Para: neon_letters en LJ, por su cumpleaños.

La espada rota

La niña la encontró en el centro mismo del cuarto de cacharros. El herrero, como llamaban a su abuelo, guardaba todo lo que llegaba a sus manos y era hecho de metal, en ese lugar. Aunque pudo ver que era preciosa, ligera en sus manos y con una exquisito filo muy liso, con ornamento hacia la empuñadura sobria; también se percató de que estaba rota hacia la mitad y que era del color broncíneo que el herrero le había pedido que buscara. Necesitaba más metal para fundir, con el fin de hacer los adornos en los escudos que debía entregar al ejército.

Así que la tiró en la carretilla que ya tenía un aro resquebrajado de bicicleta, varias jarras, un arco para cuadros y un viejo péndulo de reloj.

―¿Es suficiente? ―preguntó la niña de nueve años, viendo alrededor.

―Esperemos, tengo hambre… ―le respondió su hermano mayor.

―Desde que estamos aquí, siempre tienes hambre.

El chiquillo de once años se sonrojó, pero calló a su hermana y la instó a que tomara una agarradera para él hacerse cargo de la otra. Entre los dos llevaron la carretilla hacia donde estaba el herrero.

A más se acercaban, más sentían el calor del horno saludar con ahínco su piel. El sonido de los golpes constantes al fondo, y el siseo recurrente del agua evaporándose en un segundo cuando el metal la quemaba.

Fueron hacia el otro lado del lugar, y dejaron la carretilla en silencio.

Llevaban casi medio año a los cuidados del herrero, desde que su padrastro murió y su madre tuvo que "esparcir" a algunos de los hijos para evitarles la pobreza.

Los dos chiquillos aún no habían aprendido a convivir con el herrero. Era muy callado, y sus pobladas cejas canas daban la sensación de que siempre tenía el ceño fruncido. Además, sus sonrisas casi nunca traspasaban su espesa barba y, aunque era bueno con ellos, les tenía paciencia, jamás les alzaba la voz y menos les pegaba, y se preocupaba de buena fe por su bienestar, aún no lograban perderle totalmente el miedo. Era el hombre más alto y corpulento del mundo para ellos, y por la facilidad que sus golpes moldeaban cualquier cosa de metal, se imaginaban que también el más fuerte.

Como su padre había muerto antes de que ninguno de los dos pudiera recordarlo realmente, nunca oyeron historias de él sobre el herrero; y su madre estaba muy ocupada con los niños menores, la casa y cuanta cosa hiciera para las vecinas y conseguir un sustento, que tampoco les habló mucho de su padre, menos de su abuelo.

Así que, cuando él fue a por ellos poco después de que su padrastro muriera, ni siquiera sabían que tenían un abuelo paterno. Por eso le seguían diciendo herrero, como todos en el pueblo hacían y, por eso, aún no tenían el conocimiento natural que muchos niños adquieren para saber "leer" a los adultos a su cargo y, menos, la picardía de usar su conocimiento para manejarlos... El herrero era para ellos, el casi gigante que apareció de la nada y los arrancó de la casa materna. No era malo, solo que no era a quién querían.

Así que se quedaron junto a la carretilla, en espera de que él les dijera qué hacer y si habían hecho bien en su anterior tarea.

El herrero terminó de hacer la herradura de emergencia, y se la pasó a su aprendiz para que la llevara al viajero que la necesitaba. Luego, sus ojos se posaron en los niños y estos se sintieron compelidos a hablar.

―Trajimos lo que encontramos…

―No todo, lo de color bronce.

―Sí, lo de color bronce, aunque hay más.

―Por si acaso necesita más…

―Pero no creo, aunque podemos regresar ―terminó el chico, encogiéndose de hombros.

―Vamos a ver si es suficiente ―dijo el herrero, y se acercó a ellos para sacar las cosas que estaban en la carreta.

El olor a sudor les llegó fuerte a sus narices, como ese calor que el herrero siempre irradiaba cuando había estado mucho tiempo cerca del horno.

Todo lo miró de soslayo antes de decidir si servía o no. Sin embargo, cuando llegó a la espada, la tomó en sus manos y la contempló por mucho más tiempo. Los niños pudieron ver que sus ojos brillaban y, luego, cuando la posó en ellos dos… Por primera vez, se dieron cuenta sin dificultad que los miraba con suavidad, y que lo seguía haciendo por más que su voz salió ronca y con tono brusco.

―¡Vayan a jugar con los vecinos, pues!

Y los niños lo hicieron. Aunque les agradaba poder ir a jugar, sintieron que el favor era para el herrero. Él quería estar solo.

-o-

A la mañana siguiente, el herrero llegó tarde a desayunar. Los niños habían terminado su pan con jalea y leche. No se habían levantado aún por respeto al ausente. Y cuando llegó, se dieron cuenta que estaba muy diferente. Casi siempre olía a jabón, se le veía más la boca porque se cortaba un poco de la barba y hablaba un poco más. Las mañanas eran su mejor momento del día. Pero en esa, parecía más cansado, hablaba menos y estaba gruñón.

Les dijo a los niños que estuvieran en casa, que no los necesitaba en la herrería, pero que no quería que estuvieran todo el día con los vecinos. Luego, se fue.

La vieja sirvienta, una solterona que vivía con el herrero desde hacía mucho, miró a los chicos y le preguntó, más curiosa que enojada.

―¡Pero qué le hicieron al herrero ustedes dos!

Los agraviados abrieron en seguida la boca, proclamando su inocencia y contando la historia de la espada al mismo tiempo. La vieja, que era de esas personas que pueden sacar en limpio lo que dicen dos niños a la vez, entendió qué pasaba.

―¿Una espada de bronce dicen?

Los dos asintieron.

La mujer asintió, y vieron en ella algo que avivó mucho su curiosidad. Los dos la presionaron a preguntas hasta que la mujer subió sus brazos y exclamó:

―¡Está bien, está bien! ―Los niños se quedaron en silencio, pero sus miradas ávidas eran igual de insistentes. Ella volvió a hablar, pero con un tono inseguro― Debe ser la espada que el ejército le dio… Cuando, ya saben… No podían darle el cuerpo, porque era de su madre, pero le dieron la espada al herrero.

―¿Hablas de papá?

―¿Conociste a papá?

La buena mujer suavizó la expresión y se sentó a la mesa.

―Lo conocí más o menos cuando tenía su edad. Conocí también a su tía, que en paz descanse… Y a su abuela, una mujer tan alegre como el herrero es callado, que en paz descanse también.

La niña bajó la mirada, apesadumbrada… ¡Tantos familiares muertos, que ni sabía que tenía! El muchachillo, sin embargo, estaba curioso.

―¿No tenemos más familiares?

―No que yo sepa ―dijo la mujer, encogiéndose de hombros. Luego, les tomó la mano de cada uno entre las suyas, y comentó con voz más dulce―. Por eso, el herrero estaba tan entusiasmado de poder traérselos con él. Cuando su padre murió, él le pidió a su madre que se viniera para acá, pero ella declinó la oferta y, poco después, se casó de nuevo con un hombre que no quería que el herrero supiera nada de ustedes… ―dio un suspiro, y cambió el tema como si se diera cuenta de que de nada servía que le contara esas cosas a los niños― Cuando le trajeron la espada rota, el herrero montó en cólera y llanto, y la tiró en el cuarto de los cacharros.

―¿Por qué, si era de papá? ―preguntó el niño.

―Porque el herrero nunca quiso que su hijo se fuera a la guerra, pero el chiquillo había crecido entre escudos y espadas, entre flechas y arcos y lanzas… Y según decía el comandante del pueblo, tenía talento para la… la… ―frunció el ceño, como si no encontrara la palabra o no la conociera― Para pelear con la espada. Hubo una gran pelea cuando su padre supo que se enlistó, y el joven salió de casa hecho una furia… Nunca más volvió.

Los niños se habían sentado en el suelo de madera, oyendo la historia, muy interesados. La mujer se dio un momento para secarse las lágrimas de sus ojos, y siguió:

―Así que, cuando llegó la espada que él mismo había forjado para el ejército, se enojó para no llorar, y la tiró. La señora lloró por los dos, pero logró volver a ser casi la misma, y eso ayudó mucho al herrero. La señora lograba alegrarlo y hacerlo feliz si ella estaba de buen humor. Pero, pocos años después, la niña murió en su primer parto, junto al bebé… ¡Ay Dios, la casa se puso tan gris! La señora no se pudo recuperar, y creo que eso fue lo que se la llevó hace dos años… Pobrecito el herrero ―se sorbió la nariz la vieja, y apretó las manos de ellos― Pero ahora, veo que la vida ha vuelto a él cuando los trajo a ustedes a esta casa, el color ha vuelto a la vida. No se preocupen por el herrero, ya se le pasará el mal humor.

Los niños se miraron entre sí mientras la mujer se levantaba para ir a hacer sus labores.

―¿Te parece? ―dijo finalmente la niña― Porque a mí me parece que este lugar es muy triste desde que llegamos.

El chiquillo se encogió de hombros, pero de repente tomó una decisión y se puso en pie.

―Vamos a la herrería.

―Pero el herrero…

―El herrero está de malas porque está solo ―se apuró a decir el niño― Además, prefiero estar ahí a estar en la casa, ayudando a limpiar.

La niña no estaba tan segura, de que le desagradaba limpiar sí, pero no de que el herrero quisiera compañía. Aún así, siguió a su hermano, porque desde que llegaron ahí, no solían despegarse el uno del otro.

-o-

El herrero solo los miró cuando entraron, y no les preguntó nada. Siguió fundiendo metal, y le dijo al aprendiz que si no había algo en que sus nietos pudieran ayudar. Pronto, les encontraron algunas pequeñas misiones, y cuando el herrero salió junto a ellos a almorzar, se veía de mejor humor y contestó más a los chismes que la señora había recopilado cuando fue a lavar ropa.

A la mañana siguiente, los niños se sorprendieron de que el herrero les dijera que fueran con él a la herrería. Era el día libre tanto del aprendiz como de él, y solo encendía el horno si llegaba algún encargo de urgencia y lo hacía a regañadientes. Pero esa vez, estaba más comunicativo que nunca, y mientras hacía las cosas, les explicaba cómo hacerlo, para qué servía y como se llamaban algunos objetos o actividades. Los niños le ponían mucha atención, no tanto porque les interesara el tema, sino porque nunca antes el herrero les había hablado tanto y con esa templanza.

―… Tráeme la espada ―terminó de hablar, tomando desprevenido al niño a quién se lo decía.

Ya habían dado unos pasos atrás, pues el herrero estaba fundiendo un poco de metal en el horno, y les había pedido espacio. Al ver que le tendía la mano, esperando por la espada, los niños se apresuraron a dársela. Él la tomó, la puso en la yunta y, luego, sacó el poco de metal derretido. Los niños vieron su barba iluminada de naranja por el fuego y, luego, el metal líquido.

―Ahora, voy a chorrear en la grieta de la espada… Estén lejos.

Aunque los niños ya lo estaban, dieron un par de pasos hasta dar con la pared. Vieron como el herrero chorreaba hacia la espada, con esmero y cuidado y solo un poco del metal. Luego, puso el cucharón en un lado, dejó que el horno dejara de enviar ráfagas de aire al fuego, y fue hacia ellos mientras se quitaba los guantes.

―Vamos al río mientras se enfría.

Y los nietos brincaron y rieron de alegría. Casi nunca salían a pasear.

-o-

El herrero había hecho unos emparedados para llevar, mientras los niños buscaban una muda de ropa y la tela para secarse. Ya allí se encontraron a unos vecinos que se bañaban mientras sus madres lavaban la ropa. Pronto, empezaron las diversiones entre los pequeños, mientras el herrero se sentaba en una piedra plana a mirarlos hacer o pedirles cuidado en algunos momentos. La niña regresó con un tesoro de flores que el herrero cuidó, y el pequeño se hizo de un caracol y varias piedras de las cuales supo más cuando el herrero le habló sobre ellas.

Regresaron tarde, justo para cenar y hablar mucho con la vieja sirvienta, a la que nunca habían visto sonreír tanto. Dejaron lo de la espada para el día siguiente.

Aunque ese día volvía el aprendiz, el herrero no le pidió a él ayuda, y les dio pequeños mazos a los niños.

―¡Vamos, golpeen! ―les instó cuando ellos no hacían algo, como si no creyeran que estaban teniendo tamaño honor.

Los dos empezaron a golpear, y el herrero se sonrió tanto que traslució por fuera de su barba. Luego, él tomó la espada y realmente la empezó a modelar. Cuando finalmente estaba suficientemente lisa, la llevó hacia la lija, y ya ahí, se sentó a alisarla del todo.

―… ¿Sabían que su abuela me dibujó este ornamento? ―les dijo de repente, enseñándoles el pequeño relieve hacia la empuñadura de la espada.

―No ―respondió la niña, con tono de que era una pregunta tonta. El herrero nunca les hablaba de la abuela, del papá y de la tía que hacía tan poco supieron que tuvieron.

―Pues sí. Tenía gran talento para el cincel, y ella siempre me hacía estos trabajos más finos… ―respondió el herrero.

―Dice la vieja ―porque así la llamaba el herrero, y los niños se habían acostumbrado también a nombrarla de esa manera― que la abuela era tan alegre como usted es callado.

El herrero profirió una carcajada muda que se dejó ver en los movimientos de su torso. Los niños sonrieron mucho. ¡Era la primera vez que reía!

―Sí, y hablaba por los dos.

―¿De qué tipo de alegre era? ―preguntó de nuevo el niño, que era el más curioso de los dos.

―¿Acaso hay diferentes tipos de alegres?

El pequeño se encogió de hombros, sonrojándose. Él solo quería saber más de la abuela, pero no lo dijo. Sin embargo, el herrero, viendo muy ensimismado la espada, le respondió.

―De esa clase que cuando comenta, parece que inventa bromas… Y de las que se ríen con cualquier cosa, y les gusta cantar aunque desafinaba y gritaba cuando lo hacía.

El niño quiso preguntarle más, pero la voz del herrero se había hecho más grave hacia el final, y prefirió mantenerse en silencio. Era como si fuera muy callado porque si hablaba demás, o de ciertos temas, la garganta le empezaba a doler…

―¡Ya sé! ―gritó de repente la niña, y salió corriendo hacia el cuarto de cacharros.

La oyeron mover cosas ahí, y cuando volvió fue con una base de metal en las manos, herrumbrosa pero de buen ver.

―¡La podemos poner aquí cuando esté terminada, para colgarla en la pared de la casa! ―exclamó, sonriente.

El niño aplaudió la idea, y el herrero les pidió que la limpiaran. Ellos ya sabían cómo hacerlo, y pusieron mucha energía en ello.

Esa noche, antes de cenar, el herrero clavó la base en la pared de la sala y la espada por arriba de ella. Se quedó en silencio viéndola, hasta que el niño preguntó:

―¿Le vas a poner una placa abajo, con el nombre de papá?

El herrero asintió, y la niña le tomó la mano para ir a cenar.