« Mine. Copia, plagia, todo eso... Y amanecerás bajo el agua. He dicho.

« Fandom. The Madness.

« Pairing. Tom/Anne » Tonne.

« Music. Broken + Lifehouse. I will follow you into the dark + Death Cab For Cutie.

« Mayday, mayday. Para Ellie porque ella me lo pidió, me dio el prompt, ella me ama, yo la amo y eso. Me gusta hacer sufrir a mi hijo Porque me gusta el angst, that's it. Gracias (a medias) a Annie por betear el coso. Ojalá le gusta a mi Elissa. Enjoy.


Vuelve

«pero yo sé quién es quién

detrás de ese telón de incertidumbre

sé dónde está el abismo

sé dónde no está Dios

sé dónde está la muerte

sé dónde no estás tú»

Mario Benedetti.


Hace frío (cree que es necesario recalcar eso en su propia mente porque en serio, siente que incluso se le congela el trasero). El abuelo siempre lo ha llamado nena porque cuando hablamos de frío, a Tom no se le puede llamar de otra forma; si tan sólo lo vieras cuando sale de casa, con el viento helado haciendo que la piel de su nariz y mejillas enrojezca violentamente. Nadie lo había llamado Rudolph hasta que Anne se partió de risa cuando lo vio por primera vez así, claro que eso fue cuando por fin se hicieron novios y cambió también el nena por aquel estúpido apodo. Rueda los ojos mientras deja la guitarra a un lado, apartando con un brazo todas las hojas pautadas que hasta hace un momento estaban sobre la cama, y ahora simplemente caen lentas y perezosas hasta tocar el suelo alfombrado de su habitación.

Se estira sobre la cama cual gato porque es una mala costumbre que Danielle le contagió durante todo el tiempo que se quedó a vivir ahí. Suelta un ligero sonido de satisfacción al sentir cómo los músculos de su espalda descansan un poco, al igual que los de sus brazos y piernas. Bosteza suavemente y antes de comenzar a cerrar los ojos, revisa el reloj y se dice que sí, que puede tomar una siesta de hora y media antes de que deba arrastrarse hasta la cocina para preparar la cena.

Suspira. Sus párpados terminan de bajarse. Duerme.

•••

Es raro que Tom sueñe, pero cuando le pasa, suele ver cosas muy extrañas. Por ejemplo el sueño de ese momento, en el que se encuentra al borde del abismo. Los talones están sobre la tierra, pero las puntas de sus pies ya se asoman al vacío. Está en perfecto equilibrio. Una parte de él sabe que no caerá, la otra sólo quiere que lo haga.

Cuando se lanza, siente cómo abre la boca para proferir un grito. Pero lo único que alcanza a escuchar es una vieja canción de The Platters, una muy parecida a la que, si mal no recuerda, usa también como tono de llamadas en su teléfono celular.

•••

Es Blake quien prácticamente lo saca a patadas de la cama. Empieza a jalonearlo de la camisa, de los brazos, gracias a Dios no del cabello. El abuelo entra detrás de ella y también luce alterado. Tom se siente desorientado, tiene que el 'pero qué mierda' en la punta de la lengua, pero sus pantalones le caen en el rostro y sabe que sólo han llegado ahí porque Blake se los aventó después de escupirle un 'vístete'.

Es hasta que termina de ponerse los Vans y la chaqueta que se fija en el rostro de su prima. Su rímel está corrido, lágrimas negras le marcan las siempre pálidas mejillas y se muerde el labio para no sollozar. El abuelo tiene puesto el sombrero y el abrigo, lo que significa que va a salir. ¿Con quién?, ¿con Blake?, ¿a dónde?, ¿se supone que él también irá? Parpadea repetidas veces y quieres decirle a ella que deje de empujarlo escaleras abajo porque si se cae, van a tener problemas.

Cuando salen, comienza a lloviznar. Blake lo mete al asiento del copiloto de un auto que sólo ha visto una vez. Lo recuerda. Incluso lo condujo: es el auto de Antoinne, el hermano mayor de Anne.

El motor está en marcha. La mandíbula de su cuñado parece que va a romperse en cualquier momento debido a lo tensa que está. Debe de sostenerse con fuerza a su asiento justo en el momento en que Blake cierra la puerta, indicando que pueden irse, porque Ant arranca con tal brusquedad que Tom siente que alguien saldrá despedido por el parabrisas.

Sólo espera que no sea su abuelo.

•••

Se lo dicen cuando van a medio camino rumbo al Hospital Central. El abuelo Greg comienza a decírselo, Blake se queda en silencio, Antoinne prácticamente se lo arroja como una bomba.

—Anne Marie tuvo un accidente. Grave —añade, como si no fuera obvio. Aprieta los dientes y masculla—. Se encuentra en estado crítico.

Tom sonríe un poco porque él es de ese tipo de personas que no nota que no se trata de una broma si no hasta segundos después, justo cuando ya repasó a mil por hora lo ocurrido momentos antes y las circunstancias actuales. Por un momento siente que algo vibra contra sus rodillas, baja la mirada y encuentra que son sus propios dedos y manos, que han comenzado a temblar. Siente sed, siente náuseas, casi no oye, se le nubla la visión.

Va a desmayarse, va a hacerlo... No.

Imita a Antoinne y aprieta los dientes hasta que siente que la presión le hará añicos la mandíbula. Se traga las ganas de devolver el estómago, toma algunas bocanadas de aire y no, mierda, no, y niega con la cabeza y está a nada de preguntar qué sucedió pero justo en ese instante, el motor del auto decide que es el momento perfecto para dejarlos varados a mitad de la carretera.

Blake y Antoinne sueltan la misma palabrota al mismo tiempo. Greg sólo alcanza a exclamar el nombre de su nieto porque la verdad es que Tom ni siquiera lo piensa dos veces antes de salir del auto y comenzar a correr hasta el Hospital.

•••

Llega escurriendo a las puertas del lugar. La lluvia intentó detenerlo, pero ahí está ahora, prácticamente resbalándose porque corre hasta la recepción y jadea un apellido. Chevalier.

—Nombre completo, por favor.

—Anne Marie Chevalier.

—Lo siento, joven. La paciente no aparece en...

La mujer brinca en su propia silla cuando Tom toma el florero lleno de tulipanes que estaba sobre el escritorio y lo lanza hasta el otro lado de la habitación. Se hace añicos, trizas, justo como están sus nervios en ese momento. De alguna manera y no sabe por qué, es el único en el lugar que no está consciente de todo lo que se ha puesto a vociferar. Hay gente mirándolo pero no le importa. Su sensación de vértigo ha sido reemplazada abruptamente por furia y no tiene idea de cómo es que eso sucedió.

«¡Anne Marie, maldita sea!, ¡Anne Marie Chevalier! Se supone que sus malditos registros son el orgullo de este puto país, ¿no es así? Dónde, dónde está ella. Por Dios, seguramente podría estar muriéndose y a usted le importaría un carajo simplemente porque no tiene su nombre registrado. ¡No, no me interesa su sistema de mierda! Me importa un bledo, señorita, si pueden despedirla o no. Quiero saber qué ha ocurrido con mi novia ya».

El sonido de un par de puertas abriéndose en algún lugar cortan su repentino ataque de histeria. Son sólo segundos pero le bastan para identificar tres cosas.

Una camilla siendo empujada a toda velocidad. Un par de doctores más corriendo detrás.

Y Anne Marie.

Anne Marie sobre la camilla. Anne Marie inconsciente. Anne Marie cubierta en sangre. Anne Marie, Anne Marie...

Corre de nuevo. Corre a pesar de los gritos de la recepcionista, de las pocas personas que tratan de detenerlo, de decirle que tranquilo, que no debe correr dentro de un hospital porque podría meterse en problemas, que deje de gritar el mismo nombre, que eso no cambiará nada de lo que está ocurriendo.

El séquito de personas vestidas en trajes horrendamente verdes desaparece detrás de otro par de puertas. Esta vez ya no puede seguirlos, pero lo habría hecho si no hubieran echado el pestillo o lo que fuera. Entonces corre a la derecha y prácticamente pega la nariz al cristal, buscando con la mirada a través de ese ventanal a Anne. Cuando la encuentra, casi no la puede ver, pero sabe que es ella porque son sus botas, su cabello, sus manos casi inertes colgando a ambos de la camilla.

Las ganas de vomitar regresan cuando reconoce el aparato que no ayudó a que su abuela Suzanne resucitara hace dos años. Comienza a gritar que no, no, nononono, no y a asestarle puñetazos al cristal porque sabe que ese maldito aparato del demonio te hace morir más que vivir y cómo, cómo es posible que ella, que él, que ambos estén viviendo ese momento, por qué, qué hizo, qué hicieron, qué demonios hizo ella para estar así, por qué Anne y no él. Por qué, maldita sea. Anne Marie. Anne. Por qué.

Quiere apartar la mirada pero no puede. De alguna manera mantiene fija la vista en lo que sucede a tan sólo la distancia que representa el grosor de aquel puto cristal que parece irrompible. Siente sus mejillas húmedas y no se avergüenza de sus lágrimas porque, en realidad, ni siquiera se da cuenta de que ha comenzado a derramarlas.

Segundos. Todo sucede en segundos pero para él parecen eternidades. Las sienes le palpitan y trata de apretar los dientes de nuevo porque sabe que debe resistir, que necesita quedarse ahí y ver con sus propios ojos el momento en que, por una vez en la vida, el resucitador le devolverá a la persona que de alguna manera logró resucitarlo a él en tantas maneras posibles.

—Por favor —susurra, sintiendo cómo cada vez es más difícil administrarle aire a sus pulmones—. Anne...

Silencio. Un sonido agudo comienza a alargarse. «No. No.»

Parece eterno.

«Vuelve, amor. No me dejes.

No aún.

Por favor.»

Ningún cambio. Y algo le dice que ya nada está ocurriendo como debería.

Algo se mueve junto de él. Alguien. Una chica. Una doctora.

—Funcionó —jadean cerca de su oído, sujetándolo contra ella sobre el frío piso de parqué—. Funcionó, Tommy. Va a estar bien. Funcionó.

(A lo lejos puede oír un precioso «bip, bip, bip» débil, pero constante).

Sabe que se trata de su mejor amiga dándole la noticia porque lo último que alcanza a ver es un destello rubio justo antes de desmayarse.

•••

Se despierta porque se estremece violentamente debido al frío. Abre los ojos de golpe, se sienta con la misma rapidez, se marea y sufre arcadas, pero está bien. No devuelve nada porque su estómago está vacío, la última vez que comió fue en el desayuno y en ese momento sólo lo puede ver como algo a su favor. Su abuelo está junto a él, le ofrece un vaso de agua, misma que se echa sobre el rostro en lugar de tomársela.

Cuando se retira el exceso de agua de la cara, se mira, se revisa. Lleva prendas secas, tibias, o al menos así estaban antes de que se salpicara un poco hace unos segundos. Mira a su al rededor: está en la sala de espera. Blake recargada en la pared a lado de Julian y Zac; Sam, Edoard y Antoinne sentados frente a él, Danielle hablando con Ramsey, Allison y Emily a su izquierda, Vince y Jim repartiendo vasos de café.

—Thomas —lo llama Prudence. La busca y la encuentra frente a él—. Thomas, respira.

«No puedo. No puedo si ella no está».

Pero lo intenta.

—Anne —susurra, que es lo más parecido que se le ocurre a intentar inhalar aire—. Anne.

—Se encuentra estable —murmura Edoard, mirándolo fijamente—. El resucitador funcionó.

Tom traga en seco. Una parte de él reconecta con su cuerpo, una de las miles que siente faltantes. Se humedece un poco los labios resecos antes de buscar a Danielle con la mirada. Se pone de pie y va hasta a ella. No aparta a Ramsey de un empujón simplemente porque no se le ocurre en el momento, pero habría sido lindo descargarse siquiera un poco así.

—¿Qué sucede?, ¿qué le ocurrió?, ¿cómo está? —quizá no vomita alimentos, pero sí preguntas. Es una tras otra y otra detrás hasta que Danielle lo hace callar.

—Un mutante —suelta suavemente. Cuando se asegura de que Tom está escuchando, toma aire y continúa—. Al parecer se dirigía a Ciudad Oscura. Iba en motocicleta. Un testigo dijo que el agresor salió de la nada y simplemente se abalanzó sobre ella —todo lo dice rápido y entre susurros; si fueras tú quien escucha, quizá no entenderías ni una palabra, pero Tom estaba más que acostumbrado—. No pudo responder en seguida porque iba al teléfono. Perdió el control. Tiene múltiples heridas y además lesiones causadas por el accidente...

Llega a un punto en el que no escucha nada más. No porque no quiera, no porque no pueda. Simplemente porque acaba de recordar su sueño de esa tarde y las ganas de estar solo lo golpean más fuerte que las de vomitar.

•••

La primera vez que escucha el mensaje, ni bien distingue su voz, lo silencia y comienza a llorar.

No es un llanto estruendoso, tampoco hace sonidos como si estuviera hipando ni nada por el estilo, sólo son lágrimas que parece que nunca terminarán de escurrir por su mejillas, ni siquiera cuando cierra los ojos, recarga la espalda en la pared y se desliza a lo largo hasta quedar sentado sobre el piso. Lo escucha de nuevo, sólo el saludo, y entonces esconde el rostro en las manos, sintiendo sus hombros temblar un poco porque cada vez es más difícil contenerse. La tercera vez, deja que se reproduzca completo, pero sólo escucha hasta la mitad porque empieza a murmurar 'no' varias veces, a decir que ha sido su culpa, que nunca debió haberle dicho a Anne que Vince podría prestarle la moto cuando quisiera.

La cuarta vez que trata escucharlo, lo logra, pero sigue igual de deshecho que la primera vez que lo intentó.

•••

«Alexandeeeeer. Tengo hambre, y ¿puedes creer que no venden vinos decentes en Ciudad Oscura? No sé qué va a ser de este lugar en unos años, en serio. Pero hey, voy camino a casa, espero que estés usando nada más que un mandil de cocina que diga "besa al chef" cuando llegue. Porque pienso besar al chef» y se escucha cómo ríe un poco antes de continuar. «¿Necesitas que lleve algo más? ¿No? Perfecto. Te amo, y no pienso hacer el sonido de un beso porque es ridículo y estoy en el supermercado, gracias.»

•••

Lo escucha aproximadamente otras seis veces.

Cuando está por oírlo una séptima, es Zac quien se acuclilla a su lado.

—Ha empezado el horario de las visitas —le informa en un murmullo seco. Traga con dificultad y añade—. Pensé que te gustaría pasar primero.

—No. Quiero ser el último.

—Pero-

—Gracias, Zac —lo interrumpe. Sabe que no debió haber hecho eso, que pudo evitarlo aunque sintiera que no, así que lo mira y repite honestamente—. Gracias, de verdad.

Cuando se va, aprovecha sus últimos momentos solo y llora un poco más.

•••

No hay nadie en la sala de espera cuando regresa, a excepción, claro, de Edoard y Sam. Todos han decidido ir a dormir un par de horas, a comer algo, a seguir con sus vidas. (No entiende cómo es que pueden hacerlo. No entiende por qué él es el único que está sufriendo diez veces más que cualquiera. No entiende por qué tuvo que pasar eso precisamente ese día, precisamente a Anne, precisamente a la persona con la que no tendrá sentido continuar con lo que sea si ella ya no está).

—Sólo faltas tú —le dice Sam, señalándole con un pequeño gesto la dirección que debe seguir para encontrar la habitación.

En el momento en que ve un pequeño 505 plateado en la puerta, no sabe si sonreír o llorar otra vez.

•••

Cuando se acerca a la cama, lo primero que desea hacer es tomar su mano y entrelazar sus dedos a los de ella. (Necesita sentir su palma contra la de él, saber que esa familiaridad de siempre sigue ahí aunque la sienta ausente. Sabe que su piel estará fría, pero no importa. Por un segundo piensa en quitarle ese estúpido artefacto de plástico que tiene en el dedo índice, pero se contiene. No puede cometer tantas estupideces en tan poco tiempo). Pero no se mueve. Se queda ahí, a un lado de la camilla y sólo se dedica a mirarla.

Su rostro, debajo de todo el morado, los cortes y las vendas, sigue siendo el mismo de siempre. Se acerca un poco más y observa: la sombra de un cardenal recorre su pómulo derecho, tiene un corte cerca de la sien izquierda, otro en la comisura derecha del labio, un raspón en su mejilla izquierda y algo cerca del nacimiento de su cabello ha sido cubierto por un par de vendas.

Se le revuelve el estómago violentamente. No es asco, si no el hecho de no poder asimilar lo que está viendo. Recarga las manos sobre la delgada y fría barandilla de la camilla y toma aire mientras cierra los ojos unos momentos. Cuenta sus respiraciones mientras trata de seguir el ritmo del «bip, bip, bip» que le indica que todo estará bien, de verdad lo estará porque mientras ese sonido siga llenando la habitación, significará que ambos están vivos y a lado del otro, y que nunca van a dejarse.

•••

Al salir de la habitación, cierra con cuidado la puerta tras de sí, en silencio.

(Y se queda justo ahí, sentado en el piso y con la espalda recargada en la puerta, sin que nadie en ningún momento logre moverlo de ese lugar).

•••

Por mucho que se haya repetido que no iba a quedarse dormido, al final no lo logra. Quien lo despierta es Blake. Está arrodillada a su lado, vaso de café en mano izquierda y una magdalena en la derecha. Tom arruga la nariz porque, honestamente, después de que se le acabaron las lágrimas, lo único que le quedó fue algo que se encuentra entre malhumor e irritación. Ella rueda los ojos.

—No tienes que comer ahora —lo mira, apartándole el cabello de la frente—. Pero tengo algo que decirte.

Ni siquiera se inmuta. Lo último que quiere es hablar con alguien.

—Anne estará inconsciente varios días, Tom —murmura. Se aclara un poco la garganta y sigue—. Lo mínimo son diez. Los doctores no saben si podría extenderse.

Él asiente mecánicamente porque de alguna manera ya sabía que la vida no se lo dejaría tan fácil. Blake se va, él sigue en la misma posición. Toma un poco de café y la magdalena se la regala a un niño que pasa por ahí con su hermanita media hora después.

•••

Decide contar los días.

Decide no salir de la habitación.

Decide que estar con ella en ese estado es mil veces mejor que no estarlo en ningún otro.

•••

El día uno no es el más difícil. Es difícil y punto.

(La observa desde el sofá que está ahí. No sabe por qué no quiere acercarse. Quizá es miedo, quizá es el hecho de que aún no le cabe en la cabeza que quien está ahí postrada, pálida y conectada a mil aparatos es Anne, su Anne Marie. No puede asimilar estar en la misma habitación que ella sin escuchar su sarcasmo, su risa, sus resoplidos, sus suspiros. No entiende cómo es que se encuentra a tan sólo unos cuantos pasos de ella y no puede tomarle en brazos, no puede tenerle sobre su regazo, no puede besarle, abrazarle).

Es difícil.

Es tan difícil que lo único que hace es cerrar los ojos y tratar de quedarse dormido.

•••

El segundo día no es mejor que el primero, pero al menos una parte de su cerebro le ha dicho que deje de portarse como una princesa y que se acerque, así que mueve el sofá hasta dejarlo a un lado de la camilla.

(Cuando la enfermera entra a revisar los signos vitales de Anne, frunce el ceño al verlo sentado sobre el reposa brazos, con un codo sobre su rodilla y la barbilla recargada en su puño.

No obstante, se queda callada y sale sin hacer ruido cuando termina su tarea).

•••

El tercer día es diferente porque al fin se atreve a tocarla.

No es premeditado y tampoco porque él se ha dicho que basta, que ya no puede seguir con eso.

Es porque los dedos de Anne se mueven de la nada.

(Milímetros. Quizá menos. Pero se movieron. El llevar tantas horas observándola casi inerte lo han ayudado a identificar cualquier indicio de movimiento en ella y ese ha sido el primero. Incluso se descubre a sí mismo conteniendo el aire y observando frenéticamente en caso de que suceda algo más. Pasa un minuto y nada. Dos, tres, diez, veinticinco. Nada de nada.

No le importa).

Desliza la mano con cuidado por debajo de la de ella y a pesar de que aparenta lo contrario, la encuentra tibia, suave, familiar. Entrelaza sus dedos a los de ella y se siente al fin un poco más completo.

(Un poco más vivo).

•••

El cuarto, quinto, sexto y séptimo día transcurren sin novedades.

O al menos así lo considera él.

•••

El octavo día es extraño porque duerme a ratos, sueña una que otra vez y el rostro de Anne, el sano, se encuentra grabado tras sus párpados.

(La sueña despierta, sarcástica, con el vestido floreado de Prudence puesto y el cabello recogido en una coleta informal. Parece irreal. Y sólo sonríe, mirándolo fijamente.

«Anne» murmura, «Anne, no tengas miedo. Ven.»

Parecen súplicas, y de las más patéticas, pero no le importa. Elle se acerca un paso y niega suavemente con la cabeza.

«No tengo miedo» contesta.

Se ve tan hermosa.

«Regresaré por ti, Tom» le susurra al oído. No sabe cómo es que ha llegado hasta ahí si tan sólo hace unos segundos la tenía a más de un metro de distancia. «Tú tampoco debes tener miedo»).

Al despertar se da cuenta de que ha sido un sueño y ella sigue ahí, pero en la misma posición de siempre, sobre la camilla, inconsciente y dándole a entender que al parecer nada cambiará pronto, así que trata de cerrar los ojos e intenta soñarla una vez más.

•••

El día número nueve se dice que está harto y que ya nada importa. Que no tiene caso. Que es inútil. Que si fuera a despertar dentro de los diez días impuestos, ya habría visto algún pequeño cambio, ya habría algo dentro de él diciéndole que sea paciente, que al día siguiente, cuando despierte, ella estará sentada sobre la camilla, aventándole la almohada y diciéndole «Despierta, Alexander. Quiero desayunar» o algo por el estilo. Pero no.

En su cabeza sólo está la voz que le dice que por mucho que esté ahí, (aunque sea el único que se pasa día y noche ahí dentro cuando los demás sólo entran en hora de visitas, que aunque no abandone la habitación cuando la asean o le cambian vendajes, que aunque nunca le quite los ojos de encima), eso no va a ayudarla a despertar más rápido, mucho menos antes.

Se acerca a la puerta, pone la mano sobre el pomo, lo gira y abre. Pasan uno, dos, tres segundos, y cierra la puerta. Pero él sigue adentro de la habitación.

Toma aire.

Regresa al sofá.

De nuevo toma su mano, entrelaza los dedos a los de ella y roza suavemente sus nudillos con los labios, susurrando «despierta, Marie» contra su piel.

«Despierta, por favor».

•••

El décimo día, cuando amanece nublado, con la lluvia golpeando con fuerza la única ventana de la habitación, Tom se encuentra recostado sobre la camilla a lado de Anne. De nuevo tiene los ojos nublados de lágrimas y tan sólo se dedica a observar su rostro, a acariciar con sumo cuidado sus mejillas, su cabello, a delinear su mentón con la punta de los dedos, a besar sus párpados y las sombras lilas bajo sus ojos.

(También piensa en lo mucho que no hizo, en todo lo que no dijo.

Piensa que no le mencionó suficientes veces lo hermosa que se ve por las mañanas, cuando la luz se hace en sus ojos negros, o lo mucho que le gusta verse en ellos reflejado; que no le hizo saber lo tierna que se ve cuando, creyendo que él no la mira o escucha, trata de tocar algunas notas en el piano. Tampoco le dijo lo mucho que le encanta cuando él se encuentra leyendo y llega ella a arrebatarle el libro, a arrojarlo por ahí y a subir a su regazo para comenzar a besarlo. No comentó nunca lo fascinante que fue verla bailar tap, o el escucharla hablar con tanto ingenio y sarcasmo a diario. No le dijo lo mucho que ama que esté de malhumor y él sea el único que puede sacarle una sonrisa cuando está así.

No le dijo todo eso. No le cantó las veces suficientes. No la besó lo suficiente. No la amó lo suficiente. Nunca le alcanzó el tiempo para hacerle saber tantas cosas, para decirle lo importante que se ha vuelto para él, todo lo que ahora significa, todo lo que representa con su absoluta perfección e imperfección, sus defectos y virtudes. Toda ella).

—Anne —susurra contra su sien cada vez más inconsciente, quedándose dormido mientras siente cómo un par de dedos acarician su cabello.

•••

Cuando despierta, lo hace lentamente, parpadeando repetidas veces porque al parecer el sol decidió salir esa mañana y alguien ha abierto las cortinas, pero de todas maneras hace un frío del demonio en la habitación.

Los mismos dedos de anoche aún acarician su cabello.

Levanta el rostro. Una sonrisa lo esperaba ya.

La luz se hace en aquel par de ojos negros una vez más.

—Buenos días, Rudolph —murmura Anne, inclinándose un poco para robarle un beso—. Pensé que no despertarías —el tono burlón adorna sus palabras. Frunce un poco los labios y después murmura—. ¿Crees que puedan traernos algo de desayunar? Muero de hambre, Alexander.

Se le humedecen los ojos de nuevo y la mira a través de una pequeña cortina de lágrimas. Lágrimas de alivio, de consuelo; lágrimas que son producto de la sensación de haber resucitado, de que su alma ha vuelto a su cuerpo, de sentirse completo porque ella finalmente ha despertado. Le sonríe. La besa suavemente. Susurra su nombre varias veces. Acuna su rostro y se abraza a ella.

Está despierta, tibia, viva.

Tan Anne Marie como siempre.