Disclaimer: Liam y Danielle son míos. Andrew es de Lore, pero me lo presta porque él y yo somos o-te-pe. Ciudad Gris es parte de The Madness RPG, propiedad de Agus.

Le blablablá: Yo como que tengo algo con el amor entre hermanos, se me hace bien… etéreo, honestamente. Aparte, los Anderson son mis hermanos favoritos y los más shippeables que existen, así que tenía que escribir esto forzosamente. Gracias a Lore por animarme a continuarlo cuando sólo leyó una parte y a Annie por darme la idea (indirectamente) de cómo escribirlo y por betearlo. Así que ésto es para ambas.

Summary: Liam no tenía ni idea de qué quería hacer con su vida, pero lo que definitivamente no entraba en sus planes, era el enamorarse de su hermana.

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I'd do it all again

«Someone to love is bigger than your prides worth, is bigger that the pain you got for it hurts, and out runs all of the sadness.»

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El primer recuerdo que Liam tiene de Danielle, es en una de las navidades que pasaban en casa de los abuelos Anderson, con sus enormes suéteres de renos tejidos en la delantera y los hombres usando corbatas que jamás usarían en otras fechas del año. Recuerda que su madre le había arreglado el cabello y el chaleco de tweed en miniatura para un niño de tres años, sonriendo al decir «pon las manos juntas, cariño, como si se tratara de una cuna», mientras que él las había doblado torpemente, sintiendo que colocaban a un bebé de cabello rubio y enormes ojos verdes sobre éstos. Su padre había sostenido la cámara fotográfica frente a él hasta que se escuchó un clic y el flash disparó, haciéndolo parpadear.

La bebé en sus brazos comenzó a llorar por el destello de luz. Entre los «anda, Lucy, toma a Danielle antes de que Liam la vaya a soltar» y los «ya voy, ya voy», fue liberado del peso de su hermana menor, viendo cómo su madre se alejaba con ella, arreglando su cabello y repartiendo dulces besos por las mejillas rosadas y regordetas.

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A Liam no le gustaba cuando su madre salía de compras en su día libre y dejaba que Danielle se quedara en casa con Andrew y él. No es que odiara a su hermana (¿cómo podría con los rizos rubios rebotando en las coletas perfectamente amarradas y las mejillas permanentemente sonrojadas?), pero no le gustaba que distrajera a su compañero de juegos. Aparte, ella no podía jugar con ellos.

No existían los vaqueros niñas.

(Pero por ella había estado dispuesto a hacer una excepción.)

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Liam podía sentir la bicicleta rebotar violentamente como efecto de su peso y la irregularidad de las piedras, pero no podía dejar de sonreír. La sangre fluía por sus venas en un torrente de adrenalina exquisito, haciendo casi imposible el escuchar los gritos de Danielle a la distancia advirtiendo que era un camino peligroso y que se podría caer.

¿Y qué si se caía de su bicicleta? Lo peor que podría pasar sería que se raspara la rodilla y sus padres le colocaran algún remedio sobre la herida, negando con la cabeza y recordándole que era un irresponsable y que parecía empeñado en ponerle los peores ejemplos a su hermana menor. Liam sólo rodaría los ojos porque vaya, eso era imposible. Dany no parecía encontrar divertido nada que no fuera jugar con su estetoscopio o examinar cosas pretendiendo ser una científica.

Él era temerario, valiente y llegaría a ser un excelente bombero. Uno que no amainaría ante el peligro y lo encararía como si del mismísimo Zorro se tratara. Su hermana probablemente terminaría por ser una doctora aburrida y siempre cansada como lo eran sus padres. Partiría a la universidad y Liam podría ir a visitarla y cuidarla de todos aquellos chicos que se dedican a ver los senos de las chicas.

Lo que definitivamente no estaba en sus planes, era que el suelo comenzara a ser más disparejo mientras avanzaba, haciéndole perder el control de la bicicleta hasta que el manubrio dio un giro inesperado y lo lanzó por el aire hasta una banqueta cercana. Liam sintió que volaba. Se cubrió la cabeza con ambas manos, sintiendo el asfalto desgarrar la piel de su brazo. Escuchó los gritos asustados acercarse mientras él se incorporaba, y a la chica de diez años hincarse frente a él, llorando por el simple miedo de ver a su hermano herido.

«Li, ¿estás bien?», murmuró Danielle con la voz asustada y las mejillas mojadas.

Cuando tomó el brazo de su hermano para examinarlo y sacudir las piedritas que se habían incrustado en su piel, notó que estaba apretando los dientes y cerrando los ojos con fuerza para evitar llorar. Sonrió con ternura, sorbiendo ruidosamente por la nariz al acariciar su mejilla.

«Puedes llorar si quieres. Prometo no decirle a nadie.»

Y cuando Liam volvió a abrir los ojos y la miró, las ganas de llorar se evaporaron y la fuerza regresó. No. Jamás lloraría frente a su hermana.

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Danielle siguió jugando con un hilillo suelto en su camiseta, sin alzar la mirada cuando Liam le pidió que lo hiciera. Estaba siendo ridícula y lo sabía, pero no quería que él lo supiera también. No fue hasta que su hermano mayor recargó la cabeza en su regazo y la miró desde abajo que se animó a curvar los labios en una pequeñísima sonrisa conteniendo las palabras a punto de explotar. Liam alzó una ceja, Danielle no podía hacer eso y se frustraba.

«¿Ya me vas a decir qué te tiene tan fría conmigo?»

La chica negó con la cabeza, bajando aún más la mirada mientras cascadas de cabello rubio caían a cada lado de su rostro como cortinas protegiéndola de sentimientos encontrados.

«Vamos, Dany, habla ya» pidió el mayor de los Anderson, jugando con las mejillas de su hermana.

«Ahora que tienes novia te olvidarás de mí», dijo muy quedito.
Liam sólo empezó a reír en voz alta, hundiendo el rostro en el estómago de su hermana para ahogar las carcajadas que brotaban de su garganta. Danielle frunció el ceño y tomó el cabello de Liam en puños para alzar la cabeza de su regazo y levantarse de la cama. No logró avanzar ni dos pasos cuando sintió los brazos masculinos rodear su cintura y colocarla en su regazo mientras él se sentaba a la orilla de la cama. La chica siguió ahuyentando su mirada, pero él consiguió que se encontrara con la propia al susurrar:

«Tú siempre serás mi chica, Dany. Jamás lo olvides.»

Y Danielle sonrió aún sin dignarse a mirarlo. Porque tenía 14 años y todo era más sencillo. Porque Liam tenía 16 y no importaba si ya tenía novia, ella era su chica y eso jamás cambiaría.

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«No irás, Danielle. Ni siquiera te invitaron a ti.»

«¡Pero sí conozco a los Payne! Y no quiero quedarme aquí sola toda la noche, Liam, por favor.»

«He dicho que no, no quiero tener que estar cuidando a mi hermanita. Quiero divertirme.»

Silencio repentino. Liam fue capaz de notar la cabeza de Danielle echada hacia atrás y las cejas enarcadas en una silenciosa interrogante. Pero ella era demasiado lista y sin importar las palabras vacías y afiladas que su hermano pudiera lanzar, se saldría con la suya de una de otra manera.

«Voy con ustedes o le llamo a papá para decirle que ustedes han ido.»

Y las campanillas de victoria repiquetearon cuando Liam escuchó un «amigo… ¿podría realmente ser tan malo? Yo podría cuidarla» mientras Andrew tomaba su brazo y le sonreía con confianza.

Liam sólo había desencajado la mandíbula y rodado los ojos con violencia para separarse y salir a esperar en el carro. ¿Es que realmente era tan difícil de comprender? ¿Es que Danielle no se daba cuenta que sus puños se apretaban en frustración por todos los golpes que no podía repartir cuando notaba que un chico apreciaba su dorado cabello y la manera en que acariciaba sus hombros desnudos al usar vestidos de noche? ¿Era tan ciega como para no notar que su garganta se secaba y su respiración se agitaba cuando ella iba a besar su mejilla cada noche con un «lindos sueños, Liam», imaginando qué pasaría si tan solo giraba el rostro y besaba su boca?

Y es que no sabía en qué momento había pasado realmente. En qué momento había empezado a malinterpretar abrazos y cerrar los ojos para llenar sus pulmones del dulce aroma que se alojaba en su piel, pero ahí estaba. Con los ojos cerrados y la cabeza recargada en la portezuela, enfrentando el cielo. Cuando la vio salir acompañada de Andrew con un vestido que hacía poco por disimular sus formados muslos y el torpe maquillaje que se llevaba consigo los vestigios de niña que pudiera haber en su rostro, Liam supo que esa sería una larga, larga noche.

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La primera vez que la había besado, ella había estado parloteando de un curso pre-universitario al que quería asistir el próximo año.

Andrew había partido a vivir con su abuela hacía un tiempo ya y al regresar por las vacaciones, había hablado con su hermana, contándole de todas las maravillas que encontraba en la carrera de medicina. Porque oh, sorpresa, ambos serían doctores. Liam seguía sin saber qué quería de su vida, pero lo disfrazaba con un «estoy tomando un año sabático», seguido de la mirada de desaprobación de sus padres y la sonrisa forzada de su hermana que no quería tomar partido en la discusión de cada noche durante la cena.

Pero esa noche estaban en la cama de Liam, porque Danielle no podía dormir y le era completamente natural enredarse en las sábanas de su hermano para acurrucarse contra él y hablar sobre el futuro contra su piel. Uno que cada vez se alejaba más de él. Y mientras ella decía «sé que es uno de esos cursos intensivos en que incluso tienes que ir los domingos, cuatro horas en la mañana y tres en la tarde, pero creo que realmente vale la pena. Después de todo, la Universidad de Londres es una de las más prestigiadas del país, y es donde estudiaron mamá y papá. Me gustaría compartir alma mater, sin importar lo que tenga que pasar para conseguirlo…», Liam sólo podía notar la manera en que sus labios se movían arriba y abajo, ligeramente manchados en la comisura derecha por pasta de dientes que no había tenido tiempo de remover.

Entonces lo supo: no podía dejarla ir.

Y al inclinarse y rozar sus labios con los de ella por lo que dura un suspiro, las palabras se ahogaron en la boca del otro y el entendimiento pasó entre sus ojos como un elixir de razón que no creía necesitar hasta que lo habían tenido frente a frente. Danielle se había mojado los labios, intentando capturar el sabor de su hermano, mirándolo profundamente antes de volver a besarlo.

Esa noche ninguno de los dos había dormido.

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«Me mudo a Ciudad Gris.»

«¿Qué? ¿Tienes una idea de cómo es aquí siquiera?»

«No, pero no creo que pueda ser tan malo como seguir viviendo con papá y mamá aún. Aparte, conseguí que me mandaran a hacer las prácticas profesionales al hospital de esa ciudad. ¡Podremos vivir juntos como siempre lo habíamos planeado!»

«No sé, Dany, ahora vivo con Andrew... y el departamento es muy pequeño, y…» no estoy preparado para volver a sentir toda la confusión que me invadía antes de que partiera.

Silencio al otro lado de la línea. Un susurro entrecortado.

«¿Es que no quieres verme, Liam?»

Y vamos, Liam nunca había sido bueno negándole las cosas a Danielle. Jamás había sabido cómo reaccionar a su voz cuando hablaba en tono bajito porque le recordaba a los secretos que le había contado muy cerca de su boca en aquellas tardes que pasaban en su habitación, siendo plenamente conscientes de que sus padres no regresarían por horas. Así que cuando escuchó esa pregunta y el arrastrado tono británico que solían compartir, no pudo más que suspirar.

«Iré preparando tu habitación», seguido de una risita femenina y encantada.

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Liam no había ido por ella al aeropuerto. Con pretextos, mentiras y una que otra apuesta había conseguido que Andrew fuera a traerla, porque él no estaba seguro de poder controlarse para no correr y sostenerla entre sus brazos, fundiéndose en un abrazo que distaría mucho de ser normal entre dos hermanos.

Hasta la fecha, aún se arrepiente de esa decisión.

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No los había descubierto besándose en un sofá o despertando juntos por las mañanas. Cuando se enteró que Andrew y Danielle estaban enamorados, todo había sido tranquilo. Palabras que esperaban ser comprendidas. Un balde de agua fría.

Andrew se había sentado en la mesita de centro, Danielle a su lado con la mirada clavada en el suelo, mientras Liam se preguntaba por qué no se dignaba siquiera a mirarlo. Después del «Liam, tenemos que hablar» pronunciado perfectamente por su mejor amigo, él no pudo más que enarcar las cejas y colocar los codos en las rodillas, doblándose hacia el frente. Lo primero que vino a su mente es que sus padres venían a la ciudad o que alguno de los dos estaba enfermo. Eso habría sido más fácil de soportar.

Pero cuando su amigo tomó la mano de su hermana entre las propias y sus dedos se entrelazaron, Liam sintió cómo la bilis subía a su garganta y su corazón perdía uno que otro latido. Su ceño se profundizó aún más, y tuvo la decencia de esperar el «Danielle y yo estamos saliendo» antes de azotar el puño contra su boca, sonriendo satisfecho al verlo caer hacia atrás, saliendo de la mesa y rodando en el suelo.

Se levantó, dispuesto a asestarle otro golpe, cuando sintió el suave empuje de su hermana al quitarlo del camino y arrodillarse a lado de Andrew, sosteniendo su cabeza en el regazo. El corazón de Liam se oprimió en su pecho y cuando el que solía ser su mejor amigo alzó el rostro, buscando su mirada para preguntar el por qué, sólo pudo escupir un «eso fue por robármela», sabiendo que probablemente jamás entendería el verdadero significado tras esas palabras.

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Danielle caminaba de un lado a otro en la habitación, aventando a la maleta lo que ella creía era completamente necesario para vivir en otro lugar. En una pila desordenada destacaban sus perfumes, algunos sets de maquillaje y la ropa que usualmente llevaba al hospital. Los vestidos quedaron colgados del clóset, inertes y ajenos a todo lo que se desarrollaba en la habitación.

Liam la veía desde el umbral de la puerta, corazón en la mano y palabras en la lengua (mudas, silenciosas, cobardes). Ella no quería mirarlo, él no quería despegar los ojos de ella.

«No tienes por qué irte.»

«Yo creo que sí, Liam.»

«Danielle…»

Su nombre fue una caricia en el aire suspendido entre ambos.

Ella se detuvo y cerró los ojos cuando él no podía verla. Dolía. Al abrir los ojos nuevamente y encontrarse con su ropa sobre la cama, unos cuantos pares de zapatos y su neceser a medio llenar; tragó en seco y volvió a cerrar los ojos, porque en ese momento la oscuridad tras sus pupilas era mucho mejor que la realidad. Escuchó cómo Liam volvía a llamar su nombre desde la puerta («Danielle…») pero no se giró para enfrentarlo. ¿Y es que cómo podría hacerlo sin derrumbarse ante los ojos suplicantes que le regresarían la mirada?

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La tomó del brazo como si fuera una muñeca a punto de romperse. Encajó sus ojos en los de ella, tragando en seco al notar que su visión se empañaba lentamente por las lágrimas que se arremolinaban en las comisuras de sus ojos.

«No vayas con él.»

«Lo amo.»

«Pero me amas más a mí.»

Y ella le otorgó su silencio, haciéndole esperar una respuesta que nunca llegó.