Lo siento, viene con WARNING +18 enorme, porque dirtylaw me dijo que escribiera mi versión del Ares/Cabar Sul, y dado que mi versión de Ares va con la idea de que era el dios de la realidad de la guerra, del campo de batalla y todo lo que pasa ahí, el tipo no debe ser material de romances... Espero les interese, pero recuerden WARNING +18, porque puede que no describa mucho, pero las cosas que pasan son acordes a la guerra de esos tiempos.

Como ama un dios de la guerra

―¿Cabar Sul? ―Ares rió con estruendosas carcajadas ― ¡Merecen la muerte solo por esos nombres que tienen! ¿Y dónde lo encontramos?

―Es mujer ―se atrevió a decir el mensajero que había llegado con la información de los espías.

Las personas que estaban en la tienda miraron a otro lado, y la única mujer no pudo evitar dar un jadeo. Ese tipo de comentarios no eran bien recibidos por Ares. Cualquier cosa que podía ser tomado como una provocación; muy probablemente sería tomada como tal. Muchos con varios años a su servicio, aún caían de vez en cuando en ese error, consiguiendo con ello, por lo menos, una gritada mayúscula con amenazas de futuros castigos; y eso cuando Ares se sentía magnánimo.

El soldado recordó ese pequeño detalle apenas terminó de decirlo, y bajó la cabeza en sumisión, esperando y temblando un poco por lo que se venía.

Sin embargo Ares solo le miró de frente, de pronto más interesado en las noticias. Estaba de tan buen humor por las victorias de esa campaña asimiladora, que cosas que en otros momentos hubieran merecido regaños, insultos o castigos, pasaban desapercibidos para él.

―¡Vaya! ¿Y está buena? ―sonrió mucho, como deseando que así fuera.

―Es una diosa, todos halaban su belleza ―informó el mensajero, tan aliviado que no podía dejar de sonreír.

―Entonces, me la quedaré. ―miró a la mujer y un joven que estaban cerca de la cama, semidesnudos, y que bajaron la mirada con sumisión ante él―. Estoy aburrido de los humanos, son tan... frágiles. Una divina es otro nivel.

Ares se levantó de la tina en que estaba, y pidió a la mujer que lo lo secara. Su desnudez era impresionante. Todo músculo en él estaba muy desarrollado y trabajado, pero de una manera tan armoniosa, que era una sinfonía al trabajo físico. Tenía muchas cortaduras secas y abiertas, pero que ya no sangraban; junto a varios moretes en diferentes estados de sanidad. También tenía cicatrices, no porque su cuerpo no pudiera curarse del todo, sino porque él deseaba tenerlas. Cuando terminara la guerra con ese panteón íbero, se haría una grande en el lado derecho de la espalda, como recordatorio de la victoria.

La cual estaba mucho más cerca ya que el último bastión de resistencia, la curandera Cabar Sul, iba a ser derrotada en pocos días. Claro, eso si...

―¿Y bien? ―le reclamó con un tono muy pesado al mensajero― ¿Me vas a decir donde está o quieres que te haga gritarlo con unos azotes?

El mensajero dijo todo lo que sabía con corrección y sin tartamudear alguna vez, aunque sentía frío en los huesos... Y con eso, logró rehuir el castigo.

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Para ser un lugar en donde la mayoría de los íberos iban a por refugio, era sorprendentemente abierto. Estaba alto en las montañas, pero un camino entre minas (que conocieron gracias a la persuasión del dolor en un preso) los hacía llegar ahí relativamente fácil; sino se tenía la condición física y la experiencia para escalar como la mayoría de sus guerreros. Al salir, se encontraron con que era un claro algo desigual, con varias posas de agua por doquier. Había una meseta al fondo, que tenía entradas de minas, y a un lado, la llegada muy empinada del risco. Se lo encontraron totalmente solitario, lo cual no le extrañó. Habían encontrado grupos de personas y soldados llevando a heridos en el camino, y no habían podido matar a todos. Uno de los que escaparon, con la ventaja de que se sabía el camino que ellos no, debía haber llegado con la noticia de su llegada hacía horas.

Ares envió a un grupo a revisar el lugar, por si acaso había rezagados escondidos; y a sus cuervos a inspeccionar si habían arqueros en lo alto de la meseta. Estaba seguro de que de existir ya lo habrían atacado, pero también que si no era previsor, muchos lo tildarían de idiota… Más una medio hermana sabionda frígida.

Los cuervos regresaron en silencio, y eso fue señal para Ares y parte del ejército de poder sentarse a descansar. Sin embargo cuando, después de varios minutos, los que había enviado a las cuevas no regresaron, él se puso en pié.

―Deben tener trampas en las cuevas. ―sonrió con ese sadismo que tanto lo entusiasmaba―. ¡Vamos allá!

Y aunque estaban cansados, todos le siguieron a un lugar que, sabían, era una trampa. A la mayoría de ellos realmente les emocionó. A los poco que no, en verdad no merecían ser parte del ejército de Ares.

-o-

Encontraron los cuerpos de los hombres a lo largo del grueso camino principal de las cuevas que, lentamente, bajaba al corazón de la montaña. Todos habían muerto con la cabeza en un pequeño charquito de agua. Según uno de sus guerreros médicos, ahogados. No les extrañó que Ares, después de encontrar al último de la avanzadilla muerto, sonriera.

―Esto va a estar más emocionante de lo que creí ―sentenció, y decidió el siguiente camino.

Los demás le siguieron prácticamente en la oscuridad. No sabían de donde provenía, pero de lo alto de la cueva había varias goteras que caían irregularmente. Las mismas, junto a su eco, hacía que el lugar tuviera un cúmulo ininterrumpido de soniditos agudos que ya a algunos los estaba poniendo de los nervios. El aire era cada vez más fino, y solo tenían una lámpara para alumbrarse, pues todas las antorchas habían sido apagadas por las goteras.

Además, algunos no podían dejar de pensar que tal vez los iban a dejar encerrados, otros que podían perderse en el laberito de las cuevas, y unos terceros, que no querían vérselas con lo que lograba ahogar a personas en charquitos de un agua que estaba por todo el lugar. Ares solo pensaba que estaba harto de que su enemigo se escondiera, y que deseaba con todo su cuerpo que ya se presentara para matarle con sus propias manos, después de una pelea que sí lo lograra emocionar.

Minor, uno de sus segundos al mando, dejó de caminar haciendo que algunos de su gente chocaran con él. Las imprecaciones no se hicieron esperar, pero pronto cambiaron por voces de alarma que hizo a Ares volverse para saber qué pasaba. Con su visión en la oscuridad, pudo ver como Minor se llevaba las manos a la garganta y empezaba a hacer un sonido como de gárgaras, mientras, con ojos suplicantes, caía de rodillas. Ares les gritó a sus hombres que estuvieran en guardia, y fue a por su soldado ya caído y convulso. No supo qué hacer, y el incompetente del guerrero médico, tampoco. En pocos segundos, Minor dejó de luchar por su vida y Ares sintió llegar a sí el poco de energía que siempre llegaba a él cuando alguien moría en guerra. Fue cuando el cuerpo de Minor convulsionó para tirar agua por su boca y nariz. Y Ares entendió que el charco de agua que había matado a sus hombres estuvo dentro de ellos.

Nunca antes se había visto con un poder como ese, rápido, incapacitante y hecho por lo menos a mediana distancia; no había sentido a ningún intruso. Por un segundo estuvo tentado de pedir ayuda, pero eso pasó al instante, porque la ira lo enceguecía lo suficiente, y se había hecho una tormenta dentro de él.

―¡CABAR SUL, MUÉSTRATE! ―gritó fuera de sí.

Pero a su pedido, solo le respondió el acorde del goteo en la cueva.

-o-

Tres días después, y por más que habían muerto siete más de sus hombres de esa extraña manera, lograron dar con el centro de las cuevas. Ahí se encontraron con soldados, familias, y divinidades del panteón íbero. Aunque estaban diezmados, cansados, y con hambre, su llegada fue recibida con gran pánico, y todos empezaron a huir mientras ellosatacaban. Solo una mujer fue hacia él para hacerle frente. Era hermosa, y toda ella parecía recién salida del agua, pero sin desarreglarse por ello, como si fuera una extensión más del líquido. El cabello liso, negro y muy largo se le pegaba al al vestido, que estaba totalmente pegado a su cuerpo como una segunda piel. Sus ojos eran azul claro, acuosos y su lisa y pálida piel estaba ribeteada de gotitas, como si fueran sus pecas particulares. Los faldones de su vestido blanco con azul, daban la extraña sensación, al movimiento, de que era una cascada que a su paso encharcaba el suelo.

Ares sonrió al verla ir hacia ellos, y su gente supo que no debía meterse en su camino.

―No te preocupes, no te voy a matar. Prefiero disfrutarte viva ―le dijo, mientras caminaba hacia donde ella lo esperaba. Y al enviarle un mandoble de la espada, terminó su aseveración―. Pero no puedo asegurar que tan herida estarás en todo ese tiempo.

Se dio cuenta de que ella no le entendía lo que decía, pero le respondió algo en el idioma de ese lugar, muy erguida y orgullosa. Ares pasó de eso, y fue a darle un sablazo en el hombro, pero ella se quitó con rapidez y, pudo jurar, el filo de la espada solo traspasó agua.

La mujer, desde un lado, le volvió a gritar las mismas palabras que antes dijera con resolución, un poco a la desesperada. Ares decidió usar el escudo contra ella y esa vez, sí impactó. La mujer cayó al suelo, dando un gemido y él, sonriendo y victorioso, se sentó sobre ella y le puso el filo de la espada a lo largo del cuello. Pudo ver, por un segundo, el terror en la mujer y eso lo hizo tener una mayor punzada de regocijo; pero luego, pudo sentir el terrible dolor en la espalda y el esófago...

Miró hacia ella, y Cabar Sul fue la única persona que viera una expresión desesperada en Ares. La mujer se movió hacia atrás, y se sentó rápidamente, mientras Ares dejaba caer la espada y se llevaba una mano al cuello. ¡No podía respirar, por Hera, no podía...! Tosió y un sonido de gárgaras y agua desde su boca empezó a salpicar en el suelo. Intentó atacarla, pero sus brazos no tenían fuerzas, tragar, pero parecía que su estómago estaba cerrado... Ares cayó al suelo, vencido por primera vez a manos de una mujer.

-o-

Volvió en sí y la voz femenina cerca lo hizo reaccionar. Sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, se levantó y golpeó con su puño a esa dirección. Un chillido desesperado, lo hizo darse cuenta de que esa no podía ser Cabar Sul. Miró y fijó la vista en la mujer tirada a un lado, con una mano en su hombro dislocado y llorando en silencio. No recordó su nombre, pero sí que era la prostituta que había llevado a esa empresa. Furioso, se puso en pie y vio a los lados. Era de noche y no había nadie más en su tienda.

―¡DÓNDE ESTÁ LA MALDITA ÍBERA! ―Su grito furioso no llegó a todo el campamento, pero su aura escalofriante sí.

-o-

Se irguió y subió el mentón muy en alto para verlo justo en el rostro. Era como si fuera una reina, y le estuviera dando el honor a él de recibirlo en su morada; en vez de la prisionera desnuda y golpeada, cuyos tobillos y muñecas estaban rodeados de fuertes grilletes, unidos entre sí por cadenas.

Ares la miró y no se pudo creer, airado, que fuera la misma mujer que estuvo a punto de matarlo. Si no fuera porque su gente arremetió contra ella, y el guerrero médico le reavivara; esa mujer le habría asesinado. Y sin embargo, mientras los dos se miraban, Ares terminó sonriendo, encantado.

―¡Que alguien la sane! ―exclamó, y salió de la tienda de prisioneros.

-o-

Nadie entendía, no era solo Cabar Sul la que no sabía qué pasaba ahí. Simplemente seguían órdenes.

Eran días tranquilos, en los que esperaban información de los espías antes de atacar el siguiente templo íbero; y era común que Ares se distrajera con diferente tipo de actividades en esos días, pero nunca había pasado algo como eso. Había pedido que sanaran completamente a la diosa y luego, que solo unos pocos se quedaran a ver lo que haría. Finalmente, en el patio más llano y abierto del lugar, hicieron llegar a la mujer y pidió que le quitaran los grilletes. Estuvieron a punto de negarse. Eran grilletes mágicos hechos por Hefesto, los que usaban para que los prisioneros divinos no pudieran usar sus habilidades y escaparan. Pero órdenes eran órdenes, y la dejaron en libertad.

Cabar Sul abrió mucho los ojos, y miró de un lado al otro. Se veía el deseo de escapar en todo su cuerpo, pero también la suspicacia de que, obviamente, no iba a ser así. Ares tiró un escudo hacia ella y, vestido con armadura completa; le gritó:

―¡Intenta matarme otra vez, bruja!

Y arremetió. Cabar Sul cogió el escudo que él le había dado y lo puso al frente, pero la fuerza con la que Ares había dado el mandoble, la hizo caer al suelo. Ares se agachó cerca de ella, y empezó a intentar clavarle la punta de la espada, aunque más bien jugando, porque lo hacía lento y sin intentar ir a zonas mortales.

―¡¿QUÉ ES ESTO? ―gritaba él, furioso― ¡¿ESTO ES LO ÚNICO QUE TIENES? ¡¿CON ÉSTO ME MATASTE!

Cabar Sul ponía el escudo entre los dos, y se movía en el suelo, tratando de alejarse y levantarse a la vez. Para que cayera de nuevo en el suelo, Ares golpeaba el escudo cuando ella quería levantarse, y hacía a clavarle la espada en las extremidades cuando se quería alejar. Parecía estar jugando al gato y al ratón, pero Cabar Sul no se dejaba llevar por la desesperación. Sí, intentaba no ser atacada, pero no gritaba ni perdía la compostura. Y eso era lo que ponía aún más furioso a Ares. La íbera le estaba ganando en su mismo juego. Finalmente, se puso en pie, dio unos pasos, y gritó a uno de los pocos soldados que estaban viendo el juego.

―¡Tráiganme a alguno de los prisioneros!

Así lo hicieron. Era un anciano con grilletes, una deidad menor, por lo que el dios griego sabía, pero Ares se dio cuenta de que Cabar Sul le conocía, pues dijo unas palabras y fue corriendo hacia el anciano, preocupada. Era la primera vez que ella dejaba ver emoción y vulnerabilidad frente a Ares, y por alguna razón, eso lo hizo sentir mucho más indignado que cuando no consiguió que trasluciera miedo con su ataque.

Antes de que Cabar Sul llegara donde el hombre, Ares se interpuso entre ellos, tomó al tipo del cabello (gritos, por fin gritos) y la espada en el cuello del anciano. La mujer dejó de correr, y miró al hombre con lágrimas cayendo por sus ojos y una mirada que, por alguna razón, Ares siempre deseaba ver y que nunca era dirigida a él mismo.

―Lo mataré si no peleas como en la cueva ―le dijo, y Cabar Sul le miró y le replicó algo, con voz trémula. Ares, enojado por no darse a entender, tiró al tipo al suelo; y le insistió a ella―. ¡Intenta matarme, y no lo mataré!

Cabar Sul parecía querer decir algo, pero negó, e intentó ir donde el anciano. Ares se interpuso de nuevo entre los dos, y se puso en guardia. Le volvió a decir lo que quería, y ella le gritó algo, airada, llorando. Ares le tiró su escudo a ella, aún entre la diosa y el anciano, y volvió a decirle su deseo, con una vez más centrada y segura. Cabar Sul le miró y dijo algo, preguntándole. Ares atacó, y ella se defendió, pero no hizo lo de la cueva. Frustrado, le golpeó en la mejilla con el puño, y gritó a uno de sus hombres:

―¡Quítenmela de mi vista!

Y mientras le ponían los grilletes, mató al anciano. Oyó por fin los gritos de desesperación de la mujer, pero no le eran suficiente. No los había provocado él mismo.

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Al día siguiente, intentó de nuevo tener su revancha, y había traído consigo un cubo de agua, por si acaso era eso lo que necesita la bruja acuática, y una mujer con sangre divina como cebo.

Cabar Sul parecía ida, y no dio visos de reconocer a la otra mujer, pero Ares volvió a decirle el trato y arremeter. Fue peor que antes. La bruja acuática no tomó el escudo para defenderse, y Ares pudo golpearla y cortarle sin dificultad en puntos no fatales, pero sí muy dolorosos. Cabar Sul gimió por el dolor, pero no por él.

Ares quiso dejarla ir porque podría matarla de la frustración, y no quería hacerlo aún. Más bien tomó para sí a la otra prisionera con rudeza frente a la diosa acuática, antes de matarla.

… Y por fin, pudo ver una mirada hecha por y para él de parte de Cabar Sur. No la mirada que le envió al anciano, sabía que nunca iba a recibir alguna parecida, pero la más profunda y cercana a esa que Ares podía y había recibido toda la vida. Ella le odiaba...

―Señor, los espías dicen que vienen hacia acá... ―le dijo un mensajero.

Ares le golpeó por interrumpir su juego, pero dijo que recogieran todo de allí. Como pocas veces, no solo sentía emoción de ir a la batalla, sino también, del momento de vuelta.

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Fue más difícil de lo que creyó, y diezmaron a su ejército más de lo que esperaba, pero ganaron. Llegaron al campamento con más prisioneros, un buen botín y, aunque habían tenido que decir adiós a varios de sus hombres, la moral estaba alta. Según se sabía, pronto iban a terminar esa guerra, y el panteón greco-romano iba a conseguir más poder con ello.

Dionisios llegó con sus ménades, sátiros y mucho vino y comida; algunos se olvidaron de sus heridas, otros de sus amigos muertos y todos tomaron, bailaron, cantaron y disfrutaron de los recién llegados como si hubieran tenido ya la victoria.

Ares se unió a ellos en franca camaradería, y justo en ese momento del alba en que la fiesta ha bajado su intensidad, y algunos se retiran a sus tiendas o a dormir (y los que se quedan lograrán hacer que la fiesta siga en el día); él se puso en pie y gritó:

—¡POR SEGUIR VIVOS!

Todos lo aclamaron el brindis, y él tomó hasta la última gota de la botella que tenía en la mano. Luego, se retiró. Pero no fue hacia su tienda sino que siguió hacia el "corral", como le decían al lugar donde estaban los prisioneros.

No sabía porqué, pero no había tomado a Cabar Sul desde que fue su prisionera, sin embargo, con mucho vino de Dionisios en su sistema, eso fue lo único en lo que podía pensar.

El corral estaba siendo custodiado por un par de novatos que, sin embargo, le habían dejado una botella de vino para cada uno. A diferencia que Ares, uno de ellos no tenía resistencia y ya estaba durmiendo en el suelo, el otro se puso en firme cuando lo vio.

Ares pateó al caído que despertó al instante, y lo mandó a buscar un reemplazo. Al otro, le dijo que le abriera. Así lo hizo.

El hombre entró en la jaula y vio como, a diferencia de los demás, Cabar Sul no estaba dormida. Más bien, estaba masajeando la espalda de una prisionera embarazada que parecía en labor de parto. Ares caminó entre las personas. Algunas despertaban y trataban de moverse, para alejarse de él. Pero, cuando estuvo en su altura, la mujer no huyó, más bien le miró y le pidió algo, muy erguida y valiente. El dios de la guerra imaginó que pedía poder quedarse allí, pero él no le hizo caso. La tomó en brazos, la puso al hombro, y salió con ella de ahí.

Cuando llegó a su tienda y la tiró a la cama, Cabar Sul bajó la mirada y tembló un poco, pero solo por un instante, tal vez dándose fuerza para mirarle a la cara y decir:

—¡Peleo si libre!

Ares sonrió.

—Veo que te han estado enseñado mi idioma... Creo que tendré que arrancar alguna lengua, si fue de alguno de mis hombres. Se sentó en la cama y la hizo mirarle a la cara. ¡Oh, cuanto odio le provocaba, y con tanta dignidad y valentía que lo hacía!— No.

—¡Él... libre! —dijo.

Ares frunció el ceño. Eso era nuevo. Parecía que pedía pelear a cambio de la libertad del cebo del día... Y por alguna razón, le respondió como si en verdad tuviera ella el poder de negociar.

—No.

—Él sanar mi... Yo sanar él —dijo entonces, sin dejar de verle el rostro pero menos valiente.

Tal vez porque le gustó la expresión que ella le enviara, o por el vino, él dijo.

—Sí.

Cabar Sul cerró los ojos y bajó la mirada, lista para lo que vendría, pero esperanzada para el siguiente día...

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Ares durmió junto a ella, y cuando despertó, la expresión en la mujer encadenada le hizo saber que no había dormido en toda la noche; pero se cuidó de dejar ver que su despertar le hiciera sentir horror o algo así. Eso le gustó, y llamó a por su desayuno. Antes de mandar que la llevaran al corral, le dio un poco de agua y uvas, y ella comió aunque parecía que se odiaba por haberlo hecho.

La dejó sanando en ese día. Cuando en verdad deseaba a alguien, parte de la diversión era no controlarse a sí mismo, y eso no había dejado en las mejores condiciones a Cabar Sul. Necesitaba que estuviera sana para poder ganarle.

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Ares se daba cuenta de que los guerreros empezaban a hablar después del cuarto prisionero sanado por Cabar Sul y, por lo tanto, de su cuarta derrota ahogado por el poder de esa mujer. También, de que decidiera que ella estuviera en una jaula diferente, que le dieran más comida, que fuera vestida, que solo podía ser tomada por él, sin testigos y en su tienda...

Él mismo se daba cuenta de que era una idiotez, que parecía que se estaba ablandando con esa mujer. Tal vez por eso mismo, es que estaba haciendo muchos más fuertes castigos a su gente por esas habladurías.

¿Le gustaba morirse de una forma tan dolorosa? No, estaba seguro de que no. ¿Se estaba enamorando de la Íbera? No, él ya sabía que no era capaz de algo así. Había nacido para desear y sentir placer con lo más depravado, los demás para con el otro lado de las emociones. El amor era parte de ese otro que Ares nunca tendría. Se daba a la idea de ello, desde hace mucho, y odiaba no al amor, sino que estuviera prohibido para él. Era caprichoso, y saber que había algo que él nunca tendría, era una de las cosas que más lo sacaban de quicio.

Solo... Quería ganarle a esa tipa, hacerla caer el rostro, perder la dignidad y la fuerza, deseaba poder ganarle y matarla habiendo perdido todo lo que a él nunca le iban a ofrecer, porque se veía que era amada y que ella amaba a los suyos y ¡Dioses, cuanto la odiaba! Pero no, no iba a matarla con la ventaja en él, la iba a ganar en las mismas circunstancias con las que ella le mató por primera vez... Y luego, cuando dejara de ser ella misma, y perdiera ese algo que lo hacía desear poder sentir emociones "suaves", la iba a matar.

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Despertó apenas sintió que iban a ser atacados. Se puso en pie, buscó su casco, escudo, espada e iba a salir cuando... Sin pensárselo un instante, se devolvió hacia ella. Estaba encadenada a su cama y despierta, como siempre. Tiró su espada y escudo, y maldiciendo que no pudiera controlar el impulso, partió las cadenas que unían los grilletes entre sí.

Cabar Sul lo miraba muy sorprendida, y el sonido del ataque y las antorchas empezaban a invadir el campamento.

—¡Corre al corral! —le dijo, y salió.

Sabía que no la iba a encontrar cuando todo terminara, pero también que si no la mataba él, la prefería libre antes de que muriera a manos de otros...

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El campamento fue quemado, los prisioneros escaparon, y ellos mataron a los líderes del último ejército íbero. Habían ganado, los escapados solo eran supervivientes. Y sin embargo, aunque Zeus y su madre decían que era hora de volver al Olimpo y pensar en nuevas guerras, él se quedó a buscarla a ella por varias semanas.

Nunca la encontró, como no encontró a varios de los prisioneros que ella dejó salir. Y, por alguna razón, aunque sabía que por ahí había un escondite en donde todos vivían, al poco tiempo se había olvidado de ella.

Su panteón había muerto, Cabar Sul solo sería un mito más, sin acólitos ni poder moriría de vejez... Y todo porque él hizo desaparecer a su panteón. En cierta manera, él al final ganaba.