciente, pero mientras su enfermedad estaba en plena retirada la del viejo parecía a la mitad de la batalla y resultaba difícil decir quien iba ganando.

Aquel "nos alegra verte" soltado de manera tan casual había provocado tanta sorpresa en el joven como disgusto en Ámbar. Los sirvientes y guardias parecían ya acostumbrados a aquella familiaridad y, por lo que Teo pudo juzgar. las miradas de reproche fueron causadas en su totalidad por el exabrupto frustrado de su princesa.

Con sólo un par de días más, Teo fue capaz de recorrer el palacio a voluntad y, con el pretexto de estar perdido, tuvo oportunidad de presenciar varias escenas mucho más explicitas que las escuetas palabras de su madre al explicarle que su estancia ahí se prolongaría por más tiempo del planeado. Por lo menos una vez al día, ya sea en las habitaciones personales del Rey o en algún salón, podían escucharse los gritos y alegatos de la elegante Ámbar oponiéndose a alguna disposición de su padre. Casi siempre, Dacia ocupaba un lugar muy cerca del soberano y aunque su rostro no lo delatara, disfrutaba en silencio con cada rabieta de la princesa.

En su papel de espectador pudo entender que el desprecio de Ámbar estaba justificado de sobra. Casi todos aquellos con los que se cruzaba le mostraban a él y a su madre la misma deferencia que a la princesa y eso era algo que el orgullo de la joven no toleraba. Sin sorpresa, Teo comprobó que incluso la indiferencia de Dacia tenía ya varios adeptos entre sirvientes, guardias y uno que otro funcionario de rango considerable, ya que, como ella siempre aseguraba, no existe lealtad más firme que la inducida por el oro y Dacia era una mujer sumamente generosa; especialmente con los recursos ajenos. Si deseaba granjearse la simpatía de algún noble le bastaba un sensato discurso frente al cansado Rey para hacerlo inclinarse del lado conveniente. Si era alguien de rango inferior, un par de las muchas monedas obtenidas por el noble en muestra de gratitud bastaban.

Con su convalecencia como justificación, Teo despertaba cerca de mediodía, cuando la chiquilla de siempre, miedosa y tímida, salía a toda prisa tras dejar la bandeja con un generoso desayunó que él tomaba con calma, antes de salir a caminar por los jardines hasta bien entrada la tarde. Por la noche se reunía con lo demás en el salón principal para la cena y entre una y otra actividad recorría los pasillos con los oídos ávidos de nueva información.

El joven hizo de esas actividades vanas una rutina y se adaptó a ella. Uno de los grandes beneficios de no permanecer mucho tiempo en el mismo lugar eran las maravillosas habilidades de adaptación que se adquirían. A sus veintitrés años, era un experto en el arte de adaptarse a situaciones molestas, gente desconocida, caminos burdos, climas desérticos e incluso al frío, aunque este último le era más difícil de sobrellevar y provocaba que hasta sus diarios paseos por el jardín le resultaran deprimentes.

El césped empezaba a adquirir un color pajizo y los rosales, mustios por la ausencia del sol y por la amenaza del próximo invierno, tapizaban la vereda con sus pétalos caídos. Teo tomó asiento en la pequeña banca de siempre y a su espalda un hombre mayor se ocupaba en acicalar los débiles brotes nuevos ayudado por cuatro chicos que bien podían ser sus nietos. Un alto portón los mantenía ocultos de la entrada principal y los obligó a atestiguar uno de los altercados entre el Rey y su hija. Cuando tras un potente grito de la princesa la discusión cesó, ésta, huyendo de su padre, llegó hasta el sitio donde Teo descansaba y antes de pasar frente a él tropezó con una de las herramientas de jardinería desperdigadas en el césped.

—¡Idiota! —le chilló al joven jardinero del que se había sostenido para no perder el equilibrio.

El chico bajó la cabeza y aguantó un empujón en silencio. Ámbar trató de seguir su camino con cierta dignidad, pero fracaso escandalosamente cuando la orilla de su manga quedó enganchada en una gruesa rama y para soltarse se vio obligada a forcejear hasta recibir un feo rasguño con las espinas.

De nada sirvió el movimiento instintivo de ocultar la sonrisa con la mano. Teo fue descubierto y los ojos claros de la iracunda princesa se clavaron en él con deseos de calcinarlo.

—¡Más pronto de lo que te imaginas te borraré esa estúpida sonrisa del rostro!

La amenaza, aunque muy directa, no hizo sino aumentar la hilaridad del joven, quien ya no hizo esfuerzo alguno por esconder su risa mientras observaba la elegante silueta de Ámbar alejarse.

Después de un largo silencio el viejecillo empezó a relatar una historia, aunque Teo no estuvo seguro de si sus palabras iban dirigidas a él, a alguno de los chiquillos que lo acompañaban o al rosal con plaga que atendía. Con voz ronca y flemosa comenzó a relatar la forma en que la madre de Ámbar llegó al palacio más de veinte años atrás.

—Eran tiempos prósperos y el anterior Rey enviaba emisarios a países lejanos con el propósito de establecer vínculos comerciales y alianzas frente a una posible guerra contra los bárbaros. El grupo destinado a partir rumbo al Mar Central estaba encabezado por el joven príncipe, único heredero al trono. Nadie supo con exactitud lo sucedido, pero un año más tarde el príncipe volvió del País de Grenmont con una muchacha altanera de diecisiete años, a quien presentó en la corte como la hija menor del monarca de aquel sitio y su futura esposa.

»Se llamaba Ágata; sólo un loco se fía de una mujer con nombre de piedra —le murmuró el viejo al tierno tallo entre sus dedos— Apenas una luna después de su matrimonio empezó una de las sequías más largas que puedan recordarse en estas tierras…

»Sólo un insensato se deja engañar por una hechicera —añadió con un sonsonete fastidioso—. Porque eso era ella, como todos los de su país… como la hija que engendró… es esa muchacha la causante de estas sombras que te privan del sol, pequeña mía.

Teo dedicó un momento a observar con cierto temor como el hombre acariciaba con fervor las hojas del rosal, ya con la certeza de que tan ilustrativo discurso no iba dirigido a él. En un instante, precedido por un sonido metálico y un suave silbido del corte de viento, la rama entera quedó colgando ya no del tallo principal, sino de la hoja que el anciano tenía entre las manos. Un instante después, cedió al peso y cayó al suelo justo cuando Teo y el jardinero buscaban con la vista al dueño de la espada desenvainada que ahora presionaba suavemente la yugular del anciano.

—Tienes la lengua demasiado larga, viejo. Cuida tus palabras o no faltará quien quiera recortártela —ordenó una voz áspera.

La espada se deslizó con suavidad, dejando una marca roja demasiado delgada para sangrar, pero lo suficientemente larga para servir de advertencia.

Tras recoger la rama del suelo el anciano salió huyendo con toda la prisa que sus torcidas piernas le permitieron; no se molestó en mirar hacía atrás, pero tampoco dejó de murmurar para sí mismo hasta que su voz se perdió en medio de unas altas bugambilias al fondo del jardín.

El rostro del guardia resultaba familiar, pero no fue hasta que sus miradas se encontraron que Teo reconoció en él al jefe de guardias del palacio. La cicatriz que surcaba su frente y culminaba en el pómulo era mucho más notoria sin el casco. A pesar de hacer una reverencia frente a Teo antes de marcharse, en su mirada estaba una velada amenaza que el joven aceptó con un suspiró de frustración. A veces deseaba tener salud y fuerza para iniciar una pela y borrar con un golpe las sonrisas jactanciosas de sujetos como aquél.

A veces creía mejor dejarlo todo pasar.

Una leve ventisca sopló en ese instante arrojando polvo y hojas secas a los ojos del guardia, quien soltó una maldición sin disimulo y apenas saludo con fría cortesía a Dacia cuando se cruzó en su camino.

Con pasos lentos y medidos la mujer llegó a la banca, con aire majestuoso extendió su capa de terciopelo como si estuviera a punto de ocupar el trono y no un simple bloque de piedra pulida.

Teo guardó silencio. Con su madre las repuestas venían de forma más sencilla cuando no se formulaba pregunta alguna. Se alejó para observarla mejor: era una mujer muy bella, su cabello castaño oscuro no mostraba huella de los años vividos. A muchos les costaba trabajo aceptar que el enfermizo joven que acompañaba a tan elegante y soberbia dama fuera su hijo.

—¿Lo escuchaste? —Preguntó Dacia, y sin dar tiempo para una respuesta continuó—: La princesa y yo tuvimos un desacuerdo y se puso furiosa cuando su padre me dio la razón. Ella cree razonable incrementar las reservas de trigo en los graneros del palacio y yo pienso que el pueblo agradecería más un aumento en su ración. ¿Cuál es tu opinión al respecto, querido?

Por toda respuesta el joven se encogió de hombros ante la desinteresada mirada de su madre. Una de las ventajas de ser un noble enfermizo y sin tierras era la escasa necesidad de verse inmiscuido en asuntos de política.

—No te agrada este lugar —le dijo su madre después de un rato.

No era una pregunta, por lo que el muchacho no se molestó siquiera en asentir. Le dio la espalda caminando hacia el oeste sin alejarse demasiado.

—Nos quedaremos aquí una temporada. Quizás… definitivamente.

El tema evidentemente no estaba a discusión. Dacia no era el tipo de personas que permitía a los demás opinar respecto a sus decisiones, ni siquiera a su propio hijo. Tenía una forma muy particular de interpretar la maternidad: las ternezas y otros excesos le causaban alergia. Aunque ella personalmente preparaba la infusión que reducía las crisis de Teo al mínimo y se encargaba de que la bebiera, consideraba una pérdida de tiempo pasar las noches a un lado de su cabecera, sosteniendo su mano y secándole el sudor de la frente.

—Ese hombre —señaló al guardia ya casi perdido en la distancia—, se llama Alejo. Vino aquí siendo casi un niño. Él y su padre formaban parte de la guardia personal de la madre de Ámbar y es tan devoto de la hija como lo fue de la madre. No somos de su agrado. Ten cuidado. Él también debe pensar que estoy envenenado a Rogelio.

Rogelio… una forma muy casual de referirse al Rey. Nada raro que la insufrible princesita almacenara tantas sospechas. Sin embargo…

— ¿Por eso se empeña en estar presente cuando le sirvan los alimentos y en ser ella quien le de esos líquidos extraños que huelen peor que los míos?

—Absurdo —declaró la mujer con voz serena y una leve sonrisa despectiva—. Chica tonta.

Teo recordó la velocidad de Ámbar para inspeccionar la copa que rigurosamente la vieja curandera llevaba cada tarde, las miradas suspicaces cuando la mano de Dacia trataba de servir el vino, o se quedaba sola con el viejo. Ridículo. Su madre era una mujer fuerte y decidida, capaz de cualquier cosa para lograr sus objetivos, pero el asesinato no estaba entre sus recursos.

Hombres más jóvenes, ricos y poderosos se habían rendido ante ella y gustosos habrían dado cuanto tenían para retenerla a su lado. Dacia jamás consideró siquiera la idea de posponer su marcha ante tales ofrecimientos. ¿Por qué iba a matar a un anciano cuyo reino podía ser considerado poco más que una villa?

Y ahora la eterna viajera hablaba de establecerse en un lugar carente de atractivos, con gente prejuiciosa y estúpida.

—¿Qué hay en este sitio que no tuvieron otros mil veces mejores? —Preguntó girándose para mirar de frente a su madre—. No hay oro, el comercio es insignificante, no hay aliados importantes…

—Teo, Teo… —susurró con reproche—siempre has tenido una idea muy pobre del poder.

—Entonces… ¿por qué este lugar?

—¿Por qué no? —Lo retó, contrayendo ligeramente ciertos músculos faciales para emular una sonrisa— Ésa es una razón tan buena como cualquier otra, ¿no te parece?

Teo la estudio por largo rato. ¿Sería posible que el viejo realmente le importara lo suficiente para enterrase por voluntad propia en un sitio así?

— ¿Qué hay aquí? —Preguntó, sin esforzarse demasiado en ocultar su frustración—. ¿Acaso encontraste aquí lo que has estado buscando todos estos años?

Dacia echó los hombros hacia atrás antes de ponerse de pie sin siquiera mirar a su hijo. Los primeros recuerdos que Teo tenía sobre su niñez incluían alguna pregunta parecida. Por mucho tiempo creyó normal el eterno viaje y las breves escalas en infinidad de lugares. Cuando comprendió que el común de la gente no vivía de esa forma las preguntas para su madre surgieron con la naturalidad de los primeros brotes después de las lluvias: ¿Por qué? ¿Qué buscamos? A cambio obtenía siempre alguna versión de la misma respuesta: La guerra y las fiebres acabaron con nuestro reino, no tenemos hogar; no buscamos algo, simplemente viajamos.

Sin embargo, la ansiedad de la mujer por llegar al siguiente pueblo, reino o aldea y la forma disimulada con la que apretaba los labios al salir de ellos demostraba lo contrario. Buscaba algo, pero no le gustaba ser interrogada al respecto.

Esta vez, Teo debió conformarse con el silencio por respuesta. Cuando Dacia comenzó a alejarse, la derrota, tan buena amiga del enfermizo joven, lo tumbó en la banca y lo acompañó por unos momentos antes de cederle el paso a la violenta ira que siempre se quedaba oculta en su estómago.

Una fría ventisca sopló, soltando el elegante moño con el que su madre sostenía su cabello. Ella se volvió despacio, disfrutando de la fría brisa sobre su rostro.

—Empieza a refrescar —comentó—; será mejor que entres. No tienes buen aspecto. Enviaré a Azor con tu infusión; ve a descansar, querido, lo necesitas.

En un acto de rebeldía, Teo se quedó en el jardín con la vista neciamente fija en sus zapatos. Cuando minutos después los dedos de sus manos se entumieron y la cabeza le dio vueltas, dio fin a su pequeña revuelta y regresó a su habitación para beber mansamente la copa que ya lo esperaba en el buró. Su salud no le permitía ni la más pequeña bravuconada. Tal vez era instinto materno, pero Dacia era capaz de predecir sus crisis con precisión digna del mejor astrónomo.

Fueron pocos momentos de febril lucidez los que Teo pudo mezclar con otros muchos de delirios sofocantes y violentas convulsiones durante los siguientes días. Recordaba a los sirvientes asegurar asustados que algún espíritu maligno se había apoderado de él y esa era la razón por la que su cuerpo se retorcía incontrolablemente. Él tuvo que tragarse los insultos que ansiaba soltar porque en ese momento sus quijadas estaban rígidas y no era capaz de controlar ni un pequeño parpadeo.

En algún momento a la mitad de una convulsión, recordó a cuatro hombres fornidos y toscos que sin demasiadas consideraciones lo sostuvieron en el colchón mientras otro, más pequeño pero igualmente fuerte, le ataba pies y manos a los postes de la cama. Cada cierto tiempo, ponían una copa con agua fresca en sus labios y aunque no era capaz de dar más de un par de tragos disfrutaba de ese breve sentimiento de bienestar. Frecuentemente escuchaba cuchicheos nerviosos de los que no alcanzaba a entender ni palabras sueltas. Las miradas entre ansiosas y asustadas le dejaban claro que para las creencias de esa gente él era una manzana podrida con capacidad de contaminar cualquier cosa cercana.

Sus ojos recorrieron el cuarto y lo encontraron vacío. No trató de incorporarse, sólo de cambiar de posición, pero reparó en sus muñecas y tobillos atados. Cuando quiso gritar para llamar a alguien se encontró la garganta adolorida y la lengua inflamada. Era frecuente morderse y golpearse durante los ataques, pero la cantidad de moretones que pudo ver en sus brazos era inusitada. No recordaba haber sufrido de igual modo antes.

Varios minutos más tarde la puerta se abrió y la gallina asustadiza que parecía haberle sido asignada como su sirvienta particular se acercó y le colocó la mano en la frente sacándolo de su aletargamiento. Cuando Teo abrió los ojos y miró fijamente a la muchacha, ella se sobresaltó y pegó un brinco derramando buena parte del agua que llevaba en la otra mano.

Resultaba un misterio como podía infundir temor estando atado, medio consciente e incapaz de siquiera sentarse, pero la chica huía de él como si temiera ser contagiada de su extraño mal.

—Desátame —ordenó con toda la claridad permitida por las heridas de su lengua.

La chica sacudió la cabeza sin mirarlo y se alejó aún más.

—Mi señora Dacia dio órdenes…

Teo la interrumpió con un gruñido y la jovencita salió corriendo sin molestarse en dejar la bandeja.

Pocos minutos después, y cuando Teo empezaba a dejarse vencer por el sueño, Azor abrió la puerta con los modos toscos que lo caracterizaban y, con cuatro rápidos navajazos, lo liberó.

—Mi madre —pidió muy despacio, tratando de pronunciar correctamente.

Azor asintió con energía y Teo tuvo la seguridad de que su mensaje fue entregado con prontitud, Dacia no se dejó ver ese día ni al siguiente. Cuando preguntaba por ella a los sirvientes obtenía la misma respuesta: Mi señora Dacia se encuentra muy ocupada. Fue hasta la siguiente noche cuando Teo empezó a preguntarse desde cuándo su madre era la "Señora" de los sirvientes del castillo, pero dada la imposibilidad de obtener una respuesta en ese momento, concentró su atención en una brillante telaraña en la esquina derecha del techo. La araña, pequeña y fina, llevaba horas estática. Mientras Teo se preguntaba cuando decidiría moverse, la idea de que el animal pudiera hacerse la misma pregunta respecto a él lo hizo sonreír.

Los cuchicheos del otro lado de su puerta eran tan insistentes que frecuentemente llegaba a él convertidos en molestos zumbidos, acompañados siempre por pasos apresurados en el pasillo. Incluso la gallina de su doncella parecía siempre tener prisa, pero la razón de tanta actividad seguiría siendo un misterio hasta que pudiera ver a Dacia.

Fue hasta la mañana del tercer día cuando Dacia cruzó la puerta de la habitación de su hijo, seguida de cerca por el mayordomo y una par de sus ayudantes quienes escuchaban con atención sus instrucciones hasta que ella los despidió justo al entrar.

—Te ves mal, querido —declaró observando su propio reflejo en la charola de plata sobre el buró—. Lamento no haber estado aquí antes pero no tienes idea de lo… agitada de la situación durante los últimos días. Empezaba a temer que no te recuperaras a tiempo para la ceremonia. Nunca te habías puesto tan mal —añadió sin descomponer el rostro.

Teo suspiró con disimulo y se dejó llevar por la curiosidad, muy pocas veces se solicitaba su presencia para eventos oficiales, incluso estando sano. El que su madre deseara tenerlo presente hablaba de una ocasión especial.

— ¿Qué ceremonia?

—He esperado años para tener un clima así, ¿sabes? —comentó abriendo de par en par las ventanas de la habitación.

Aun con la chimenea encendida y las ventanas cerradas el frío apenas era tolerable para el muchacho, la fuerte corriente de aire helado que entró al abrir las ventanas lo hizo temblar.

Afortunadamente, el mismo viento se encargó de soplar una vez más con la fuerza necesaria para azotar las hojas de la ventana y volverlas a cerrar. A pesar de la violencia del pequeño accidente, Dacia tenía un gesto inusual. Algo que en ella podía ser considerado una sonrisa.

—He aceptado convertirme en la esposa de Rogelio.

La larga pausa bastó para convencerse de que su madre no bromeaba, y no es que lo hiciera con frecuencia, pero en ese momento cualquier otra cosa le hubiera resultado más fácil de creer.

—Ámbar no estará feliz con la noticia —dio cubriéndose con las mantas hasta el cuello.

Resultó inútil tratar de leer en el rostro de su madre el estado de sus actuales relaciones con su futura hijastra. Dacia le dio la espalda con el pretexto de ajustar los cordones de una de las cortinas.

—Me temo que nuestra princesa ha perdido el derecho de manifestar sus desacuerdos.

Teo aguardo con paciencia, disimulando su interés. Tomó la copa que Dacia le ofrecía y contenía la infusión que tanto odiaba. Bebió despacio.

—Se descubrió que Ámbar estaba envenenado a su padre.

El muchacho se congeló a causa de la sorpresa, pero Dacia apenas le dirigió una rápida mirada antes de continuar:

—Afortunadamente el daño pudo ser remediado y la salud de nuestro Rey se ha recuperado casi en su totalidad. Siendo un hombre compasivo y tratándose de su hija, no ha tenido el corazón de ejecutarla ni de recluirla en un calabozo. Fue enviada al reino de su madre; advertida de que su regreso le costaría la cabeza.

»El pueblo no quedó del todo conforme con el castigo; parece que ni la antigua reina ni su hija eran muy queridas. Tienen fama de hechiceras. ¿Sabes, Teo? Incluso hay quien culpa a Ámbar de tu enfermedad —Dacia acaricio las hojas de la ventana que se habían cerrado frente a ella y sacudió cabeza despacio—. Fue en vano asegurar que tu enfermedad no es reciente; aunque debí admitir que nunca te habías puesto tan mal y como resultaba por demás evidente que no éramos del agrado de la muchacha, cada quien obtuvo sus conclusiones…

Alguien llamó a la puerta con un par de golpes discretos y Dacia se apresuró a salir sin preguntar de quien se trataba.

—Hay demasiados asuntos que requieren mi presencia, lamento no poder quedarme más tiempo contigo. Recupérate pronto —le pidió con ese susurro con sabor a orden tan propio de ella.

Al cerrarse la puerta tras Dacia, la imagen de Ámbar se presentó ante el joven convaleciente. Su cabello rubio rojizo, largo y rizado; la ceja arqueada y sus ojos azules fríos y analíticos. Era necia y altanera, no le agradaba; pero de eso a considerarla capaz de atentar contra la vida de su propio padre había un gran trecho. Creerla culpable de su más reciente crisis resultaba hilarante. La ignorancia solía significar mayores peligros que la más afilada de las espadas.

Sin embargo, minutos antes hubiera creído todavía más imposible imaginar a su madre como la nueva reina del lugar. Estaba muy cansado para pensar eso. Estaba muy cansado para simplemente pensar.

Cuando Teo examinó el techo encontró la telaraña abandonada. La araña no estaba; él, en cambio, recién había sido condenado a permanecer en ese lugar indefinidamente.