Bueno, éste es el primer fic que publico aquí... Escribí ésta historia hace algunos años y la deje sin acabar, planeo continuar escribiendola y darle seguimiento aquí. ¡Espero que les guste!


Y ahí estaba yo, mojado por la fría lluvia del atardecer; sentado sobre una pétrea banca grisácea, rodeado del llanto de las gotas despedazándose contra el suelo. Mis pies se posaban pesados en el suelo, mis manos se escondían entre las bolsas de mi cargante chamarra negra y, entre los andrajos de cabello oscuro mojado, mis ojos miraban sin rumbo, vacíos, inexpresivos.

Podría pensar miles de historias dramáticas para explicar el por qué estaba ahí. La soledad de una muerte, la carga agria de la decepción, el punzar del abandono, el pesar de la derrota. Pero no voy a mentir, me agarró la lluvia camino a casa; aún cargaba con las bolsas blancas de los víveres que se pegaban a mis manos con la humedad de mi ruidoso acompañante acuífero.

Vaya que huele extraño la lluvia en esta ciudad, las gotas revientan y liberan sepan cuantos granos de tierra y suciedad que plagan el ambiente con sus olores rechinantes. Eso no sucede en el campo, ni en la playa, pero si en una ciudad, la ciudad más grande y más contaminada del mundo.

Después de disfrutar la lluvia transparente y pura por un momento, decidí levantarme. Despegué mis botas del asqueroso suelo con un eminente sonido viscoso, y avancé silbando con mis compras al hombro, bajo los puentes de reja oxidada y los camellones con amarillas plantas decrepitas.

Al fin, el chascar de la llave de acero anunció mi llegada a mi vivienda… Mejor dicho, a la vivienda de al menos otras cinco personas más. Era una pequeña comunidad de casas, aislada de la gran ciudad con un bardal de ladrillos cubiertos con excesiva pintura blanca que se resquebrajaba en capas que caían como las hojas de un maizal. Encima la barda tenía un gran número de pedazos de botellas rotas, colocados ahí para evitar la aparición de gente malintencionada, de la cual nunca hay escases en esta ciudad.

Empujé el enorme portón despintado e ingresé acompañado del rechinar del acero viejo al patio central del vecindario. Ya no llovía, ahora sólo existían los pequeños charcos en los minúsculos surcos del suelo de concreto que, con las inclinadas losas que lo constituían, guiaba el agua hacía las ruidosas coladeras.

Una mujer mayor salía de su habitación y esparcía un dulce olor a detergente mientras colgaba su ropa y la de los niños que vivían en su casa en los tendederos de cuerdas coloridas suspendidas desde los balcones. Estaba también el hombre obsesionado con sus plantas, que las volvía a colocar frente a sus ventanas enrejadas pues ahora ya no había lluvia que perturbara la cantidad exacta de agua con la que alimentaba a sus preciadas compañeras. La compañía en realidad es algo invaluable en una ciudad como ésta. Luego estaban los tres cuartos abandonados; grandes y llenos de oxido, había toda clase de muebles viejos y carcomidos por el tiempo, las ventanas estaban llenas de inmundicia gris que se escurría dejando siluetas amorfas por toda su superficie.

Nunca había presenciado algún indició de vida dentro de esos cuartos, además claro de los insectos que abundaban en la humedad. Normalmente miraba esas lúgubres viviendas de reojo pues son algo escalofriantes. Y entonces, al pasar, me topé con un hombre grande y vestido de azul que salía de la puerta como si nada. Cargaba un viejo estante de madera que se caía a pedazos. Me sobresalté al verlo tan repentinamente, pero a él no pareció importarle mucho, siguió derecho con cara de aburrimiento. Me asomé lentamente y noté que del cuarto estaban ausentes los viejos sillones de terciopelo podrido y las fotografías amarillentas de seres irreconocibles. Lo estaban limpiando; seguramente lo habían rentado o comprado.

Después de tanto tiempo sin ocupar, al fin ese viejo cuarto alojará a alguien, ¿Quién querría vivir aquí? Digo, es solitario y apartado, silencioso y frío.

Continué con mi camino y llegué al segundo piso por una oscura escalera de acero. Pasé junto al niño que pintarrajea con gis el suelo de los balcones de piedra que interconectan todos los cuartos de la planta alta; me ignoró, como de costumbre, no me importa en realidad. El paisaje era muy bonito; desde aquí se podían observar las grandes montañas verdes cubiertas de niebla sobresaliendo de entre el enorme hacinamiento de viviendas, con paredes grisáceas y sombríos tanques de agua, que marcaban los límites de la ciudad.

Al fin en casa. Mi pequeño cuarto oscuro y lleno de polvo; barreré después. Dejé las bolsas de las compras a un lado y me lancé a mi parte favorita de toda la ciudad: Mi computadora y mis videojuegos. ¿Acaso no es lindo el ocio? Estirarse a oscuras en tu cómoda silla frente al brillo parpadeante del monitor mientras tu elfo arquero nivel noventa y seis acaba con todos los malvados con sólo una orden de tu teclado y ratón. Yo no creo que haya algo mejor, el mundo virtual de los videojuegos es tan perfecto, tan apasionante, todo sucede tan adecuadamente, cada evento tiene su significado individual que lo guía parte por parte hacia la causa única de su existencia, la emoción. No hay estorbos de por medio para evitarlo.

No como en el mundo real, donde todo es secuencial y repetitivo, donde un evento no vale nada; no es más que un pedazo más del revoltijo de sucesos que se esparcen alrededor de cada ser vivo. Y la motivación es tan distinta; en una historia virtual uno ya sabe cuál es su objetivo, sabe a dónde va a llegar. En la vida, la libertad es tan grande y tan ilimitada que es restringente; uno puede hacer tanto, que no queda más que el poder de una decisión para destruir una infinidad de posibilidades que nuca podrán ser. El camino que uno elige representa millones de destinos que no sucederán… ¡Pero que agobio!

Los ruidos que me despertaron aquella otra noche de luna brillante no provenían de las usuales faenas nocturnas de mis vecinos. No, eran sonidos distintos, azarosos, impredecibles, vivos. Alguien había abierto el portón de metal. Dejé mi computadora, quité la cortina del camino y me asomé rápidamente.

Era una joven de cabello liso. Cargaba trabajosamente con dos enormes maletas y se abría paso a través del portón oxidado. Se acomodó una de las correas de las valijas en el hombro y se las arreglo para poner seguro a la entrada; luego se dirigió al cuarto que renovaban la otra tarde. "La nueva huésped" pensé mientras la miraba acercarse; tenía un rostro hermoso, de facciones sutiles, nariz fina, labios pálidos y unos grandes ojos claros. Aunque cargaba con esfuerzo su equipaje avanzaba elegantemente, dando pasos seguros y decididos. Ella alcanzó dentro de uno de los bolsillos de su larga gabardina y sacó las llaves de su nuevo cuarto.

Cerré mi cortina, tomé el ratón y volví a combatir con los poligonales orcos de fuego que me amenazaban con sus hachas nivel cuarenta. "Esas chicas siempre son muy superficiales" me dije a mi mismo mientras resonaban los sonidos digitales de la batalla que se perdían en mi memoria.

Me levanté a la frágil brisa, al frío ambiente blanquecino de la mañana. Salí a la barda que circunda las plantas altas y miré a las calles; las personas se alistaban para dar comienzo a su actividad diaria. Había muchos jóvenes con uniforme grises de chalecos color guinda; se dirigían a la preparatoria cercana. Aunque no voy a la escuela me uno a esas procesiones matutinas hacia el deber pues debo trabajar en las mañanas.

Un sonido metálico me sacó de mi aletargado pensamiento matutino. Era ella, la nueva vecina, saliendo del cuarto restaurado en la planta baja. Cargaba una mochila llamativa de color amarillo y llevaba puesto el uniforme de preparatoria. Sobre su satinado cabello castaño se sostenían unos grandes audífonos naranjas que cubrían por completo sus oídos. "No es gran cosa, sólo es bonita, recuerda, esas chicas son superficiales" reiteré. Y entonces, mientras pasó caminando con una sonrisa bajo el balcón donde yo estaba de pie, llegaron a mis oídos las tenues notas de la música que ella estaba escuchando.

"¡Ese es el tema de Laura de Silent Hill 2!" Exclamé para mí y bajé las escaleras. Y la miré alejarse, caminado alegremente, inconsciente de lo que me acababa de causar. Ella escuchaba música de videojuegos. ¿Será que piensa igual que yo? Caminé hacia la entrada. ¿Es que no estoy solo?

¡Oh! ¡Sublime Santo Grial nivel ciento ochenta y seis! ¡No juegues con mi endeble destino!

¡¿Es que en realidad existe una mujer videojugadora?!

Y entonces, creí haber escuchado que la señora tendiendo ropa se burló de mí.


Apenas comienza... tengo otro capitulo terminado, uno incompleto y muchas ideas. Subiré el segundo en unos días. ¡Los invito a comentar! ¿Qué les pareció?