En la penumbra de la habitación, se hallaba de pie frente a la cama. Observaste el recorte de su figura con la luz de Luna que la iluminaba en un costado. Tus ojos le delinearon las caderas anchas y la cintura delgada. Se te empezó a acelerar el pulso ante la visión del encaje negro que cubría aquello que deseabas tocar.

Se acercó a tu lecho con pasos lentos, casi felinos. Una vez más, la débil iluminación te dio un vistazo de su perfil aguileño y sus formas femeninas. Esas dos orbes oscuras estaban nubladas por una lujuria que, imaginabas, también transmitían las tuyas propias. Le acariciaste el cabello cobrizo, enterrando los dedos entre los mechones desobedientes. La atrajiste hacia tí y se sentó sobre tus piernas. Su cuerpo pálido ataviado en la fina lencería se apegó al tuyo, que ya reclamaba la desnudez ante el ardor de tu interior. Su intimidad rozó tu erección sobre la tela del pantalón.

Te pasó los brazos alrededor del cuello y te suspiró en el oído, presionando sus senos contra tu pecho descubierto. El tiempo se convirtió en lo menos importante entonces. Perdiste el control. Desprendía aroma a jazmines y sus labios sabían a miel pura.

Ella enloquecía tus sentidos cuando te besaba. Te mordía los labios y los delineaba lentamente con la lengua. Aquello te excitaba sobremanera. Cada roce avivaba más el fuego de tu boca y hervía tu sangre. Tus manos no abandonaron el camino terso de su cuerpo en ningún momento. Acariciaste sus piernas largas y delgadas, palpaste los glúteos firmes, trazaste la sensual curva de su espalda, el abdomen plano. Te aferraste a cada parte de ella con fuerza pasional, dejando tus dedos marcados en la tez mortecina. Suspiraba insinuantemente entre los besos a cada contacto.

Cuando menos te habías dado cuenta, ya todas tus prendas yacían en algún lugar de la alfombra. Tu hombría pugnaba por poseerla en ese preciso momento, pero era aquel juego anticipatorio lo que más te excitaba. Le arrancaste todo lo que la cubría de encima y te colocaste sobre ella en un arranque casi primitivo de desesperación. Era prácticamente como si su fragilidad pudiera romperse debajo de tu peso en cualquier instante, pero ella sólo te acercaba más y más.
Un aire denso y cargado de sensualidad llenaba la habitación. Su cuerpo ardía como los mil Infiernos y sentías que tenías al Diablo adentro.

Estimularla con tus caricias era lo que más disfrutabas de todo eso. Qué sensación de virilidad y satisfacción te embargaba cuando la llevabas al límite de tal modo, que ella te rogaba, entre gemidos entrecortados, que la hicieras tuya. Y así lo hiciste. Llevaste hasta el borde cada parte de su anatomía. Conocías lo que le gustaba, y todas las noches que eran amantes, lo descubrías otra vez.

Tomaste los pechos voluptuosos entre tus manos, percibiendo con tu tacto la suavidad. Degustaste esa tersura con tu lengua y tus dientes por un largo rato, probando cada rincón de esas curvas níveas. Un sendero cuesta abajo de besos te llevó a su intimidad. A cada centímetro que te acercabas, suspiraba tu nombre. Danzaste suavemente sobre su punto más sensible; se te impregnó el sabor salvaje y excitante de su humedad. Ella sabía a mujer y no hubo lugar que no explorases. Contentabas sus demandas de placer yendo más rápido y luego la enloquecías un poco, apenas rozando los labios sobre la carne tierna.

Estaba a punto de llegar y lo sabías. Tenías todo el cuerpo perlado por el sudor, tanto como ella, pero apenas te habías dado cuenta. Todo se perdía entre tus ansias enfermas y los agudos jadeos insinuantes que profería. Sólo bastó mirarla un segundo, rodeados de aquel calor sofocante, y una frase de sus labios de rosa. "Soy tuya".

Estuviste por colapsar el mismo instante que entraste en ella. El adentrarte en su estrechez y calidez era demasiado, pero siempre ganaba el deseo de verla llegar y retorcerse entre las sábanas. La embestiste con fuerza que hacía rechinar la cama. Te enterró las uñas en la espalda, rodeándote la cintura con sus piernas, gimiendo en escala mayor a cada estocada. "Más, más, más".

Podrías haber muerto allí mismo y serías feliz. Se hallaban unidos, como si fueran uno. Ahogando los jadeos entre los besos hambrientos, y ella con la expresión de éxtasis más supremo que podía regalarte. Bajaste el ritmo porque sentías que no podías soportar más tanto frenesí. Las sensaciones eran mil veces más intensas de ese modo. Su interior se contraía y abrasaba tu carne tortuosamente. Era el suplicio más placentero que existía.

Los primeros vestigios del Alba comenzaban a asomarse por la ventana, plasmando tonalidades anaranjadas a su piel pálida. Como una diosa guerrera, se sentó encima tuyo y te deliró con la cadencia de sus caderas. Te entregaste a su total dominio. La observaste con la débil luz matutina, controlando sus movimientos al ritmo vertiginoso que exigía su deseo. Se apoyó en tu hombro y continuaba. "Te amo, te amo". Un suspiro hermoso en tu oído, un beso suave como el roce de un pétalo de flor en tu mejilla.

La asiste de los muslos y comenzaste a moverte dentro otra vez, con fiereza, sabiendo que ambos estaban por llegar al final.
Se vació toda aquella tensión sofocante cuando la escuchaste alcanzar el éxtasis. Casi al mismo tiempo, te convulsionaste con un gruñido gutural, de pura victoria. La sensibilidad a flor de piel agudizó todos tus sentidos en aquella liberación casi divina de ambos. Su faz, su calor, su intimidad y su Amor. Era tuya completamente, así como tú te sentías de ella.

Reposó en tu pecho aún unida a tí, y así después de unos minutos, sus respiraciones se fueron normalizando.

Cuando todo se calmó, se abrazó a tu lado. Su fragilidad, cubierta por la tela sedosa de las sábanas te llenaba de ternura. Los ojos cansados se cerraron lentamente, disfrutando del silencio compartido e invitándote a soñar.

Ambos amantes se quedaron profundamente dormidos.