Disclaimer: RPF. El dude del que se hace todo el POV es de Dany, tbh.

Le blablablá: Esto es para Dany, porque pls, yo ya no puedo con éstos sentimientos hacia ella y el demigod. Y es que el demigod es mi cuñado predilecto y más vale que no le haga nada porque ahora sí voy hasta SLP y pongo en práctica mis meses de kick boxing. Como sea, dude, tú sabes que yo te amo y soy la mayor fangirl del Danises porque ustedes son awesome y –sigh-. Espero que te guste. Gracias a mi Leeh por betearlo.

Music inspiration: La voz de los comentaristas mientras veo fútbol, tbh.

Summary: Pero es que su corazón estaba en ese sentido de abandono que no desaparecía ni en el corazón de una multitud. / Para Dany.

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She is.

«cuando el amor se suelta en abandono / o el abandono nos oprime y clama / es porque transcurrimos en el borde / de la melancolía o del deseo»

(El abandono, Mario Benedetti)

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Él sabía que las cosas no deberían ser así.

Sabía que al plantearse el intentar entrar a la universidad por tercer año consecutivo, lo conseguiría y demostraría al mundo entero que a él nada lo detenía para alcanzar sus sueños; no se suponía que una vez dentro sería de esos idiotas que se sientan en del salón de clases pero ni siquiera se dan cuenta de lo que pasó por estar perdidos en sus propios pensamientos. Aunque si debía ser del todo justo, tendría que admitir que él estaba perdido en ella.

Ella, con esas sonrisas tímidas que siempre miraban al suelo y el leve titubeo antes de contestar la pregunta que el maestro lanzara sin piedad; que entrelazaba sus dedos a los de él en la inexistente privacidad de las clases. Ella, que inconscientemente alzaba las cejas cuando esperaba la respuesta a alguna interrogante, ya fuera hacia él o hacia alguien más. Ella, a la que ni siquiera quiso conocer la primera vez que la vio.

Y es que una parte de él siempre dice que habría sido mejor así. El no conocerla, el no tratarla, el no saber que cuando maldice lo hace en susurros porque le da un poco de pena que los demás escuchan o que cuando sonríe primero cierra levemente los ojos y después se curvan sus labios (o el imaginarse que ese habría sido tiempo suficiente para robarle un beso). Todo estaba mejor cuando aún no se daba cuenta de que mientras esperaba que sus padres llegaran a recogerla se sentaba en la banqueta y jugaba con su iPod, escondiéndolo de inmediato cuando alguien se acercaba, como si tuviera algo que ocultar. Todo estaba bien cuando él no tenía la necesidad de saber el qué.

Porque a últimas fechas quería saber todo de ella y honestamente, eso no podía causarle algo que no fuera problemas. Porque últimamente no podía ocultar el ensimismamiento que lo embargaba cuando ella siquiera abría los labios y empezaba a contar hasta la cosa de menor importancia («ayer intenté aprenderme los huesos de la mano y fracasé horriblemente, probablemente reprobaré el examen y…»), dándole excusas para establecer una cercanía a la que sólo esperaba que ella no se rehusara. Porque estaba en esa fase ridícula de su vida en que, de haber tenido el valor suficiente, se habría ofrecido a mostrarle los huesos que componían su mano pasando los labios por encima de su piel.

Y es que eso complicaba las cosas. Porque había alguien más esperándolo en casa. Con su bonito cabello castaño y las sonrisas de oreja a oreja manchadas de labial y besos incompletos. Porque estaba esa otra aquella que había sido su novia desde hacía meses y lo había ido a despedir a su casa un día antes de que partiera con un «no me olvidarás, ¿cierto?», una promesa que le estaba costando mucho mantener mientras pensaba en la chica que se sentaba a su lado en el salón de clases.

Pero es que su corazón estaba en ese sentido de abandono que no desaparecía ni en el corazón de una multitud. Lo cual era extraño, porque como futuro doctor sabía que sus emociones no se encontraban ahí, si no en algún lugar entre su estómago y su cerebro. Tal vez era cierto lo que decían algunos poetas, el amor desaparece realidades que no se quieren ver. Pero eso no era culpa de ella, o de aquella, o incluso de él. Era culpa de la situación y las circunstancias que controlaban su vida como algo ajeno a su ser.

Y es que enserio no lo había planeado. Ni siquiera se había imaginado el pasar los días esperando a tener una clase para sentarse a su lado y maldecir a los maestros que los ordenaban por número de lista, impidiéndole sentarse junto a su tortura y su consuelo. La chica que le sonreía a lo lejos y a la que tenía que pedirle un abrazo esperando una negativa que jamás llegaba y era sustituida por el calor entre sus brazos. La chica que se amarraba el cabello de manera desesperada y un tanto molesta cuando el viento lo azotaba contra su cara y luego miraba alrededor, esperando que nadie se hubiera dado cuenta. La chica a la que le pedía fuera con él a jardines un tanto alejados del bullicio porque su compañía era la única que necesitaba.

Ella.

(Tan ajena a todo. Tan ajena a él mismo.)