Amiga de las flores

Lucía estaba jugando a tomar el té. Tenía una mesita hecha por un cubo de agua al revés, y coloridas tacitas de plástico. Estaba sentada en el suelo de madera, esa que tenía manchitas por doquier que para Lucía eran pecas, como las que tenía su abuela. No tenía muñecas ni peluches como sus invitadas, pero eso no quería decir que estuviera sola. Margarita y Gladiola estaban al otro lado. Eran dos plantas primorosamente cuidadas en sus macetas. Aún no florecían, pero Lucía sabía que pronto lo harían si eran cuidadas y queridas. Por eso estaba ahí, tomando el té y conversando con ellas. La abuela siempre le había que eran sus amigas, y que se sentía solas y por eso les hablaba.

―¿De qué les hablas, abuela? ―le había preguntando la niña alguna, sentada al lado de ella.

La abuela también se sentaba en el suelo. Decía que las piernas le dolían mucho como para estar acuclillada. Le costaba ponerse en pie, pero Lucía a veces la ayudaba abrazándose a ella de lado; era su bastón con coletas, bromeaban las dos. La abuela olía a tierra y a frutas. Su madre le insistía mucho en que se lavara más las manos, y se bañara dos veces al día, pero aún seguía oliendo como a planta. A Lucía le encantaba ese olor de la abuela, pero más le gustaba que preguntara lo que preguntara y sin importar cuántas cosas le hubiera preguntado antes, ella siempre le respondía en serio. Eso la hacía sentir especial, por más que muchas veces no entendiera lo que quiso decir con sus respuestas.

―Ah, yo les hablo de lo que mi corazón debe decir y lo que ellas quieren oír ―le había contestado esa vez. Lucía le había preguntando muchas veces sobre porqué y de qué hablaba con las flores, pero esa era la única respuesta que recordaba bien.

―¿Cómo qué?

―Que yo las quiero y que son muy hermosas, por ejemplo ―la abuela acercó el hombro a la niña y le sonrió de tal manera, que Lucía entendió que se lo estaba diciendo a ella. La pequeña se levantó un poco para darle un beso en la mejilla, y la abuela se lo devolvió.

―¡A todos le gustan que le digan eso! Pero más a las flores ―se acercó y susurró en tono cómplice a su oído― Aquí entre nos, son muy coquetas, pero no se los digas, que se indignarán contigo. ―Se puso el dedo sobre los labios, y Lucía dijo "shhhh". Ahora era un secreto entre las dos.

―¿Y lo otro?

―¿Qué otro?

―Lo de tu corazón.

―¡Ah! ―la abuela parecía que recién recordaba ese aspecto― Pues, lo que quiero decir.

―¿Cómo que?

―Lo que se me ocurra, cualquier cosa. Ellas oyen y no responden ni cuentan el secreto. Y en primavera, solo recordarán que las quiero y cuido mucho, y me darán sus colores y olores.

Lucía sonrió mucho, como si lo que acabara de decir fuera el cuento más mágico que alguna vez oyera.

―¿Pueden las flores ser mis amigas también?

La abuela había dejado de revolver el fertilizante con la tierra, soltado su utensilio y abrazado a Lucía de lado con mucho entusiasmo.

―¡Claro que sí, mi amor! Vas a ver como te hacen sentir bien solo con oírte lo que sea que quieras decir.

Desde ese momento, Lucía había dicho a las flores lo que quería decir su corazón pero no quería que nadie oyera. Y era verdad, eran muy buenas amigas porque solo con eso, muchas veces, se sentía mejor.

―Entonces, Mirna me jaló del pelo, y yo grité, y la maestra vino a ayudarme, pero Mirna... ―le contaba ella a Margarita, mientras le servía el té en su taza amarilla, con una tetera invisible.

La abuela llegó donde estaban con una tetera de verdad, dos tazas, azúcar en ellas y una cuchara. Con solo el olor, Lucía supo que traía café en vez de té. Sonrió y se puso un dedo sobre los labios. La abuela susurró "shhh", y el secreto de que la niña tomó café en la tarde quedaría guardado para que no se entarara la madre de una y la hija de la otra.

Lucía le hizo espacio a su abuela frente a la mesita improvisada. Ella le dio la bandeja a la niña para que la pusiera en el suelo, y luego se sentó.

―¿Qué decías de Mirna? ―le preguntó mientras servía el café.

―Que otra vez me jaló el pelo, y la maestra...

Empezó llover, pero como el jardín estaba techado con láminas que dejaban entrar la luz, se quedaron ahí media hora más, hablando con sus amigas.