Locura

Aquel sombrío liquido carmín se escapaba a borbotones de las cuencas de sus ojos, solo había un sonido de fondo para aquel suceso: el de las gotas salpicar el piso. Sentía como se empapaba poco a poco de aquella tibia sustancia, sus temblorosas manos parecían intentar detener el flujo de aquellos líquidos —también parecían haberse colado algunas lagrimas—, pero en realidad solo intentaban comprobarlo; no veía nada.

Una gran carcajada —algo perturbada, debo agregar— rompió el casi silencio que había en la habitación; se sentía tan feliz, y es que no lograba ver absolutamente nada, ¡todo era oscuridad!. Tal vez las lagrimas eran debido a la alegría, aunque lo más posible era que fueran por el dolor; no importaba, ya nunca lo molestarían. O al menos eso creyó.

Su entrecortada respiración no lograba normalizarse y aún temblaba por la emoción: ¡todo era negro, no había nada más!; no encontraba sonrisas, miradas, ni ningún tipo de cuerpo u objeto. Hubiera suspirado de alivio, pero no podía parar de sonreír, risas eufóricas se ahogaban en sus dientes manchados, aquella fina piel nívea seguía bañada del carmín de la sangre que aún parecía correr desde sus parpados, aunque no sentía nada.

Sus aún temblorosas manos tantearon el piso y se oyó el tintinear de aquellos cubiertos, recorrió ambos con sus dedos y logró identificar cual era el tenedor y el cuchillo, los tomo de su mango casi haciéndolos resbalar entre sus dedos, igual de bañados en sangre que aquellos objetos.

Fue un fino y frío rose, y sus palmas automáticamente se abrieron. El tintinear de los utensilios contra el frío piso fue lo único que se oyó en la habitación. La alargada sonrisa que había contemplado por —lo que había pensado— mucho tiempo desapareció al instante, dejando solo una mueca de horror. Aquella caricia no había sido su imaginación.

Sintió como otro fino rose se produjo en su mejilla derecha, parecía haber sido un huesudo dedo el que lo había acariciado y tenía las uñas largas, pues parecía haberle rasguñado a la tercera vez que la caricia se había efectuado. Pronto dejó de ser solo una a la vez y tres, quizá cuatro manos recorrían su dañado rostro, no tardo mucho para que los cuchicheos comenzaran a su alrededor. Él mantenía sus labios medio separados en una forma inconsciente mientras comenzaba a negar con la cabeza frunciendo el ceño en forma horrorizada.

—No creíste que te librarías de nosotros tan fácil, ¿o sí?— Le murmuraron al oído, aunque no había nadie ahí, él pudo sentirlo claramente, igual que el frío aliento que le había echado a un lado de la cara que le provocó un horrible escalofríos.

Su expresión se tornó aún más atemorizada —si es que podía ser así— y con desesperación e inconscientemente mirando hacia el piso —sabiendo que no podía ver absolutamente nada— comenzó a tantear a este, esperando encontrar aquellos útiles artefactos. Su sonrisa se estiró al sentir el frío contacto con aquel cuchillo o tenedor, ¡lo que fuere!, aunque prefiriera el primero.

Un dolido gemido se oyó escapar de entre sus dientes, y ¿cómo no?, si antes de pensarlo siquiera dos veces había llevado aquel utensilio hasta el principió de su oreja y la había cortado en forma paralela, ¡como si de mantequilla se tratara!. Sus manos temblaron al momento de pasar —gracias a su suerte— aquel cuchillo a la mano contraria —la izquierda—, tomó la punta de su otra oreja intentando estirarla hacia afuera y la sangre corrió nuevamente; todo era silencio para él, aunque en la habitación, lo único que podían oírse eran sus sollozos y la sangre correar. Sonrió nuevamente. Quizá habría ganado la segunda batalla, pero nunca lo haría en la guerra.

Aquel pequeño tramo de la habitación que ocupaba sentado en el piso comenzaba a convertirse en un lago de sangre, su sangre, y estaba empapado en ella, como si recién le hubiesen bautizado con la misma. Sus castaños cabellos tenían un extraño brillo carmín y sus labios parecían recién pintados, más todo su rostro estaba manchado por esta; su camisa manga larga que en algún momento había sido blanca y su pantalón de buso gris, se encontraban completamente bañados, igual que sus pies descalzos que patinaban en aquel cálido charco.

Se tambaleó hasta chocar con una pared, sí, se había parado e intentaba llegar a quién sabe dónde, ni él mismo lo sabía, sólo estaba intentando huir de aquellas horribles garras, pero ni siquiera sabía dónde estaban, ¿cómo podía huir de ellas?. Sus piernas flaquearon y cayó de narices al suelo, aunque él hubiera jurado que había sido uno de esos monstruos; frunció el ceño enfurecido y se volteó hacía atrás como si pudiera buscar al culpable, pequeñas risas resonaron en la habitación, pero claro, nada pudo oír, aunque hubiera jurado que si las había escuchado; pareció querer restarle importancia al echo.

Sus sangrientas heridas parecían no querer correrle cuenta, pues ni una sola vez hubiese podido quejarse, siquiera las había sentido, las había sentido ¿verdad?.

Dos huesudas y frías manos se agarraron a sus piernas y lo comenzaron a arrastrarlo como si quisieran atraerlo para devorarle, un grito ahogado quedo en las puertas de su garganta al sentir como unas afiladas uñas se hundían en su piel, cerró sus ojos con fuerza como si aquello fuera hacerle olvidar la sensación de ser cortado por dos vidrios bien afilados. Aquellas uñas recorrieron todas sus piernas mientras él clavaba las suyas en el cemento; no iba a gritar. Pronto intento zafarse de aquel agarre pero el sólo echo de tirar hacía que sus piernas se rasgaran aún más, y podía sentir el lúgubre liquido carmesí escapar de las heridas corriendo directamente hacia el piso.

Estiró sus manos hacía adelante en busca de sostenerse de algo más que la ranura de una baldosa y para su sorpresa se topó con los pies de su cama, con sumo esfuerzo logró tomarse de una pata, pero si jalaba más terminaría por arrancarse un trozo de pantorrilla; solo pudo pensarlo tres segundos, había imaginado que el dolor sería agonizante, pero la sensación sólo pudo compararse con el de una uña desmontándose de su dedo; dejando la carne viva al descubierto y sangrando horrores.

Sintió lo cálido de las sabanas contra sus lastimosas rodillas y empezó una búsqueda desesperada por algún objeto que pudiera ayudarle; el crujir del plástico bajo sus dedos hizo que su sonrisa simplemente se ensanchara y se volvió a la habitación con aquella sonrisa altiva, como si declarara su propia victoria. Sus dedos recorrieron aquel nudo, eufóricos, y cuando finalmente pudieron desatarle, sus manos arrojaron todo lo que pudiera haber dentro —aunque solo estuviesen dos manzanas rojas—. Se colocó aquella bolsa en la cabeza y ató los extremos fuertemente a su cuello, comenzando a reír de una forma maniática mientras que el crujir de la bolsa al arrugarse y volverse a estirar con la agitada respiración de aquel era lo único que se oía en la habitación, incluso lo único que se oía en el blanco pasillo que llegaba a verse através de aquella pequeña ventana ubicada en la única puerta de la habitación —que aún se encontraba bajo llave—.

La celestina mirada de una de las enfermeras del lugar recorrió la exultante mueca de aquel paciente con la mirada desviada hacía arriba, aquel chico de ojos esmeralda y cabellos castaños parecía disfrutar de una hermosa fantasía, aquella mujer no pudo evitar preguntarse con qué era aquella utopía, pero la respuesta llegó a su mente rápidamente, cualquiera que se encontraba en aquel lugar de locos, por más distintos que fueran los casos y traumas, solo podían soñar con una sola cosa; la muerte.

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FIN


¡Buenas!, ¿cómo están?, yo bien, aunque no hayan preguntado ewe xD

Bueno, este fic es muy diferente a lo que suelo escribir, en verdad, no sé de donde salió esto, simplemente surgió mientras daba vueltas en mi cama ayer por la noche (xD). Y lo escribí hoy porque.., bueno, me pareció genial (y créanme, es raro que a mi me guste algo que yo misma escriba xD), espero que les guste :D

Oh, y si ven algún error o lo que sea, por favor no se queden callados, el objetivo de subir mis fics es progresar, además de compartirlos con más gente :3

Nos vemos~