Capítulo ocho – Ciegas miradas

Un bostezo se dejó escuchar, soltando un vaho blanco y escurridizo de entre los labios del italiano.

– ¿Cuánto más piensas tardar, Coronel Patterson? –Dijo para Selim, el cual estaba dándose cuenta de lo poco efectiva que era su trampa para conejos.

Por su lado, Zsasha apartaba algunas ramas de arbusto en busca de frutillas comestibles. Curiosamente no decía nada, solo vigilaba los alrededores para asegurarse de que ningún muerto andaba cerca.

Era irónica esa expresión. "Ningún muerto andaba cerca".

Zsasha rió por dentro, se le había contagiado algo de la manera de ver las cosas de Viktoria, una manera sarcástica y ácida que consumía casi toda la seriedad de las cosas. Ya no oía la conversación del enano con el militar, la cual había subido un poco más de tono al Selim hartarse de su eterna burla, sus oídos habían desconectado y sus ojos buscaban sin prácticamente ver nada.

De alguna manera sabía que nadie iba a preguntarle nada, así que no le preocupaba sumirse en sus propios pensamientos. Se dio cuenta, justo en ese momento, de que no era el ombligo del mundo. Todo había cambiado, ya no era cuestión de pagar facturas religiosamente y hacer la compra, ahora era cuestión de buscar comida por el propio pie si no se quería ser comida.

Ese pensamiento tan simple había tardado en llegarle, pues era bastante difícil de asumir. Fácil de decir, pero no tanto de darse cuenta de que realmente la vida humana había vuelto a los orígenes, unos orígenes en los cuales no era el depredador máximo.

– ¿Encontraste algo, Zsasha? –Escuchó entonces la voz ególatra del enano, para girarse y verle. Realmente no se había percatado de lo femenino que resultaba a pesar de ser un hombre. Seguramente de ahí provenía la duda de ambos en cuanto conocieron a Viktoria, pues además de tener unos ojos bastante grandes de largas pestañas, sus labios eran voluminosos e incluso algo provocativos. Se habría fijado en algo más, de no ser porqué una de sus cejas gruesas se enarcó en un signo de interrogación.

– No, lo siento –Contestó, volviendo a su trabajo, esta vez centrándose de verdad –O lo que tanto podía centrarse con la amenaza permanente de ese apocalípsis que estaban viviendo–.

– Eh, yo sí –Sonrió el militar, tras desistir de su intento de cazar carne viva. Les mostró unas bayas de color negro, con ciertos tonos violáceos que de alguna forma las hacían bastante apetitosas.

– ¿Solo encontraste eso? – Preguntó de nuevo el enano, dubitativo–. Bueno, da igual. Mételas en la bolsa.

– ¿Y tú qué se supone que estás haciendo? –Preguntó esta vez Zsasha, con curiosidad y cierto miedo. Había aprendido a temerle al carácter de Viktoria, acostumbrándose un poco a tenerle como un superior.

– ¿Yo? Superviso que no la caguéis.

Selim gruñó por lo bajo, traduciendo esas palabras en voz alta:

– Nos usas de esclavos. Eres un tirano –Tras esas palabras Viktoria le sonrió con cierto descaro, pasando unos segundos antes de que le respondiera, arrastrando las palabras en un susurro malicioso.

– No te imaginas tú cuánto...

El resto del tiempo que transcurrió tras eso se quedó en un silencio para nada incómodo, cada uno de ellos cumpliendo su rol del momento, mientras la bolsa se iba llenando del mismo tipo de baya –Que parecía abundar en ese lugar–. Cada vez tenían más hambre, pero sabían que primero tendrían que llenar al máximo las reservas. Tras el asalto a esa máquina expendedora habían ido con pies de plomo a la hora de comer, pero no les había durado más de cinco días.

– Joder –Susurró de nuevo el enano, viendo como iba anocheciendo–. Toca largarse, sino podría llegar cualquier bicho de esos y no lo veríamos.

– Lo que me sorprende es que no nos hayan asaltado aún... –Pensó Zsasha en voz alta.

– Estamos bastante lejos de las ciudades, y esos idiotas no deben ser tan listos como para salir de ellas a no ser que escuchen algún ruido fuerte en cualquier otra dirección –Respondió Viktoria, tomando la única bolsa que habían conseguido llenar y metiéndola en el maletero del coche.

Zsasha tomó tres bayas antes de que éste bajara la puerta trasera, dándole una a cada uno para saciar el hambre. Selim le sonrió suavemente, agradecido, y Viktoria le hizo un gesto con la cabeza con la misma intención, pero sin sonreír. Los tres comieron, tratando de convencerse a sí mismos de que solo eso saciaría su hambre para las próximas horas.

Fue un mal momento para descubrir una alergia.

Viktoria salió corriendo hacia unos árboles, refugiándose tras uno de ellos y vomitando sin poder evitarlo. Tras la primera vez creyó que ya había pasado, pero la cosa fue a peor y empezó a sentir frío, temblando sin poder dejar de vaciar el estómago. Al cabo de unos minutos, ya no quedaba más que bilis para sacar, y la garganta estaba tan seca que empezó a resentírsele.

Selim pensó que había sido el karma, Zsasha que habían sido las bayas. De todas formas ambos sabían que Selim la pagaría cara al haber sido el primero en encontrar las frutas.

Pasaron quince minutos antes de que el organismo del italiano le diera un respiro, dejándole irse lentamente hacia el coche, abrazándose a sí mismo, para después abrir una de las puertas traseras del coche y dejarse caer encima de los asientos.

No dijo nada, solo se quedó ahí hecho un ovillo.

Selim corrió a cerrar la puerta que Viktoria había dejado abierta, intimidado por la idea de que se hiciera de noche. Se metieron en los compartimentos delanteros, costándoles y teniendo que echar hacia atrás los asientos al estar ese coche preparado para gente de la estatura del italiano.

– ¿Quién conduce? –Preguntó el militar, mirando a Zsasha.

– Yo lo haré. Tú eres mucho más alto –Sentenció, sentándose en el asiento del conductor, subiendo las rodillas cada una a un lado del volante para poder apoyar los pies en los pedales.

Arrancó el coche, antojándosele bastante más difícil que en un coche convencional, y miró a Viktoria antes de soltar el freno de mano. Éste permanecía en la misma postura, sin emitir un solo sonido.

– ¿Crees que estará bien? –Susurró Zsasha hacia el hombre, pisando el acelerador.

– No tengo ni idea, pero apostaría por que eso no ha podido con él aún. Si muriera únicamente por algo así no me lo creería –Contestó él, bajando aún más la voz para asegurarse de que realmente no les está oyendo. Aunque no estaba tampoco muy seguro de si esa afirmación repercutiría en ira u orgullo en el enano si así fuera.

Pasó un rato en el cual se mantuvieron los tres en silencio, cada uno por sus razones, mientras Zsasha intentaba arreglárselas para no salirse de la carretera.

Volvieron todos al mismo tema, no lo dijeron pero pensaban en ello. Cada minuto, cada segundo, estaban dándole vueltas a lo que recientemente había sucedido. Nadie lo entendía, nadie sabía cuánto tiempo les quedaba de vida.

Era tan potente ese problema que Selim no se había percatado que, al alzar las piernas, a Zsasha se le había subido la falda.

– Hijo de perra... –Se alzó lastimosamente un murmullo desde el asiento trasero del coche, haciendo que el hombre mirara de reojo a la figura diminuta que se mantenía hecha una pelota por el dolor de estómago–. Te mataré...

Selim tragó saliva, volviendo la mirada al frente. No podría hacerle nada mientras se mantuviera en ese estado, pero eso tampoco le tranquilizaba.

– ¿Adónde se supone que vamos? –Preguntó Zsasha al notar que sus temores se cumplían, mirándole desde el retrovisor.

– No sé... ¿Ves algún edificio por ahí? –Contestó el enano, alzando la mirada con gran esfuerzo.

– Pues sí, bastantes –Dijo sin entender muy bien, mirando alrededor.

– Para en el más desolado que veas. Ese tipo es el más probable de estar libre de bichejos.

Zsasha así lo hizo, pero no vino en su mano el encontrar el edificio perfecto:

– Eh, ¿qué tal ahí? –Alzó la voz Selim, señalando lo que parecía ser una fábrica de congelados–. Muy probablemente no haya nadie y se almacene comida.

Viktoria sonrió con suavidad, contemplando el lugar una vez Zsasha aparcó.

– Bien visto... –Se incorporó en su asiento, sintiéndose un poco mejor–. Bajemos.

Abrieron las puertas, bajaron –Cada uno con más dificultad que otro–, y permanecieron frente al edificio, contemplándolo.

– ¿Sabéis? Creo que no es tan buena idea entrar ahí ahora –Se lo repensó Viktoria–.Al igual me meto yo ahí dentro sin luz ni nada.

Los otros dos supieron que era cierto, no era seguro entrar en un lugar así cuando no había apoyo de luz solar exterior filtrándose por los ventanales de la nave industrial.

Dieron media vuelta, metiéndose en el coche –Ésta vez cada uno en su sitio por orden de tamaño–, y decidiendo dormir hasta la mañana siguiente.

Curiosamente, la noche se les pasó volando. ¡Habían encontrado una fábrica de comida! Les extasiaba tanto ese descubrimiento que de tanto nervio se acabaron durmiendo con facilidad, como un niño la noche antes de Navidad.

Zsasha se despertó primero, con una sensación de cansancio demasiado impregnada en las ojeras bajo sus orbes castañas como si no hubiera dormido nada.

Esperó lo que le pareció dos o tres cuartos de hora, y el siguiente en apretar los párpados y abrir lentamente los ojos fue Selim. Zsasha mantuvo pegada su mirada con la de Selim, en una complicidad silenciosa que desde hacía poco tiempo había empezado a construirse. No dijeron nada ni se movieron un centímetro, solo esperaron a que el italiano se despertara también. Permanecieron quietos diez minutos más, firmemente convencidos de que Viktoria no hacía más que el vago, sin embargo no querían decir nada para no molestarle.

– ¿Alguien calcula la hora? –Se arrastró la voz perezosa del enano en un momento, sin moverse ni un pelo.

– Deben ser las nueve o las diez... –Señaló Selim, apartando la mirada de los ojos rasgados de Zsasha.

– Genial. Ahora sí toca entrar.

Viktoria se incorporó en un segundo y abrió la puerta del coche, saltando al asfalto. Esta acción se apresuraron a repetirla los otros dos ocupantes del automóvil, siguiendo al enano y cerrando la puerta tras ellos –Además de la del italiano, que como de costumbre dejaba las puertas abiertas para que los demás se ocuparan de cerrarlas–.

Buscaron la entrada por todos lados, y finalmente la encontraron arriba a la izquierda.

Subieron unas escaleras de hierro, parecidas a las escaleras de incendios del exterior de algunos edificios, y se encontraron de frente con una cerradura en dos vueltas.

– ¿Y ahora cómo entramos? La puerta está cerrada...

Viktoria miró a Zsasha, quien había formulado esa pregunta, y seguidamente dirigió la mirada a Selim.

– Eh, McGyver, ¿no tendrás por casualidad alguna de esas navajas suizas tan guays de la milicia? –Preguntó el enano al militar.

– Bueno... Sí, por supuesto –Respondió el hombre, sin entender muy bien, sacando la dicha herramienta–. ¿Quieres que la use como ganzúa?

– No, gracias, me las apaño solo –El italiano tomó entonces la navaja, abriéndola por uno de los lados, usándolo para intentar forzar la cerradura.

Transcurrieron algunos minutos antes de que un ruido medio les advirtiera de que había conseguido su objetivo, y entre los tres abrieron la puerta.

Frente a ellos, una gran sala oscura llena de gran maquinaria de metal se abría paso, y muchas cajas se amontonaban por diversos lados de la sala. Pero no fue eso lo que hizo que salieran corriendo por donde habían entrado, empezando a toser y a ansiar el aire como nunca.

– ¡Ah! ¡Qué peste! –Chilló Selim, agarrándose a la barandilla de la escalera exterior e inclinándose hacia fuera.

– ¡Me cago en el puñetero pescado podrido de las narices, joder! –Gritó Viktoria, en un aspecto no mucho mejor, aún algo afectado por la reacción a la bayas del pasado día.

– ¿No podemos entrar? –Preguntó Zsasha, en perfecto estado al no haber llegado a entrar por la puerta–.¿Adónde vamos, entonces?

Tras esa pregunta sucedieron unos cuantos segundos de silencio, tras los cuales una frase de Viktoria lo decidió todo sin consultarle a nadie.

– Te equivocas, entraremos igual. Ese hedor no será lo peor que nos encontremos.

Esa afirmación le hizo recordar a Selim la desagradable escena del piso superior del polideportivo con ese engendro sanguinolento.