Tinta Invisible: Garabatos

Pues, en realidad no me gustó tanto cómo terminó la última pequeña saga de estos garabatos, pero espero redimirme un poco con este capítulo lleno de elementos sobrenaturales que seguramente les resultaran medio conocidos si están familiarizados con el anime o el manga (... espero). Me divertí escribiendo esto, pero para más explicaciones, los voy a tener que dirigir a las advertencias, que en este capítulo son importantes. Hablo en serio, léanlas por favor.

Aparte de esto, vamos a jugar un juego: como no incluyo nombres en estas pequeñas historias, traten de adivinar quién es quién en cada una; y a ver si alguien acierta (en cuyo caso tendré que averiguar qué puedo ofrecer como premio...).

¡Disfruten su lectura (eh, y no se vale hacer trampa)!

Título: Mukashi, mukashi

Summary: Ayakashi, youkai: nada más que palabras para referirse a monstruos, espíritus y entidades sobrenaturales en Japón; pero la máscara de un monstruo sigue siendo una máscara al fin, y ya sabes lo que dicen sobre éstas y la honestidad.

Advertencias: Okay, aquí viene una lista bastante larga; primero, porque va a haber muchas cosas desagradables aquí, teniendo en cuenta el tema que estoy tratando (personajes del folklor japonés, casi ninguno benigno), por lo que pueden esperar violencia, muertes, crueldad animal, una escena de un desnudo y, en un caso particular, algo de destrucción masiva.

Segundo, vuelvo a mencionar el hecho de que me gusta experimentar con diferentes tipos de narración, en este caso opté por contar las historias en segunda persona pero, y como sé que la página no permite "historias interactivas", creo que debo justificar esta decisión aclarando que este no es el caso; si bien la historia está contada en segunda persona, el "tú" al que me refiero es otro personaje genérico más, no el lector (aunque nada detiene al lector de ponerse en su lugar, aunque no lo recomiendo, dado los temas tratados). Si les interesa saber, he visto muy buenas historias —fanfics también, con un personaje canon como foco— escritas en este formato (puedo darles los links, si quieren, pero están en inglés) y quise intentarlo.

Y ya para terminar, esto fue escrito bajo la influencia de "Starvation", de Two Steps From Hell, así que, esta vez un poco más que siempre, lean bajo su propio riesgo.


Mukashi, mukashi

Era el tipo de mirada con que hubiera podido encontrarse un microbio si fuese capaz de atisbar por el extremo inferior del microscopio. Decía: No eres nada. Decía: Eres imperfecto, no tienes ningún valor. Decía: Eres animal. Decía: Quizá seas una mascota o quizá una presa. Decía: Y la elección no es tuya.

Terry Pratchett, Lores y Damas

i. nazonazo

Es una leyenda urbana, aunque no tan popular como otras.

Es una leyenda urbana y pocas personas la toman en serio.

Un fantasma que viste con una capa roja y cuyo encanto ninguna mujer es capaz de resistir; un fantasma que con una sola pregunta elige si te deja con vida o te despoja de ella; un fantasma que, extrañamente, se dice habita en los baños. Es una leyenda bastante tonta, después de todo; Aka Manto no es real.

No crees en él, así que no hay razón por la cual temer cuando entras al baño de la escuela, a pesar de que es casi de noche. No hay razón para temer, aunque no haya nadie más. No hay razón para temer, porque no pasa nada; te lavas las manos y no pasa nada.

Entonces escuchas la pregunta:

—¿Papel rojo o papel azul?

La voz se desliza por el aire como hebras de seda, como hilos de oro que atrapan la luz artificial de los focos baratos y la transforman en rayos de sol; esa voz podría transformar cualquier charco en un arcoíris, piensas.

Es una leyenda urbana que conoces, a medias. Si escoges el rojo el hombre tras de ti te cortará la cabeza o, tal vez, como dicen otras versiones, te arranque la piel del cuerpo. Así que respondes, con la voz más firme que puedes:

—Azul.

Hay un silencio a continuación y el alivio que sientes casi te aplasta el corazón; estás a salvo, te dices.

Y alcanzas a ver la capa roja, como sangre, casi liquida, arremolinándose alrededor tuyo; alcanzas a ver los ojos inhumanamente azules y brillantes, y el cabello rubio, parcialmente escondidos por la máscara blanca en el rostro de perfectas proporciones; llegas incluso a ver la sonrisa encantadora del hombre-muchacho-monstruo mientras sus manos se cierran alrededor de tu garganta hasta asfixiarte por completo… y tu rostro se vuelve, efectivamente, casi azul.

ii. hibiku

Nadie sabe quién fue el primero, nadie sabe quién será el último; nadie espera que se detenga, así como no esperan que la nieve cese de caer. Yuki Onna es, simplemente, una fuerza de la naturaleza y está más allá de su poder detenerla.

Llega con el invierno, con las ventiscas; cada copo de nieve anuncia a la más hermosa de las mujeres, con sus cabellos imposiblemente largos y su etérea belleza, capaz de matar a quien pose sus ojos en ella. Cualquier persona que tenga que viajar en medio de una nevada sabe a qué atenerse, sabe a qué se arriesga, aunque tengas siempre la esperanza de no encontrarla.

No sabes por qué pensaste que tendrías tal suerte, pero quizás no lo lamentas del todo.

Es difícil lamentarse cuando tu cuerpo está entumido de frio, envuelto en un abrazo que te roba más calor del que provee; y si tuvieras más juventud o belleza entonces, tal vez, como dicen las leyendas te dejaría ir. Aunque eso bien podría ser una mentira, ¿por qué dejar ir algo tan fácil de amar…? Y ella ama, oh, que no te quepa duda de ello.

El problema, sin embargo, es que es demasiado brusca con las cosas que ama, su temperamento es como las tormentas a través de las cuales camina; siempre quiere más de lo que recibe, exigiendo y exigiendo hasta que ya no tienen más que dar, hasta que todo el calor de su cuerpo se extingue bajo sus dedos como nieve y sus labios como hielo. No es innecesariamente cruel, sólo que…

Sólo que ella no es humana, eso es todo. Algunas cosas están más allá de su comprensión; todas las cosas físicas, todos los dolores y los placeres—no significan nada.

Que cierres los ojos entre sus brazos mientras su aliento crea una capa de hielo sobre tu piel no significa nada.

iii. tayuta

Se relame los labios, se ríe como un chiquillo y nada hacia la orilla en que te encuentras, gorgojando tu nombre como si ninguna otra palabra le trajera tanta dicha, y sientes que algo en tu pecho se comprime. Cuando está lo suficientemente cerca, o más apropiadamente, no lo suficientemente lejos, le arrojas un pepino; una ofrenda. El gritito de emoción con el que lo recibe significa que vivirás para ver un día más. Por hoy estas a salvo.

Tu relación con ésta criatura no deja de sorprenderte—criatura, en verdad, y no hay forma más suave de decirlo; no con sus manos que son casi garras, casi aletas, o con la parte de arriba de su cabeza, llena de agua que no puede darse el lujo de perder. Es una criatura curiosa y es la única razón por la cual sigues con vida después del primer encuentro: su curiosidad, insaciable; un kappa que mostró interés por un ser humano.

Él mismo: insaciable. No puedes darte el lujo de olvidarlo si quieres mantenerte con vida; ya puedes ver en sus ojos que tus ofrendas ya no le satisfacen, tú persona ya no le satisface. Satisfecha su curiosidad, lo único que queda por saciar es su hambre.

Lo único que tienes que recordar, te dices, incluso mientras le devuelves la sonrisa, incapaz de apartar los ojos de los dientes afilados que se vislumbran en la boca de la criatura, es no darle la espalda nunca.

El muchacho sigue sonriendo, trocitos de pepino encajados entre sus colmillos serrados; sonríe, aunque la emoción no alcanza sus ojos. Sólo está esperando, es cuestión de tiempo.

Un día, eventualmente, tendrás que descuidarte; él puede esperar, esperar, esperar e imaginar que los pepinos que le traes son tu carne.

Los dos sonríen; no es un gesto amistoso.

iv. sousoukyoku

Existen rituales tanto para protegerte de los malos espíritus como para invocarlos. Unas pocas personas pueden aprender a controlarlos; esclavizarlos, realmente.

Sobra decir que es una habilidad que tú aprendiste, tuviste que, necesitabas toda la ayuda que pudieras conseguir.

Y, oh, qué clase de ayuda conseguiste.

—Podría matarlo, ya sabes —te ofrece, con sus ojos relampagueando en la oscuridad; una probadita del infierno.

Todos tus enemigos tiemblan, todos temen despertar tu ira; de todas las criaturas que pudiste haber encadenado a ti escogiste un oni. Tienes el poder y la autoridad de castigar a los pecadores aun en vida, incluso si los pecados que cometen son sólo contra tu persona.

—Podría hacerlo —continúa, balanceando el enorme garrote de hierro con púas en una de sus manos como si no fuera nada más que una ramita; lo dice como si lo estuviera considerando seriamente. Como si no hubiera fuerza alguna capaz de oponérsele—. Podría destriparlo y traerte su cabeza, si lo deseas. Una represalia por la ofensa cometida, eso te gustaría, ¿no?

Si dices que si estarías condenando a alguien a muerte, al menos eso lo has aprendido bastante bien.

Tamborilea con sus uñas afiladas en el tatami, esperando una orden y puedes notar en la tensión de sus hombros que está impaciente por la violencia, la matanza—son cosas que no puede hacer tanto como quisiera, son cosas que no le permites hacer sin tu permiso.

Se ha calmado con los años que ha pasado a tu servicio pero no te engañas, en momentos así puedes recordar la primera vez que la invocaste, la primera vez que la obligaste a obedecerte; una figura casi humana, pequeña para uno de sus clase, aunque la traicionaban los cuernos en su frente y la piel tan roja como los lirios araña, envuelta en pieles de un tigre que seguramente no había sido tan salvaje como ella. Su furia, su indignación habían hecho temblar la tierra, sus alaridos casi te habían hecho arrepentirte de tu decisión, pero te mantuviste firme. Si no lo hubieras hecho, no serias más que una mancha embarrada en el piso. Un amasijo de sangre y huesos molidos, como los enemigos tras los cuales la envías.

La has esclavizado y no te engañas, tendrás que pagar el precio, ya sea cuando mueras o cuando no seas lo suficientemente fuerte como para controlarla. Te espera el infierno, por las vidas que has tomado; te espera estar a su merced, cuando llegue el día. Es el mismo conocimiento que la deja tener una semblanza de control, algo que ella ha sabido desde el principio.

Todos los caminos llevan al mismo lugar. Sólo uno y nada más.

v. zettai zetsumei

Debes de haberlo amado, en algún momento, pues recuerda haber aprendido sobre el amor. Este, por su parte, significaba devoción, lealtad. Significaba agachar las orejas cuando percibía el olor de tristeza que transpirabas, el aroma tan parecido al musgo después de la lluvia. Significaba sentarse a tu lado y ofrecer el pobre consuelo sin palabras, sólo contacto, que era capaz de darte.

Significaba dejar que enterraras su cuerpo, dejando sólo su cabeza afuera, también; porque si el amor era mutuo entonces tus lágrimas indicaban que lo que hacías no era para lastimarlo.

Así es que aprende a estar equivocado; aprende sobre el hambre y la desesperación, tras días de estirar el cuello sin llegar a alcanzar jamás el plato de comida que dejaste tan cerca.

Cuando le cortas la cabeza, aprende sobre la traición y el rencor (tuyas y de él); aprende sobre el poder que le otorga la muerte, sobre el deseo de venganza y cómo matar porque se lo pides; aunque jamás te hubiese creído capaz de pedírselo.

Que no se diga que un perro viejo no puede aprender nuevos trucos; y él es viejo en la forma que sólo el dolor puede marchitarte desde adentro. Morir lo hace sabio de maneras que vivir a tu lado jamás habrían podido y en pago su espíritu debe servirte, tal es el precio de convertirse en un inugami. Hace tu voluntad porque eso es lo siempre ha hecho, te protege de todo lo que habría de hacerte daño—hasta que considera su deuda saldada. Ya no hay ninguna lección que puedas enseñarle.

Un perro puede devorar a un humano, date cuenta.

vi. kyōshinshō

Está envuelto en una mortaja blanca, tan blanca como su piel una vez que la sangre dejo de correr por sus venas; está envuelto en una mortaja blanca y no debería sorprenderte porque está muerto. Está muerto y nunca conocerá la paz porque eres responsable de su muerte. Eres responsable de su muerte y nunca conocerás la paz.

Ese es ahora el lazo que los une.

Una vez lo habías amado, lo habías amado como tantas otras personas y, como tantas otras personas, te abandonó.

Nadie más, sin embargo, se atrevió a rajarle el cuello con un cuchillo y no sabes por qué pensaste que eso te haría especial.

Excepto que sí te hizo especial, ¿no es verdad?

El fantasma del hombre que amaste te seguirá hasta que encuentres tu propia muerte violenta; te vigilara y te odiara, deseando más que nada en el mundo hacerte daño—porque eso es lo único que es capaz de sentir ahora—y jamás será capaz de hacerlo. Un simple espíritu jamás podrá lastimar a alguien vivo, y tú vives, todavía.

A medias, congelándote de miedo y terror, sin poder dormir, sin soportar la oscuridad, sin poder ignorar su presencia y el odio callado que irradia a pesar de no decir palabra alguna.

¿Es esto vivir? Te preguntas, a veces.

Un yūrei no puede matar a un humano; pero pueden tratar y tratar, una y otra vez.

vii. usotsuki

Hay muchas historias sobre el bosque: criaturas que rondan entre los árboles, depredadores que salen por la noche, monstruos y fantasmas y gente que nunca regresa una vez que se adentran en la espesura. Nadie se adentraría si pudieran evitarlo, pero de vez en cuando, alguien valiente o estúpido o desesperado, deja atrás el límite de la aldea, la relativa seguridad de las filas de casas y antorchas, por más pobres que sean, en busca de comida o algo parecido a esperanza.

Rara vez vuelven, rara vez los encuentran, y esas desapariciones casi siempre son seguidas de otra: padres, hermanos, amigos que van en su busca, sabiendo perfectamente que lo más posible es que compartan su destino.

Llorarías, si no sintieras tanto enojo; gente estúpida, piensas, incapaz de seguir sus propios consejos, de escuchar sus propias advertencias.

Ah, te has adentrado en el bosque; buscas a alguien que, si no está muerto ya, de todas formas está condenado.

Cuando entras al claro, un rio de plata gracias a la luz de la luna, tu corazón se detiene; has encontrado tu muerte, piensas.

Una visión de tentación, es él; desnudo, con la piel pálida entre el resplandor del agua y de los cuerpos celestes, con el cabello tan rojo como la sangre que se lava de las manos y sus ojos dorados clavados en ti, mientras sus nueve colas se agitan detrás de él. Cualquier movimiento en falso no ocasionara otra cosa que una mancha de sangre diferente, el río se encargara de llevarse lo que quede—si es que queda algo.

Sin embargo, en lugar de atacarte, él sólo se aproxima a ti, sin vergüenza alguna ante su desnudez, hasta que sus colas están lo bastante cerca como para tocarte; y puedes ver la pregunta en sus ojos. Tienes una oportunidad, una sola, para salvar tu vida.

Así que las palabras fluyen como lágrimas y tu suplica es conmovedora, tanto que la persona que buscas estaría orgullosa de ti; los zorros aprecian el entretenimiento como pocas cosas.

Entonces, tras escucharte atentamente, el kitsune te sonríe y no se te ocurre nada con lo que puedas comparar tu sonrisa, pues tu aldea es de agricultores y campesinos y jamás te han permitido acercarte siquiera a los cuchillos que utilizan para desollar las presas que cazan.

—Podría buscarle por ti —te dice, mientras una de sus colas se mueve hasta rozarte la mejilla y, aunque el toque es suave, no alcanza a disimular la agudeza en su mirada; pero este juego es uno que conoce bien, así que, como todo buen vendedor, añade—: por un precio.

Hay muchas historias acerca de los zorros y sólo unas pocas terminan sin angustia; siempre hay un precio que pagar, después de todo.

—Nada de trucos —le dices, pides, ruegas, al cabo de un momento.

—Nada de trucos —te dice él. Es una mentira y, al mismo tiempo, no lo es.

Los zorros no tienen ningún interés en las verdades absolutas o el honor; el deseo y el placer son las únicas cosas capaces de moverlos, e incluso sus amantes se vuelven menos que impresiones vacías en sus lechos.

Aceptas el trato que te ofrece simplemente porque ignoras que la sangre en sus manos es la de la persona que tan desesperadamente buscas.

Presta atención: un ser humano ha renunciado a su vida.

viii. kyūseishu

Su belleza no era algo terrenal, así que ordenó a todos sus pretendientes, príncipes venidos de todas partes, buscar cosas imposibles para obtener su mano; y todos fallaron. Mintieron, se dieron por vencidos o murieron en el intento, pero ninguno fue digno de ella.

Tú no tenías nada que ofrecerle, ni siquiera un título, pero eso nunca lo había necesitado; ella ya era una princesa, ¿sabes? Sin embargo, le diste tu compañía, sin reservas, pues era todo lo que tenías; secaste sus lágrimas en las noches de luna llena, cuando parecía que iba a desaparecer en medio de las tinieblas de la noche, como una ilusión creada por tu mente.

Cuando se marchó, dejó cartas para sus padres y para el emperador, su última conquista, pero no para ti; aunque jamás podrías guardarle rencor por ello, después de todo, no habías hecho nada para ganártelo. Sin embargo, aún en medio de los guardias cegados por la luz, al igual que tú, le ofreciste tu corazón; no fue suficiente para hacer que se quedara, pero quizás significó algo.

Entraste al servicio del emperador, entonces, simplemente porque nadie más la conocía como tú lo hacías; porque el emperador necesitaba escuchar historias de la mujer que, él también, había amado. Pero no como tú, nunca como tú.

Si ella quería convertir el mundo en un lugar de noche eterna entonces debería de habérselo permitido, piensas, con el corazón roto, una vez que te enteras de que el emperador ha encerrado a la mujer que dijo amar en un espejo. Cuando le pides que te permita cuidarlo, el emperador no se atreve a negártelo, aunque puede ser porque no lo comprende simplemente. No la comprende, no de la manera en que tú lo haces; tú, que siempre supiste que era algo más divino que mortal.

Por eso, tal vez, no te sorprende que, tras decirle la verdad detrás de su encierro, la tierra temblara y la región entera se viera envuelta en ríos de fuego y cenizas.

Kaguya Hime no olvida, y tampoco perdona. Sobre todas las cosas, no es humana.

Aunque a veces resulta difícil de recordar.

Le ofreces tu vida, gustosamente, porque es lo único que te queda.

ix. okumanshōsha

Es un juego peligroso el que hay entre ustedes, pero alguien tiene que jugarlo y tú eres la mejor opción, de momento. La gente te visita para consultarte sobre el pasado y el futuro, es un don, lo que tienes; aunque nunca lo hayas pedido. Un don no se compara con el talento o la sabiduría que muchos de los que se postran ante ti poseen, pero sin él no serías nada.

También, serías libre; tu don es tanto tu salvación como tu condena.

Tu oponente en el juego, entonces, es tu penitencia.

En el folclor, los Tengu son criaturas caprichosas pero bastante capaces, descendientes del dios de las tormentas y creadores de las artes marciales, al mismo tiempo que embaucadores que disfrutaban llevar a la gente a la locura con sus bromas pesadas. El que te visita, bajo la forma de un hombre, no te ha arrebatado la cordura del todo, pero a veces crees que se aproxima demasiado.

Es tu cliente más frecuente, capaz de derrochar montones de oro frente a tu puerta para obtener una audiencia contigo; aunque jamás te pregunta nada directamente, el pasado y el futuro no tienen ninguna importancia para él, el tiempo que compra para hablarte pasa entre adivinanzas y juegos de mesa. A veces gana él, a veces tú; es algo por lo cual tienes que dar gracias por tu don—incluso si todo el oro que trae se convierte en piedras a la mañana siguiente.

Siempre se asegura de parecer incrédulo y sorprendido cuando ganas, pero jamás protesta; sólo te pregunta cómo es posible. Lo sabes bien, sin tu don no sería posible, pero eso no es lo que respondes.

—Incluso los seres humanos tienen sus secretos —le dices.

—Defectos, más bien —te corrige, con una sonrisa que quiere decir que en realidad no habla en serio, y adorna tus sienes con una tiara de perlas nacaradas.

—Oh —tocas el regalo, el premio, en realidad, que simboliza tu victoria, sabiendo que por la mañana no serán más que gotas de rocío—. Las palabras nunca han sido mi fuerte.

Cuando las puertas se abren para dejarlo salir el viento sopla y puedes oler la lluvia que se aproxima en el aire.


Argh, ¿por que no puedo poner doble espaciado FP? A veces es necesario.

Er, supongo que no querrán jugar a "hagamos un conteo de muertes"... ¿No? Okay. Aunque no lo crean, estoy bastante complacida con este capítulo; también, aquí les dejo una pequeña dramatis personae, vean si le atinaron a todos. :D

Nazonazo: "acertijo" — Aka Manto / Cloud

Hibiku: "eco" — Yuki Onna / Kirei

Tayuta: "vacilación" — Kappa / Kakeru

Sousoukyoku: "marcha fúnebre" — Oni / Adra

Zettai zetsumei: "situación desesperada" — Inugami / Goldier

Kyōshinshō: "ataque cardíaco" — Yūrei / Beirekêr

Usotsuki: "mentiroso"— Kitsune / Azafran

Kyūseishu: "salvador" — Kaguya Hime / Annai

Okumanshōsha: "el hombre con un millón de sonrisas" — Tengu / Harukachi

Oh, y sobre todo aquel asunto de las máscaras, la frase a la que me refería es la siguiente de Oscar Wilde: "El hombre es menos sincero cuando habla por cuenta propia, denle una máscara y les dirá la verdad".