Capítulo uno – Cambios

Una vuelta. Las 2:57.

Otra vuelta. Las 4:14.

Suspiró. Llevaba durmiendo de un tirón durante dos décadas y siete años, y ahora, con la brutal pérdida de esperanza del mundo, Zsasha también había perdido el sueño.

Se incorporó en su lecho, buscando entre la oscuridad algo que distrajera su abrumada mente.

Nada, cómo no.

Sólo le quedaba recordar el pasado, cada vez más distante, e imaginar un futuro que se le pareciera mínimamente.

Esa locura había comenzado de una manera distinta para cada uno de los habitantes de la Tierra, y algunos había sido lo último que habían presenciado. Sin embargo, era su propia experiencia la que perturbaba su descanso.

Todo había empezado un martes al mediodía, cuando su espalda descansaba perezosamente contra el respaldo de su silla y sus zapatos de tacón se clavaban en el borde del escritorio. Había mirado a su jefe, quien estaba charlando animadamente con una de sus clientas más habituales.

Recordaba que le estaba haciendo una permanente tras cubrirle las canas con tinte rubio. Mientras, Zsasha sólo se había encargado de atender llamadas y apuntar las citas en su cuaderno. No se le daba bien tratar con la gente, vivía en completa soledad y no tenía amigos. Tampoco le había molestado en ningún momento, en absoluto. De hecho, más bien lo agradecía.

Parece que esa misma indiferencia hacia la salud ajena le había salvado la vida.

Mantuvo su mirada castaña pegada al techo, pensando en lo que había pasado a continuación, sucedido vertiginosamente deprisa, pero que se había quedado grabado a fuego entre sus sienes: Había salido a menos de dos segundos después de que venciera su turno, elegantemente sobre su calzado, y había presenciado a cierta distancia como un hombre devoraba a un niño. Así de simple.

Ese niño llevaba ya unos minutos muerto, pero aún sangraba abundantemente.

Chilló con completo horror, llamando la atención de varias personas. No entendió por qué nadie hacía nada por ese miserable, ni tampoco porqué miraban a quien había gritado y no a quien seguía engullendo esas carnes infantiles.

Pronto se percató de que la mayoría de esas personas –Sino todas– parecían completamente idas. Sus ojos no miraban a ninguna parte, atravesaban su cuerpo como si no estuviera ahí, mientras que de sus labios entreabiertos colgaban largos hilos de saliva y su piel y labios parecían no cubrir rastro alguno de sangre.

Fue ahí cuando entendió, aunque pareciera completamente imposible, que esa gente ya no podía ser considerada humana, pues les faltaba dicha humanidad. Todos parecían locos, tal vez drogados, demasiado fríos.

Corrió. No le bastó nada más. Su velocidad fue incrementada cuando notó a la muchedumbre arrastrarse tras ese ser que llamaba su atención poderosamente.

Dio vueltas, se escondió, volvió a correr, se detuvo de nuevo. Finalmente regresó, creyendo que se moría de agotamiento, al lugar de partida. Ya no había nadie, la peluquería estaba completamente saqueada.

Ese recuerdo se volvió algo borroso por el estupor, solo podía ver sangre por todas partes y ni rastro de algo humano reconocible. El resto de establecimientos no tenían un aspecto mejor, a lo sumo a algún desgraciado huyendo despavorido de esos monstruos en los que se había convertido el resto de la gente.

Tras ello sólo fue a su casa , cansinamente. Tomó el coche y condujo como si no pasara nada, respetando las señales de tráfico y deteniéndose en los semáforos en rojo. Aparcó con total tranquilidad y cuando cerró la puerta de su domicilio tras de sí empezó a preguntarse si su salvación se daba a su acostumbrada puntualidad al salir del trabajo.

Tenía constancia del tiempo que había pasado desde ese incidente solo porqué su reloj de pulsera aún funcionaba. Sin embargo había momentos en los que no podía evitar preguntarse "¿Cuánto ha pasado?".

El primer día había transcurrido con tranquilidad, pero por lo visto esos locos –Si se les podía llamar de otra forma– se habían vuelto más agresivos y la noche se había llenado de gritos y súplicas de los pobres condenados que quedaban mentalmente sanos.

Recordaba haber llorado, llorado de puro horror e impotencia. ¿Qué sucedía?, ¿Eso iba a alargarse mucho más?, ¿Quiénes eran esas personas que sumían la ciudad en el caos?, ¿Era solo su ciudad la que se había visto afectada?

Cuatro días habían pasado ya. Y el ruido en las calles había disminuido considerablemente tras la impresionante pero inútil intervención militar. Se preguntaba si esos inconscientes habrían corrido la misma suerte que aquél niño.

Pronto empezó a extrañarse. Parecía haber mucha gente en las calles, sin embargo Zsasha no recordaba haber visto a tantos individuos.

Siempre había gozado de una buena inteligencia y una bien aprovechable frialdad. Pero ahora no lograba encontrar una respuesta a esa nueva inquietud.

Sin previo aviso empezó a sentir la soledad, y por primera vez no le gustó nada.

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Selim abrió lentamente los ojos, acompañada su recién recuperada consciencia con una jaqueca más que notoria.

Estaba acostado sobre el frío suelo de losas de un cuartito. No empezó a recordar hasta que empezaron a transcurrir los segundos y su vista acostumbrada a la oscuridad topó con objetos que le ayudaron a recuperar dichos recuerdos.

Su uniforme militar… Oh, sí. Ya entendía por qué estaba tirado de esa manera en ese remoto lugar. Sin embargo hubiera preferido no hacerlo.

Apoyó el peso en las rodillas y se puso de pie, ayudándose con la manecilla de la puerta. Estaba cerrada desde fuera.

Sonrió para sus adentros, en un último acto de compañerismo los otros soldados debieron haberle encerrado ahí para alejarle del peligro. Su sonrisita tierna se retorció pronto con amargura; la cosa debía estar realmente jodida como para que le hubieran querido aislar.

No recordaba muy bien porqué se había desmayado, sólo atinaba a deducir que con el alboroto habría tropezado y chocado con la cabeza contra el suelo.

Trató de forzar la puerta con suavidad, sin querer hacer ruido, pero finalmente perdió los nervios y la empezó a zarandear salvajemente. El fusil que le habrían quitado en su inconsciencia y utilizado como "candado" improvisado cayó hacia un lado, haciendo saltar a Selim violentamente hacia delante juntamente con la puerta y cayendo de cara contra el pavimento.

-¡Mierda! –Gruñó molesto, sin pensar, agarrando el rifle.

Alzó los ojos hacia el pasillo. Podía apreciar la noche a través de las ventanas, pero el panorama era más agradable a la vista gracias a la luz que le proporcionaba la luna.

Se puso nuevamente de pie, buscando con la mirada algo que identificara el lugar donde se encontraba. Le alegró sumamente encontrarse en el polideportivo donde se había desmayado, pues conocía la ciudad donde estaba.

Caminó unos metros arrastrando los pies, pudiendo apreciar muchos agujeros de bala en las paredes. Le alivió ver que todo estaba tranquilo.

Eso cambió pronto. Pues sus ojos toparon con un espeso charco de sangre y sus pies fueron capaces de detener el paso antes de llegar a él. Empezaba justo antes de entrar en la oscuridad absoluta del cambio de pasillo, donde no había ventanas. Contempló las puertas de emergencia abiertas frente a él, y marcas de arrastre en toda superficie cercana.

Sus ojos horrorizados contemplaron la gran extensión carmesí, sin haber llegado a imaginar una brutalidad semejante en el personal militar. Recordaba haber recibido órdenes de mantener a raya los civiles revelados –Sus superiores se habían negado a proporcionarles más información–, probablemente peones de algún movimiento terrorista. La cosa debió haberse complicado mucho, y fue en ese momento en el que empezó a plantearse si esos agujeros de bala en la pared no fueron un movimiento disuasorio, sino ofensivo.

Pero ahí había mucha sangre. Una bala no podía hacer eso, ni tan siquiera seccionando la arteria aorta.

Se aproximó un poco más, con el instinto de supervivencia gritándole que huyera pero con su curiosidad dominándolo. Y ésta se vio pronto satisfecha en cuanto vio una columna vertebral.

Su cuerpo se paralizó, abriendo los ojos con completo espanto. A su alrededor habían más huesos, pero ni rastro de carne o piel. ¿Quién diablos había podido cometer semejante atrocidad?

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Zsasha se mantenía en ese instante frente al espejo, el cual le devolvía el reflejo de un rostro pálido con profundas ojeras bajo sus ojos castaños. Su aspecto demacrado no hacía más que acrecentarse tras su largo cabello pelirrojo, enredado creando ondas alrededor de su semblante de media luna.

Se enrabió ante su debilidad, contemplando con completo asco como sus clavículas parecían tener que atravesar su piel en cualquier momento. Sabía que no podía quedarse eternamente bajo las sábanas de la cama, como un infante asustado por los monstruos del armario, sin comer nada.

Encaminándose hacia su habitación abrió el armario, desnudándose y tirando la ropa sobre el colchón. Caminó firmemente de vuelta al cuarto de baño para ducharse.

Pero no pudo.

-¿Eh? –Murmuró, tratando que del grifo brotara el agua. Pero ni tan siquiera fría salía, ni una sola gota.

Frunció el ceño y salió de la tina, pisando el suelo con sus pies completamente secos. Notando el pánico subírsele por la garganta se negó a permitirlo, golpeando violentamente el interruptor de la luz para demostrar a su temerosa conciencia que no había nada de lo que preocuparse.

Esperó unos segundos, pero no sucedió absolutamente nada. Volvió a intentarlo dos veces más, hasta que acabó por rendirse. Oscuridad.

Empezaban a cumplirse sus peores presagios a la vez que se respondía a una de sus preguntas, haciéndole surgir una nueva. Estaba claro –Al menos así lo veía Zsasha– que habían cortado la luz y el agua. ¿Entonces eso no solo sucedía ahí? Tampoco es que supiera lo que estaba pasando, pero tampoco era lo que más le importaba. Solo quería saber una cosa: ¿Qué haría ahora?

Entró en la habitación de nuevo para vestirse. Pero no volvió a colocarse el pijama, sino que abrió el armario y se puso un vestido bastante elegante de color negro y que le llegaba por las rodillas, acompasado por unos zapatos de tacón de la misma tonalidad.

-"Si muero, que sea como Dios manda" –Pensó mientras se pintaba los labios de rojo, dibujándose en su comisura una sutil sonrisita de prepotencia.

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Respirando entrecortadamente esquivó el charco de un salto, corriendo como alma que lleva al diablo por los pasillos. No pudo vislumbrar absolutamente a nadie en la primera planta, sin embargo su frágil estado de ánimo aumentó considerablemente en cuanto empezó a escuchar gemidos suaves en el piso de arriba.

No dudó un segundo en empezar a subir vertiginosamente deprisa los escalones que llevaban al segundo piso, deteniéndose al final escrutando en la oscuridad en busca de alguien que le explicara lo que había sucedido ahí.

Solo se encontró con otra impactante escena: Dos cuerpos demacrados en el suelo, uno tendido bocabajo sobre el pavimento, retorcido en una postura imposible que implicaba inevitablemente la ruptura de varios huesos. El segundo fue el que más le sorprendió, pues solo tenía la parte superior del cuerpo, la otra se encontraba desaparecida tras haberla tal vez arrancado brutalmente de su portador.

Éste le miró. En vez de morir poco después de haber perdido esa preciada parte de su cuerpo, levantó la vista y la clavó en Selim, arrastrándose sobre un enorme charco de sangre coagulada que juntamente con la carne desgarrada causaron un seguido de sonidos que le provocaron arcadas.

No pudo aguantarlo, se giró a un lado y vació su ya de por sí vacío estómago. A causa de ello solo pudo notar en su garganta el desagradable sabor de la bilis, confirmándose así su suposición cuando miró lo que había devuelto.

Volvió de nuevo la vista hacia los dos cuerpos tras esperar unos minutos, sobresaltándose al comprobar que el cuerpo con movilidad estaba ya varios metros más cerca de él. Eso causó que perdiera el equilibrio, cayendo estrepitosamente contra el suelo, sentado de caras a ese condenado.

Su instinto volvía a gritarle que se marchara, pero su cuerpo solo fue capaz de quedarse paralizado mientras oía los suaves gemidos lastimeros del cuerpo.

-Quédese ahí –Tartamudeó, tomando temblorosamente el rifle entre sus manos. Estaba asustado, no entendía nada y ese individuo seguía acercándose a él. A contraluz pudo comprobar, por primera vez, que esa persona difícilmente tenía una identidad definida. Su piel desgarrada estaba en las primeras fases de la putrefacción, y sus ojos secos apenas eran capaces de verle.

Chilló y se puso de pie, asqueado. Sin pensar alzó el cañón de su arma, disparando varias veces a ese diabólico sujeto. Nada.

Volvió a gritar, mirando como los agujeros de bala por todo su torso apenas le hacían cosquillas. Cerró los ojos con fuerza, en otro momento habiéndole avergonzado ese comportamiento, y alzó de nuevo el rifle cuando ese cadáver –Aunque tampoco lo sabía a ciencia cierta, eso creía que era– estuvo ya prácticamente encima de él.

Disparó. Esperó unos segundos y después entreabrió un ojo para encontrarse con ese ser tirado en el suelo, inmóvil, con un agujero de bala en la frente que ya apenas derramaba sangre.

No pensó nada más, solo bajó corriendo las escaleras, esquivando todos los objetos que habían salido despedidos durante la masacre militar y abalanzándose contra la puerta de entrada al polideportivo.

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Zsasha rebuscó nerviosamente en los cajones en busca de algo para poder defenderse. Finalmente, en un suspiro, solo le quedó aceptar que lo más agresivo que podría atrapar sería un cuchillo para cortar pescado.

-"Malditos desgraciados" –Pensó, cerrando la pequeña despensa de donde había sacado una sartén.

Para su interior solo le quedó una sola idea optimista: Ellos solo tenían los dientes para defenderse, ¿no?

Eso esperaba, sino le haría falta más que suerte para poder morir de una forma apacible. De todas formas, aunque así fuera, esos locos aún le superaban considerablemente en número.

Para colmo, aún sentía la soledad cayendo encima suyo como un peso muerto. Tan muerto tal vez como el mundo de ahí fuera, que despiadadamente le había arrancado su apacible realidad de entre las manos. Y fue entonces cuando se cuestionó algo: ¿Habría más supervivientes de esa catástrofe? ¿Debía, en ese caso, ir a buscarlos?

Claro que se arriesgaba a perder la vida, pero por primera vez se planteó si valía la pena mantenerla de esa forma; con el cuerpo acurrucado por las noches en una esquina tenebrosa de su habitación, deseando de una vez por todas que llegue el día.

Sin embargo eso terminaría pronto, cuando se decidiera a salir por la puerta al mundo devastado por esa gentuza. Terminaría, eso desde luego, el cómo ya no dependía de su decisión.

Salió de la cocina empuñando fuerte el mango del cuchillo, tragando saliva y buscando sin querer detalles para atrasar su ida: ¿Esos zapatos no harían demasiado ruido?, ¿Podría volver a la seguridad relativa de su casa después de irse?, ¿Y la comida?, ¿Y el agua?... ¿Dolería mucho que se le comieran vivo a uno?

Ese último interrogante le erizó la piel, dándole a sus ojos castaños un toque de terror que no habían adquirido nunca antes.