Un niño de aproximadamente diez años siempre se encontraba mirando la casa del vecino. Todo el día sin excepción alguna. La lúgubre casa que se encontraba cruzando la calle le intrigaba y generaba en su interior el más profundo miedo unido a la más oscura e imperiosa necesidad de descubrir el secreto de esa casa.
El niño se pasaba horas a la madrugada, e incluso llegando a la mañana, viendo como una espesa niebla se posaba, bailando sobre el jardín de la siniestra propiedad; como si fuera un antiguo cementerio extraído de una vieja película de terror. Nunca supe el nombre del niño, solo se que apenas dormía, ya que un par de mese luego de haberse mudado, descubrió que mientras él miraba el patio, una horripilante y difusa sombra lo observaba totalmente inmóvil desde la ventana del piso superior. Parecía una estatua, solo estaba ahí, observando, observando, como si con la mirada podía penetrar en las profundidades del alma y ahondar en sus oscuros secretos.
Recuerdo esa noche. Cuando el dueño de la casa salió por la madrugada con un bolso de viaje, parecía que iba a ausentarse un tiempo. Vi al niño, observando desde la ventana de su habitación. Era su oportunidad, podría vencer sus miedos y saciar su furiosa curiosidad; descubrir la verdad sobre la tenebrosa vivienda. Esperó a que el sueño apague a sus padres y salió solo con una linterna. ¡QUÉ RISA ME DA! El iluso niño fue a combatir sus oscuros miedos con una linterna; lo que hace la inocencia y la ingenuidad cuando uno es niño es increíble. El niño intentó abrir la puerta y para su sorpresa la puerta estaba abierta. Con su poderosa linterna en mano entró cuidadosamente. Apenas dio dos pasos dentro de esta pocilga vio que un gato negro lo miraba fijamente azotando la cola con violencia de un lado a otro. El niño no tardó en ver la sombra que proyectaba el gato: La misma sombra que lo miraba con desprecio estaba ante él y venía del gato que dibujaba una sonrisa de satisfacción en sus ojos.
Para cuando el niño intentó salir ya era tarde. El gato soltó un espeluznante grito que sacudió el alma del niño y cerró la puerta a sus espaldas. El niño corrió tanto como le daban sus frágiles piernas, abrió y cerró un par de puertas, lloró y subió las escaleras, pero no había caso. El gato estaba frente suyo vaya a donde vaya, mirándolo y sonriendo con esa mueca burlona de las almas perturbadas. La linterna ya no existía, intentó alumbrar a la sombra y fue engullida y devorada mil veces por la sombra que cobraba vida propia. Llantos y gritos se oían en la casa; pero solo los del niño. El gato enojado comenzó a acercarse, no soportaba más los lloriqueos; el niño escapó corriendo otra vez, pero esta vez no bajó las escaleras. El idiota saltó y y golpeó al suelo con su estúpido cuerpo, la casa hubiera gritado si hubiera tenido vida. En ese momento la sombra creció y se hizo tan grande que cubría las paredes, el gato se acercó lentamente relamiéndose una y otra vez, estaba dispuesto a tragárselo. La sombra empezó a cubrir al niño lentamente desde los pies, saboreandolo lentamente.
Cuando todo parecía llegar a su final, la puerta se abrió súbitamente y la sombra retrocedió. Dos policías arruinaron el bello momento del fin de la existencia. Acá está el niño perdido - dijo uno - ¿Qué hace acá dentro? Si esta casa está abandonada hace décadas - Respondió el otro. Agarraron al niño y también al gato - Pobrecito, abandonado en esta sucia casa, quién sabe como habrá sobrevivido.
El niño sobrevivió, estuvo en el hospital unos días. Cuando le dieron el alta los padres le dijeron que lo esperaban con una sorpresa ¡Y vaya sorpresa! Lo único que se escuchó al entrar a su casa fue un grito desesperado que aturdió a la familia. Tonto niño, ¿Cómo puede tenerle miedo a un pobre e indefenso gato que le regalaron como mascota?