Detrás del rostro

A medida que vamos creciendo, aprendemos a usar distintas máscaras para proteger nuestro corazón. Cada mañana, tarde y noche usamos una diferente. Todos los días preparamos el rol que llevaremos a cabo. Nos sentimos seguros detrás de esa máscara, nadie realmente sabe lo que sentimos y lo que pensamos, únicamente pueden juzgarnos por nuestras acciones. ¿Hasta qué punto podemos fingir?, ¿Hasta qué punto podemos mostrar lo que somos?

¿Falta de confianza?, ¿Miedo quizás?

Las máscaras están de más cuando ni siquiera nosotros mismos podemos responder quiénes somos. Cada día nos sorprendemos de las reacciones y pensamientos que podemos tener cuando nuestra integridad física o mental se ve amenazada.

Somos un ser indefinido que se conoce constantemente en la medida que vive, pero que no siempre aprende.

Cap. 1

El viaje

"Isla la Floreana, también conocida como isla Santa María. Posee alrededor de 150 habitantes y es una de las cuatro islas pobladas en Galápagos. Lugar turístico impresionante con espacios dignos de admiración.

Al sur de la isla se encuentra el Asilo de la Paz. Al este la casa prefabricada: el Paraíso de la Baronesa Wagner de Bousquet. En el centro de la isla el cerro de las Pajas de 680 metros de altura.

En la isla la Floreana pueden encontrarse pingüinos, y en algunas lagunas los flamingos. En las playas habitan las tortugas y los tiburones, también está poblada de pelícanos, gaviotas, garzas y piqueros de patas azules. Es el sitio ideal para vacacionar, para realizar actividades fuera de lo cotidiano, como bucear. Es el lugar perfecto para relajarse y disfrutar los merecidos días de descanso. Pero en ella se oculta un gran enigma, dentro de sus terrenos han ocurrido numerosas desapariciones misteriosas y nunca nadie ha podido descubrir su causa. Este misterio se ha mantenido hasta nuestros días en la isla la Floreana."

El pequeño resumen turístico escrito a mano en el papel, se encontraba en el escritorio siendo observado intensamente por una mirada entusiasta y otra despreocupada. El papel estaba arrugado de tantas veces que había estado en esas manos intranquilas, ansiosas por poder visitar un lugar tan variado como lo era la isla la Floreana. Más cuando la mirada entusiasta se encontró con la despreocupada, un poco de sus ánimos fueron apagados e instantáneamente encendidos ante el nuevo reto que se le presentaba. Para ir a la isla tendría que convencerla y eso sólo sería una prueba más de que si lograban ir al viaje sería más satisfactorio de lo que…

—Olvídalo —se adelantó la chica antes que él pudiera pronunciar palabra alguna. Él la miró de nuevo un poco desconcertado. Abrió un poco la boca para poder defenderse, pero ella volvió a adelantársele. —Sacaste esa información de Internet, ¿Sabes cuánta tontería suben allí? No iré a un viaje como ése si antes no haces las debidas investigaciones.

—La fuente es confiable —se defendió al fin.

— ¿Tienes el link? —preguntó confiada alzando la ceja. El chico calló dándole paso al silencio, tiempo que aprovechó la joven para terminar de recoger sus libros.

Era el último día de clases antes de las vacaciones de verano, unas vacaciones relativamente largas, mes y medio les concedía la universidad, tiempo que todos esperaban para relajarse y olvidarse de la tortura vivida en el semestre.

Eran los últimos que quedaban dentro del aula. El chico era un joven de veintiún años, piel morena, cabello corto de color negro, alto, delgado pero atlético. Sus ojos eran marrones intensos, su rostro perfilado y sus cejas pobladas. Vestía unos jeans rotos a la altura de las rodillas, unos converse y una camiseta deportiva. Mantenía los hombros caídos y el rostro pensativo, intentando recordar el link de la información.

Un brillo en esos ojos cafés alertó a la joven de que su compañero había encontrado la respuesta. Ella era de piel blanca, de estatura media, cabello marrón largo hasta la cintura pero recogido en una cola de caballo, su cuerpo era estilizado no por ejercicio o dieta, la rutina diaria universitaria la mantenía en forma. Sus ojos eran negros y su rostro adulto, más del que una chica de diecinueve desearía.

—En la computadora sigue la lista de las págs. que investigué, podemos ir…

— ¿Por qué nunca te das por vencido, Diego? —suspiró con desgana, llevándose una mano a la frente al tiempo que cerraba los ojos.

—Nunca me daré por vencido, siempre hay la forma de seguir adelante, los obstáculos son sólo retos que se ponen en el camino para probar si eres merecedor de seguir adelante o quedarte estancado siempre en el mismo sitio. Sólo seguir es lo que nos queda, nada de mirar atrás. Si quieres algo hay que ir por él, luchar por él, y cuando lo obtengas la victoria será tan placentera que tu cuerpo no podrá resistir el éxtasis que experimentará —Diego al finalizar su discurso emotivo, miró al frente, a los lados y atrás de sí. Estaba completamente solo. — ¿Clara? —preguntó en voz alta sin obtener respuesta. Su quijada tocó su pecho después de unos minutos. —De nuevo me dejó hablando solo.

El sol resplandeciente impactó en la cabellera parda que recién salía del campo universitario. Clara caminaba con soltura, pero su mente no dejaba de repasar los planes que Diego tenía para el viaje. Le preocupaba la escasa información, sabía el lugar, eso estaba bien, pero no especificaba, no detallaba, además debían buscar el aeropuerto, el alojamiento, los pasaportes, los precios…, era demasiado trabajo. Soltó un largo suspiro.

—Y yo que quería descansar aunque sea un día —se lamentó sabiendo que su compañero tarde o temprano la encontraría para enseñarle la página y seguidamente empezarían con la planificación. Volvió a soltar un largo suspiro. —Al menos dormiré las horas que me faltaron.

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Turbulencia, desesperación, angustia, rabia, odio, tristeza. Nada tenía sentido, todo se encontraba revuelto, pero en medio de aquella turbulencia el sentimiento que predominaba era una gran tristeza ¿Por qué hizo eso?, ¿Por qué estaba pasando todo esto? Le dolía, le dolía mucho, era preferible que le hubieran enterrado una daga en el corazón o mejor aún, que se lo sacaran del pecho para no tener que seguir sintiendo aquello.

Un sonido lejano la distrajo, era como un pitido. El sonido se interrumpía varias veces, pareciera que llamaba a alguien. Era cada vez más fuerte, Clara fue poco consciente que ese dolor que sentía en el pecho disminuía. Siguió prestando atención a ese sonido hasta que lo reconoció.

Se despertó sobresaltada, alguien estaba tocando el timbre con desesperación. Se levantó de la cama tan rápido que su cuerpo experimentó un pequeño mareo. No prestó mucha atención, caminó como pudo hasta la puerta, agradecía que su casa no tuviera escaleras, no se encontraba muy segura de poder bajarlas teniendo un remolino mental. Para cuando llegó a la puerta ya había recuperado el equilibrio tanto mental como físico. Recordaba haber dejado a Diego cuando se puso con su melodrama sobre la perseverancia, siempre lo hacía, era algo irritante. No importaba cuantas veces se lo dijera, él siempre seguía con esos discursos, por lo que Clara optó por dejarlo solo cuando se pusiera en ese plan. También recordaba haber llegado a su casa y ver la cama como el mayor de los paraísos existentes y luego recordaba… ese sueño…

Clara se llevó la mano al pecho, podía jurar sentir un ligero dolor del tormento que vivió en esa pesadilla, lo extraño era que no podía recordar por qué. No podía recordar el lugar ni las otras personas que estaban con ella, estaba segura que habían más ¿Eran tres? No podía asegurarlo, pero lo que le preocupaba, y era desconcertante que le preocupara un sueño tan efímero, era esa pregunta que le dejó con ese dolor eterno, "¿Por qué hizo eso?" ¿Quién hizo qué? Era preocupante que la acción de alguien le lastimara tanto.

Miró por el ojo mágico de la puerta para saber quién llamaba, ya sabía quién era, sólo quería confirmarlo. Clara observó a Diego tocar el timbre una y otra vez. Su rostro era un festejo de irritación y terquedad, aunque Clara no le abriera él seguiría allí, siempre con esa actitud de seguir adelante sin importar nada.

Desde su posición ella no podía ver el papel que traía Diego en la otra mano con la dirección exacta de la información que le había llevado hoy sobre la isla la Floreana, ella sólo podía ver su rostro y el movimiento de su cuerpo al tocar insistentemente el timbre. Se apartó un poco y giró con lentitud la manilla. No tenía de otra.

Diego entró apenas Clara abrió la puerta un centímetro. No le dio tiempo ni de hablar, sólo pudo apartarse para no ser golpeada por la puerta y sobresaltarse cuando se le abalanzó para mostrarle el papel. Estaba tan cerca que ni podía leer las letras, lo único que visualizaba era un borrón de color negro.

—Aquí está, te dije que estaba en las páginas del historial, ahora no podrás negarme el viaje.

—Tú puedes ir si quieres —contestó con voz pastosa. Aún tenía los vestigios del sueño. Tomó el papel para poder descifrar los garabatos escritos.

— ¿Estabas dormida? —le preguntó Diego observándola por primera vez. Clara no le tomó importancia, él pocas veces era detallista con ella.

Lo conocía de hace dos semestres, casi seis meses. Siempre fue atípico y eso le agradaba a Clara, nada de seguir al montón, únicamente ser él y ya. Lo malo era que pocas veces veía a su alrededor y no tomaba en cuenta a quién podía lastimar o si lastimaba a alguien. Para que pudiera notarlo alguien debía decírselo, era como si no conociera las distinciones entre lo que estaba bien y mal, todo con tal de conseguir lo que él quería.

Clara conocía esto de él, un gran defecto pero también tenía otras virtudes, después de todo así éramos todos. Puntos buenos, puntos malos, nada neutro.

Caminó hacia la computadora para poder ingresar el link y conseguir los detalles faltantes del viaje, era molesto ir por obligación.

—Tú qué crees —respondió a la pregunta hecha por su compañero hacía unos momentos atrás.

—Por eso no me abriste.

—Así es —contestó mientras presionaba el botón de encendido. Dejó el papel sobre el escritorio de la computadora y se dedicó a ignorar a su compañero. Ya no podía recordar nada del sueño, hasta le parecía un fantasma esa preocupación que sintió antes.

—Sabes, normalmente una chica se moriría por ir a una isla.

—No cuando han habido desapariciones.

—Eso lo hace más emocionante.

—No para mí.

—Pero Clara, será divertido. Hay muchas actividades como el buceo…

—No sé nadar.

—También hacer turismo.

—Odio caminar.

—O puedes ir a la playa.

—Tomar mucho sol no es bueno para la piel.

Clara sintió la mirada seria de Diego. No le vio directamente porque estaba ocupada preparando la computadora, ya se encontraba en el navegador, sólo hacía falta introducir el link. Miró el papel y tecleó la dirección. Una serie de imágenes fueron apareciendo conforme cargaba la pág.

—Ella no irá si no vas tú —murmuró Diego.

—Este viaje es para ella, no para mí.

—Pensé que también te gustaría.

Mentiroso pensó Clara. Nada de lo que él decía era verdad, ese viaje era para Cassandra, no para ella. Clara desechó sus pensamientos y se puso a analizar lo que encontraba, allí estaba la información que él llevó, abajo decía el nombre del informante, números de teléfono, dirección e-mail y ubicación del edificio de la oficina, también había un apartado de hoteles disponibles y aerolíneas accesibles, incluso una opción para el menú de comidas para los turistas. Era una página oficial de la isla, no se tenían que hacer muchas diligencias si se quería ir para allá.

—Es un buen sitio web como te dije.

—Sí, eso estaba viendo.

—Entonces… ¿Irás? —Clara miró a Diego fijamente. Se veía ansioso por su respuesta y muy ilusionado. No quería desanimarle, a él realmente le gustaba Cassandra y eso estaba bien, lo que le molestaba era que la dejara de lado por ella. Así serían las cosas allá. Si al menos tuviera con quien hablar, alguien que la tomara en cuenta como…

En su rostro se dibujó una sonrisa de malicia al concebir esa idea, era la solución perfecta para él y para ella.

—Con una condición —observó el recelo de Diego ante su tono alegre e inocente.

— ¿Cuál? —preguntó con duda y un deje de temor.

(*********************)

¿Cómo es que todo lo planeado puede terminar de la forma menos esperada? De nada servían los planes, las horas y minutos calculados si ella iba a venir y arruinarlo todo con un simple nombre: Axel.

Diego aún no podía creer como Clara se atrevió a pronunciar ese nombre en su presencia, el sólo pensarlo le ocasionaba escalofríos, pero eso no era lo peor, lo peor era que él… que él…

Los pensamientos de Diego fueron interrumpidos cuando su vista quedó opacada por la imagen celestial que se hacía más nítida con cada paso que se acercaba. Una chica de veintiún años de cabello negro azabache, ojos marrón chocolate, piel blanca, estatura mediana y contextura fuerte, se acercaba a ellos. Era perfecta, simplemente perfecta. Su rostro severo, podría decirse que agrio se iluminó en una tierna sonrisa. El corazón de Diego pegó un brinco en su pecho ¿Era para él esa sonrisa?, ¿Podía ser posible? Su corazón empezó a latir con más fuerza, parecía haberse sincronizado con los pasos de ese ángel ¿O era su imaginación? No, ella de verdad estaba aumentando el ritmo de su andar ¿Por él? No podía ser cierto.

Diego paró de respirar al tenerla a metros de distancia, con la velocidad que ella llevaba pareciera que se preparaba para embestirlo y él con gusto la aceptaría con brazos abiertos. Siguió viéndola fijamente, ya la tenía ante sí. Abrió los brazos al tiempo que ella se abalanzaba. Estaba listo, estaba preparado.

— ¡Clara! —gritó esa voz de niña de doce años discordante con su edad. Un chillido fue la respuesta al nombre pronunciado.

— ¡Dios mío, Cassandra, ¿Quieres matarnos?

Diego se sintió desubicado. Tardó en darse cuenta que todo este tiempo Cassandra se dirigía a Clara, siempre le ponía más atención a ella que a él ¿Por qué? Se preguntó con algo de tristeza al ver la escena de ella dos peleando, una por quitarse de encima a la otra, y la otra por abrazar a su amiga. Una ligera punzada de celos se alojó en su interior, tuvo que recordarse varias veces que Clara también era su amiga, no debía molestarse por eso. Formó una sonrisa en su rostro y volvió a su habitual modo de ser.

—Oye, también estoy aquí —se hizo el ofendido. Ambas chicas lo miraron por un momento antes de romper en carcajadas.

—Ya sé —logró pronunciar entre risas Cassandra, haciendo bailar su melena. —Excelente idea la del viaje, Clara me dijo que lo planeaste todo para nosotros —Diego notó como sus ojos marrones brillaron de emoción al terminar con su frase. —Una isla con desapariciones ¡No puedo creerlo! Será genial.

—Sí… genial.

Diego miró a Clara ante ese tono desganado. Su rostro era lo opuesto del de Cassandra, se veía triste y apagada. Tal vez no estuviera bien el obligarla a ir, no sólo debía pensar en función de él y Cassandra, Clara no era un objeto, pero si ella no iba, Cassandra tampoco ¿Por qué Clara no podía alegrarse de ese viaje?, ¿Qué tenía de malo? Siempre se la pasaba enterrada en libros, estaba bien divertirse de vez en cuando.

Estaba a punto de abrir la boca para hablar con ella cuando escuchó aquella voz. Ese timbre masculino que nunca podría pasar, no importara cuánto tiempo transcurriera, jamás podría hacerlo.

—Todos llegaron antes que yo.

—Axel —pronunciaron al unísono las mujeres.

—Hola —saludó sin ganas Diego, dignándose a verlo. Un joven de tez tostada, alto, de cabello marrón largo al nivel de la barbilla con una forma semiondulada, ojos negros intensos y cuerpo musculoso se acercó a ellos con lentitud.

Tanto Clara como Cassandra le sonrieron con alegría, mientras que Diego se mantuvo neutral, un reto considerando el odio que sentía. Sólo verlo a él y a Cassandra le originaba ese odio ¿Qué tenía Axel que no tuviera él? Era tan injusto, Clara lo sabía. Sabía que Cassandra sentía algo por Axel y aún así pidió como condición que él fuera con ellos al viaje. Ya no importaba nada, ella pensó en sí misma, así que él pensaría en sus caprichos, lo mejor era ignorarla.

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El punto de encuentro que todos habían elegido fue el aeropuerto. Apenas Axel completó el grupo ya el viaje fue decidido, estaban comprometidos a llevarlo a cabo. Entre risas, recuerdos, pensamientos y sentimientos se dirigieron a su vuelo, y posteriormente a sus asientos. Los chicos en una fila, las chicas en otra. Con diferentes objetivos, cada quien en sus propios mundos, emprendieron el viaje hacia la isla la Floreana, el enigmático lugar turístico de las desapariciones sin respuesta.