La naturaleza humana

Desde el nacimiento de la Tierra, los sabios relatan historias del hombre coexistiendo con la naturaleza. Los cuatro elementos, las plantas, los animales, todo ser vivo se relacionaba de una u otra forma con el ser humano, incluso nosotros.

Nosotros somos el árbol, somos la tierra, somos el río, somos la roca, somos el animal. Nosotros somos los espíritus del bosque, somos sus guardianes. Lo protegemos como él nos protege, lo cuidamos como él nos cuida. Sentimos su alegría y su dolor.

Las primaveras, los veranos, los otoños y los inviernos transcurrían con el pasar de los siglos. Los humanos disfrutaban de la belleza de los cambios de las estaciones. Poseían un corazón tan puro que los animales no recelaban de su presencia. Esos hombres podían vernos, no sólo nos percibían, sabían que estábamos allí con ellos o al menos eso es lo que cuentan los sabios.

Hace muy poco que vine al mundo, aún no conozco al bosque con exactitud, los animales empiezo a comprenderlos y de los cuatro elementos sólo he podido aprender tres. Tres elementos esenciales para coexistir con el bosque y sus habitantes.

El aire, el aire nos ayuda a movernos con libertad cuando las hojas de los árboles viajan de un lugar a otro, con él podemos ir de bosque en bosque, de prado a prado. Nunca conocemos nuestro destino y eso es lo que convierte en una aventura al decidir volar con él. Este maravilloso elemento es de temer sino se le respeta. El aire puede llegar a ser tan feroz que nuestra esencia sería destruida al instante. Una vez tomó la forma de un gran torbellino y el bosque quedó herido ante esa fuerza. Nos llevó tiempo sanarlo para que recuperara su esplendor.

El agua, el agua es la fuente de la vida. Los árboles y los animales necesitan de ella para existir. Es el elemento de la dicha, para nosotros sería imposible imaginar el bosque sin ella. Muchas veces hemos disfrutado de este elemento, sumergirnos en él y ver los otros seres que en ella habitan es una sensación fascinante.

Con lo poco que he vivido he aprendido a apreciar este elemento, también a respetarlo. Recuerdo que en mis primeros días de vida, el agua del río corrió con tanta fuerza que tuvimos que resguardarnos en las alturas para que no nos arrastrara. Desde la cima aprecié la enorme laguna potente que envolvía a los árboles. El agua puede llegar a ser muy hermosa, te seduce con su delicadeza, pero también te recuerda que debes respetarla.

La tierra, la tierra es mi elemento favorito, en ella nací. Lo primero que observé fue el tronco del árbol. Belleza, firmeza, vida. El impacto de la tierra y sus diferentes formas de existir me hicieron amar este elemento. Flores, árboles, césped, vegetales, entre otros. Ella es nuestra base, nuestro soporte. Podemos ocultarnos en su entorno, pasar desapercibidos ante cualquier amenaza que pudiera presentarse. La tierra deja pasar su belleza desapercibida, no muchos la aprecian por su rudeza y lealtad, pero esta fuerza que nos hace notar es digna de ser respetada y admirada.

El último elemento es el fuego. El fuego es algo desconocido para mí, lo más cercano que he podido conocer de él han sido los rayos del gran sol que nos revitaliza cada día. Me han dicho que el día que pueda verlo que tenga mucho cuidado. De todos los elementos que hay que respetar, éste es el único que dejará huellas en nuestras esencias.

Mi curiosidad iba en aumento con los años al igual que mi tristeza, estaba segura que el resto de mis compañeros se sentían igual, más no lo decían. El bosque perdía vitalidad, perdía brillo. Sentía que el bosque quería recuperar una parte de sí. Con sólo tocar el tronco, las flores, la tierra misma podía sentirlo, pero no sabía qué parte era la que necesitaba. Conforme avanzaba el tiempo, la depresión de nuestro hogar era más notoria. Las hojas se secaban, el agua venía turbia, el viento poseía un extraño aroma que lo corrompía. Los días de diversión se esfumaron para dar paso a los días de trabajo sin descanso. La preocupación nos envolvía, el bosque enfermaba. Todos sentimos ese cambio brusco, los animales eran más violentos, los insectos volaban a otros lugares, incluso nosotros estábamos cambiando sin que lo notáramos. Nuestro humor era inestable, en nuestros corazones empezaban a nacer sentimientos impuros sin equilibrio alguno. El amor dio paso al odio, la alegría a la tristeza, la paz al enfado.

Los sabios se reunieron el día de la calamidad, el día que los nuevos espíritus no vinieron al mundo. El bosque ya no generaba vida. Todos estuvimos allí con ellos, la reunión se convirtió en una discusión, luego en conflicto. Faltaba poco para que comenzara la gran pelea. Los más jóvenes no sabíamos que hacer, desconocíamos muchas cosas como para aportar alguna idea de provecho. Teníamos miedo de empeorar lo que se veía inevitable.

Humanos

Esa palabra duró lo que el latir de un corazón, pero fue suficiente para comprender lo que los sabios pasaban por alto. Desde que nací no he visto a humanos. Lo que conozco de ellos ha sido gracias a las historias que nos relataban en los tiempos de felicidad. Humanos que nos veían, que coexistían con nosotros, ¡Eso era lo que le faltaba al bosque! Una parte de sí se había ido y jamás regresado, pero había algo que no alcanzaba a comprender. Los humanos de las historias eran puros, nobles, tan fuertes y poderosos como nosotros, ¿Por qué los sabios se referían a ellos como algo malo? La única vez que se pronunció aquella palabra fue en un tono hosco y despectivo.

Mi corazón me decía que el elemento humano era la solución, debía decirlo, necesitaba decirlo. La ansiedad me aceleraba el pulso. En un momento estaba con mis compañeros esperando la decisión final de los sabios y al siguiente mi voz resonó en los oídos de todos los presentes.

La presión de sus miradas me dejó sin aire. Sus ojos reflejaban la fuerza en la que podían convertirse los elementos. Su furia y frustración no eran para mí, eso lo sabía, aún así no pude evitar agachar la cabeza ante la intensidad de esas emociones.

Un silencio inusual se presentó. No había animal que se moviera, ni viento que perturbara la tranquilidad de las hojas de los árboles, incluso el río se había silenciado. Como si el cuerpo no tuviera movilidad, como si fuéramos las rocas de aquel espacio frondoso. El silencio se convirtió en todo.

Los humanos antes estaban con nosotros.

Los humanos ya no estaban con nosotros.

Antes podían vernos

¿Ahora no?

¿Qué era el humano?

¿Qué parte del bosque era?, ¿Una planta, un animal o un espíritu protector como nosotros?

Mis dudas quedaron eclipsadas ante los pensamientos exaltados de los allí reunidos. Sólo los sabios pudieron imponer orden en ese torbellino que amenazaba con destruir cualquier mínima solución.

¡Los humanos son los culpables de todo!

¡Ellos nos abandonaron!

¡Perdieron contacto con su origen!

¡A CALLAR!

Todo volvió a ser silencio cuando uno de los grandes sabios gritó. Las miradas quedaron fijas en él, esperando alguna resolución.

No pueden dejarse llevar por su rencor hacia los humanos, ellos al igual que nosotros pertenecieron a este lugar. Nacimos aquí y de aquí partimos a nuestro crecimiento para después volver de donde vinimos. Los humanos han decidido dejar de lado su origen, se han desviado, pero no por eso dejan de ser nuestros hermanos.

Murmullos de protesta se elevaron. Otro de los sabios habló, para mi sorpresa, en contra de las palabras anteriormente dichas.

Los espíritus enviados a las afueras del bosque no han podido volver, los pocos que lo lograron no duraron más de tres días. Estaban encargados de buscar el lugar donde vivían los humanos. Su hogar es nocivo para nosotros. La información que se logró obtener lo confirma. Viven en refugios de rocas que exhalan fuego por un agujero, los llaman casas. Se transportan en algo llamado "auto", trabajan en otras casas más grandes que sólo nos destruyen.

El mundo de los humanos es muy distinto al nuestro. Se olvidaron de dónde vienen o cómo es posible que respiren, ¡Su mundo nos destruye!

Los humanos son unos monstruos y unos asesinos, no nuestros hermanos. Ellos son los culpables de lo que le pasa al bosque.

Todos aquí podemos saberlo. Los humanos se acercan. Nos destruirán y harán casas exhalando fuego en nuestro hogar.

Pequeños susurros se elevaron, pero antes de desatarse la gran ola de ira, fueron acallados por la pregunta: ¿Qué podemos hacer?

Nadie se aventuró a decir nada, hasta que el sabio, con odio bien marcado hacia los humanos, dio una respuesta radical.

Eliminémoslos

Los jóvenes nos sorprendimos no con la respuesta sino por la gran cantidad de espíritus que se mostraban de acuerdo.

¡No!

El primer anciano alzó la voz e impuso orden. Sus ojos tan calmos como el agua del río empezaban a tomar la fuerza de una cascada.

¡Pueden sentirlo aunque no lo deseen! Los humanos están vinculados con nosotros. Los sienten tanto como a los animales y a la tierra. No mataremos a nuestros hermanos.

Sus palabras fueron órdenes para todos. Yo lo sentía. Nunca los había visto pero el bosque me transmitía el dolor de la ausencia del humano, aunque en algún lado de mí no podía evitar preguntarme ¿Por qué se fueron?, ¿Por qué el mundo que crearon destruye al nuestro? Éramos hermanos, eso decían los sabios, entonces ¿Por qué?

Una charla objetiva empezó a formarse. Estaba amaneciendo cuando se tomó la decisión.

Los mayores y los sabios vigilarían a los humanos, si venían a nuestro bosque los desviarían para protegerlo. Los más jóvenes nos quedaríamos para cuidar de los seres vivientes que pudieran exponerse por error.

La mañana de primavera en que los vimos partir fue fría como el invierno. Las flores no tenían color, los animales no saltaban de un lado a otro, el viento no hacía bailar las hojas. Todo fue soledad en esa despedida.

Fue en el cuarto día cuando todos sentimos un cambio. No estábamos seguros de qué era, pero había algo diferente. Tuvimos miedo. Cada uno de nosotros nos distribuimos para cubrir una parte del bosque. Los animales estaban intranquilos, las aves empezaban a emprender vuelo, los rastreros salían de sus madrigueras para huir. ¿Huir de qué? El resto de los animales quedaban aún dudando sobre que hacer.

A medida que avanzaba el día, a medida que el sol culminaba con su eterna danza de otorgarnos luz, sentí calor. No era el calor de la primavera, este calos sofocaba. El aire vino caliente, respirar dolía. Dolía mucho.

Cuando el último rayo se esfumó, lo animales perdieron el control. Todos empezaron a correr en distintas direcciones. Lo único que pude hacer fue ordenarlos para que corrieran juntos y no se lastimaran. Me sentía mal, sentía que… que me hacían daño.

En medio del caos entre la confusión exterior que tenía que controlar y mi propia confusión, aparecieron dos espíritus mayores. En sus miradas lo veía y sus voces me lo confirmaron. Teníamos que huir.

¿Por qué? Les pregunté con esfuerzo. El cuerpo me ardía y me dolía. Mi corazón también sufría.

La respuesta que recibí me dejó petrificada. El hombre estaba en el bosque y no solo él, el fuego también. Su no nos íbamos moriríamos en este lugar.

Miré alrededor. La negrura del bosque se volvía naranja. Todo estaba caliente, muy caliente. Aún había animales huyendo, aún habían vidas para salvar. Este era mi hogar. No podía irme, no así. ¿Por qué los humanos hacían esto?

Sentí que me tomaron de la mano para correr del peligro, pero no pude seguirles. Era una guardiana y me quedaría con mi bosque hasta que todos los animales pudieran salir.

Los mayores respetaron mi decisión. Salieron en búsqueda de más jóvenes guardianes para salvarlos.

Fuego.

Humanos.

Dos cosas que desconocía ahora estaban aquí… haciéndonos daño. Aparté esos pensamientos para poder ayudar. Los animales sufrían tanto como nosotros.

El naranja se volvió rojo vivo. El aire quemaba. La tierra hervía. El pánico no tenía cauce. No podía tocar nada porque todo hacía daño. Todo estaba caliente. Mi cuerpo se estremecía de agonía. Mi elemento moría con dolor. Sentía ese dolor. Recorría todo mi ser.

Tenía miedo, pero nunca supe cuánto hasta que, después de salvar a un zorro, lo vi. Grandes llamas, un muro inmenso de fuego amarillo, naranja y rojo devorándolo todo a su paso. Me sentí pequeña como el grano de la arena. Me sentí… inútil. Entendía por qué los mayores decidieron abandonar, ningún guardián podría contra este elemento. El fuego… el fuego era hermoso, pero… le temía. Mi corazón retumbaba de horror al verlo acabar con todo. Despacio, saboreando cada pequeño trozo de vida.

El viento avivó las llamas crueles y me trajo un sonido que me hizo temblar, risas. Se podían escuchar risas en la lejanía.

Empecé a correr justo en el momento en que las llamas quemaron mi mano. Un movimiento sutil, casi una caricia que me hizo gritar desde lo más hondo.

Todo se hizo nubloso pero ya no era por el fuego sino por las lágrimas. Corriendo por mi vida, escuchando el crepitar de las llamas al llevarse consigo los árboles y algunos animales desafortunados, no podía dejar de pensar en ellos.

¿Por qué nos hacían esto nuestros hermanos?

Sentía dolor, muchísimo dolor. No sólo físico sino también en el alma. Me estaba quebrando.

Tuve que detenerme. Adelante había fuego, atrás había fuego, a los lados había fuego. No tenía forma de salir.

Mi respiración era agitada al tiempo que miraba mi perdición. Todo era rojo, no podía diferenciar nada. Retrocedí dos pasos e inmediatamente salté en el lugar al quemarme. Miré al culpable. Un gran tronco que se resistía a la muerte me había quemado con la superficie que lo protegía y le hacía sufrir. Volví mi vista al rojo que envolvía todo. No tenía otra salida. Me fundí con el árbol, sufriendo con él, resistiendo con él.

El fuego se apoderó de todo. Grité con todas mis fuerzas.

Sentí como si fueran años de eterna agonía. Las hojas se chamuscaban, el tronco se deshacía, el césped se carbonizaba. Ya no había nada, no quedaba nada.

Morí o eso pensé en ese momento. Toda mi esencia, todo mi cuerpo estaba herido, no había ni un solo espacio que no tuviera cicatriz.

Al separarme del árbol mis ojos contemplaron… mi hogar. No había colores, no había vida, no había nada.

Todo era negro, todo estaba destruido. La muerte, la devastación eran la única representación de mi precioso bosque.

Los odié, los odié a todos ellos. Odié a los humanos por hacernos esto. Nosotros nunca les hicimos nada, eran nuestros hermanos y como tales eran tratados, ¿Por qué?

Lloré al caminar. Nada tenía sentido. A donde quiera que mirara todo estaba destruido. Jamás los perdonaría, jamás. No se lo merecían, no después de esto. Ellos rieron mientras nos veían morir. Ellos eran unos monstruos.

En mi andar tropecé con un color tan vivo como el mismo sol, el único color que resaltaba entre tanta negrura.

Lloré desconsolada al ver a esa pequeña flor sobreviviente. Un girasol que exhibía sus pétalos para alegrar un poco la muerte que la rodeaba. No permitiría que los humanos volvieran, ya jamás nos harían daño. Nunca más.

Escuché pasos que se acercaron con timidez. Al levantar la vista no pude creer lo que veía. Eran ellos o mejor dicho ella. Una humana exploraba mi bosque destruido. ¡Observaba mi hogar!

Quería que se fuera, que se largara, pero de nada serviría gritarle salvo para maltratarme más de lo que encontraba. Ella no podía verme ni oírme. Volví a bajar la mirada hacia el girasol sobreviviente. Lo protegería con lo que me quedaba de fuerza. Seguí llorando, era imposible parar. El bosque lloraba conmigo. Ambos tardaríamos siglos en ser como éramos.

Sus pies se detuvieron ante mí. Me vi obligada a mirarla al no percibir movimiento de su parte. Ella también veía mi flor. La odiaba. Quería que se largara.

¡Lárgate!

Una fuerte brisa se presentó con mi grito. Me sorprendí al verla llorar, pero eso no fue lo que me conmocionó.

Perdónanos.

Una simple palabra dicha con tanto sentimiento no me permitió volver a revivir el odio ¿Qué pasaba? Ellos eran malos ¿Qué estaba haciendo?

No pudimos llegar a tiempo para salvarte. Ellos esperaron a que no estuviéramos e hicieron esto. Perdónanos. No pudimos protegerte.

¿Los humanos nos protegían? No, ellos nos hicieron esto, pero… ella… ¿Quién es?

La tenía ante mí, era una humana, pero su dolor era sincero. Me lo transmitía con sus palabras y lágrimas.

Se agachó ante la flor y con sus dedos rozó los pétalos con suma delicadeza. Pude sentir su amor en ese acto. Todo lo que me decía era verdad.

Ayudaremos a reconstruirte. Volverás a ser lo que eras. Cuidaremos de ti. Nadie más nunca te hará daño.

En ese momento me miró, lo sentí así ante sus ojos. Ella me miraba.

Las personas aún no comprenden tu valor, pero nos esforzamos por divulgarlo. No nos culpes y odies por esto, intentamos enmendar su error, sólo danos una oportunidad.

Dicho esto se alejó con la misma lentitud y timidez con que vino.

Había humanos crueles, pero también había humanos como ella. Ella prometió protegernos, ella era nuestra hermana.

"Los humanos han decidido dejar de lado su origen" asó lo dijo el anciano, pero esta humana estaba retomándolo, ella y otros. Los humanos cambiaron su naturaleza para dejarnos de lado y ahora querían recuperar lo que alguna vez abandonaron, sólo debíamos darles una oportunidad.

Miré de nuevo lo que alguna vez fue mi precioso bosque. Me devastaba verlo así. Sabía que sanaría, pero el proceso sería muy doloroso. Lo sabía muy bien, tanto como la respuesta que el mismo bosque quería que le diera a la humana.

Confiaré en ustedes esta vez. Cuiden su hogar porque la próxima vez podrían arrepentirse de habernos hecho daño, y tanto ustedes como nosotros sabrán en ese momento que será irreversible.