Prológo

¿Quién no ha pensando que un instituto puede convertirse en una auténtica "máquina" destructora? Ese es uno de los pensamientos que suelen acompañar a Erika Rydle nada más abrir los ojos cada mañana. El instituto es su cárcel, el lugar donde tiene que lidiar con un sinfín de burlas, abucheos y zancadillas.

Uno de sus sueños es tener una varita, pero no una de esas que suelen tener las hadas, no, no, ella quiere una de verdad. Como las de los magos, que basta con apuntar a tu peor enémigo, decir unas palabras e inmediatamente esa persona sale volando por los aires.

De echo, tan convencida está que una varita es la solución que cuando llegue navidad le pedirá a su abuela un billete de ida a Londres. ¿Y qué hará allí? Fácil, buscara ese colegio mágico tan mundialmente famoso, contratará un mago que se dedique a la magia negra y le pedirá y rogará que terminé con su peor enemigo. Esa persona que tanto daño le hace, que durante años ha destruido la poca autoestima que le quedaba. Pero luego, y aunque le cueste horrores aceptarlo, se da cuenta de que ni la magia, ni las varitas existen, son pura fantasía. Mejor dicho, es como un mecanismo de auto defensa que su cerebro se empeña en inventar para sentirse algo mejor.

Y no es para menos, pensar que cada día de tu vida (quitando vacaciones y algún día en el que estés enfermo) debas encontrarte con el "gran" Adam Gómez acongoja a cualquiera.
Repetidor indefinible, nadie sabie si tiene dieciocho o diecinueve. Guapo pero frio a la vez. Tiene ese toque "español" heredado de vete a saber que antepasado que vuelve locas a las chicas, de echo, su taquilla es un hervidero de cartas de amor que jamás recibirán respuesta. Y la verdad es que no és mucho lo que se sabe de él. Nadie sabe donde vive, ni con quien, es algo así como el chico misterioso y frio al que cualquiera le pegaría un buen bocado.

Erika no entiende como puede haber tantas chicas locas por ese gorila de Gómez. La aversión que siente por él es correspondida, y es que él es el antagonista que forma parte de su vida desde que piso el instituto. Y son cuatro años viviendo así.
Levantarse, aunque no tiene ganas de desayunar hace un esfuerzo delante de su abuela para que se quede tranquila y deje de soltar la típica frase "¡Es que cada vez estás más delgada! ¡Vas a quedarte en los huesos", con mucha tranquilidad recoge los libros y los guarda en la mochila, sale de casa con cierto resquemor en el estómago.
Sabe que ahora viene todo lo peor, es cuando realmente la pesadilla toma forma y no la abandonará hasta que el timbre de final de clases haga acto de presencia.