De cerca

La hermosa mujer de facciones suaves, ojos como el cielo, cuerpo de pecado y cabello rubio; siempre se sienta en el mismo lugar todos los días con buen clima. El lado izquierdo de una de dos bancas, en la calle frente al edificio donde trabaja. Mira muy interesada a lo que sea mientras come y, algunas veces, habla quedamente, posiblemente consigo misma. No sabe qué es lo que le parece tan interesante en ese muy pequeño parque descuidado, con algunos árboles, pocas flores y mucha hierba crecida además de palomas que había dado un regalo desagradable a más de uno.

Él, el muchacho del puesto de sándwich, la espera al medio día con mucha expectativa y la mira lo más que puede en esa hora. Su compañero en el camión de comida se ríe de él por ello. "Es solo otra chica rica, que no debe tener nada natural y nos ve por encima del hombro". Pero para él, todos los que trabajaban en los edificios de ese lado de la ciudad, eran así. Por más que había atendido algunas veces a la rubia, nunca podría reparar en su tranquilidad en la expresión, adornada con una suave sonrisa si estaba de buenas; tampoco se sorprendería gratamente de que fuera de las pocas que no solo intentaba comer diferente cada día de la semana, sino de las que si le decías que tenían un nuevo plato o forma de preparar las cosas, no dudaba de aceptar tomar de eso. También, de las que siempre agradecía y regalaba el poco vuelto.

—¿Por qué siempre estará sola si es tan hermosa y amable? —le pregunta un día a su compañero de trabajo.

El otro se encoge de hombros mientras se prepara su propio sándwich, que era más carne y salsas que otra cosa.

—Debe ser una creída insoportable.

Él pone los ojos en blanco y le responde como por quinta vez en ese mes:

—No lo es, es de los clientes más amistosos que tenemos.

—¡Ajá, sí! —le exclama el otro, más exasperado aún con el tema— ¡Si tanto es un ángel caído del cielo, ve tú a la banca y habla con ella, pero ya deja de darme la lata con esto!

—¡Bien, lo haré, y luego no me regañes porque te dejé solo en hora pico!

—¡Ni se te ocurra dejarte aquí a medio día, que se lo diré al jefe y te quedarás...!

—¿Eh? ¿Uno de jamón con queso? —pide una anciana cuando los dos se dan cuenta de que estaba ahí.

Dicho y hecho. Justo después que la rubia aceptó con una sonrisa, un gracias y un "quédese con el cambio" el sandwich de ese día; el joven se quitó el delantal, los guantes y la gorra. Su compañero de trabajo se lo recriminó hasta el último momento, pero él se salió del puesto haciendo oídos sordos.

Mientras cruzaba la calle pudo ver que ella le miró y sonrió mucho, como si fuera una gran sorpresa verle ahí, fuera del carro.

Se sentó junto a la rubia, y si no hubiera pensando en el plan de comer su almuerzo junto a ella, no habría sabido ni qué hacer. Hasta se le hace difícil quitarle el envoltorio al sándwich y, cuando se da cuenta que no llevó consigo servilletas, se plantea si era mejor no comer.

—¿Por qué los llamarán campos Elíseos? —se pregunta en voz alta— Si están en París, no en Grecia.

—¿Eh?

Ella le miró y repitió:

—¿Por qué le llamarán campos Elíseos, si están París, no en Grecia? —Como si se hubieran hablado desde años y estuvieran conversando en ese momento.

Él tartamudea antes de decir:

—¿Porque es bonito?

—Sí, pero es parte de la mitología griega, no es algo de Francia.

Lo piensa con la misma intensidad que ella parece ponerle, como si fuera un tema trascendental.

—Lo bello es bello aquí, en Grecia o en Francia. —y se siente estúpido apenas terminó de decirlo.

La rubia se le queda mirando, analizándole. Él se sonroja y no puede sostenerle la mirada, por lo que ataca su sándwich, llevándose un poco de plástico a la boca.

—No lo había pensando así. Puede ser… Sí, Elíseos es sinónimo de bello, ya no es parte del Inframundo griego —ella se come lo último que le quedaba del sándwich, hace del plástico una bolita que mantiene en su mano de uñas cortas y cuidadas—. Por ese tipo de cosas me gusta tanto aquí. Un gusto hablar contigo, Ned.

La rubia se fue aún antes de que él pudiera siquiera pensar que debía despedirse. Ya entendía porqué nadie se le acercaba, ¡qué mujer más extraña! ¿Y de dónde conocía su nombre, si no llevaba gafete? Eso fue lo que le hizo decidirse por no intentar ningún avance más con la rubia hermosa y amable. Era un poco escalofriante...