« Mine. Copia, plagia, todo eso... Y amanecerás bajo el agua. He dicho.
« Fandom. The Madness.
« Pairing. Gregory/Suzanne. (Tom sale de colado, tho).
« Music. Love me tender + Elvis Presley. (La versión de Norah Jones también es buena).
« Mayday, mayday.
Para Majo aka Pepe porque es mi consentida, la verdad. (?) Bueno, no tanto así, pero sí la amo lo suficiente como para escribirle este coso a pesar de que me trate de la chingada :_D te disque amo, Drake. Ojalá te guste.
Este. puto. pairing. GOD. Greg es amor, srsly :c y me pone tan triste que sakldjkhdkaj. No sé, pero así es como siempre he pensado que fue la relación de los abuelos de Tom. Suzanne guiando y Greg siguiéndola. Idk, los amo. Punto.
Sé que esto tocará el corazón de muchos, pero por favor, traten de no llorar. Ah, broma. Pero, uhm, también quería dedicarle esto a mi propio abuelo. Él fue el que se murió, no mi abuela, pero es prácticamente el mismo sentimiento. So, eso.
& finally, mil gracias a Annie por betear esto y decirme que, de todo lo que he escrito, este coso es su favorito. I love you, A.
Enjoy~.

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Le vôtre

« Tell me you are mine.

I'll be yours through all the years, 'till the end of time. »

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Se sienta frente al retrato. Desliza las yemas de los dedos por aquel rostro tan hermoso. Sonríe. Siente las lágrimas en las comisuras de sus ojos. Los cierra y deja que corran porque a pesar del tiempo, aún la extraña, y aún la ama, y aún es su querida Suzanne. Su razón de ser, su amor de toda la vida, su tesoro. La mujer que lo hizo feliz tantos años y que sigue en su corazón, rigiéndolo bajo sus reglas, porque Greg nunca fue quién para hacer las cosas de otra manera. Siempre fue lo que ella le pidió que fuera, siempre hizo lo que ella pidió que hiciera. Era un hombre perdido en los ojos de una mujer de exquisita belleza, de espíritu libre y de carácter decidido. Era un pobre hombre enamorado de la mujer que lo haría caminar sobre el agua si así lo deseaba. Era un hombre que no veía a ninguna otra mujer que no fuera su querida Suzanne.

Ríe suavemente al abrir los ojos. Son ellos dos quienes están en aquella fotografía. Es de un año antes de que ella falleciera, pero sigue siendo a blanco y negro porque a su querida Suzanne nunca le gustaron las fotos a color. Él aparece sonriendo y abrazándola por detrás mientras ella sólo mantiene los ojos cerrados, recargando la frente en el mentón de su marido. Greg desearía que hubiera abierto los ojos. Extraña tanto su mirada, sus manos suaves, su voz, su aroma. Sus «Francamente, Gregory» y esa manera tan suya de despotricar sobre cualquier cosa. Otra risita se convierte en un sollozo.

«Mi querida Suzanne».

Es un murmullo roto, lleno de melancolía y añoranza. Le duele su partida, su ausencia, el vacío. Desea tanto que esté ahí con él. Se siente solo, debe admitir. Tiene a Tom y a Blake, pero son jóvenes, como una vez lo fueron él y su querida Suzanne, y están aprendiendo a ser libres. Cierra los ojos de nuevo y acerca el retrato a su corazón. Quizá ella ya no esté ahí pero de alguna manera la siente. En otro susurro le dice cuánto la ama, cuánto la extraña. Que nunca dejará de ser suyo porque nunca habrá otra como ella, nunca logrará amar a nadie como la ama a ella. Siempre será ella. Siente las lágrimas humedecer sus mejillas y casi, casi puede jurar que la escucha, que puede oírla reír, que puede oírla reprender a Tom, que puede oírla decir «Te amo lo suficiente como para no llamarte idiota, Gregory Hawkins». Y a veces le es difícil saber si debe reír, si debe llorar, si debe extrañar, si debe recordar. Algo dentro de él le dice todo el tiempo que debería agradecer por lo que tuvo, por Suzanne y todo lo que vivieron.

Como el primer momento en que la vio, por la calle, sobresaltándose ligeramente ante aquel repentino y a la vez tan familiar sonido del Big Ben anunciando que eran exactamente las doce del día. Greg estaba hablando por teléfono desde una de aquellas viejas cabinas rojas cuando la vio en la acera, girando el rostro para hacer una mueca de hastío al darse cuenta de que aquel viejo reloj era quien le había puesto los nervios de punta. Recuerda claramente que ella llevaba el cabello corto, con las gafas redondas y enormes sobre el puente de la nariz y el gorro de lana tejida sin llegarle a cubrir las orejas por completo, haciendo que enrojecieran con el frío. Greg sonrió. Era una chica diferente y lo diferente siempre había logrado llamarle la atención, así que se acercó despreocupadamente y se plantó justo frente a ella.

—Con permiso —gruñó la chica, mirándolo con el ceño fruncido.

—¿De quién?

Suzanne enarcó una ceja, molesta porque un desconocido que aparentaba tener su misma edad pero obviamente pertenecía a una clase social un poco más humilde a la de ella, estaba quitándole el tiempo. Por suerte (para él) y por desgracia (para ella), llevaba entre las manos libros de la biblioteca, de otra manera lo hubiera apartado de un solo empujón. Frunció los labios, soltando un sonido de exasperación. Greg sonrió, contestando su anteriormente formulada pregunta.

—Mío, ¿cierto?

—Sólo apártate.

—Oblígame.

—¡Jesucristo! —exclamó ella, comenzando a enfadarse.

—Mi nombre es Gregory, en realidad.

—Pero es que eso a mí me tiene sin cui-

—Sal conmigo.

Suzanne frunció el ceño profundamente, mirándolo como si se hubiera vuelto loco.

(Y es que eso estaba pasando. Algo tenía ella que lo obligaba a dejar de pensar con prudencia. Sólo quería tomarla de la mano y llevarla hasta el fin del mudo, hasta el borde del abismo, donde pudieran sentarse a charlar sobre cualquier cosa, donde pudiera preguntarle qué le gustaba, qué le disgustaba, sus sueños, sus anhelos, sus miedos, todos sus secretos. Preguntarle si aceptaría ser su novia, su esposa, su todo y su nada. Suya. De él, para él, por siempre).

Greg sonrió.

—Entonces... ¿qué dices?

Suzanne soltó un bufido que no se molestó en disimular.

—Digo que eres la persona más irritante que he conocido en este día —lo miró, elevando un poco la barbilla al agregar—. En todos mis diecisiete años, a decir verdad.

—Piensa en ello como algo positivo —dijo él, ignorando la carcajada que se le escapó a la chica—. Podría ser la oportunidad de tu vida.

—No lo creo.

—¿Vas a arriesgarte a perderla?

Suzanne no contestó nada en ese momento. A Greg le hubiera encantado saber qué pasó por la mente de la chica que después de cinco años de noviazgo se convirtió en su esposa y en la madre de sus hijos. Lo que sí recuerda es su mirada, en donde el «no te conozco en lo absoluto», el «menudo cínico resultaste ser» y el «me duele admitirlo pero eres realmente interesante» se mezclaban entre sí, haciéndola dudar. Greg recuerda haber sonreído abiertamente cuando le puso la pila de pesados libros sobre las manos, bruscamente, como si con aquello quisiera darle a entender que en realidad estaba haciéndole un favor. Arrancó un trozo de papel de una de sus libretas y escribió ahí su número telefónico, por un lado deseando que el chico no llegara a entender sus garabatos y por otra que fuera lo suficientemente obstinado como para llamarla esa misma tarde. Le extendió el papel, pero Greg la miró divertido; era obvio que no podría tomarlo a menos que le devolviera la pila de libros, así que simplemente comenzó a caminar, esperando que la misma Suzanne se acoplara a su paso y lo guiara hasta su hogar.

No puede evitar sentirse aún peor al recordar aquello. Quién iba a decir que después de eso el tiempo les regalaría toda una historia juntos. Que Greg llegaría a estar a los pies de la mujer que le bebió el alma con una mirada de fastidio y algunas palabras cortantes. «Prefiero pelear contigo a besar muchas otras más» recuerda haberle dicho una vez a su querida Suzanne. Ella rodó los ojos, sonrió un poco y lo besó lentamente, sin prisas y a su manera, porque Greg siempre eligió obedecerla, ser guiado por ella. Siempre prefirió pertenecerle y permitir que hiciera de él lo que ella deseara. Porque era mucho más fácil amarla a su manera que pasar toda una vida tratando de atarla a una falsa realidad que jamás le permitiría ser ella misma.

Sorbe suavemente por la nariz cuando escucha pasos en las escaleras. Lo siguiente que sabe es que Tom está recargado en el marco de la puerta y trata de no mirarlo directamente porque sabe que Greg le devolverá la mirada y ambos sabrán lo que piensa el otro. Que la abuela Suzanne ya no está, no va a volver y duele. (Duele tanto). Porque perdieron una esposa, una (casi) madre y el alma de la casa. Perdieron a la mujer del ceño eternamente fruncido, a la mujer de las copas de vino tinto durante la cena, a la mujer que inventó la receta de las mejores galletas de avena del mundo, a la mujer que obligó a su nieto a aprender Hot Honey Rag, de Chicago, en piano. Ya no tienen los «Gregory, ¡no te atrevas a contradecirme!» ni los «¡Thomas Alexander Hawkins, ven aquí antes de que te traiga a rastras!».

—Abuelo.

Los ojos jóvenes encuentran los ligeramente enrojecidos y enmarcados por pequeños pliegues. La sonrisa eterna de Gregory Hawkins aparece entonces.

—Lo sé, pequeño. Lo sé.

A veces no puede evitar llamarlo así. A veces simplemente no puede evitar mirarlo y recordar cuando era tan sólo un niño de dos años, cuando su madre lo dejó al cuidado suyo y de Suzanne, otorgándoles la completa custodia del niño. A veces se siente viejo, a punto de dejar de existir. A punto de reunirse con su querida Suzanne. El colchón se hunde un poco a su lado y es Tom, con el flequillo sobre los ojos y los dedos largos entrelazados entre sí. Greg suelta una risita teñida de tristeza.

—Ya sabes lo que diría ella si te viera con ese cabello.

Tom sonríe, pero tampoco de manera alegre.

—«Espera a que encuentre mis tijeras de corte, Thomas. Entonces desearás haber ido a la peluquería cuando te lo ordené.» —recita a la perfección, recordando una a una las palabras de su abuela.

Risas suaves, difíciles, faltas de ganas porque la verdad no hay mucho de lo cual reír. La extrañan. La necesitan. Greg suelta otro sollozo. Tom rodea sus hombros con un brazo y se atreve a recargar la barbilla en la cabeza de su abuelo mientras termina de rodearlo en un abrazo que apenas y podría calificarse como decente. Puede sentirlo temblar un poco debido al llanto silencioso al que tanto está acostumbrado. Las lágrimas le humedecen la camiseta color vino que ella le compró unas semanas antes de fallecer. Greg se aferra a la prenda como si de ello dependiera el regreso de su esposa. «Me haces tanta falta, cielo. ¿Por qué me dejaste?». Tom no llora. Uno de los dos necesita ser el fuerte y prefiere ser él quien tense la mandíbula, quien siente que le arden los ojos debido a las lágrimas contenidas, quien oculta el rostro en el cabello canoso del hombre al que se le escapan susurros ahogados. «Vuelve, Suzanne». El abuelo Greg se rompe todos los días a la misma hora y por la misma razón. Siempre será la misma razón y Tom lo sabe.

«Mi querida Suzanne».

Es un último murmullo, una mezcla entre añoranza, dolor y saber que aunque ya no está ahí, le sigue perteneciendo de todas las maneras posibles.

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« My darling, I love you and I always will.

Always will. »