Stella.

Capítulo 1.

Alemania.

Las luces de los reflectores brillaban y la música sonaba a todo volumen, llevando los matices de esa hermosa voz de sirena que había cautivado a tantos millones de personas en el mundo, hasta los oídos de los espectadores. De largo cabello rubio, hermosos ojos grises, de estatura media pero con un cuerpo proporcionado, una bella sonrisa y una increíble voz, Vania S., la cantante de moda, la última estrella pop del momento, lucía radiante y hermosa, como en cada aparición que hacía, y su éxito había sido rotundo, pero a pesar de eso, a pesar de tener toda la fama y el glamour con el que siempre soñó, ella no se veía feliz. Su boca estaba contraída en un rictus y sus ojos grises no reflejaban alegría, y es que ella ya había visto a su prometido tras bambalinas con cara de pocos amigos. Vania conocía de sobra a su novio, para saber perfectamente bien que él iba a soltarle alguna queja por algo que le había disgustado. Así era siempre con David, él no cambiaría nunca. Las luces se apagaron, anunciando el final del concierto, y la chica salió del escenario, agradeciendo de antemano el momento en el que ella pudiese quitarse las incómodas zapatillas de tacón que llevaba, las cuales sólo se sostenían por unas delgadas tiritas atadas a sus tobillos. Esos zapatos siempre le causaban ampollas en los pies, pero formaban parte de su vestuario y no podía cambiarlos, so pena de sacrificar el glamour.

David R., prometido de Vania, estaba esperándola tras bambalinas, con expresión adusta; Vania se preguntó qué lo había hecho enojar esta vez: si la última canción que cantó, el baile que realizó, las luces excesivas, o quizás que, simplemente, no estaba de humor. Vania comenzaba a fastidiarse del hecho que a su prometido le molestara todo lo que ella hacía, se sentía como una especie de robot condenado a hacer lo que él le dijera sin poder replicar. Sin embargo, Vania puso al mal tiempo buena cara y le sonrió a David; después de todo, él era el hombre que ella amaba. O eso se suponía.

- Hola, mi amor.- dijo Vania, besando a David, arrastrándolo al camerino.- Espérame un momento, mientras me quito estos zapatos.

- Ajá.- gruñó David, muy serio, y apenas respondiendo al beso.- No te cambies, es tardísimo, y si de todas maneras ya medio mundo te vio semidesnuda, qué más da que en la fiesta se deleiten contigo.

Definitivamente, él estaba enojado, no cabía duda. Vania trató de controlar la desazón que sentía y de no responder al reclamo de su novio con demasiado enojo, aunque sabía que eso no iba a ser posible. Respirando profundo, Vania miró al muchacho a los ojos, mientras arrojaba los zapatos a un rincón del perfumado camerino, pensando que el vestido rosado de tela ligera que llevaba puesto no era tan transparente como él decía, sino más bien algo corto y bastante escotado, pero aún así, no era demasiado revelador.

- ¿Qué tiene de malo mi vestido?.- preguntó ella, colocándose unos zapatos más cómodos.- Está diseñado especialmente para mí, para los conciertos.

- Sí, pero parece más bien que usas camisón, de lo transparente que está.- replicó David.- No sé cómo no te da vergüenza.

- Ya lo hablamos antes.- respondió Vania.- No voy a ponerme a discutir otra vez...

- Pues entonces, si no querías discutir, no debiste ponerte ese vestido.- dijo David, de una manera un tanto prepotente.

La chica se puso un abrigo blanco encima y terminó de recoger sus cosas, aguantándose las ganas de responder, presionada por David, quien aparte de repetirle miles de veces que ya era tardísimo, seguía molestando con el dichoso vestido. Tanto insistió y molestó él que, cuando los dos salieron al fin del lugar en donde se había dado el concierto, Vania ya iba con dolor de cabeza y de muy mal humor. Los guardias de seguridad les abrían el paso, pero aún así los paparazzis no dejaban de tomar fotografías, una y otra vez.

- ¿Te podrías callar ya?.- pidió Vania.- Me siento mal, me duele la cabeza, creo que me voy a enfermar.

- Eso te va a pasar por usar ese vestido.- replicó David.- Seguramente te vas a resfriar. Si me hubieras hecho caso y te hubieses puesto otra cosa...

- ¿Sabes qué?.- Vania se fastidió.- Ya me harté de todo esto, no pienso seguir cuestionando contigo mi guardarropa. Lo que yo use o deje de usar es sólo asunto mío. No eres ni mi padre, ni mi hermano, ni mi representante ni mi encargado de vestuario.

David respondió agriamente con alguna frase ofensiva y Vania se enojó muchísimo más. Los dos jóvenes discutían fuertemente y él comenzó a distraerse de manejar por ir peleando con ella. Ambos se dirigían a una fiesta a la que los habían invitado para celebrar el contrato de David con el equipo de fútbol Frankfurt, pero iban ya con hora y media de retraso, lo que incrementaba el enojo y la prepotencia del joven. Él no dejaba de gritarle a su ya de por sí cansada novia, y Vania se preguntó, una vez más, en dónde había quedado el hombre que la había conquistado alguna vez con galanterías. Es cierto, David seguía siendo un joven atractivo, de espeso cabello negro y hermosos ojos azules, con mirada seductora, pero su carácter distaba mucho de ser agradable. Al menos, en ese momento, Vania lo comparaba con un monstruo más que con el Adonis musculoso que decía ser. Cuando ellos se conocieron, Vania pensó que David era un futbolista con mucho talento, además de caballeroso y galante, pero en las últimas semanas él se había encargado de que esa impresión se esfumara, excepción hecha de su habilidad como futbolista.

El día en que David le informó a su novia que el dueño del Frankfurt organizaría una cena para él, ella le aclaró que tenía un concierto esa noche, pero, como era su costumbre, a David no le importó. Según sus cálculos extraños, habría suficiente tiempo después del concierto para que Vania se cambiara y arreglara, y alcanzar a llegar a la cena, pero él no quiso escuchar cuando ella insistió en que los conciertos siempre duraban más de lo establecido, sobre todo cuando el público pedía a su artista que cantara una canción más. Obviamente, cuando el evento se prolongó, David se molestó muchísimo, y el famoso vestido rosado de gasa le echó leña al fuego. Vania tenía deseos de llorar, se sentía cansada y enferma, y lo único que quería era llegar a dormir, pero, en vez de eso, tendría que soportar que su prometido la presumiera como otro de sus trofeos, ante sus nuevos compañeros de equipo.

"¿Por qué vamos a casarnos, realmente?", se preguntó Vania, mirando a David de reojo. "¿Será que sí me ama o sólo me quiere como muñequita de aparador?".

Vania pensó, con tristeza, que en toda su vida nunca había tenido un novio que no la hubiera usado para presumirla ante sus amigos, así que no sabría la diferencia.

Mientras tanto, el automóvil corría a toda velocidad, impulsado por la impaciencia de David. La noche estaba oscura como boca de lobo, y el camino se volvía más sinuoso y tortuoso conforme iban avanzando; la situación empeoró cuando comenzó a descender una densa neblina que no dejaba ver bien, aún con los potentes faros del automóvil. Gracias a su desesperación, David no se dio cuenta que estaba invadiendo el carril contrario, de lo cual vino a percatarse cuando casi tenía al otro coche encima. Él maniobró como pudo para quitarse del camino, pero perdió el control del vehículo y éste fue a estrellarse contra la barrera de contención y se salió del camino. David, que llevaba puesto el cinturón de seguridad, no sufrió heridas graves, pero Vania, que no tomó la misma precaución por una mala costumbre suya, se golpeó contra el parabrisas y quedó inconsciente. El automóvil que estuvo a punto de embestirlos ni siquiera aminoró su marcha, y pronto la carretera volvió a quedar solitaria y en silencio.

David, tras desabrocharse el cinturón de seguridad, y maldecir por los evidentes daños que había sufrido su coche deportivo nuevo, salió del vehículo, asustándose por ver a Vania cubierta de sangre; él llamó a su novia en repetidas ocasiones, tratando de acercarse a ella por la portezuela del pasajero, pero la chica no respondió. El joven cayó en pánico. En vez de preocuparse por la seguridad de la mujer que estaba a punto de casarse con él, a David le asustó pensar que ese accidente podría costarle su contrato laboral con el Frankfurt, por no mencionar una acusación de homicidio involuntario. ¿Qué debía hacer? Sin duda alguna, buscar ayuda era la mejor opción. Desgraciadamente, el teléfono portátil de David se fracturó en el accidente, y el de Vania debía estar en el fondo de su bolsa ensangrentada, así que él tendría que esperar a que algún otro automovilista pasara para poder auxiliarlos. Sin embargo, el temor a ser acusado de homicidio y la pérdida de su carrera pesaron más en el cerebro de David que su propia conciencia, así que, sin pensarlo dos veces, él se dio la media vuelta y salió corriendo lo más rápido que pudo, dejando a Vania sola y desprotegida.

¿Quiénes son, sin embargo, estos dos jóvenes que acaban de accidentarse? Algo se puede intuir ya de lo que se ha narrado, por lo menos, que son una pareja que estaba a punto de casarse, pero es necesario hablar un poco más sobre sus vidas. Ella era Vania S., la estrella pop más exitosa del momento en Europa; hija menor de uno de los mejores futbolistas de Alemania (a quien apodaban "el Káiser"), Vania había crecido con el sueño de ser una famosa cantante, y a sus escasos 19 años ya se había consagrado como una de las mejores actrices juveniles y cantantes de música pop del viejo continente, y comenzaba a tener mucho éxito también en América y Asia. A los 21 años, tras haber obtenido dos discos de oro y uno de platino con su exitosa carrera discográfica, se había comprometido con David R., uno de los más codiciados solteros de la actualidad.

David R., por su parte, era el único hijo heredero de Ian R., un famoso empresario inglés con fama de excéntrico, alguien a quien se puede catalogar como "podrido en dinero", y cuyos métodos empresarios eran fuertemente criticados y juzgados por sus socios (básicamente, Ian R. era acusado de ser una persona cruel y despiadada). David, quien creció rodeado de lujos y riquezas, había decidido rebelarse y no seguir los pasos de su padre para convertirse en uno de los más prometedores jugadores de fútbol sóccer del mundo entero. Lo de "rebelarse" se dice entre comillas porque, aun cuando David hubiese elegido ser ladrón y/o asesino, Ian lo hubiese apoyado de manera incondicional. David y Vania se conocieron en una fiesta organizada por la disquera de ella, y la atracción entre ambos fue casi inmediata. Tras meses de aparecer juntos en fiestas, eventos de alfombra roja, y de acudir Vania a los partidos de fútbol de David, él le propuso matrimonio, y si bien el compromiso entre ambos era algo predecible, mucha gente opinaba que en esa relación, ella no era feliz, aunque los críticos de moda opinaban que pareja más estable no se había visto jamás. Sin embargo, los detractores del compromiso no estaban del todo equivocados; prueba de ello es que David, al creer a su novia muerta, se había marchado tan rápido como pudieron hacerlo sus piernas de futbolista, dejándola sola y abandonada a su suerte.

Sin embargo, Vania no había muerto en el incidente: mucho rato después que David se hubiese marchado, ella despertó, muy confundida. La joven no recordaba qué había sucedido ahí, ni por qué se encontraba en un automóvil que parecía haberse salido de la carretera tras haber estado involucrado en un accidente, ni, más importante aún, por qué se encontraba sola, con sangre escurriéndole a través de una enorme herida que tenía en la frente. De hecho, en esos momentos, Vania no podía recordar ni siquiera su nombre, situación que le produjo terror. ¿Qué demonios estaba sucediendo?

Como pudo, Vania salió del automóvil, tratando de orientarse. Buscó en su memoria, y no encontró ningún dato que le ayudara a definir en dónde se encontraba. Desorientada y obnubilada por el golpe, la joven comenzó a deambular por la carretera, sin saber qué hacer o hacia dónde dirigirse…

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

"Otro día, otro dólar", pensó Benjamín, mientras ponía en marcha el motor de su no tan nuevo automóvil para dirigirse a casa. El joven de cabello castaño oscuro, algo despeinado, y profundos ojos negros, tan llenos de vida, parecía más un profesor universitario que un músico, a pesar que su apariencia física mostraba la edad que él tenía realmente, veintiún años, y que con veintiún años, nadie daba clases en la universidad, como no se fuese superdotado.

Al fin había acabado la fiesta, dada por un conocido suyo, en donde pasó toda la velada tocando el piano. No era ésa la manera en cómo el joven esperaba ganarse la vida, pero los euros que le dio su conocido le alcanzarían para sobrevivir hasta el próximo trabajo. O eso esperaba él. Benjamín W. (o simplemente, Benji, como todos lo conocían), se dijo que había muchas maneras de ganarse la vida, pero sin duda, él había escogido una de las más pesadas. El mundo de la música era difícil, se necesitaba mucho más que talento para brillar, y desgraciadamente a Benjamín aun no le llegaba su golpe de suerte, con todo y que era uno de los más talentosos y brillantes pianistas y compositores de su generación. A pesar de haber sido el mejor de su clase en el conservatorio de música en Nueva York, el joven no tenía contactos de peso en el mundo del espectáculo que le pudieran ayudar, por lo que no era de sorprender que él batallara tanto para conseguir un buen contrato.

Sea como fuere, el muchacho regresaba a su departamento, pensando en que la neblina era cada vez peor; la carretera de por sí era ruinosa, y se encontraba en mal estado en algunos puntos, y la niebla disminuía mucho la visibilidad. Benji bajó la velocidad, por temor a embestir a otro vehículo, poniendo extremo cuidado en el camino, cuando vio que algo se cruzó de repente frente al coche y él frenó con brusquedad, justo a tiempo. Benji se dio cuenta entonces que había estado a punto de arrollar a una muchacha rubia que tenía cara de estar perdida y muy confundida. El joven, creyendo que se trataba de alguna chica alcoholizada, bajó de su carro, pensando en que a las muchachas ebrias no se les debería dejar salir a la calle, solas, o que por lo menos, alguien debería evitar que bebieran tanto si pensaban salir a pasear después.

- ¿Estás idiota o que te pasa?.- vociferó Benji, enojado, increpando a la chica.- ¡Por poco te atropello! Éste no es un buen lugar para andar solo, y mucho menos si has bebido tanto.

La joven le lanzó una mirada vidriosa, y Benji pensó que ella iba a vomitar. La mujer, sin embargo, tambaleó hacia él, extendiendo sus manos, y fue cuando el muchacho notó que el vestido rosa de la chica y su abrigo blanco estaban manchados con sangre.

- Ayúdame.- musitó ella, en voz baja.- Por favor, ayúdame...

- ¿Qué?.- cuestionó él, sorprendiéndose.- ¿Te sientes bien?

- Por favor.- la joven se acercó más.- No sé ni quien soy...

- ¿Cómo que no sabes quién eres?.- insistió Benji.- ¿Es esto una broma? ¡Me parece de muy mal gusto! ¿O piensan asaltarme? ¡Vamos, no tengo mucho dinero de cualquier manera!

La muchacha rubia ya no respondió; ella solo cerró los ojos y se desvaneció, dándole a Benjamín apenas el tiempo suficiente para alcanzar a sostenerla. Él vio entonces la herida que ella tenía en la cabeza, y se preguntó en qué demonios se había metido. La posibilidad de una broma o de un asalto aún no desaparecía de su mente, pero junto con ésta, a Benji se le ocurrió la posibilidad de estar sosteniendo a un fantasma, o bien, a alguien que en verdad necesitaba ayuda.

"Bueno, un fantasma no es", pensó Benji. "Los fantasmas no pesan y no los puedes tocar, hasta donde yo sé".

Tras cargar a la chica entre sus brazos, y analizar que aún brotaba sangre de la herida en la cabeza (la cual era real, muy real), el joven se dio cuenta que ella necesitaba ayuda urgente, y supuso que, quizás, había sido atropellada por algún coche que no la vio con la densa neblina. Benjamín recostó a su extraña aparición en el asiento del copiloto y le ajustó el cinturón de seguridad, para después arrancar el auto. Mientras conducía, él pensaba en qué opción sería la mejor, si llevar a la joven a su departamento o a un hospital; por un lado, era evidente que ella necesitaba atención médica, pero por otro, la neblina era cada vez más espesa y los caminos se hacían menos transitables. Benji cada vez veía menos la carretera, así que decidió evitar que fuesen dos los accidentados, y llevó a la muchacha a su departamento. Una vez que la instalara, él llamaría a su hermano mayor, médico de profesión, para que fuese a revisar a la desconocida, en cuanto el clima se calmara un poco.

Con mucha dificultad, y yendo a una velocidad muy reducida, Benjamín logró llegar al edificio de departamentos en el que vivía. Él sacó a la joven, la cual continuaba aletargada, y la subió hasta su hogar; por fortuna, Aremy estaba esperándolo ahí, quien arqueó mucho las cejas cuando Benjamín apareció con la chica en sus brazos.

Aremy W. era la hermana gemela de Benjamín, y tenía el cabello castaño oscuro y los ojos negros, como él. Cuando ambos retoños iniciaron una vida por su cuenta, decidieron vivir juntos, pero sin estorbarse, y nada mejor para conseguir esto que el coexistir en un mismo edificio de apartamentos: cada quien tenía el suyo para usarlo a su antojo, pero si alguno necesitaba del otro, bastaba con sólo cruzar el pasillo, o subir al siguiente piso; así lo habían hecho a donde quiera que iban. Este arreglo había caído muy bien a los gemelos, quienes podían hacer sus vidas por separado pero sin perder el lazo que tan íntimamente une a los hermanos. Aremy, por tanto, estaba esperando a Benji en el departamento de éste con la cena preparada y lista, para darle un cálido recibimiento en una noche tan fría. Obviamente, al ver a su gemelo llegar con una chica en brazos, su expresión cambió de preocupación a franco desconcierto.

- ¿Con esto te pagaron?.- cuestionó Aremy, de manera burlona.- ¿Desde cuándo dejaron de pagar con euros para pasar al "cuerpomático"?

- Deja de decir tonterías, por favor, y mejor ayúdame.- pidió Benji, entrando a su recámara con la desconocida en brazos.- Voy a acostarla en mi cama.

- ¿Y para eso necesitas ayuda?.- Aremy se rió.- Hermanito, tú mejor que yo debes saber qué se hace en estos casos, con una chica en la cama.

- ¡Ya!.- protestó él, ruborizándose.- Deja de hacerte la tonta y ayúdame.

Aremy, sin dejar de reír, ayudó a su hermano a acostar a la muchacha en la cama, mientras él la observaba fijamente; Aremy se unió al proceso y después de largo rato volteó a ver a su hermano.

- ¿Me vas a decir en dónde la encontraste, o quieres que siga pensando que te la dieron de pago por tus servicios?.- cuestionó la morena.

- Iba caminando sola por la carretera, casi la atropello.- explicó Benji.- No sé si esté ebria o drogada, lo que sí parece ser seguro es que tuvo un accidente, pues estaba muy confundida y se desmayó en mis brazos.

- Pues tonta no es, si te cayó encima.- bromeó Aremy.- ¿Iba completamente sola?

- Sí, lo que me parece de lo más extraño.- asintió Benji.- ¿Qué hacía una chica sola, caminando a plena carretera, a media noche, y más aún, bañada en sangre? Es muy probable que haya tenido un accidente, lo mejor será que la lleve pronto a un hospital o que dé aviso a la comisaría, quizás alguien la está buscando.

- ¿Piensas hacerlo ahora, con esta neblina?.- preguntó Aremy.- No creo que puedas salir ni a la esquina, estaba realmente preocupada porque no creí que pudieras llegar así a casa. No podrás llevarla a un hospital, mucho menos a la comisaría, al menos, no esta noche.

- Tienes razón en eso, pero algo tengo que hacer.- suspiró Benji.- Por lo pronto, voy a dejar que duerma aquí y mañana veremos.

- Quizás su marido la golpeaba y escapó.- murmuró Aremy, en voz baja y mirando fijamente a la joven.

- Ésa es otra posibilidad.- asintió Benjamín, muy sombrío.

- Voy por un poco de agua caliente y algunas gasas para limpiarle esa horrenda herida que tiene en la cabeza.- anunció Aremy, saliendo de la habitación para dirigirse a la cocina.

Ninguno de los hermanos reconoció a la chica que tenían frente a ellos, por un motivo bien sencillo: hacía apenas seis meses que Benjamín y Aremy habían regresado a Alemania, después de pasar cinco años en Nueva York, él estudiando en el conservatorio de música, ella en la universidad para hacer la carrera de psicología. La razón por la que ambos decidieron volver tras terminar sus estudios fue porque ambos son alemanes de nacimiento, y deseaban volver a radicar en su patria. En la época en la que los gemelos estuvieron en América, la chica desmayada, quien era en realidad una superestrella en Europa, aún no había cobrado fama en el nuevo continente, de manera que Benjamín no tenía idea de con quién estaba tratando, más que nada porque el piano y su música ocupaban casi todo su tiempo libre. Aremy, por el contrario, podría haberse enterado ya de quién era la muchacha, tras permanecer seis meses viviendo en Alemania, pero la joven, con la ropa hecha jirones y llena de sangre, el cabello sucio y la herida en la frente, no se parecía ni remotamente a la chica glamorosa que pisaba los escenarios. Así pues, ni Aremy ni Benjamín sabían que estaban tratando con una famosa cantante; quizás, de haberlo sabido, los jóvenes habrían actuado de otra forma, pero el destino tiene su manera de hacer las cosas.

Después de un buen rato, Aremy trajo agua caliente, gasas, algunas vendas, y un frasquito que contenía un líquido café y que era antiséptico. Ella y Benjamín lavaron concienzudamente los raspones menores que la joven tenía en su cuerpo, así como también limpiaron y arreglaron lo mejor que pudieron la herida que la rubia tenía en la cabeza. No era de sorprender que los hermanos supieran qué hacer, puesto que su madre era médica, su hermana mayor era enfermera, y su otro hermano era también doctor.

- Me temo que esa herida necesitará suturarse.- Aremy examinó la cabeza de la chica.- Pero para eso, tendremos que llamarle a Jazmín, o esperar a que Dai regrese.

- Creo que será mejor llamarle a Daisuke.- respondió Benji, mirando fijamente a la desconocida.- Ya que no puedo llevarla al hospital, me gustaría que él le hiciera un chequeo completo.

- ¿Ya regresó de su luna de miel?.- preguntó Aremy, colocando un parche sobre la herida.

- Se supone que regresó ayer.- replicó el joven, quien continuaba mirando con mucha insistencia a la desconocida.- O eso fue lo que dijo la última vez que hablé con él, que llegaría el viernes. Le llamaré a mañana, a él y a Jazmín, y ya veremos quién de los dos responde primero.

- ¿Qué tanto la miras?.- cortó Aremy, entonces.- No creo que la puedas hacer despertar a base de miradas, a menos que ya tengas vista de rayos X y pretendas hacerle una radiografía tú mismo. De otro modo, no me explico tanto interés.

- Es sólo que.- Benjamín se ruborizó.- Estaba pensando en lo hermosa que es.

- Ya, ya.- bufó Aremy, recogiendo las gasas y vendas restantes.- Cálmate, príncipe azul, espérate a que la chica despierte primero, antes de pedirle que sea tu esposa.

- No tienes por qué exagerar.- Benji enrojeció más aún y le lanzó un cojín a su gemela.- Sólo estaba dando una opinión. Ni siquiera sé quién es.

- Sí, como sea.- ella suspiró.- Ahora, haz el favor de salir un momento para cambiarle la ropa. Va a ser muy incómodo para ella el pasar la noche con ese vestido tan delgado.

Benjamín obedeció, y Aremy le quitó la ropa manchada y desgarrada a la chica, poniéndole una de sus propias pijamas, para después acomodarla bien bajo las sábanas. La desconocida lanzó dos o tres quejidos en el proceso, dando a entender que, al menos, seguía con vida. Una vez instalada, Benji volvió a entrar a la habitación, sonriéndole a su hermana a manera de agradecimiento.

- ¿Quieres que me quede contigo esta noche?.- preguntó Aremy, risueña.- ¿O prefieres cobrarte desde ahorita tus servicios con la chica?

- Deja de hacer esas bromas estúpidas.- gruñó Benji, enrojeciendo otra vez.- No me causan gracia.

- A mí, sí.- replicó su hermana, riéndose a carcajadas.- Ya, en serio. ¿Necesitas mi ayuda esta noche?

- Creo que ya has hecho bastante.- negó Benjamín.- Espero poder arreglármelas solo, por hoy. De cualquier forma, si te necesito, sólo tengo que cruzar el pasillo.

- Por supuesto.- Aremy le dio un beso en la mejilla a su hermano.- La cena está sobre la mesa, sólo necesitas comértela. Vendré temprano para ver cómo sigue todo. Cualquier cosa que necesites durante la noche, llámame y vendré.

Benjamín abrazó a su hermana y la acompañó hasta la puerta, lamentando no poder llevarla hasta su departamento para no dejar sola a su invitada. Al regresar, él encontró a la chica profundamente dormida, y respirando de una manera suave y acompasada.

"¿Quién eres?", pensó Benji, mirándola. "Y más importante aún: ¿qué rayos hacías sola, a medianoche, por esa carretera tan peligrosa?".

Las respuestas a esas preguntas tendrían que esperar, por lo menos, hasta la mañana siguiente.

Notas:

Stella es una historia que comencé a escribir en el año 2007, y que, primero por tiempo y después por falta de inspiración, dejé olvidada en un rincón.