Tinta Invisible: Garabatos

Pues... este capítulo salió medio al aventón, entre otras cosas porque sólo tenía planeados los ya mencionados tres capítulos cuando Beirekêr se puso en su plan de bastardo egocentrico y obviamente necesitaba un capítulo casi para él solo; y como resultado hay seis puntos de vista distintos, cosas muy confusas y varios cabos semi sueltos (o al menos no explorados en detalle) en la conlusión de esta saga. Pero al menos ya terminamos y podemos pasar a otras cosas, jaja.

¡Disfruten su lectura!

Título: El menú completo (para los adictos a los dulces)

Summary: Cuando la bruja no está en el papel que debería estar sino todo lo contrario, además de que la jaula es más grande de lo que recordaban y ninguno de ellos puede creer que hayan terminado como ingredientes en una casa de arquitectura más que dudosa.

Advertencias: Como esto está basado un poco en el cuento de "Hansel y Gretel" creo que debería incluir una advertencia sobre menciones de canibalismo; además de violencia fantástica, una muerte antropomorfa, vampiros, desórdenes alimenticios, bastantes locuras e incoherencias. He dicho.

También, muchas lineas de separación en este capítulo.


El menú completo (para los adictos a los dulces)

Coraline, you're tangible,

Coraline, you're grand.

How we'd like to take you by the hand.

Coraline, you're nice and plump,

Coraline, you're sweet.

How we'd like to have you to... Greet.

Coraline, "The Greeting Song"

IV. Y vivieron felices para siempre (o algo así).

Su historia no era la historia de Beirekêr, pero gran parte había tomado lugar al mismo tiempo.

Kakeru no culpaba a Beirekêr por eso, ni por nada de lo que había sucedido después; no lamentaba nada de lo que le ocurrió, no se arrepentía de nada.

Corrección, añadido: no se arrepentiría de nada, ni siquiera de lo que iba a hacer.

Proteger a Beirekêr se había convertido en la única prioridad que le había importado recordar, a través de la sangre en su garganta, de su corazón todavía palpitando en las manos heladas de terror de Beirekêr, y la primera vez que abrió sus ojos de vidrio; era una de las pocas cosas de él mismo que se había llevado a la tumba (metafóricamente hablando) y más allá. Era la única meta y objetivo que se había impuesto a sí mismo, el único propósito de su existencia. Salvarlo.

De todo, de cualquier cosa, del mundo; hasta de sí mismo, ese hombre estúpido.

Y Adra era su amiga, de Beirekêr, de Kakeru; Adra era su amiga y haría lo que fuera necesario por él, por ambos, de una u otra manera.

Por él, pensó, entonces; mientras se acercaba a la jaula, acudiendo al llamado de la bruja a pesar de que su magia no funcionaba detrás de los barrotes de hierro, mientras dejaba que lo rodeara con sus brazos como una serpiente hambrienta, mientras apoyaba las yemas de sus dedos contra el cristal de sus ojos y ejercía presión sobre ellos, todavía llamando su nombre, una y otra vez, dulcemente, como miel, como una canción de cuna.

Por él.

No era algo inaudito, matar a alguien que amas por amor.

Presión—hasta que sus dos ojos cedieron, se hicieron pedazos, y los residuos de polvo de lo que quedaba de su corazón resbalaron por su rostro artificial.

Y Adra, Adra quien había llorado por él y lo trataba como algo más que un muñeco, siguió repitiendo su nombre, entrecortada y dulcemente.


No podía evitar pensar que aquello era su culpa, aunque sólo era una verdad a medias (aun así, no estaba del todo equivocada; como veras, no había ninguna presunta inocencia en esa afirmación); después de todo, había sido ella quien había unido esa alma y ese cuerpo de madera… tras años de luto, de Beirekêr conservando ese vestigio de vida (un corazón, podrido, deteriorado, casi polvo, casi nada) en un tarro de vidrio.

Lástima, podría haber dicho cuando había pasado, y tal vez así había sido; deber, deuda, porque le debía, o sentía que lo hacía. Compasión, empatía: una amplia gama de emociones que era incapaces de simplemente transmitir el núcleo de algo tan engañosamente complejo, egoísta en su desinterés, nada más que un "él sufría y ella sufría por él".

Liberar esa alma, absoluta y completamente —terminar el trabajo que el golpe de gracia había dejado pendiente hacía tanto, tanto tiempo—, era otra clase de deber, otra deuda que debía saldar. Una responsabilidad, algo que tenía que deshacer porque sus acciones habían permitido su existencia; un error que era como una carga de plomo sobre sus hombros, pero que irremediablemente debía de ser corregido. No era algo que podía pedirle a alguien que hiciera por ella (en especial a un extraño como era el ogro, como era el vampiro).

Su sangre había estado destinada a acabar en sus manos; por magia corrompida, por magia liberada.

Así pagaba su deuda; debe de creer que es así, por el cobre en su boca, por la sal en sus ojos, debe creer que esto restaura la balanza o nunca se lo perdonara a sí misma (después de todo, justificar no es lo mismo que perdonar).

No obstante, había dolido; y, aun mientras desataba las llaves de su jaula del cinturón del muñeco, no pudo evitar preguntarse ¿quién sufría por ella?


Desde luego, la Muerte no lo hacía. Desde luego, sólo estaba presente en ese lugar para cumplir su tarea, recoger un alma con décadas de retraso; ese era su trabajo, después de todo. La tragedia no le provocaba ningún placer, aunque hubiese sido más fácil de haber sido así; pero aquello solamente era lo que hacía—lo que era. Un deber, también, tal vez; y todavía no había terminado. Estaba a la mitad del mismo, aunque lo que faltaba no tardaría en llevarse a cabo.

Pronto, muy pronto.

Siempre lo mismo, para ellos, para él: un ciclo sin fin que perseguía su propia conclusión, su propio inicio, vertiginosamente, deslumbrantemente rápido; sin piedad para los que estaban atrapados en esa rueda que nunca dejaba de girar, sin consideración alguna para las vidas que comenzaban sólo con la certeza de que iban a terminar.

Pronto.


Y así es como termina su historia, entonces, pensó, cuando entró a la habitación tan sólo para encontrar a sus tres otrora prisioneros esperándolo — y a Kakeru inmóvil en el piso, como una estampa arrancada de su memoria de hace mucho tiempo; al menos esta vez puede estar en paz, al menos esta vez no fue por su mano. No debería de sentirse sorprendido, no era más que una conclusión lógica y justa. Hacía mucho que había renunciado a fingir ignorancia sobre lo que había hecho, pecados, algunos llamarían esas acciones, o delitos, aberración, asesinato, profanación. Ni siquiera podía recordar cómo había llegado a ese punto; no podía ubicar con precisión el momento (la elección) cuando comenzó a ahogarse en ese barro sucio que le llenaba los pulmones, la garganta.

(Recuerda, débilmente, una promesa o algo como una promesa, hecha con otra bruja; posiblemente. Tal vez había sido una criatura que pretendía ser una, en ese entonces había sido demasiado inexperto como para alcanzar a reconocer las diferencias. No obstante, ella le había ofrecido poder; un deseo hecho realidad, salvación, redención, vida: Kakeru, vivo, sano y feliz de nuevo.

Se reiría de su ingenuidad si pudiese recordar cómo hacer tal cosa; un alma —sí, otra— por nada más que un trato vacío y le perteneces a algo peor que un mago, que una bruja.)

Lógico y justo y razonable para alguien que no había logrado proteger, había incluso destruido, la única cosa que le importaba; y era lo único que le había importado nunca, el resto del mundo, su gente, podría haber ardido hasta reducirse a cenizas y no hubiera siquiera pestañeado—pero aquello, ese fracaso a siquiera abrazar la memoria de un niño con una inocencia contaminada, con una sonrisa enloquecida a medias, había resultado mucho más letal que el ogro. Después de todo, los ogros criaturas benévolas comparados con las brujas, los magos y los humanos; no se dedicaban a torturar, a prolongar el sufrimiento, a posponer el único desenlace posible de su justicia. Tan sólo esto: una mano verde alrededor de su cuello blanco y absolutamente nada en esos ojos negros, negros (ni siquiera lástima, ni siquiera enojo, solamente un tu vida en vez de la mía, cuya existencia era innegable en cualquier organismo); y después presión, cerrando el puño, casi sin que sus uñas afiladas le rozaran la piel, rápido y sin dolor.

Agradecía aquella honestidad, casi podía sentir una semblanza de alegría por aquella diferente clase de inocencia que se sentía mucho como absolución tan cerca del final; un manto negro cerrándose a su alrededor como un telón y así era como la tragedia llegaba a su conclusión, sólo restaba que los personajes hicieran una última reverencia, incluso el villano.

Así que cerró los ojos, sin mirar a Adra ni al vampiro, y quemó la imagen de esos ojos negros en su mente.


No quedaba mucho más que contar después de eso; nada en absoluto, si le hubiesen preguntado a él. Por otra parte, muy poco de lo sucedido había tenido sentido alguno para él: había actuado como un polizón en una historia que le era ajena, que nada había tenido que ver con él, arrastrado por circunstancias extrañas, vileza que sólo podía prevenir de la magia y un propio descuido suyo; no obstante, no se había permitido a sí mismo permanecer como un simple espectador, porque eso le hubiera costado la vida, ¿cierto?

Falso.

(No había lugar para tonterías como ambigüedad y verdades a medias en una mente como la suya, a diferencia del mago, a diferencia de la bruja.)

Sabe que no es verdad; podría haber hecho nada, podría haber desviado la mirada, tapar sus oídos, y la bruja se hubiese encargado del mago de la misma forma en que lo había hecho con la monstruosidad que lo ayudaba. Lo hubiera hecho, iba a—pero él había sido más rápido.

Era lo más parecido a un favor que estaba dispuesto a hacer por alguien contaminado con magia; era venganza por él mismo tanto como era misericordia por la mujer, la bruja. Todavía seguía llorando por ese títere después de todo, no podía haberse arriesgado a dejarlo en sus manos cuando había posibilidad de que cometiera un error o fallara y entonces los tres terminarían de vuelta en la jaula o peor (o eso se dijo a sí mismo; y era verdad, incluso si las probabilidades de que una bruja no acertara el golpe mortal eran escasas en el mejor de los caso). Así que hizo lo que debía de hacerse; nadie tenía que lamentarse de esa manera, nadie nunca tenía que lamentar algo así.

O agradecerle. Aquello no iba a ayudar a nadie tampoco.

O tal vez se estaba volviendo senil, era una explicación tan válida como cualquier otra considerando lo que acababa de hacer: evitarle la pena de destruir o ser destruido a dos idiotas con el torrente sanguíneo repleto de poder en bruto, simplemente porque de no haber intervenido se hubieran destrozado de una manera que él no era capaz de comprender. Senilidad, su corazón ablandándose, tal vez; pero era algo que podía aceptar mientras se mantuviera en ese lugar, mientras no se expandiera hacia sus huesos, sus manos, su voluntad de sobrevivir sin importar nada más. Suficiente benevolencia para proteger la cordura de la bruja, para que no se volviera loca y se arrojara de cabeza al mismo camino (uno de pena, el innegable olor de la misma intenso en el aire, como musgo después de la lluvia); misericordia para el mago, quien había sido demasiado estúpido como para detener su propia caída al infierno en una espiral enloquecida (y gratitud en sus ojos, algo que se ablandaba también). Goldier no lo entendía, pero tampoco podía condenarlo—al menos no por mostrar debilidad, por sucumbir ante esta. Todo el mundo vive vidas muy diferentes; y demasiadas personas se quejan de los demás, como si pudiesen usar una sola medida para todos. Como si supieran todo lo que hay que saber o poseyeran el derecho de juzgar.

Goldier no era de esas personas.

Sabía muy bien lo que era y no buscaba excusarse de este hecho, de la misma manera en que nadie le debía disculpas o explicaciones por lo que ellos eran.


Le prendieron fuego a la casa, nada más que el olor de madera quemándose cuando casi había esperado el aroma de chocolate derretido, del azúcar caramelizándose; dejaron el cadáver del mago y el muñeco de madera para que fueran devorados por el fuego—piel y huesos y errores consumidos en una pila funeraria cuyas volutas se extendían hacia el cielo, como manos implorando perdón. No podía evitar esos pensamientos, la no del todo culpa que le respiraba en la nuca; una distracción peligrosa. Casi, casi demasiado tarde recordó el deslumbrante sol en el cielo (había sido la hora del desayuno cuando el mago había entrado en la habitación); escuchó su piel sisear ante el contacto, burbujeando cuando se formaban las ampollas, el grito que le subía por la garganta ante el horror de una muerte inevitable tan próxima a la que había logrado escapar. Después, sólo percibió la oscuridad e, inesperadamente, la ausencia de dolor, y casi no se atrevía a aferrarse a una esperanza engañosa, todavía conmocionado y convencido de que el universo le odiaba y estaba en su contra, con todo y muertes horripilantes apiladas una sobre otra.

Y entonces lo oyó, la voz de la bruja emitiendo un sonido parecido a un sollozo que se quebraba en risa, y después el ogro:

—Ah, eres estúpido —le escuchó decir, en un tono de voz que daba a entender que no aceptaría discusión al respecto—. De verdad eres estúpido.

La capa era la del mago (era una capa bonita, había dicho la bruja; era un desperdicio dejar que se convirtiera en ceniza y no era como si fuera a necesitarla nunca más, como si aquello no significara que necesitaba un memento de un amigo perdido); de tela aterciopelada y suave al tacto y allí todavía hay trazas del aroma azucarado que había considerado nada más que una ilusión.

Ninguno de los va a quedarse con él, ninguno de los tres va a seguir el camino de otro, aquí es donde su improbable alianza se da por terminada y retornan a ser extraños; no obstante, la mano del ogro lo alejó de las llamas, la bruja le dejo conservar la capa a pesar de lo que podría significar para ella. Se despiden, nada más que sombras fuera del capullo de tela que actúa como su improvisada protección.

Toda posibilidad de cosas que pudieron ser se desbarata en ese instante, pero tal vez así es mejor.

Atesorara esa capa, recordando la bondad que representa.

(Le servirá como recordatorio para nunca perder la fe en los seres crueles; le recordara que todo el mundo siempre tendrá una pizca de bondad en su interior, incluso él, incluso el ogro y la bruja, incluso el mago.)


Y terminamos. En el siguiente capítulo: personajes varios de la mitología japonesa, ¡yay!