Autora: ¡Aquí está la segunda parte!

Espero que os guste y gracias por leer.

(Contiene algo de lime, pero flojito xD)

Parte segunda: Resultado.

Christina

No podía dejar que Diego lo supiera, no quería ser una carga, además, ahora parecía que su vida amorosa no iba bien y yo no le iba a atosigar con otra carga más. Lo que yo necesitaba no me sería dado porque conllevaba una cadena que sabía no quería Diego. Ese era el precio a pagar por el conjuro más poderoso de los magíster y, ahora yo, sufriría las consecuencias y moriría irremediablemente…

Y todo por él… pero lo tenía que hacer, no podía dejarlo morir. Eso nunca. Lo quería demasiado como para dejarlo morir y que se lo llevaran de mi lado. ¡Solo de pensarlo se me encoje el corazón!

….

Diego

Abro los ojos y me llevo las manos a la cabeza. Me duele el no sentir la presencia de Christina a mi lado. Pensando que quizá se había ido de la tienda, me levanté rápidamente, pero tan solo la tenía a menos de dos metros. Me reí de la estupidez. Notaba que la sangre de Chris me llamaba, lenta y seductoramente, parecía que no podía resistirme, mis piernas se movían solas hasta que llegaron a la cama e, irremediablemente, le toqué el largo cabello esparcido por la almohada. Ésta se despertó ante mi contacto y abrió mucho los ojos. Lo primero que pensó fue en que no llevaba camisa, después pensó en que estaba muy guapo, luego me miró el paquete y…

–¡Oye chiquilla! ¿Es que no me puedes ver como algo que no sea un trozo de carne? – tenía la intención de sonar enfadado, pero solo me salía una voz ronca. La verdad era que hacía mucho que no estaba con una mujer, por lo menos tres meses. Pero eso no era una excusa. ¡Tan solo tenía dieciséis años!

–Si, pero aparento más. –susurró entre las sábanas. Se había escondido para que no pudiera ver su sonrojo, seguro. Todavía era de noche, pero la luna iluminaba la estancia agradablemente.

–Ya, claro… Oye… –carraspeé un poco para sacarme la voz ronca. –… ¿por qué siento que no estás a mi lado cuando solo estamos a dos metros de distancia? –ésta se destapó y me miró con alegría, que enseguida disimuló.

–Porque la sangre que hay en tu cuerpo llama al mío. Es algo extraño. –cuando la volví a mirar tenía ojeras en los ojos.

–Ya veo… si no me quedo a tu lado mi cabeza no va a dejarme en paz, ¿no? –Chris asintió y pensó que lo mejor sería dormir juntos –. Gracias y no te preocupes, no voy a hacerte nada...

"Ya, pero quieres." –pensó inmediatamente. Se llevó las manos a la cabeza. "Lo siento, no quería pensar eso, sino que…" –se recostó de medio lado dejándome ver su bonita espalda que solo iba cubierta por una fina tela blanca. Era muy tentador dejarse llevar, pero solo era una niña, así que no hice nada, aunque pensándolo mejor, ya tenía edad de casarse…

Pasaron los días, y cada vez estaba más pálida, no tenía buen aspecto. Todos los días estábamos juntos, comíamos separados pero no muy lejos el uno del otro porque sino comenzaba a dolernos el cuerpo, cuanto más separados estábamos más intenso era el dolor. Por las noches era inevitable que durmiéramos juntos, es más, mi cuerpo pedía más, pero no sabía si se refería a tener relaciones con ella o solo estar a su lado. En cuanto al conjuro, no sabía que efectos secundarios podría llegar a producir, pero algo no andaba bien, se suponía que el donante no sufriría daños, ¿pero por qué ella se veía peor cuantos más días pasaban? Llegué a pensar que tenía que buscar ayuda, ¿pero a quién? A otro magíster, seguro que sabía lo que le pasaba a Chris, también sospechaba que ella sabía la verdad pero no me lo quería contar. Me dolía el pecho al pensar que ella no confiaba en mí lo suficiente como para contárnoslo todo, aunque si indagaba más en su mente lo sacaría. Aun así, no quería invadir su cabeza por completo…

Un día, el décimo después de la batalla con los orcos, vi a los magíster caminando a un lado de mis soldados. Todos llevaban túnicas blancas, excepto los más veteranos, lo sabía por el tiempo que llevaban en mi ejército. Estos últimos la tenían de color azul noche. Chris iba caminando con ellos, hablaba con un muchacho algo mayor que ella, el solo verla sonreír con ese chico me mataba, por supuesto no iba a decir ni una palabra de ello, pero sabía que esto era demasiado precipitado. Mi mente no hacía más que pensar en ella una y otra vez. ¿Qué me había hecho esa chiquilla?

Dejé de pensar de esa forma y me concentré en los veteranos, ellos seguro que lo sabían, pero no podía decirles que un magíster había usado ese conjuro en mí puesto que la echarían del ejército… creía yo por lo poco que leí sobre ese conjuro prohibido.

Me acerqué a una mujer mayor, tendría entre los cuarenta y cincuenta años, y todos agacharon la cabeza en señal de respeto. Odiaba esos protocolos, parecía que era alguien cuando solo era un teniente del tres al cuarto.

–Levanta la cabeza, mujer. Necesito tu ayuda para curar a alguien. –la mujer abrió mucho los ojos, sonrió y luego asintió con la cabeza. Chris me lanzaba mensajes, no les hice caso. Me decía que acudiese a ella si necesitaba ayuda. Pero sabía que estaba enferma, no quería cargarla más.

Una vez que nos alejamos del pelotón le hablé. Estábamos recorriendo un bosque algo frondoso, casi no se veía más que árboles y naturaleza. Los pocos animales que habitaban se escondían cuando pasábamos con nuestras pesadas armaduras, como si temiesen que destrozáramos su hogar. En realidad éramos usurpadores de la naturaleza…

–¿Y bien, señor? –la miré sobresaltado. Tenía que reconocer que mis pensamientos se iban por las ramas muy a menudo. Puse las manos en sus hombros haciéndonos parar en seco.

–Tengo que consultar algo con usted, sé que lleva muchos años en su oficio como magíster y necesito que me aclare una duda. –la mujer sonrió casi como una madre, era muy bella a pesar de su edad. Sus manos volaron hasta las mías y me tranquilizó.

–Sé que tiene que ver con Christina, os he estado vigilando últimamente. –no sabía si cabrearme o alegrarme. Esa mujer lo sabía, pero, ¿el qué?

–¿Qué sabe usted? –pregunté mirando hacia el pelotón que se alejaba poco a poco.

–Lo suficiente como para ver que hay algo entre vosotros que se ha forjado en muy poco tiempo. ¿Ha usado algún conjuro con usted? –preguntó acomodándose el cabello rubio cenizo. La miré perplejo. Sí que sabía esta mujer.

–Si, me salvó la vida a costa de algo que no sé exactamente qué es. Ella cada día está peor y, si muere por mi culpa, yo no me lo perdonaría. Tiene que ayudarme, por favor. –la mujer me miró comprendiendo. Luego se puso muy seria.

–Ella ha usado el conjuro menos indicado para su formación, a costa de ese conjuro tiene que perder su inocencia. Ahora usted y ella tienen que estar atados para la eternidad…

–Si, eso ya lo sabía y no me importa, solo quiero saber qué debo hacer para que no empeore. –La señora sonrió, era una sonrisa cómplice, algo burlona.

–Es bastante simple, pero ya lo dije antes, perderá su inocencia por completo.

Con esas palabras me quedé helado. Con inocencia se refiere a…

–Exacto. –anunció sobresaltándome. ¿Acaso ella podía leerme la mente? Empezó a reírse –. Por tu cara ya veo que lo sabes. Si ella no te lo ha dicho antes es porque no quiere perjudicarte, ni mucho menos atarte a ella. –hizo una pausa y retomamos el camino –. La conozco y sé que es una chica muy honesta, amable… –se detuvo de nuevo. Me miró seriamente y me acusó con un dedo –. Escúchame bien, jovencito. Serás mi teniente, mi superior, pero no pienso tolerar que dañes a Chris, ella lo es todo para mí. –la miré perplejo. ¿Quién era en realidad esta señora?

–Descuide, no lo haré. Soy fiel a aquellas personas que arriesgan la vida por los demás. Pero… –carraspeé mirando a otro lado. –…ella y yo tenemos que… ¡Ya sabe! –La mujer comenzó a reírse y luego paró en seco. Esa mujer era bastante rara.

–Si. Pero no solo eso, tienes que darle tu energía vital… –La miré alarmado. ¿Tenía que morir? –. Tranquilo, ella te lo mostrará. Pero recuerda que no va a querer si sabe que lo haces por obligación, al menos disimula porque sino… ella morirá.

Con esas palabras seguimos caminando y asimilé la información. Era probable que no lo supiera esa mujer, pero lo que más me apetecía era hacer feliz a esa chica, por muy menor que fuera, me volvía loco.

Me pregunto quién será esa mujer misteriosa.

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Christina

Tomás se reía con cada comentario que hacía, pero en realidad no estaba de ánimo para reír, y menos distraerme con alguien que no fuera Diego. Mi mente lo buscaba, pero estaba lejos y no podía leer sus pensamientos. Parecía que si estábamos lejos el uno del otro, no servían nuestros "poderes". Era extraño que pidiera ayuda a mi tía teniéndome a mi, pero era absurdo pensar que él confiaba en mí cuando le estaba ocultando información. ¿Me moriría entonces?

Miré al frente. Hacía poco no había nada de niebla y sin embargo ahora estaba rodeada de ella. Miré a mis lados pero no divisé a nadie. Me asusté, aun así, con mi mente logré captar las ondas de Diego, quien me llamaba alarmado. ¿Se preocupaba por mi? Lo más seguro era que cuidara de mi bienestar por el pacto que hicimos.

Me concentré en sus palabras.

"No te muevas, es un hechizo. Estamos en territorio enemigo."

"Está bien, no me moveré pero…"

Sentí una presencia a mi lado, no lo dudé, saqué una pequeña daga que me dio mi padre cuando murió y la lancé en esa dirección. Un ruido de dolor se oyó por todo el bosque. Le había dado, sonreí ante la precisión de mis sentidos. Me dirigí hasta el ruido encontrándome con un elfo. Los elfos eran bastante sigilosos, además de listos. Seguro que venían con los hechiceros. Saqué la daga de su cabeza e intenté conectarme con Diego.

"Hay elfos. Tened cuidado."

"¿Estás bien?"

"Si, solo estoy asustada. No veo nada y eso me inquieta."

"Ya mismo te alcanzo. No te muevas."

¿Cómo podía hacerlo si no me veía? La niebla era más densa aún y no veía nada. Ni mis pies. Tampoco oía nada, ni siquiera el piar de los pájaros, ni el sonido del río que tenía al lado instantes antes de la niebla. Nada. Otra sombra me acechaba, lo sentía. Esta era mucho más poderosa que antes y notaba que mi cuerpo me empezaba a doler. Eso solo significaba una cosa, y era que Diego estaba aun más lejos de mi que antes. Me moví lentamente hasta dar con esa aura oscura que acechaba desde algún árbol. Pronto toqué una corteza dura, era un árbol, allí tenía que estar. No lo pensé dos veces, esa presencia era otro elfo, su aura era oscura. Pero cuando iba a tirar mi daga alguien me cogió del hombro.

–Yo que tu no lo haría, pequeña.

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Diego

La presencia de Chris estaba cada vez más confusa. No lograba sacar en claro en qué posición estaba. Mi ejército se había esfumado y solo estaba conmigo esa mujer magíster. Agradecí que por lo menos no estaba solo, pero debía tomar una decisión y pronto.

–Es una ilusión. Han debido de hacerlo los elfos. –La señora empezó a sacar hierba de la tierra y, después, sacó de su manga un frasquito. Metió los hilos de hierba en él y luego rezó algo susurrando. Luego, en lugar de algo sólido había un líquido verde violáceo. Me lo tendió –. Úntalo en tu frente. Así podrás ver a través de la ilusión.

Hice lo que me pidió y, poco a poco, empecé a ver claro de nuevo. Mis soldados estaban dando vueltas como tontos buscándose unos a otros. Aparté el impulso de reír y me concentré en buscar a mi lío personal. No la veía con los magíster así que me asusté. Pronto me siguió la mujer y nos dirigimos al río. Allí estaba, debajo de un árbol y, detrás de ella, había un elfo que vestía majestuosamente. No quise estropear el factor sorpresa, pero la mujer a mi lado lo estropeó.

–¡Eh, tu! En guardia. –gritó sacando de un bolsillo polvos, se los tiró y dieron en toda su cara dejándolo ciego momentáneamente.

–¡Vamos ahora, hija! –Chris sabía que la mujer estaba a la derecha pero no veía nada. Me acerqué a Chris y la cogí de la mano tirando de ella fuertemente. La llevé junto a la mujer y las dejé a un lado.

–Ahora vengo, tengo que hacer algo.

"¡Ten cuidado!"

Gritó mentalmente. Sonreí ante su preocupación. No había tiempo para eso, me dirigí con paso firme hasta la posición del elfo, quien estaba ya casi recuperado del efecto de los polvos cegadores y se giró. Estábamos frente a frente. Era alguien de alta cuna, sus trajes lo demostraban.

–Si me dices dónde está tu jefe te dejaré vivir. –dije sacando la espada de su funda. Éste sonrió de medio lado.

–Si, claro, ¿también quieres que te traiga agua? –sabía que tenía que luchar, pero al menos le di una oportunidad.

El elfo se preparó para la lucha cuando yo ya estaba lanzándome con espada en mano hasta su cuello. Éste me vio venir y lo esquivó contraatacándome con su vara. Me dio en la cara, aun así, seguí con los golpes. Le di un corte limpio en un brazo, luego, ante su descuido, le asesté un puñetazo en la cara y otro en el estómago. Ya en el suelo, se lo volví a pedir.

–Dime dónde está tu jefe. –apreté mi pie contra su cabeza. Éste gritaba de dolor pero no soltaba prenda. Volví a apretar, esta vez más fuerte.

–¡Está bien! Te lo diré pero suéltame. –lo hice, echó varios escupitajos sangrientos y luego me habló.

–Está al norte, con un ejército mayor al tuyo, eso te lo aseguro. Vais a morir, bastardos. Y el mundo será nuestro. Reinará nuestro rey, no el vuestro. –moví la cabeza negativamente. Estaba chalado.

–Lo siento, pero no va a ser así, y ahora dime donde está de verdad porque sino te cortaré la cabeza. –éste sonrió mostrando algunos dientes de serrín.

–Ya te lo he dicho. Está al oeste. –afirmó intentando levantarse. Lo detuve con mi espada. Estaba jugando al despiste.

–Está bien, tú lo has querido. Nos vas a llevar tu mismo. ¡Levántate y anda!

Con la espada apuntada en su espalda, el elfo caminó. Ya no había niebla, pues era todo producto de su hechizo. Todos mis soldados me esperaban con los caballos, algunos de los cuales se habían asustado e ido. Nos quedaban menos, pero eso no iba a impedirme la partida. Até al elfo a mi caballo, así no escaparía. Ordené traer provisiones y ese día acamparíamos allí. Además, tenía que hacer algo con Chris, quien estaba con esa mujer.

Le estaba peinando su larga melena rubia. Sus ojos volaron hasta los míos y no pude suprimir un escalofrío de placer. Quería sentirla entre mis brazos, hacerla mía una y otra vez… y ahora que sabía que era necesario me sentía mucho más necesitado de ella.

Se hizo la noche y ya teníamos montada la tienda de campaña y la cena. Ordené a mis mejores hombres encargarse del elfo para que no se escapara. Él era el único quien podía conducirnos a su jefe y no podía permitirme perder esta oportunidad.

Ya cenados, Chris se fue con esa mujer dejándome solo. Me extrañaba porque sabía que a ella también le dolía estar separados. Vi como hablaban de algo, supuse que se lo estaría contando, no quería que ella se lo dijese antes que yo, aun así sentía reparo al contarle que teníamos que hacernos uno para que ella sobreviviera. No le di más vueltas, me dirigí hasta ellas y me detuve detrás de Chris. La señora me miró sonriendo pícaramente y se levantó.

–¿A dónde vas? –preguntó Chris algo nerviosa.

–Os dejaré solos. Tenéis que arreglar algo. –luego, la mujer se acercó hasta su oído y le dijo algo que no pude entender. Se marchó cuando le hubo dicho eso. El sonido del fuego era bastante agradable, pero la tensión incrementó al no hablar nadie. Ya todos estaban casi dormidos. Dejé de indagar y la levanté del suelo con una mano.

–¿Qué ocurre? ¿Por qué ha dicho eso mi tía? –quiso saber Chris, así que era su tía. Así su protección.

–Ven, tenemos que hablar. –la llevé hasta la tienda y nos sentamos en un esterillo. Como había césped en el suelo no estábamos incómodos.

–¿Qué pasa? –dijo bostezando. La miré mejor. Estaba muy pálida y sus ojos, normalmente, llenos de júbilo ahora estaban cansados. No lo dudé un segundo. La abracé fuertemente. Al sentir que me rodeaba sonreí. La necesitaba.

"¿Me necesitas?"

Me pilló desprevenido, no sabía si decirle la verdad o no, pero…

"Creo que si… eres la única en la que pienso noche y día. Y temo por tu seguridad. Si eso es amor, estoy enamorado de ti."

Chris me miró a los ojos. Me tocó una mejilla y luego nos acercamos poco a poco… pero antes tenía que regañarla.

"No quiero empezar nada serio si tu me mientes, pequeña."

"Yo no te oculto nada."

–¿A sí? Me dijiste que estabas bien y mírate. Estás empeorando cada día que pasa. –Chris iba a decir algo pero la callé con un dedo en sus carnosos labios –. Y no me digas que no es así porque te estoy viendo.

Su mirada se oscureció. Se miró los delgados dedos, estaba perdiendo peso y su color natural estaba muy pálido.

"Ya sabes cual es mi antídoto…"

"Si, sé cual es. Si tu quieres te lo daré. Pero no quiero forzarte."

Parecía que se asombró ante mi reacción. No entendía cual era el problema. Yo la amaba. Pero ella… en un principio pensaba que me quería, aunque ahora no lo demostraba.

"No te lo había dicho porque no quería lastimar más tu corazón. Después de la ruptura con esa mujer, yo no era quien para forzarte a dar un paso así conmigo. No soy tan cruel."

"Ya veo, así que por mi no me lo has pedido antes. Ven aquí."

La estrujé más aun que antes. La separé y luego acerqué mi nariz a la suya.

–Quiero que te mejores para poder estar contigo toda la vida. Así que…

Me puse encima de ella y entrelacé mis manos con las suyas. Su cabellera estaba esparcida por la hierba, sus labios entreabiertos y su mirada avergonzada la hacían ver como una diosa.

–Gracias… pero tu eres el que parece un dios ahora mismo. Un dios muy atractivo…

No la dejé continuar, la besé lentamente. Mi deseo estaba muy por encima como para esperar aun más. Cuando sentí sus labios casi llegué al cielo. Ella los movía torpemente, pero me seguía el ritmo. No quería asustarla con mi pasión, así que aminoré el ritmo de los besos.

"Sigue así… quiero más."

Me asombré al saber lo que pensaba. Nunca había mantenido este tipo de relación cuerpo y mente con una mujer. Ahora lo que pensaba ella también lo pensaba yo. Enrojecí al saber de mi debilidad y ella sonrió.

–Yo estoy igual… –dijo dándome otro beso. Mi lengua quería explorar su cavidad así que hice que abriera la boca y me introduje allí. Nuestras lenguas estaban librando una batalla por ver quien comía más territorio al otro. Mis manos viajaban a sus caderas y luego a sus turgentes pechos. Era una diosa, lo dicho antes.

"Deja de llamarme diosa. No lo soy"

Me reí al oír eso. Sin pensarlo realmente, le di la vuelta y le quité el vestido. Ella se dejaba, sabía que lo deseaba tanto como yo. A la misma vez, me quitó la camisa e intentó lo mismo con los pantalones, pero estaba tan nerviosa que no atinó y me los quité yo.

"Pero lo eres."

Nos observamos mutuamente. Ella estaba fascinada con mi cuerpo, con mi mente… su mente estaba llena de mi. Sonreí complacido. Ahora que sabía como se sentía quería poseerla ya.

"Yo también…" – confesó casi suplicando.

No prolongué la demora, me abalancé sobre ella como un tigre a su presa y nos besamos de nuevo. Esta vez como si la vida se nos fuese en eso…

Pronto estuvimos unidos física y mentalmente. Ella me tocaba todo y yo igual. Estábamos fusionados, en un frenesí que no sabía que era posible. Me sentía en plenitud, como si tuviera que conectarme así con ella por siempre. Ahora estaba lleno de ella y ella de mí…

··································

Christina

Sabía que era un dios, pero no uno tan salvaje. Al principio era dulce, pero cuando ya no me dolía empezó a penetrarme mucho más fuerte. Yo sentía las estrellas, el sol, la luna… todo me daba vueltas. Y cuando quise darme cuenta el placer nos sucumbió a ambos por igual. Al acabar sentí que tenía que hacer algo para devolverme la fuerza que había perdido. Me recosté a su lado y le besé. Éste no se esperaba que hiciera aquello, pero no se resistió.

Abrió la boca y, estando la mía a escasos centímetros de la suya, aspiré su aliento. Sentí que el calor me volvía al cuerpo, mi cansancio se iba al traste y me sentía más llena. Necesitaba su esencia, su parte de energía. Al acabar apoyé mi cabeza en su pecho. Éste llevó sus manos a mi pelo y los rodeó una y otra vez. Me sentía en el paraíso.

"Así que esto es lo que necesitabas."

"Si, pero no sabía exactamente lo que tenía que hacer. Pensaba que con solo hacerlo me iban a volver las fuerzas, y eso solo es una parte. Tengo que absorber parte de tu esencia para tener fuerzas."

"O sea, que te sirvo como un complemento, ¿no?"

Los dos reímos.

"Algo así. Lo siento. Sabía que no te iba a gustar."

Cambiamos de posición quedando debajo de él. Me besó intensamente y nos miramos.

–Esto es lo que necesitas y te lo daré cuando quieras. –se acercó mucho a mí y me dijo al oído –. Te lo daré gustoso… pequeña.

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Diego

La mañana llegó y con ella nuevos mensajes. Un soldado interrumpió mi sueño con un mensaje. Era una carta del rey, pedía que diéramos media vuelta porque habían derrotado al rey de los hechiceros. Ya no tenían líder, así que era absurdo seguir peleando por nada. Me sentí mejor al saber la noticia, pero aun así necesitaba algo. Miré la cama vacía y respiré hondo. Salí de la tienda muy rápido, tanto que casi me llevo por delante a la tía de Chris.

–Oye joven, mira por donde vas. Y… –miró hacia el río. –…tu querida Chris está bañándose. Me dijo que no la molestaran, pero si eres tu…

No habló más porque ya estaba en camino del río. Aunque primero avisé a mi segundo que ordenara dar marcha atrás hasta la ciudad. Allí estaríamos a salvo y luego todo sería mejor.

–Pero señor, ¿qué hacemos con el prisionero? –lo pensé más de dos veces, pero al final lo dejé marchar. Después de todo, ¿qué nos haría si estaba solo? –. Creo que es mejor matarlo. Nos podría dar problemas, una horda de elfos amenazados es mucho peor que los hechiceros. –dijo seriamente.

Era verdad, pero…

–Está bien. Mátalo tú. Ahora vuelvo.

Me fui de allí para ver a mi pequeña, la cual estaba desnuda en el agua. El río bajaba lento, por lo que no habría problemas. Me saqué la ropa y me zambullí en el agua. Esa sensación de bienestar solo me lo podía proporcionar ella y sabía que ya no iba a ser libre nunca más. No me disgustaba.

"Claro que eres libre, tonto."

"Me gusta no serlo…"

Dije cogiéndola de la cintura y besándola. Ella gustosa se unió a mi y nos fundimos en el agua.

Un mes y medio después…

–A ver, explícame porqué tengo que hacer el amor contigo para que me quites algo de mi esencia. –quise saber mientras cabalgábamos hasta el pueblo. Hacía más de un mes que había acabado la guerra y ahora se respiraba paz. Nos mudamos a mi casa, cerca de un pueblecito muy pacífico.

–Es cuando más débil estas. Si no, no habría manera de sacarte parte de tu esencia.- Explicó mirándome dulcemente.

–Vamos, que prácticamente me lo quitas sin que mi cuerpo quiera, ¿no? –pregunté haciéndome el cabreado.

–Si… pero eso pasa con todos los conjuros, siempre tienen efectos secundarios. En este caso es este, además, solo te quito un poquito cada semana… –la miré desconsolado.

–¿Entonces me falta esa parte que me quitas? –ella rió.

–¡Claro que no! Tu alma es infinita, no puede acabarse. –reflexioné sobre ello.

–¡¿Me quitas parte de mi alma?!

Empezamos a reír. Ahora no habría más por lo que preocuparse, nos teníamos los dos, y eso era lo que importaba…

EPÍLOGO-ACTUALIDAD

Dilbar cerró el diario mirando su encuadernación. Estaba hecha de cuero y en la tapa rezaba: Diario de Diego y Retazos de los pensamientos de Christina

Lo encontró en la biblioteca de la casa de su padre, hacía escasos días. Lo primero que le llamó la atención era que el nombre del propietario del diario se llamase igual que el que creó su linaje. Luego llegó a la conclusión de que tendría que preguntarle a su padre por ese tal Diego.

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–Padre, he encontrado esto en tu biblioteca, me puedes explicar porque su nombre es…

Su padre le cortó con la mano, le arrebató el libro y luego lo miró sonriente.

–Esto, querido hijo, te lo iba a regalar cuando cumplieras la mayoría de edad, pero como eres un fisgón ya me has estropeado la sorpresa. Aunque te falta una semana, pero bueno. Te lo diré. Diego era el que nos creó a los San Juan. Es nuestro primer abuelo. Y Christina, su mujer, con la que tuvo hijos, y nietos… –al terminar la explicación no pudo más que reír como un tonto.

–Si, claro. Y existían los hechiceros y los elfos, ¿no? –su padre no sonreía. Acto seguido alzó la mano y de ella salió una luz blanca. La posó sobre el hombro del chico y éste sintió calidez. Luego se apagó.

–¿Ahora lo entiendes? No pensaba contártelo hasta la semana que viene, pero bueno.

El chico llamado Dilbar no cabía en su asombro. Era parte de un linaje de Magíster de renombre.

–Entonces, ¿hay un bando de buenos y malos todavía?

–Hijo, eso es algo que tendrás que saber con el tiempo, en realidad el bien y el mal existe aunque no hubiera elfos, ni hechiceros. Tienes que saber elegir adecuadamente para dar pasos firmes y confiables. Recuerda que eres un descendiente de Diego y Christina.

–¿Y tengo poderes? –preguntó alegre. Su padre no daba crédito, pero sonrió. Tendría que educarlo en esas artes para combatir al mal, porque si no, iban claros…

***Fin***

Autora:

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