Esto se me ocurrió cuando venía con mis padres en el coche, rumbo para Potrero, en donde viven unos tíos. Tenía los audífonos y estaba escuchando el tema de la película de "Exterminio" o "28 días después". Espero que les guste… Y si pueden leerla escuchando esa canción estaría perfecto'(: Saludos!


Me sentía abatida, deshecha, vacía…
Era el primer lugar del que nos íbamos sin Madison. La extrañaba tanto. Era increíble como hace tan solo ocho horas, ella estuviera molestándome con sus comentarios sarcásticos, y ahora…
Una mano tomo la mía.
Casi no pude sentir su rose.
-Todo está bien. –me susurro tranquilo.
"Aparentemente no lo está", quise decir, pero no tenía porque desquitarme con los demás y mucho menos con Miguel.
Suspire decaída, intentando tragarme las lágrimas que amenazaban con salir.
El general Arón iba conduciendo. Miguel y yo estábamos en los asientos de atrás.
Dirigí mi mirada hacia el paisaje que había afuera.
Al menos habíamos llegado a Potrero. ¿Pero para qué? Para no encontrar nada y perder a la dulce de Madison. Era injusto y también…
Era mi culpa.
Si no fuera por mi terquedad de querer encontrar a mi hermana…
Por crear una esperanza donde no había ni el más ligero rayo de luz.
Su falta de presencia me asfixiaba. Como si el aire no fuera bueno, al menos no para mí.
-¿Cuál será el próximo movimiento? –oí preguntar a Miguel.
-En realidad… No lo sé. –Al oír la voz del General Arón, mi alma se rompió en mil pedacitos. El dolor que irradiaba su voz cansada. Era insoportable.
-Pues tenemos que idear algún plan, ya que no podemos empezar a vagar por todo México sin tener una estrategia. Ahora no los hemos visto desde… -Miguel se calló, al darse cuenta de cómo me estremecía. Me apretó la mano. –Bueno aun no los hemos visto, pero no podemos esperar a que así sea siempre…
El general Arón detuvo el coche.
-Tienes razón. –Dijo después de unos minutos.
-¿Entonces qué haremos? –pregunte uniéndome a la conversación. Mi propia voz me era extraña, estaba ronca y sin mucho ánimo.
Miguel me miro, sus ojos azules brillaban. Y entonces me di cuenta.
Él nunca se iba a dar por vencido. A pesar de cualquier pronóstico, lucharía hasta el final.
-Tendremos que buscar una gasolinera, por lo que se, ya no tenemos mucha gasolina para el carro, ¿No es así general?
Este asintió.
-Solo una cuarta parte del tanque completo.
-Bien, -continúo Miguel. –Y comida, cuando estuvimos en Córdoba, no pudimos tomar muchas cosas. Así hay que buscar…
-Te refieres a… exponernos.
-No completamente, -me contradijo él. –Pero para sobrevivir hay que arriesgarnos, no me voy a quedar sentado, esperando a que un grupo de súper personas vengan a mí rescate.
-Hace unos meces eso esperabas. –Lo desafié.
-Si, porque hace unos meces, pesaba que no estábamos solos, ahora solo estamos nosotros tres Auri, y me doy cuenta que nadie va a venir a ayudarnos. La alerta que nos llego desde córdoba fue falsa y mira como acabamos… -sus ojos me miraban con furia.- No puedo permitirme el perderte…
Baje mi mirada hacia mis manos, sin saber que decir.
-Entonces… -comenzó a decir el General Arón. –Tenemos que pasar por el pueblo de Potrero, para ver que encontramos y a quienes nos encontramos.
Miguel rio amargamente.
-Solo encontraremos a esa mierda de "gente" loca.
-Miguel, no podemos perder a la esperanza, tal vez allá afuera haya alguien esperando un milagro.
Ante ese comentario mire al General Arón.
-Eso es lo que yo quiero creer. –Dijo mirándome a los ojos y después se volteo para arrancar el carro.
Durante veinte minutos nadie dijo nada.
El general Arón estaba conduciendo sin la intención de establecer una conversación.
Miguel estaba muy concentrado leyendo un mapa y haciendo marcas en él.
Y yo, pues me dedique a mirar por la ventaba. Esta carretera hacia potrero siempre me gusto. La vista que me daban las montañas y los árboles era hermosa, aunque claro, ahora lo veía todo gris.
La lluvia comenzó a golpear mi ventana.
La carretera estaba desierta.
Y la neblina comenzó a descender.
Mire a Miguel.
Él en todo momento fue mi soporte, me mantuvo fuerte, cuando me rompí… Lo amaba, esa era la verdad.
Acerque mi mano a su cara y este las tomo entre las suyas, dándome un delicado beso en mi mano.
-Todo está bien, -dije repitiendo lo que había dicho.
Él me dedico una hermosa sonrisa, que hizo que me derritiera. A pesar de todo el dolor que pudiera sentir, él siempre hacia que todo fuera mejor.
Entonces todo pasó demasiado rápido.
Un fuerte golpe nos sacudió. Oí los fuertes chirridos de los neumáticos al derrapar, el carro se había salido de la carretera. Después todo fue inercia.
Sentía como mi cuerpo se pegaba contra el techo del carro y daba vueltas. Vidrios rotos flotaban en el aire, algunos haciendo cortes en mi cara y brazos.
Otra fuerte sacudida.
Buscaba a tientas a Miguel pero todo en vano.
Algo me golpeó en la cara, haciendo que todo se pusiera oscuro.
-Auri.
Oí decir a Miguel, pero lo encontraba lejano, irreal.
Nada…

Abrí mis ojos apesadumbrada mente. El cuerpo me dolía hasta por respirar. Oí unos disparos. Eso me puso alerta.
Mire a mi alrededor, había vidrios por todas partes, tierra, sangre.
Miguel se encontraba inconsciente junto a mí. Tenía unos cortes en la cara y en su frente había una gran herida. Me dio miedo pensar lo peor, al instante me tranquilice al ver que continuaba respirando.
Seguían los disparos.
Miguel se movió y me hacerse a él.
-Vamos, -le susurre suavemente, aunque mi voz no ocultara mi ansiedad. –Levántate Miguel, vamos.
Él abrió los ojos. Una sonrisa se cruzo por su rostro, pero rápidamente fue cambiada por un semblante de confusión y dolor.
-¿Qué paso?
-Tenemos que irnos. –Fue lo único que le dije.
Miguel se enderezó y paso a los asientos de enfrente. Busco en la guantera del coche y saco una pistola.
-Vamos.
Salimos del coche.
Nos encontrábamos en una pradera, junto a los cerros, el cielo estaba gris y las gotas de agua caían.
El general Arón se encontraba a unos metros de nosotros disparando a unos seres desquiciados de sangre.
El pánico se apodero de mí al comprender la situación.
-¡Arón! –grito Miguel.
El general se volteo para echarnos una rápida mirada. En sus ojos pude ver que ya no lo volvería a ver. Nos sonrío tristemente.
-¡Puedo distraerlos! ¡Corran! ¡Váyanse!
Miguel tomo mi mano.
-¡No podemos dejarlo! –grite histéricamente.
-Auri…
-¡NO! –lo interrumpí.
Que era lo que pretendía, que abandonara al hombre que nos cuido todo este tiempo.
-¡Váyanse! –grito el general. -¡Que mierda esperan!
Miguel no me lo pregunto dos veces, aferro mi mano con más fuerza y comenzó a correr.
Intente seguirle el paso, pero mis piernas eran más torpes, no me respondía bien. Mi corazón comenzó a palpitar apresuradamente. Mi sangre estaba helada.
Corrí a más no poder. Mi vida y la de Miguel estaban en juego. No podíamos quedarnos más tiempo varados en ningún lugar. Teníamos que sobrevivir, salir de allí lo más rápido posible.
Ya no podía oír los disparos del general.
Miguel continúo corriendo agarrado de mi mano.
Empezamos a tomar velocidad, ninguno de los dos iba a detenerse.
La lluvia comenzó a caer con más fuerza.
Fue en ese momento que los comencé a escuchar detrás de nosotros.
Unos jadeos fuertes, gemidos de locura, aullidos de ira.
Miguel aminoro el paso. Mis piernas no respondían tan bien como las suyas.
De pronto Miguel se detuvo de golpe.
-¿QUE ESTAS HACIENDO? ¡TENEMOS QUE IRNOS!
Él estaba mirando en el suelo, respirando agitadamente.
Negó con la cabeza.
Aquellos seres se escuchaban lejanos, aún teníamos algo de ventaja.
-¿Miguel? –pregunte con voz temblorosa, entrecortadamente.
Él me miro.
-Tienes que irte, hare que no te alcancen, ¡Corre!
-¿Qué? –no entendía que intentaba hacer.
Lo abrace tan fuerte como pude.
Comencé a llorar. Estaba desesperada.
-No pues dejarme. No me dejes sola por favor.
Las lágrimas se resbalaban por mis mejillas, para morir en mi boca. Tenía mi cara en su pecho, no pensaba soltarlo.
-Auri, tienes que irte…
Comencé a negar firmemente.
-Hey escúchame, alguno de los dos se tiene que salvar y tienes que ser tú.
-Dijiste que siempre me protegerías… - las lagrimas seguían saliendo, haciendo que temblara.
-Y eso es lo que estoy haciendo…
Mire a Miguel a la cara, se encontraba tan tranquilo, no había duda en sus ojos. Me separo de él.
"Ellos" se oían más cerca, me encontraba completamente aturdida.
-No te voy a dejar.
Miguel me sonrió y me beso.
-Tienes que hacerlo. Por mi, por El General… Por Madison. Has que todo esto valga la pena. Lucha por nosotros, ve, sobrevive.
Al oír el nombre de la pequeña, mi corazón se estremeció.
Miguel me empujo para que corriera.
-Las balas no te serán suficientes, -comencé a decir.
El me miro con una amplia sonrisa.
-¿Quién te dijo que era para ellos? Sólo tiene una única bala, y no la pienso desperdiciar.
Me quede helada al escuchar eso.
Miguel me beso nuevamente.
-Te Amo… Ahora ¡vete! ¡Vete y no mires atrás!
Miguel me empujo con más fuerza y yo me puse a correr.
Mis piernas no iban a detenerse a pesar de los temblores.
Corrí lo más rápido que pude. Lo más lejos posible, pero aún así, pude alcanzar a escuchar el sonido de un único disparo, procedente de aquello que yo dejaba atrás, de la cosa que más amaba en este mundo. El sonido se desvaneció lentamente en la distancia.
No podía parar de llorar.
No podía parar de correr.
Me adentre mucho más a los cerros.
El agua que caía estaba poniendo todo muy resbaladizo, haciendo que mi paso comenzara a flaquear.
Los nervios se convirtieron en terror al escucharlos cerca de mí.
Me encontraba cansada, pero no iba a detenerme.
Comencé a recordar todo lo que había vivido en estos últimos dos meces;
La risita chillona de Madison. Como gruñía el General Desesperado al tener que lidiar con tres jóvenes sin ningún tipo de experiencia de sobrevivencia. La sonrisa de Miguel. Como fue que dormimos juntos, abrazados. La mirada inyectada de sangre de mi hermana. Cada unos de los comentarios sarcásticos de Madison, como se burlaba de mi nombre. La primera vez que vimos al General. Lo aliviada de que sentí al encontrarme con Miguel.
Las carcajadas de los cuatro, cuando nos divertimos en esa pequeña tienda comercial. Los labios de Miguel sobre los míos. Los brazos de Madison abrazándome fuertemente en la oscuridad. Sus rizos, la sonrisa enorme que ponía cuando sabía que tenía razón… Los cuerpos que encontramos en Córdoba, la casa abandonada de mis abuelos. Los gritos. La sangre. Los aullidos de esos seres despreciables, cuando les prendimos fuego en Tinaja. Mis padres, tirados en el suelo, cubiertos de sangre…
Cada uno de los recuerdos regreso aun más fuerte, haciendo que me sintiera allí de nuevo.
Recordar en vivir.
Las lágrimas seguían resbalando por mi cara.
A mis piernas estaban templando, me estaba costando trabajo el poner una delante de la otra.
Los gemidos estaban más cerca.
Entonces mi pie se tropezó, haciendo que cayera y rodara por el suelo.
Ya no me pude levantar…
Todas las personas que quiero, están muertas. Madison, mis padres, mi hermana… Miguel… Todos.
Los oigo mucho más cerca.
Cierro mis ojos derrotaba.
Al menos lo intente. Pienso para mí.
Ahora me encontraba sola…
Mi mente comenzó a dibujar a Miguel con su perfecta sonrisa.

…Ni siquiera grito al sentir el desgarrador dolor de la primer mordida…


Se aceptan comentarios y/o sugerencias siempre que estos no sean ofensivos. No pierdan si tiempo propagando su mala vibra…