(Alguna vez nos amamos,

y quizá demasiado.)


Los extraños

Hay demasiado viento, poco ruido y mucha luz. Hace frío, y me cuesta abrir los ojos.

—Todo ha cambiado —tu voz hace eco en el denso silencio.

Yo asiento.

(asiento con resignación, vergüenza... culpa)

Todo ha cambiado. Mira a tu alrededor. Está la casa donde nos encontrábamos, el mismo árbol, las mismas sombras y las mismas piedras. Pero ya no son los mismos autos, los mismos vecinos, los mismos gatos vagos que paseaban mientras nosotros nos creíamos filósofos.

(alguna vez leí que a los filósofos le gusta sufrir; que son mártires.)

Míranos. Somos más viejos, menos maduros y más ignorantes. Antes lo sabíamos todo, ¿recuerdas? Hoy no sabemos nada. Antes gritábamos, ahora callamos.

Y este silencio.

—Sí. Ha cambiado.

El que nunca antes había existido, hoy, existe.

Tenemos cicatrices en los pies, de tanto caminar y sin saber a dónde ir; tenemos cicatrices en los ojos cansados de las veces que hemos llorado; tenemos las manos callosas y traumatizadas; estamos un poco más enanos que ayer, somos más cobardes, menos divertidos. Somos... no tan viejos de cuerpo, pero sí ancianos de alma.

Temerosos a morir, sin expectativas, con un montón de sueños perdidos... rotos.

—¿Quieres un cigarro?

—Te estabas tardando. ¿Qué son?

Un par de ancianos sin miedo al cáncer de pulmón.

—Son...

—No. Déjame adivinar. Marlboro rojo —dijiste, para luego sonreír.

—Sí.

No era la misma sonrisa. No es tan brillante; pero por dentro de esa tenue luz que creó te vi. Vi lo que alguna vez fuiste, fuimos y como todo se fue. Así como la colilla se queda sola cuando el tabaco se acaba. Se desprende, poco a poco, y cae al suelo hasta acabarse el tabaco.

Quiero pensar que soy el papel y tú eres el tabaco, y que ambos nos quemamos juntos.

La colilla sería lo que siempre nos devuelve al mismo lugar. Esa fuerza extraña que nos une. Que tal vez nunca fue amor, ni siquiera amistad, ni miedo. Quiero creer que el cigarro no se ha acabado.

Que aún hay algo esperando quemarse, de que hay tiempo para decirte te quiero con esos dientes amarillos que me ha dejado el tiempo. Para dejar de mentir y decir que hemos cambiado, porque yo aún no lo he hecho.

(para decirte que sigo siendo la misma niña indecisa de piedra)

Para comenzar a indagar en los trapos sucios que nos unieron en el pasado, y que te acobardes, y hagas silencio juntando la boca con la mía.

—¿Sabías que fumar es malo?

—Sí, y verás cómo me importa...

Pero estamos viejos, tan viejos y con las mismas frases, y sin respuestas para las viejas preguntas.

Sé que tal vez no valga la pena.

Que, quizás, tu ya lo sepas.

—Sigues siendo igual de tonta.

Tu siempre lo supiste todo.