El principio y el fin

La mayoría se sorprendían mucho que fueran una pareja tan sólida. No puede ser, pensaban, ¡Son tan diferentes!

Hades tan silencioso, tan grave y comedido; observador y aparte, como si él mismo fuera la sombra de esas cosas lejanas, que no son parte de donde las situaciones pasan. Y ella, tan sonriente, luminosa, colorida, llena de vida. No se sabía con qué iba a salir, si bailar o mirar a una mariposa, con esa dulce risa contagiosa. Llevaba su afabilidad, esas ganas de sonreír y alegría a donde iba y a cualquiera que le regalara su compañía. El color, la fragancia y el sorprendimiento que tanto encantan de las flores era Perséfone; como la primavera. Cuando ella llegaba, las cosas eran mejor, la alegría aligera el cuerpo y se podía descansar porque lo peor había pasado y el frío se iba.

Ellos dos eran consortes desde hacía mucho, y nunca habían tenido mayores problemas en su matrimonio. Eso, entre los griegos, era extraordinario. Pero, aunque muchos les preguntaban por su secreto, no lo iban a explicar. No era algo que pudieran hacer siquiera. No eran polos opuestos, ni el "ying y el yang"... Simplemente eran ellos juntos, el uno para el otro y no podía ser de otra forma. En su compañía, Hades sentía que él dejaba de ser la sombra, esa que nadie quería mirar, y se convertía en la razón por la cual Perséfone veía el mundo y lo sentía de esa maravillosa manera. Con Hades, ella se sentía segura, amada y adorada, casi tanto como ella lo amaba y lo adoraba a él. Porque sin su esposo en el mundo, ¿qué sería tan hermoso, qué celebrar?

Y así era como se complementaban, como estando juntos sentían que era uno solo, como el mundo mismo.