Espero que os guste este pequeño relato y que me digáis al final que os ha parecido. ¡Que disfrutéis!


Hasta entonces siempre había sido feliz. Tenía a una mujer preciosa, una hija igual y una vida ya construida y asentada. Respecto al trabajo, siempre he opinado que una persona debe dedicarse a lo que realmente le gusta y satisfacer sus deseos, que siempre se pueden hacer realidad. El problema en esto, es que aunque seas feliz haciéndolo, no siempre vale la pena, puesto que actualmente hay una cosa que, desgraciadamente, está por encima de todo: el dinero.

Por esta razón, los caudales no eran nuestro fuerte, simplemente teníamos los suficientes. Como ya he dicho, había sido feliz, hasta entonces.

Años para construir una vida y segundos para perderla.

Todo pasó una tarde de agosto. Una bonita tarde de agosto. La luz se filtraba dulcemente por la ventana con la mayor de las purezas. Una suave brisa recorría el entorno para amortiguar la pesada caída del sol. Una bonita tarde.

En ese momento yo y mi esposa mirábamos como jugaba la niña con las muñecas. Éramos felices.

-Papá, ¿hoy iremos al parque? –me preguntó Carolina con ojos de cachorro degollado.

-Claro, como tu quieras –respondí abrazando a mi mujer por detrás-, pero solo si mamá quiere.

-Por supuesto que sí, cariño.

Entonces Carolina volvió con las muñecas, mientras yo, sentado en el sofá, recostaba a mi esposa sobre mi pecho. Ella giró la cabeza y me miró. Una mirada del amor más profundo que puede haber en el alma de una persona, de respeto. Yo le respondí con la misma mirada. Y así nos quedamos unos segundos, demostrando nuestro mutuo amor de la manera más bonita que puede existir. Sin ningún contacto físico, pero con las almas enlazadas, formando la mayor de las armonías.

Y así, mirándonos, sucedió. Una avalancha de fuego entró por la ventana sin ningún reparo, llevándose consigo todo a su paso. La preciosa mirada de ojos zarcos, se convirtió en el más absoluto terror, el miedo a la muerte. No pude hacer otra cosa que cerrar los ojos y dejar que las lágrimas fluyeran sobre mi rostro. Muchos dicen que el hombre es fuerte, que nunca llora. Yo lo único que tengo que decir al respecto es que las lágrimas no son otra cosa que sentimientos, y por más, los hombres somos seres vivos, y los tenemos. Y yo lloré, lloré por mi mujer, por mi hija, por aquella vida que ya nunca volvería y que perdía ante mis ojos. Lloré por mí. El fuerte estallido que siguió fue el llanto de todo lo perdido. La señal de que la muerte había llegado, y que se cernía sobre nosotros.

Y aquel día, aquel precioso día, desapareció. La luz de la ventana se convirtió en ceniza negra que todo lo invadía. La brisa se convirtió en llamas que continuaban extendiéndose, corroyendo todo a la vista, destruyendo recuerdos... destruyendo vidas.

Pese aquellas pesadas nubes que se esparcían sobre mis ojos, pude abrirlos. Las llamas seguían allí y poco quedaba para que nos sepultara en el olvido. Rápidamente me levanté y miré a mi mujer. Si alguien me hubiera dicho que no era ella le hubiera creído. Sus ropas estaban rotas y dejaban ver que la piel que yo tantas veces había rozado, ya no estaba. En su lugar había una piel negruzca llena de quemaduras y en algunos lugares, ni siquiera quedaba. Un miedo me invadió el cuerpo hasta las mismísimas entrañas. Le cogí la cabeza y la puse sobre mi regazo, intentando que despertara, y un grito espantoso, casi inhumano, salió de mi interior.

-Beatriz, Beatriz por favor despierta. ¡Beatriz!

Y así seguí, repitiendo su nombre una y otra vez, hasta que se me fue apagando la voz poco a poco. Pero no, todavía tenía algo en lo que pensar, alguien que me necesitaba.

-Carolina –susurré de repente levantándome.

A tientas conseguí llegar al lugar donde hacía minutos había estado jugando con las muñecas, donde hacía minutos me había pedido ir al parque, donde hacía minutos vivía.

Yacía en el suelo, tumbada de espaldas al suceso. Probablemente no había visto lo que se avenía sobre nosotros cuando murió. Una muerte rápida. La giré y vi aquellos ojos, réplicas de su madre, con la mirada perdida. Una mirada de pura inocencia.

Tenía que salir de allí o las llamas terminarían hundiendo a mí también. Pero, para qué. No tenía razón para vivir, todas se habían acabado. ¿Por qué no correr la misma suerte que mi esposa y mi hija y acabar con todo? Y en algún caso podría reunirme con ellas en algún lugar, si es que lo hay y no se acaba todo.

Llamadme cobarde, pero no era capaz, no podía quedarme allí viendo como todo desaparecía a mi alrededor, y viendo como desaparecía yo. Ya había perdido muchas cosas en la vida, ¿para qué perder una más? La vida me parecía demasiado valiosa como para dejarla escapar tan fácilmente.

Al menos necesitaba saber qué había sido lo que me había arrebatado a lo que más quería en el mundo, a Beatriz y a Carolina. Pero no podía dejarlas allí, aunque tampoco me podía llevar a las dos.

Y muy a mi pesar por no requerir de tanta fuerza en esos momentos para las dos, cogí a Carolina en brazos y salí del piso. Allí pocas llamas quedaban puesto que era un patio interior. Aunque eso no significaba que se hubiera librado de la desgracia. Las paredes estaban quemadas, algunas incluso destruidas y no fue tarea fácil bajar por las escaleras, porque, además de que era un quinto, las escaleras eran de madera.

Entre resbalones y hundiéndome a cada paso que daba pude llegar sano y salvo a la planta baja. En ese momento se me ocurrió pensar en las autoridades, en los bomberos, en la policía. ¿Ninguno había acudido ante aquel desastre? Y si lo había echo, ¿por qué no ayudaban?

Pero claro, ¿por qué iban a acudir? Estaban tan ocupados con su poder y su ambición de más, que aquel asunto no tenía importancia.

Quitándome aquel tema de la cabeza -porque si no tienes algo bueno que decir es mejor quedarse callado- salí del edificio. Fuera, una gran multitud se había congregado delante para observar aquel espectáculo. Cuando me vieron salir por la puerta, todos comenzaron a aplaudir, a vitorear y a hablar. Pero ninguno se acercaba a preguntar como estaba, a ayudarme o, incluso a consolarme. Nadie. Y allí me quedé, mirando a la gente sin dar un solo paso. Mirándolos con desprecio.


Como ya he dicho espero que os haya gustado.

Por cierto, no sé si tendrá continuación o no. Eso todavía está por decidir.