Ville siempre había sido un admirador de lo bello. Quizás habían sido los ojos celestes y el perfecto rostro de su madre, lo primero que había visto al nacer, lo que había desencadenado su amor casi natural por la armonía en todas sus formas. Quizás había sido su Patria, Finlandia, con sus vastas tierras vestidas de blanco. El aire gélido que soplaba elegancia, un clima nórdico y tan devastador para los desafortunados a su merced y para la misma Naturaleza que se marchitaba en los inviernos glaciales, y apenas renacía, tímida, durante el corto verano. Había sido la vida, que le había bendecido con las vistas más hermosas y las manos de un artista. Para eso vivía Ville, para buscar lo más bello y retratarlo, adorarlo, atesorarlo.

En Oulu se lo conocía como un pintor y coleccionista de antigüedades y piedras preciosas dedicado. A Ville le gustaba más pensar en sus posesiones como pequeñas piezas de sublimidad. Algún día, pensaba, se hallaría completo, y él sabría cuándo ocurriría eso. El revestimiento de oro de sus muebles artesanales, su inclasificable recuento de gemas, su salón decorado con las más finas pinturas, la orquesta de Järnefelt hechizando el ambiente... en todo aquello faltaba la expresión más alta de la hermosura: una mujer, pensó Ville, acariciando el contorno de un Ópalo, como si viera en él proyectada la silueta de una cintura femenina.

Así se hallaba el artista esa tarde, inmerso en las formas ovaladas de las rocas sobre la arena costera. Encontraba a menudo las "lágrimas" del Báltico en sus orillas, brillante y rojo ámbar que descansaba magnificente entre el gris apagado de sus compañeras más ordinarias. Levantó una pequeña pieza y la examinó contra la débil luz. Y ésta cayó en seco cuando sus ojos se distrajeron un momento y la vieron.

Ville ni notó que había avanzado varios metros con una rapidez desesperante, casi preso de un frenesí. La respiración se le había cortado de tal modo, que tuvo que tomar aire varias veces, aún sin quitar la vista de la figura descansando en una orilla. El cabello era un mar de rizos sedosos de tonalidad violácea, largo y abundante, aún húmedo. Ville podía percibir ese aroma a sal que tenía el Báltico, como si ella estuviese hecha de ese mar. Ni siquiera eso, se dijo, ella pertenecía al mar. Tanta simetría en los rasgos afilados, casi dibujados a pulso maestro, no era humana. El mismo ámbar rojo que yacía sobre sus pies se encontraba contenido en esos ojos alargados y los labios rellenos que se advertían suaves como el pétalo de un crisantemo. La piel láctea finalizaba por debajo de su cintura esbelta, en una cola de pez, sus escamas verdosas adquirían un brillo tornasolado a la luz de la tarde. Estaba en presencia de lo más hermoso que había visto alguna vez, y que vería jamás, estaba seguro. Su perfección se cubrió de mar espumoso después de sonreírle enseñando dientes como perlas.

Desde aquella tarde en adelante, apenas podía dormir. Los bocetos a carbonilla estaban desparramados por toda la alfombra de su estudio. Lienzos enteros eran botados a la basura una vez terminados. Se sentía incapaz de emular algo tan sublime. Esa era justamente la trampa de su belleza inhumana. Nada podían hacer sus ojos, más que perderse en la silente observación. ¿Qué podrían hacer las manos de un simple mortal, más que arder de impaciencia, deseando palpar aunque fuera una vez, la seda de su faz, los bucles rebeldes con aroma a corales? Ville volvía todas las tardes al mismo punto, esperando encontrarla otra vez, aunque fuese sólo para perderse en ella.

Y así, su espera dio frutos. Como si supiera que la buscaba, allí descansaba, sobre la misma orilla. Tal vez era la falta de sueño, el tiempo deseándola ver, que se le había hecho eterno, la progresiva locura adueñándose de su ser, pero corrió a su encuentro, quedando a menos de dos metros de distancia. Ville le habló por primera vez, y aunque sabía que no lo entendería, continuó hasta que su pena se vació. Ella pareció entender la desesperación en sus palabras cuando le dijo que no se marchara, cuando le dijo que la amaba. Esa diosa marina no podía despertar en él otra cosa que no fuera Amor. Dios existía, y había creado lo que Ville había buscado toda su vida.

La visitó todas las tardes de ese Septiembre. Permanecían allí juntos hasta entrada la noche, incluso cuando el frío se volvía tan insoportable que él apenas sentía las manos, empuñaba la carbonilla afilada e intentaba plasmarla. Cuando la luz lunar era la guía de sus trazos, cuando el Sol daba de lleno en el lienzo, cuando se hallaba en su estudio, siempre, siempre intentando plasmarla.

El pueblo de Oulu notaba su ausencia. Desde hacía tres meses que el artista no hacía acto de presencia en las reuniones vecinales. Tampoco solicitaba modelos femeninas para sus trabajos, ni siquiera había expuesto una sola pintura o gema. Siempre se lo veía caminando hacia la costa, y su rastro se perdía unos metros más lejos, entre el follaje verdoso de los suburbios.

Cuando Octubre cayó, Ville decidió hacer a Ámbar su mujer. No se creía digno de otorgarle un nombre, pero para él había algo simbólico en la gema preciosa que había coronado su primer encuentro. Así se dirigió a la costa, a paso firme. Sus ojos mostraban determinación, aunque al criterio de cualquiera, también una devoción viciada. Ámbar lo estaba aguardando. Nunca se movía de su lugar en la orilla, pero esa vez, se acercó un poco más a la arena. Ville lo veía como otra señal más que marcaba su destino. Se arrodilló a su lado, como lo hacía religiosamente, esta vez con lágrimas en los ojos.

Se sentía feliz. Ámbar lo complementaba. Imaginó su hogar, un testimonio de su pasión por la belleza, ocupado por ella. La culminación del deseo de toda su vida: atesoraría lo más hermoso jamás creado, y podría dedicar lo que quedaba de su existencia a admirarlo.

Fue cuando se lo dijo, que la quería a su lado para siempre, que se atrevió a hacer lo que deseaba desde el primer momento. Alzó la mano lentamente y tocó su mejilla, húmeda todavía por el agua, pero cálida bajo sus dedos, y tal y como había imaginado, casi se derritieron en la seda nívea de su piel. Ella correspondió, imitando el gesto. Ville sintió su alma en paz en ese momento. Cerró los ojos y disfrutó de la sensación.

La melodía diáfana de las aguas pareció detenerse en un instante. Todo se había vuelto silencioso, como contenido dentro de un espacio sofocante. Abrió los ojos y se encontró con el rojo más nítido que había visto nunca. Unas orbes llanas, sin ningún tipo de luz. Luego, fue su sangre la que manchó de carmesí las arenas. Ville gritó todo lo que sus cuerdas vocales podían, sin darse cuenta que ella le estaba destrozando la garganta con los dientes. Luchó contra su contacto, raspándose las palmas al tocar las escamas duras como piedra que cubrían todo su cuerpo. Su cabello permanecía violeta, pero despedía un aroma fétido a azufre. Lo último que vio Ville antes de ser arrastrado mar adentro a ser devorado, fue la pequeña piedra ámbar que había escapado de sus manos al caer en el hechizo de la sirena.