LUZ ENTRE LAS SOMBRAS

Capítulo 1

Muchas personas piensan que los libros son solo historias inventadas que entretienen al que lo lee. Otras piensan que es una pérdida de tiempo leer cosas que no existen o que no pueden pasar. Este último caso lo dicen las personas incultas e ignorantes que no han leído un libro en toda su vida. Pero los libros son mucho más que eso, son sueños. Son sueños de los escritores, que los necesitan hacer realidad, aunque sea en papel y tinta... aunque sea en un mundo irreal. Esos sueños son los de personas corrientes que desean que tú lo conozcas, pero que lo esconden en la historia. Porque ese es el secreto de cada libro, el sueño que esconde tras esa máscara de letras. Muchos piensan que esos libros no valen nada, que sus personajes son solo un nombre y un apellido, pero, ¿qué somos nosotros? Hoy en día somos exactamente eso, nombres y apellidos, porque ya nadie

sigue su sueño... ya nadie es libre.

Desde niño he sido tímido y poco sociable y, teniendo en cuenta donde vivía, tampoco me convenía serlo. Vivía en el barrio pobre de la ciudad puesto que nuestra cantidad de dinero disponible no era demasiado alta. Había que ir con cuidado por las calles, porque podías salir mal parado, no porque te buscaras problemas, -que también-, si no porque podías verte involucrado en una pelea, siendo la de otros. Allí nadie confiaba en nadie... no se podía. Todos los que vivíamos allí estábamos condenados a no salir, y si alguien lo conseguía... buena suerte. No se que era peor, si permanecer allí, o salir y enfrentarse a lo de afuera. Qué es peor, ¿Vivir rodeado de inmundicia y pobreza o de avaricia, poder y corrosión entre otras? Teniendo en cuenta que el primer caso es causado por el segundo.

Mi vida siempre fue muy dura. Mi madre murió cuando tenía cuatro años. Cuando debía tener el calor del regazo de mi madre, lo único que tenía era un trozo de tela agujereada que mi padre había encontrado en la basura. Lo único que me queda de ella es una foto. En ella aparece mi madre, con el pelo revuelto por el viento de la playa en la que se encontraba, y me llevaba a mí en su regazo con una deslumbrante sonrisa de la más absoluta felicidad.

Los años fueron pasando y mi padre y yo conseguíamos arreglárnoslas bastante bien, pero la vida está escrita con líneas torcidas y, en algún momento, se salen del papel. Me di cuenta de que mi padre no conseguía superar la muerte de mi madre.

Mi padre había salido de casa hacía una hora. Yo me había quedado en casa leyendo un pequeño libro que le había cogido prestado a mi vecina Marina. Aunque no había ido a la escuela por falta de dinero, Marina me había enseñado a leer. Ella había sido profesora en la escuela de aquel barrio antes de que unos desalmados irrumpieran en ella y destrozaran todo lo que había dentro.

Era el día de mi cumpleaños y, suponía que mi padre había salido a buscar algo de comida para celebrarlo. La verdad, no me extrañó que tardara tanto, porque encontrar algo de comer a veces era difícil. Entonces escuché unos golpes en la puerta. No sé qué me molestó más, si el haberme interrumpido en mi lectura, o la posibilidad de que la puerta se cayera con los golpes. Me extrañó que alguien llamara, porque mi padre siempre llevaba las llaves –aunque no sé de que servían–, y nadie nos visitaba. Me dirigí hacia la puerta y la abrí. Un policía apareció ante ella, y su llegada me quitó todo lo que amaba.

–Buenos días.

–Buenos días. ¿Héctor Martínez?¿Hijo de Sebastián Martínez? –dijo el policía con aire aburrido.

–Si, señor. ¿En qué puedo ayudarle? –le pregunté cauteloso. Yo no había echo nada, y mi padre tampoco se había metido en ningún problema, pero la gente allí, con tal de librarse de la policía, culpaba a inocentes. Y corrían los rumores –y puedo asegurar que son ciertos– de que la policía, siendo culpables o no, les hacían pagar por ellos.

–Muchacho, verás... esta mañana, hace media hora, hemos encontrado a tu padre en la esquina del callejón de la calle de en frente. Muerto.

En ese momento sentí como mi vida se hundía, como si nada tuviese sentido. Miré al policía en busca de ayuda pero él seguía imperturbable, como si darle esa noticia a un niño el día de su cumpleaños no le costase nada. Su rostro se grabó en mi memoria, un rostro que no podría olvidar.


¡Espero que os haya gustado! Cuando termine el siguiente capítulo lo subiré.

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¡Muchas gracias a Eiji Latin!