Buenas tardes, gente! Saludos desde la climáticamente alocada ciudad de Mérida, Yucatán, México! Bueno, aquí les dejo el tercer capítulo de esta historia, la cual explicaré más o menos el origen de los hombres lobos retomando el mito griego de Licaón :-) y agregándole algunas cositas por ahí. Ojalá les guste.

¡Un abrazo!

EuRiv.


III.

Orígenes de dos razas en guerra.

Estudiar lo que más me gusta en la Universidad siempre ha sido el mayor sueño que he tenido desde niño. Estudiar y conocer a otra gente fuera del círculo en el que me desenvolvía socialmente han sido hasta ahora las metas que he realizado con éxito gracias a que he crecido en medio de un ambiente social tan vibrante como el que se respiraba en Budapest, Hungría, mi hogar.

Si bien disfruto mucho de la compañía de varias personas de mi clase de Historia Americana, siempre opto por conocer a más personas que estudian las otras Ciencias Sociales, especialmente aquellas que estudian Literatura Latinoamericana, cuyas materias las hallo más interesantes que las mías. Afortunadamente he conocido a varios de esa carrera desde el primer día, pero había una persona en particular con la que me gusta compartir ideas y charlar sobre cosas un tanto triviales más a fondo: Lucas D'Arante, un estudiante ítalo-mexicoamericano de Literatura.

La historia de este chico es realmente una historia triste, pero no vergonzosa; tal vez para él sea vergonzoso el hecho de ser una víctima del bullying a largo plazo, pero para mí, Caleb Corvinus, no lo es. La razón de esa postura un tanto extraña es mi admiración por el valor con el que Lucas enfrentó a sus agresores sin llegar a bajar su nivel de ser humano.

¿Por qué admirar a alguien que no podía defenderse ni aunque quisiera? ¿Por qué admirar a alguien cuya madre le suplicaba encarecidamente que no se dejara llevar por las agresiones que sufría día a día por las cuestiones de raza, condición social y hasta de su gusto por algunas cosas que a nadie le importa? Porque él, muy a pesar de sus numerosas tentativas de suicidio, no se rindió, no permitió que ellos ganaran.

No le dio a nadie el gusto de verle llorar, de verle sufrir en silencio, de darle la importancia al hecho de ser humillado y, sobre todo, de no rebajarse a su nivel, el cual era más parecido al de un grupo de verduleras vulgares de los mercados barriales que a los de individuos de la clase media alta.

No, Lucas no hizo nada de eso, y aunque aquella actitud era propia de un individuo débil, en realidad fue la actitud de un hombre fuerte y pensante, de un hombre precavido que puede esperar pacientemente la hora de su venganza.

Un ejemplo de ello fue cuando se enfrentó a esa odiosa chica de nombre Marine Walker en el mero primer día de clases: El tipo estaba más que disgustado con su presencia y con justa razón y la mujer, toda descarada, le dice que jamás en su vida había pensado que él se tomara en serio todas las humillaciones que le había infringido junto con ese tal Jake Thorn y sus amiguitos idiotas.

En mi opinión, esa clase de respuesta solamente demuestra que los ricos son mil veces más ignorantes que los pobres en todos los ámbitos. Ningún individuo en su sano juicio diría semejante argumento con total descaro a menos que lo dijera por accidente, pero en el caso de Marine, la cuestión del accidente no aplicaba para nada.

No obstante, ese era solo uno de los dos aspectos que han despertado mi interés y mi curiosidad en Lucas. El otro aspecto era mucho más extraordinario y tal vez hasta confuso.

Ese aspecto era su olor.

Lucas parece un ser humano normal; podrá ser un chico solitario que recientemente ha abandonado la adolescencia tormentosa de Colorado Springs para enfocarse en su vida adulta de Denver, pero su olor me decía todo lo contrario.

- ¡Hey, Lucas! – le saludé al verle sentado debajo de un árbol a lado de un chico moreno de cabellos negros y de complexión robusta.

- ¡Hey, Caleb! – me devolvió el saludo mientras me daba un apretón de manos – Chullo, él es mi amigo Caleb, de la licenciatura en Historia Americana. Caleb, él es Chullo, mi primo y estudiante de Antropología.

- Mucho gusto – me dijo el aludido con una sonrisa mientras me ofrecía la mano.

No obstante, al darle la mano, percibí el mismo olor que había sentido en Lucas, solo que esta vez esa esencia provenía de Chullo. Aquello me dejó demasiado desconcertado, ya que nunca antes me había sucedido esta clase de situaciones.

Algo aquí con cuadraba con esos dos.

- Igualmente – repliqué enseguida para evitar algún momento bochornoso-. Oigan, ¿tienen planes para esta noche?

- No- respondió Lucas-… Bueno, al menos yo no.

- Yo no tengo nada qué hacer – añadió Chullo -, al menos no después de las 9. ¿Por qué?

- ¡Perfecto! - exclamé con una sonrisa – Entonces no les molestaría darse una vuelta por el departamento 35 del edificio estudiantil. Una amiga mía va a dar un reventón de bienvenida en ese departamento y me pidió que pasara la voz entre mis amistades.

- ¡Órale, mano, suena chingón! ¡Cuenta con nuestra presencia!, ¿verdad, Lucas?

- Bueno… Pues sí, cuenta con nuestra presencia – respondió Lucas.

- ¡Excelente! – exclamé muy feliz – Entonces nos veremos en el departamento 35 del edificio estudiantil a las 10 de la noche, ¿vale?

- ¡Vale pues! – me replicó Chullo.

- Je, nos vemos entonces, chicos.

Al despedirme de ellos, me encaminé hacia el edificio estudiantil, en donde me hospedo junto Drake Evans, mi pareja sentimental. Durante el camino hacia allá, empecé a sacar mis dudas respecto a ambos primos.

Como había dicho antes, había un aspecto que no cuadraba bien en esos dos. Mi instinto me decía que ambos no eran seres humanos normales, puesto que un ser humano normal no tendría una esencia a lobo.

Un olor idéntico al mío, un Loup Garou para ser más exacto.

Je, explicar cómo está eso de que soy un hombre lobo es en sí demasiado complicado. Los Loup Garou somos hombres lobo, pero no somos asesinos de personas. Somos los que el folklore medieval llama "los hombres lobo bendecidos", aunque lamentablemente hayamos sido eclipsados por los Vrikolakas, los hombres lobo tradicionales y enemigos mortales nuestros hasta ahora.

La historia de ambas razas inicia desde la Antigua Grecia con Licaón, el primer Vrikolakas. La mitología griega nos menciona que Licaón era un fanático religioso que realizaba sacrificios humanos de manera aberrante junto con sus hijos, llegando al punto de enfurecer a Zeus, el padre de los dioses, y ganándose su metamorfosis como hombre lobo.

La realidad era que Licaón y sus hijos fueron seres humanos muy despiadados; la familia Licaónica, como se les conocía, era famosa por su soberbia y su desprecio a todo lo que implicaba la vida misma. Gustaban de ver el sufrimiento de su pueblo, el cual les temía por la cantidad de horrorosos banquetes en donde se ofrecía la carne de hombres, mujeres y niños así como su enferma fascinación por ver morir a las personas. Se rodeaban de asesinos, de ladrones y embusteros, por lo que no era extraño que su ejército estuviera compuesto de lo más asqueroso de la sociedad.

No obstante, su crueldad dejó de tener límites cuando intentó asesinar a su hijo menor, Níctimo, para luego devorárselo debido a que él era el único que se oponía férreamente a llevar a cabo los espantosos crímenes que asolaban la región griega de Arcadia.

Afortunadamente, Níctimo logró escapar gracias a la ayuda de Peleo, su mejor amigo y uno de los generales de Licaón, en conjunto con varias de sus víctimas. Licaón, enfurecido por la acción de Peleo, se lanzó en su persecución por toda Grecia; empero, estando en el bosque cercano a Esparta, logró darles alcance. Níctimo fue el primero en morir, siendo descuartizado por sus hermanos y servido como banquete a sus huestes; al llegar el turno de Peleo, éste invocó a Dios para que, si tuviera que morir, lo acogiera en su Reino y rogaba por las vidas de todos los que murieron en manos de los Licaónidas.

Lo que sucedió fue que en medio de los soldados del rey surgió una Pitonisa, Calíope de Esparta, quien se interpuso entre Peleo y Licaón, y le maldijo por todos los crímenes que él y su familia han cometido. El rey de Arcadia se rió de la joven y se dispuso a matarle, pero un lobo negro que había salido de los arbustos le atacó y le mordió el cuello.

Mi abuelo me contó que al instante en que el lobo negro le atacó, Licaón empezó a transformarse mientras que Calíope le explicaba que su alma y la de su familia ya estaban condenadas por el Lobo Negro de Dios, y que su condena sería el sufrir el dolor de convertirse en hombres lobo cada noche y la insaciedad de su sed de sangre, convirtiéndose en la más espantosa de las plagas conocidas por el hombre.

Convertido en lobo, Licaón asesinó a todos sus hijos y a su ejército, enceguecido por el miedo, la rabia y el dolor. En cuanto a Peleo, Licaón solamente pudo rasguñarle el brazo; aquél rasguño originó que Peleo se convirtiera también en un hombre lobo, dada la diferencia de que él defendió con todo a Calíope.

Tras la lucha, Licaón huyó al bosque muy malherido mientras que Peleo se transformaba nuevamente en ser humano. Asustado, lloró debido a que él se convertiría en un asesino al igual que Licaón, pero Calíope le explicó que su caso era muy distinto, ya que al defenderle había revertido la maldición.

Por lo tanto, él podría transformarse a voluntad durante el día y la noche, podría consumir los alimentos que consumen los humanos sin preocupación alguna, podría identificar el olor de toda clase de seres vivos, pero de manera especial podría detectar a un Vrikolakas a varios metros, así como otras habilidades que nos diferencian de nuestros enemigos mortales.

Así, Peleo, sabiendo que Licaón podría infectar a más personas y convertirlas en los seres más despiadados que uno se pudiera imaginar, convirtió a un grupo de amigos y subordinados suyos en hombres lobo, y se enfrentó a él en más de una ocasión, surgiendo así la eterna guerra entre ambas razas.

Una guerra que se mantiene hasta nuestros días, aún cuando esa guerra esté en su momento en una pausa muy tensa.