Tinta Invisible: Garabatos

Where would we be if we all started playing parts that weren't written for us?

Roderick Townley, The Great Good Thing

Hace algún tiempo sufrí un bloqueo mental de proporciones masivas y pedí que me dieran algunas ideas para seguir escribiendo Tinta Invisible, algunas personas, muy amablemente, hicieron justo eso. Y de allí nació este proyecto. Así que, técnicamente, esto es un spin-off de otra de mis historias, pero no es necesario leerlo porque, además de los personajes (y eso probablemente sólo los nombres y las apariencias—y eso a veces), no tienen nada que ver; funciona como una serie de universos alternativos, más que otra cosa. Espero que se entretengan un rato leyendo, por lo menos.

Ahora, este primer capítulo está basado en las sugerencias de Esciam, ¡disfruten!

Título: Perdido y encontrado

Summary: En dónde los papeles son diferentes, el mundo es miserable, y Goldier no puede evitar ser jalado para llegar a donde tiene que ir.

Advertencias: Un poco oscuro, menciones de sangre, violencia y otras cosas desagradables; varios cambios de perspectiva.


Perdido y encontrado

The scary world was mundane all along, not because you were seeing magic where there was none... but because you refused to accept the magic you could see perfectly well. You are not mad: the world is. Deal with it.

Nalo Hopkinson

a.

No presumía saber nada de los complejos mecanismos que mueven al mundo, de todos los pequeños engranajes, resortes y tuercas que hacían posible la coexistencia de todo, pero si Goldier había aprendido una cosa es que hasta los mejores sistemas tenían fallas. Aunque cabe señalar que no estaba del todo seguro de si ser capaz de ver aquellos errores no lo convertía en uno; "anomalía" era una palabra mucho más fácil de tragar, de todas formas.

La maldad tiene su propia textura y su propio color; para él, el mundo no era más que una serie de escenas de crímenes conectadas que nadie se había encargado de limpiar; las manchas no eran sangre pero lo habían sido, algunas de ellas, al menos—desesperación, venganza, injusticia, abuso; todo dejaba su marca en el mundo. También en las personas que, como Lady Macbeth, jamás serían capaces de lavar la sangre de sus manos, los pecados que habían cometido; incluso si ellos ya no lo veían, él sí. Flotaba a su alrededor y se asía a ellos, como un montón de víboras etéreas. Hacía mucho tiempo que se había resignado a convertirse en un ermitaño y, de no haber sido por algún retorcido vestigio de sentido del deber, todavía incrustado en su nuca, podría haberse convertido en uno.

Pero allí estaba, tratando de ayudar, de hacer una diferencia, de convertir el error (la anomalía) en algo útil—algo bueno. Tratando de salvar a las personas que no merecían ser salvadas simplemente porque no podía ignorar su propia corona de tinieblas.

No había elegido ser un salvador; no exactamente.

Más bien, había sido torturado mental y emocionalmente, y luego casi ahogado en culpa para que aceptara el papel (pagando por un solo—diminuto—pecado por toda la eternidad).

Tenía que resistir, sólo eso: resistir. Debía de haber algo de bondad en el mundo, y valía la pena luchar por ello.

(Incluso si jamás llega a encontrarla.)

No, eso era mentira; había encontrado una chispa de bondad, una sola persona tan inmaculadamente limpia que al principio había creído que era una alucinación producto de algún delirio esquizofrénico—y lo estaba volviendo loco.

Quiero decir, justo en esos momentos, en los cuales lo estaba llevando a rastras del brazo, amenazando con arrancar la manga de su chamarra. Lo estaba llevando a rastras y en cualquier momento iba a vomitarle encima porque, Dios, ¿acaso es estúpido? El cuerpo de Goldier no estaba hecho para las mismas velocidades que ese estúpido, estúpido correcaminos.

a2.

Su nombre era Kakeru y se sentía como una mosca de mayo. Un día era toda una vida para él, que no podía estar sin moverse más de dos segundos, que siempre tenía hambre y que nunca corría tan rápido como podía porque, alguien le había dicho, eso podría convertir las partículas a su alrededor en bombas. Lo cual sonaba bastante malo.

Había pasado toda su vida (toda su vida, como mil moscas de mayo porque su metabolismo no era del todo normal) espantosamente quieto; tratando de pasar desapercibido y mezclarse en la multitud, a pesar de saber que no estaba hecho para eso. Recordándolo, no estaba seguro de cómo exactamente había sobrevivido esos días interminables e que sus piernas temblaban por caminar demasiado lento y él trataba por todos los medios posibles de no gritar que el mundo parecía estar pausado todo el tiempo.

Entonces, conoció a Goldier, quien había llegado con sus propios delirios sobre cosas que los demás no podían ver y Kakeru se había pegado a él como una sanguijuela anémica.

No podía decir que había llegado a conocerlo bien, a pesar de las cien vidas de moscas de mayo que había pasado a su lado, pero había visto como se arruinaba a sí mismo con la misma velocidad con la que él era capaz de desafiar al viento. Verlo le causa sentimientos encontrados, pero no podía apartar los ojos. No se había hundido en la desesperación, a pesar de todas las razones para sucumbir a ello, y no podía sino admirarlo un poco por eso; pero también lo horrorizaba saber que no podía resistir eternamente—porque nadie podía resistir eternamente, ni siquiera él mismo.

Kakeru era un sol, en mucho sentidos; para empezar, porque era lo único que se dignaba a arrojar algo de luz en la existencia de Goldier, porque era brillante, lo suficiente para cegar a alguien, también, y porque para lograr todas esas cosas tenía que quemarse desde adentro sin ninguna duda—su organismo se devoraba a sí mismo con la misma velocidad y entusiasmo que él engullía comida chatarra.

Kakeru había tenido su propia dosis de desesperación y había intentado encontrar una cura; no había sido posible para él, pero existía la posibilidad de que si para Goldier. Por esa razón estaba corriendo, el brazo de Goldier en un firme agarre, a través de calles, parques y avenidas a un lugar donde todas las esperanzas se convertían en hechos o en polvo; aunque estaba consciente de que el sólo hecho de ir terminaría destruyendo un poco de Goldier y de las personas a quienes iban a ver.

b.

Goldier no había apartado los ojos de la caja de galletas que habían comprado y, francamente, Kakeru estaba comenzando a preocuparse, si no por otra cosa porque el muchacho apenas había alcanzado a esquivar ese último poste; después de eso Kakeru había decidido ir un poco más despacio y había conservado su trote hasta llegar a las rejas de la casa que tan bien recordaba.

"¡Aquí estamos!" Le informó a su acompañante, liberando finalmente su brazo.

"¿Aquí?" El muchacho de cabello negro alzó los ojos para contemplar el lugar y prontamente volvió a dirigirlos a la caja de galletas, como si esperara que fueran a desaparecer en cualquier momento. "Todavía no entiendo para que necesitamos esto," prosiguió, agitando levemente la causa de su incomodidad.

La sonrisa se borró de la cara de Kakeru inmediatamente.

"Es una ofrenda," dijo, porque realmente no tenía sentido darle un nombre más suave. "A Cloud realmente no le gustan las visitas y se supone que está prohibido…" Dudó, porque las palabras de Cloud habían sido demasiado exactas como para suavizarlas. "Se supone que está prohibido traer a una persona a este lugar, ellos deben encontrarlos o ser invitados, no… esto."

Si era honesto consigo mismo, la verdad es que hubiese preferido cortarse una pierna antes que hacer enojar a Cloud, dado que a la larga eso ahorraría problemas y probablemente resultaría mucho menos doloroso; sin embargo, Goldier necesitaba ayuda y por eso debía de ser ayudado. Era una de las verdades que regían la vida de Kakeru, incluso si esa ayuda venía a costa del dolor de otra persona.

Goldier debió de haber notado su momento de vacilación porque suspiró y comentó (como si no estuviera renunciado a la única esperanza que le quedaba):

"No tenemos que hacer esto, ¿sabes? Podemos largarnos de aquí y te puedes tragar esta maldita caja de galletas—que te juro me está mirando feo—mientras seguimos con nuestras vidas."

Kakeru sonrió y tocó el timbre, Goldier frunció el seño y abrió la boca, pero lo que fuera que iba a decir jamás logró llegar a sus cuerdas vocales porque en ese momento la puerta se abrió y cometió el error de mirar a la persona que había salido, presumiblemente a abrir la reja.

Su cabello era rubio y sus ojos azules, pero el aire a su alrededor era negro—a su alrededor no había serpientes agitándose y susurrando pecados, a su alrededor había una condenada Hidra de mil cabezas que exhalaba ácido y ohDiosporquémehasabandonado. Se le revolvió el estomago, se le cerró la garganta; cayó de rodillas con una mano sobre su boca mientras su cuerpo se sacudía en medio de violentas arcadas; no quería ver eso.

"¿Qué demonios haces aquí?" Fue lo primero que salió de la boca del desconocido, seguido por un mucho más humano: "¿Y qué le pasa?"

Esa última pregunta, probablemente, se refería a Goldier.

"¡A-ah, Cloud!"

"¿Qué estás haciendo allí parado? Sirve de algo y arrastra lo que trajiste aquí; si va a volver el estomago al menos que sirva de abono para mi jardín, porque no pienso limpiar la acera."

"¡Voy!"

El mundo giró a su alrededor por primera vez en su vida y se encontró vomitando su desayuno sobre un área cubierta de prímulas y narcisos; alguien suspiró detrás de él, mientras una mano le daba palmaditas en la espalda, probablemente esperando que se le pasara el ataque de nauseas. Cuando giró la cabeza para darle las gracias a Kakeru, se dio cuenta de su error.

Porque no era Kakeru—era una masa de oscuridad—era—

Antes de que pudiera comenzar a convulsionarse, otra vez, una mano le cubrió los ojos y se escuchó otro suspiro.

"Puedo ver por qué lo trajiste, Kakeru; pero no deberías de haberlo hecho," dijo el rubio, con voz cansada, mientras ayudaba a Goldier a incorporarse.

"Lo siento," la disculpa era sincera y, aunque en teoría eso no debería de haberlo sorprendido (Kakeru, después de todo, no tenía el suficiente cerebro para mentir), de alguna manera Goldier no se lo había esperado. Hacía que se sintiera como si los dos acabaran de cometer un error bastante estúpido.

"Si realmente lo sintieras no lo hubieras traído aquí en primer lugar."

"Necesita ayuda," respondió Kakeru, como si fuera toda la explicación que necesitar y, en su cabeza, probablemente lo era.

"Puedo ver eso," contestó el rubio con desdén, como si no tuviera su mano en la cara del muchacho del que estaban hablando; muchas gracias por tener en cuenta su orgullo, de verdad.

"Um, ¡te trajimos algo!" Anunció entonces el castaño y Goldier sólo podía imaginarse la cara que debía de haber puesto entonces, mientas le ofrecía al monstruo que mantenía su cordura intacta la ridícula caja de galletas que había comprado; casi podía verlo: debía de ser una cara que reflejaba la firme creencia de Kakeru que todo se podía arreglar con comida.

"Galletas," comentó la voz del desconocido detrás de él, en un tono que bien podría haber sido empleado para decir 'calcetines tejidos'. "No revelo secretos por galletas, Kakeru."

"No pensé que fueras a hacerlo; es solo una oferta de paz," contestó el castaño, sin perder un ápice de entusiasmo, y luego añadió: "Además, no son para ti."

Hubo una pausa y entonces Goldier sintió como el hombre que le tapaba los ojos se movía, haciéndolo girar a él también—probablemente en dirección a la casa.

"Está bien, será mejor que entremos."

b2.

Su cara era una máscara de la compostura que tantos años había ensayado, pero sus ojos eran de acero; estaría mintiendo si decía que la pequeña traición de confianza del muchacho castaño no había hecho hervir su sangre, pero había otras que considerar. Cloud no podía darse el lujo de ser quisquilloso cuando de clientes se trataba. Después de todo, lo que proveían era un servicio, tan simple como eso; aquellos que lo solicitaba tenían que pagar por el mismo, tan simple como eso. ¿A quién le importaba si era menos justo de lo que parecía?

Una vez, hace mucho tiempo, a Cloud le hubiera importado, pero aquel sentido de moralidad se había desgastado, como cualquier cosa expuesta demasiado tiempo a la inclemencia del mundo exterior. Le había tomado años (y años y años, porque él era capaz de vivirlos y a decir verdad al principio se había rehusado a aprender), pero eventualmente había comprendido que el sentido de supervivencia triunfaba sobre cualquier otra cosa, sin importar cuán noble fuera. No quería morir, a pesar de que había vivido de más, así que, realmente, sólo había una cosa por hacer.

Condujo a los dos muchachos a la sala, medio empujando y medio jalando al muchacho pelinegro todavía cubriéndole los ojos con una de sus manos, y los dejó un momento, mientras iba por Adra.

Adra, a quien jamás sería capaz de pagarle por lo que le hacía y quien a su vez le debía todo a él; pero bueno, su vida estaba llena de contradicciones. Cloud era su guardián y su protector, quien cuidaba de ella y la protegía de un mundo que abusaría de sus habilidades hasta que su corazón no fuera más que una mancha pisoteada en el piso; Adra era lo único que le daba sentido a la vida de Cloud, alguien que le daba un propósito, una razón de existir en los niveles más básicos. Adra era su prisionera y él el suyo; era, también la razón de su hostilidad hacia cualquier cosa más allá de las paredes de su hogar—odiaba porque temía, a los otros, a él mismo, a lo que vendría. A veces también la odiaba a ella y estaba seguro de que el sentimiento era mutuo, pero jamás se impondría sobre aquello que había entre ellos.

Además, Adra era humana y su vida se extinguiría mucho más rápido que otras—¿y qué era una vida humana como su esclavo para él, cuando tenía todo el tiempo del mundo?

Ese tiempo, sin embargo, se lo debía a ella también, al menos en parte.

Cuando llamó a su puerta para informarle que alguien había venido a verla, vio el reflejo de sus pensamientos en los ojos de ella. La codependencia era el arte que habían perfeccionado hasta el punto de la consumación; la necesidad que los unía era sólo eso y lo único que amaban era ser necesitados. Todo lo demás eran sólo negocios.

b3.

Goldier no había conseguido que Kakeru le explicara qué exactamente era ese lugar, o por qué habían ido, pero cuando la muchacha entró al cuarto todo se aclaró un poco.

A diferencia de Cloud, que cargaba con una aureola que extendía sus zarcillos de oscuridad hacía los cielos, a diferencia de Kakeru, que resplandecía con algo parecido a un vidrio recién limpiado, la chica no tenía nada; era como el espacio dejado en un papel recortado, más vacío que presencia.

Estaba frente a una vidente; alguien tan en contacto con el mundo que no era capaz de experimentarlo.

Era un milagro que hubiese sobrevivido tanto tiempo, por lo que había oído; la mayoría enloquecían o morían, o ambas cosas, orden opcional.

"Hola, Kakeru," dijo ella, sonando engañosamente cuerda y normal, mirando a su acompañante como si fuera un viejo amigo. "No esperaba volver a verte por aquí, ¿necesitas algo?"

"Lo siento," se disculpó el castaño, avergonzado, y Goldier registró que era la primera vez que lo escuchaba disculparse dos veces en un día. "Pero realmente necesita tu ayuda."

Goldier no iba a contradecir algo tan cierto, sin importar lo que su orgullo herido le dijera; no cuando finalmente era capaz de ver un rayo de esperanza.

"Ah," ella asintió, y se sentó en el piso, extendiendo un pliego de papel frente a ella y rodeándolo con un montón de botes llenos de pinceles, gises, lápices y otros utensilios; Goldier sintió como se le secaba la boca al ver aquellos preparativos.

"Acércate, muchacho," le dijo Cloud entonces, interrumpiendo sus pensamientos y sonando como si estuviese reprimiendo el impulso de poner los ojos en blancos. "Dile tu nombre."

El muchacho de cabello negro se arrodillo junto a ella e hizo lo que le decían.

La muchacha lo miró, entonces, con sus ojos castaños enmarcados por cabello castaño, con algo que parecía curiosidad o, tal vez compasión, y debajo de todo eso podía ver el río en el que corrían sus pensamientos; una corriente rápida, violenta bajo la engañosa calma que ofrece el murmullo y la suavidad del agua—siempre en movimiento, porque de lo contrario se estancarían. Goldier contuvo el aliento cuando se acercó a él, tomando su cara entre sus manos, y sintió aquella mirada pelando su mismo ser, como si no fuera más que una cáscara inservible; desgarrando los estratos de su alma, desgajándolo secreto a secreto… hasta dejar descubierto el núcleo.

Goldier tuvo la impresión de que hubiera gritado si hubiese podido, pero sólo se fue de espaldas, sin poder siquiera maldecir; sólo era capaz de ver a Adra en ese momento, y deseó no haberlo hecho.

Se abrió como una flor—como una herida—y el mundo sangró en su interior; la garganta se le cerró y abrió los ojos, incapaz de ver a su alrededor pero viendo, oh, oh, mucho, mucho más que eso. Lanzó la cabeza hacia atrás, con el rostro congelado en un rictus de terror y éxtasis, y sus manos (que hacía tanto tiempo habían memorizado el lugar de sus herramientas) se movieron con movimientos que compensaban con fervor lo que les faltaba de gracia; tomó un pedazo de carboncillo y extendió con cuidado el papel frente a ella—y comenzó.

Jamás había entendido por qué alguien vendría en busca de esa sangre sabiendo que no va a sino envenenarlos.

Como si fuera poco más que un filtro, la esencia del mundo que la había llenado sangró a través de sus manos, que desplegaron una telaraña en espiral hecha de palabras y símbolos, dibujos, a veces, con un nombre en el vórtice de todo: Goldier. Era la palabra que más se repetía, no había nada concreto, pero para él, que había mantenido los secretos de su vida bajo candado dentro de su caja torácica, para él, que nunca había aprendido a olvidar, todo cobró sentido. Su vida estaba siendo capturada en cada trazo y, lo que no reconocía, sin duda llegaría a conocerlo.

Hubo un jadeo ahogado y húmedo, mientras Adra se mecía como una muñeca de trapo de un lado a otro, con sangre escurriéndole de la boca, amenazando con ahogarla en cualquier momento o, peor, arruinar su última obra.

Cloud finalmente se movió entonces, recogiendo el cuerpo casi inerme de la vidente apenas a tiempo de evitar que terminara en el suelo; en una serie de movimientos practicados, como si tuviera esa rutina grabada en sus huesos, la coloco boca abajo en sus brazos, esperando que terminara de boquear, y le limpió el rostro con un pedazo de tela. Ni siquiera se inmutó cuando ella soltó un chillido estridente y comenzó a culebrear, dando patadas y manotazos; tan solo la sostuvo, inmovilizándola todo lo posible, hasta que dejó de pelear y se dobló sobre sí misma (como si estuviese tratando de convertir su propio cuerpo en una sutura), prorrumpiendo en algo que debía de ser un llanto o una serie de maldiciones atragantadas. Sólo entonces la soltó, depositándola con cuidado en el piso, se irguió y miró—no a Goldier, sino a Kakeru.

Sus ojos, azules como el azul, impasibles, imposiblemente fríos y que parecían preguntar: ¿es esto lo que querías?

Claro que Kakeru había sabido cual era el precio a pagar; no el de ellos—el de ella. Goldier no estaba seguro de si podría perdonarlo por eso alguna vez.

"Agarra tu maldito pergamino, muchacho," le dijo, finalmente dirigiéndose a él, con una voz como el reflejo de la luz en la hoja de una navaja. "No tengo tiempo de lidiar con otro de tus ataques en este momento, y si quieres volver a vomitar, al menos hazlo en las azaleas ésta vez."

Goldier trago saliva y recogió el papel del suelo, enrollándolo lo mejor que podía y sorprendiéndose a sí mismo al descubrir que sus manos no estaban temblando; entonces, poniéndose de pie, se volvió hacia Cloud y lo miró a los ojos, ignorando lo mejor que podía al abismo detrás de él.

"¿Quién es ella?"

El rubio sonrió entonces, divertido por la pregunta o por el hecho de que Goldier la hiciera y respondió, finalmente con cierto calor en su voz:

"¿Acaso no es obvio? Es la persona que arruinó mi vida."

Lo dijo como si fuera lo más racional del mundo y el silencio que siguió, en opinión de Goldier, existía meramente para dejarlo disfrutar sus caras de incredulidad; cuando se sintió lo suficientemente satisfecho (en opinión de Goldier), añadió:

"Es la persona a mí cuidado, es una persona que ve todas las capas del mundo, el pasado, el presente y el futuro; es la persona que escribió ese pergamino, el cual puede salvarte o destruirte, y es lo único que tengo. Ahora, tienes que pagar el precio."

Si, ya se estaba preguntando cuándo iban a llegar a aquello.

A su espalda, en voz baja, escuchó a Kakeru murmurar otra disculpa, esta vez dirigida a él, pero ya era demasiado tarde para eso.

Cloud se le acercó, el monstruo de mil cabezas a su alrededor agitándose malignamente en una danza retorcida, y Goldier cerró los ojos en el último momento; eso no le impidió sentir al otro inclinándose sobre de él y—murió.

Murió, al menos un poco, en ese momento; su esqueleto entero crujió y se hizo polvo, su carne, piel, venas y músculo, se pudrieron aún adheridos a él y no tuvo tiempo de gritar porque, tan rápido como había pasado, había terminado. Trastabillo, casi cayendo hacia atrás, pero Kakeru ya estaba ahí para servirle de apoyo, como siempre. Cuando volvió a mirar a Cloud, este se encontraba relamiéndose los dedos, con los ojos fijos en él, sin vacilación o culpa ante lo que acababa de hacer; era justo, ese había sido el precio.

"Un año de tu vida, nada más," le informó, como quién entrega un recibo. "Si no otra cosa, te salve de un año de pesadillas. Ahora, si no les importa, creo que ya no tienen asuntos aquí; fuera de mi casa. Y no vuelvan, ninguno de los dos—esta vez hablo en serio Kakeru—a menos que quieran enfrentar las consecuencias."

Goldier sonrió, un gesto con más dientes que humor, sintiéndose ebrio de terror y resentimiento.

"¿Nos estás amenazando?"

"Tómalo como quieras," respondió el rubio con absoluta parsimonia, ni siquiera tomándose la molestia de encogerse de hombros, y continuó: "Es tan sólo un consejo. No quieres que tu cabeza sea empujada a través de una pared, ¿verdad?"

Goldier y Kakeru salieron de la casa después de eso, aunque Goldier se tomó un par de segundos para pisotear las azaleas que Cloud había mencionado antes de llegar a la reja; y si ésta se había azotado un poco más fuerte de lo necesario, no era algo digno de mención.

Kakeru llevaba todo ese trayecto mirando a Goldier como si el muchacho de cabellos negros fuera a pegarle una patada en las costillas en cualquier momento; Goldier, quien jamás había sido del tipo que decepcionaba a aquellos que le importaban, hizo justamente eso.

"Gracias," le dijo al castaño, después de eso; tratando de llenar la palabra con todos los significados de los que era capaz porque era muy probable que jamás volviera a decirla. Kakeru debió de haber entendido, para su alivio, porque sonrió como el sol que era y Goldier apretó el pergamino en sus manos.

Todavía no acababa de comprender lo que acababa de pasar; tenía la sensación de acabar de despertar de una pesadilla, o si era más honesto consigo mismo, de acabar de ser masticado, casi engullido y luego escupido por una bestia bastante peligrosa que debía de evitar de ahora en adelante. En ambos casos, sin embargo, tenía en las manos una herramienta que podía ser la solución de todos sus problemas o el comienzo de todo un nuevo nivel de otros; aunque ni siquiera estaba seguro de confiar en lo que había hecho la chica, la chica de la cual no sabía ni el nombre y cuyos problemas probablemente estaban a la par de los suyos.

Goldier nunca había confiado en las personas; Kakeru era una excepción y el idiota podía ser engañado por cualquiera, por todo lo que Goldier sabía, lo que acababa de ver no era más que un acto elaborado, o a lo mejor ella estaba loca y el tipo ese no hacía más que aprovecharse de sus delirios (aunque eso no explicaba la terrorífica precisión de lo que había alcanzado de ver en el pergamino)—

Goldier suspiró, sacudió la cabeza, y comenzó a caminar, seguro de que Kakeru no tardaría en seguirlo.

En realidad no importaba lo que pensara; ella podría estar chiflada y él podría estar equivocado, pero hay algunos errores que sólo se podían cometer una sola vez.

Si decidía abrir el pergamino, eso era cosa suya, y lidiaría con eso cuando pasara.

c.

Los visitó uno a uno (porque podía) y les ofreció aquello que creyó podría interesarles más; no porque fuera cruel o quisiera ver sus vidas arruinadas; ni siquiera le interesaba el pago que podría exigir a cambio. A diferencia del resto de su gente, verdaderamente creía que una persona podía saber lo que quería y aún así, dada la oportunidad, pedir aquello que necesitaba.

Luz, gloriosa y etérea como su nombre, con alas que parecían hechas de gasa y el reflejo irisado de cuarzos rosas sumergidos en agua bajo el sol de mediodía, siguió por una vez las tradiciones de su gente y les preguntó qué deseaban, sabiendo que la respuesta podría corromper hasta sus huesos.

Todos, sin excepción, rechazaron su oferta y no podía negar que la había tomado por sorpresa.

El primero, el espantapájaros, no había querido ni necesitado un cerebro; sus pensamientos tan rápidos, líneas de luz que cruzaban la oscuridad, se hubieran alentado con todos los filtros, pausas innecesarias y el conocimiento de cuando sujetar su lengua. No, estaba mucho mejor así, tan honesto con el mundo como lo era consigo mismo.

El segundo, el hombre de hojalata, no necesitaba un corazón porque ya tenía uno; una cosa hinchada, como una pústula infectada, que le causaba dolor al más mínimo contacto. De haber sido posible, había pensado entonces, le hubiera pedido deshacerse de él, pero ni siquiera ella se hubiera atrevido a conceder una petición así, porque el pago hubiera sido demasiado alto y no podía pedirle tanto a un hombre tan lleno de sufrimiento.

La tercera, la niña que se había perdido o perdido el camino o seguido el equivocado, había reído—una risa que sonaba como sollozos y caía en la tierra como sal—y dicho, en una voz como el viento atrapado en las ramas de un árbol seco, que estaría dispuesta a pagar con ella misma pero nadie más (y los precios de su gente siempre, siempre, arrastraban a alguien más). Además, había añadido, no sería nada sin el veneno y no sabía hacer otra cosa que envenenar a la gente. Había escogido el único camino que conocía, al que al principio había sido forzada, pero esta vez por decisión propia, hasta que las plantas de sus pies dejaran huellas ensangrentadas.

El último, el león cobarde, que sabía tanto (había aprendido tanto, porque había tenido tanto tiempo para aprender) y que temía todo lo que conocía porque había visto todas las formas en que una persona podía retorcer hasta los ideales más puros y convertirlos en armas o en jaulas; se había asido a su desesperanza para justificar sus miedos y había perdido de vista todo lo demás, al punto de ya no ser capaz de continuar su existencia por su cuenta.

"Incluso ahora," le había dicho, mirando las palmas de sus manos abiertas, como si no estuvieran del todo vacías, "no puedo ver la forma de mis sueños." Cerró las manos, cerró los ojos, en alguna parte de su mente que flotaba más allá de las nubes, Luz registró el hecho de que había abierto su corazón, aunque no fuese nada más que una rendija. "Y no es como si quisiera ver."

Al final, un hada no podía volverse espuma y no podía esperar encontrar la salvación de un alma que no tenía, pero le dio la impresión de que se había acercado bastante.

d.

En el principio, jamás se les hubiera ocurrido que sería posible compartir una mesa—nunca. Sin embargo, eso había sido en el principio; un viejo enemigo era una compañía tan bienvenida como la de un amigo, a veces. La mesera les llevó su orden (un waffle belga ahogado en una mezcla tan espesa de chocolate y crema batida que habría merecido un capítulo especial en un programa de televisión sobre la diabetes, una malteada de cereza, espesa, y una tizana de frutas) con una sonrisa practicada y se retiró.

El demonio se llevó su tizana de frutas a los labios y bebió un sorbo.

"No tenías por qué hacer eso," le dijo a su acompañante, fijando sus ojos negros en él mientras se relamía los labios con cierta indecencia que causó que cuatro personas en las mesas contiguas tuvieran pensamientos impuros y una considerara serle infiel a su conyugue.

El ángel clavo su tenedor en el waffle belga y lo levanto entero para poder morderlo, sin importarle si el chocolate caía en la mesa o si manchaba su cara; luego sonrió con la energía de una planta nuclear.

"No tengo idea de qué me hablas," contestó, radiando inocencia suficiente para provocar que las cuatro personas que habían estado observando a su acompañante se arrepintieran inmediatamente. "Además, creo que fue una experiencia educativa."

"¿No acabas de decir que no sabías de que estaba hablando?"

El ángel se tomó el tiempo de mover algunos mechones de su cabello pelirrojo detrás de su oreja antes de contestar.

"Ehhh," comenzó, como si la silaba pudiera expresar cuan estúpida era la pregunta de su interlocutor. "No es como si fuera muy difícil de imaginar, con mi infinita sabiduría."

El otro hombre lanzó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, atrayendo todavía más atención a su mesa y corrompiendo gente en el proceso.

"Déjame replantear la frase: no entiendo por qué hiciste eso."

El pelirrojo lamió el chocolate del tenedor con aire pensativo.

"Lo llamó 'unir los puntos'; creo que se necesitaban los unos a los otros y me facilita mucho el trabajo tener a todos mis encargos cerca, en lugar de desperdigados por allí."

"Y esto no tiene nada que ver con el hecho de que el potencial que tienen de desatar el caos reunidos de esa manera vaya a servir para mantenerte entretenido por años, ¿verdad?"

"Ehhh, ¡no sé de qué me hablas!"

Hubo otra serie de carcajadas, en lo que el demonio se inclinaba sobre la mesa para pasarle el brazo alrededor de los hombros y apretar en un gesto vagamente amistoso.

"Por estas cosas te soporto," le dijo, todavía con risa en sus ojos de carbón, como si no acabara de declarar que disfrutaba la compañía de su enemigo natural ancestral.

No le molestaba al ángel tanto como debería; contrario a la creencia popular, los demonios siempre eran honestos, y el suyo era mucho más honesto que otros. En especial consigo mismo.

El ángel sonrió con cierta malicia en sus ojos amarillos y embarró su waffle belga en la cara de su acompañante.

"No me tientes," le dijo, sabiendo que cada palabra estaba vacía.


Miren, ni siquiera yo entiendo como resultó así la 'numeración' de los fragmentos, será mejor que tampoco se molesten en pensar demasiado en ello.

Por lo demás, no sé; en realidad, estoy bastante complacida con esto.