Capítulo siete – Guárdame el secreto

No pasó mucho tiempo hasta que los tres empezaron a sentir la fátiga y el hambre abrirse paso entre el miedo, dejando nada más a su paso que más desesperación. Selim agradeció que Zsasha no se quejara, a pesar de que los rugidos estomacales y los bostezos habían roto el silencio desde hacía rato, así al menos él podría cerrar los ojos y tratar de imaginar que esa violenta y cruel realidad actual no era más que otra pesadilla de la que escapar de un momento a otro.

Por su lado, Viktoria se mantenía impasible en su rol de conductor, mientras forzaba a su ya resentido cerebro debido al cansancio a encontrar una idea entre tantos esquemas quebrados, sin suerte por el momento.

– Viki –Susurró Zsasha inclinándose hacia el asiento donde permanecía el enano, con un tono de voz demasiado respetuoso para su gusto. Ninguno recordaba cuándo exactamente habían empezado a tomarse tantas confianzas –demasiadas, pensaba Viktoria– como para llamarle así al ex-policía, pero era algo que, honestamente, les traía sin cuidado ante el extenso abismo en el cual intentaban no caer; metafóricamente.

Éste giró un poco el rostro hacia la derecha, a modo de poner una de sus orejas en la dirección del asiento trasero, pero sin apartar la vista de la carretera. Unos delicados pero ya algo estropeados dedos se alzaron para señalar las señales de tráfico: Viktoria circulaba a 50 en una zona de 30 km/h, algo que ya había perdido su sentido desde el momento en el que el primer muerto se incorporó.

Nadie dijo nada, y el enano aminoró la velocidad solamente porqué no tenían prisa para llegar a ninguna parte. Por su parte, Selim sonrió, pues en el momento en el que Zsasha le había llamado la atención a Viktoria el militar había entreabierto uno de sus ojerosos párpados.

–No hay nadie con el que chocar, Zsasha –Se dejó escuchar, bastante sorprendido de que no fuera replicado.

Selim vio como se dejaba caer de espaldas contra el respaldo de su asiento, cruzándose de brazos y echando la cabeza hacia atrás. Luego dijo, por primera vez, algo que todos necesitaban oír:

– Deberíamos detenernos en algún lugar escondido y dormir un poco...

– ¿Tienes alguna lona para cubrir el coche y así asegurarnos de que no nos ven desde fuera? –Preguntó Selim casi de inmediato hacia el conductor, gustándole la idea.

– ¿Por qué coño crees que iba a guardar una mierda así en pleno apocalipsis en vez de comida y armas? –Preguntó en respuesta el enano, con una casi imperceptible voz quebrada–. Nos las apañaremos tal cual, sin gilipolleces.

Los otros dos accedieron ante la negativa, y en cuanto Viktoria sacó el coche de ese pueblo en el que habían entado a buscar provisiones –sin suerte–, aparcó el vehículo bajo la sombra de un gran árbol en las afueras. Enseguida se acomodaron para tratar de descansar, ahora sin los cinturones de seguridad abrochados, algo que no hizo el italiano.

En vez de eso, tomó el móvil de dentro de uno de sus bolsillos, revisando el listado de llamadas perdidas a pesar de saber perfectamente que ya no había cobertura en ninguna parte. Sonrió tristemente, y guardó de nuevo el aparato en su sitio. Se mantuvo unos largos segundos quieto con la cabeza apoyada en el respaldo, mirando a un punto indefinido en el infinito mientras navegaba en una mente en blanco. Al final, se hizo un ovillo en su asiento, pudiéndoselo permitir debido a su tamaño, y cerró los ojos sin dormirse inmediatamente.

Le importaba muy poco si los otros dos ocupantes del coche se habían dormido ya, pero aún así mantuvo el volumen de sus sollozos al cero hasta que se le concedió también un escape temporal a una realidad menos amarga.

El repicar de unas gordas gotas de lluvia en toda la superfície del coche despertó a Selim, al cual le llevó un cierto tiempo adaptarse de nuevo a ese nuevo escenario tan distinto a su habitación. Los largos cabellos de Zsasha le recordaron dónde estaba, y las conexiones neuronales le llevaron al recuerdo de que su estómago seguía vacío. No habían conseguido sacar mucho de la máquina expendedora, así que lo que tenían se había terminado en apenas dos días; habían pasado ya cuatro.

Se inclinó entonces sobre los muslos de Zsasha, apartando un poco la tela del vestido y revisando la venda que Viktoria le había puesto unas veinte horas antes tras desinfectarle la herida –sin embargo, no habían podido cosérsela aún–. Ni siquiera se planteaba cómo se habría clavado ese abrecartas, pero le alivió comprobar que la hemorragia había cesado.

Curioso, presionó con tres dedos la superfície de la venda, y enseguida una fuerte colleja en la nuca le hizo entender que dolía.

– Tú debes ser retrasado o algo –Murmuró una voz conocida, y en cuanto Selim alzó la mirada vio el rostro de Zsasha con una buena dosis de molestia, mientras apretaba los dientes volviendo a su mal humor.

– Lo siento –Se disculpó el hombre. Ciertamente, pensó, no fue lo más inteligente que había hecho hoy–. ¿Qué hora es?

– ¿Me despiertas para preguntarme eso?

– No, coño. Solo responde, mi teléfono ha muerto y no llevo reloj.

Él atendió a como resoplaba mientras sacaba su móvil y presionaba una de las teclas, para así iluminar la pantalla.

– Las ocho y cuarto.

– ¿De la noche?

– De la mañana, gilipollas, ¿es que no ves que hay puta luz fuera? –Le espetó, con voz rabiosa.

Curiosamente, el militar soltó una carcajada: Empezaba a cogerle el gusto a sus cabreos.

– ¿Ya tan temprano y discutiendo? –Les cortó una voz arrastrada y somnolienta desde el asiento del conductor, y ellos se giraron a tiempo de ver como una figura retaca y despeinada se incorporaba mientras soltaba un bostezo.

– ¿Te hemos despertado? Lo siento –Se disculpó Selim por segunda vez, bastante animado.

– Al menos ten la decencia de no mentirme, idiota –Contestó Viktoria un poco más despierto, estirándose y poniéndose sonoramente los huesos de la espalda cada uno en su sitio–. ¿Tenéis hambre?

Esa pregunta les confundió, y justo cuando se planteaban si era una broma pesada el enano sonrió de forma un tanto extraña. Les miró risueño, pero un tanto cruel al mismo tiempo, de manera que Selim pudo certificar que Viktoria se asemejaba a un lince mirando una gacela de lejos.

– Yo sí, y mucha –Miró entonces al militar–. Vamos a probar tus dotes de búsqueda, machote.