Anoréxicamente correcta.

Capítulo I.

Un día, el mundo fue bendecido o endemoniado (todavía no lo sé, después de todo lo que me pasó) con mi presencia. Nací. Un 10 de noviembre. Dicen que para algo nacemos, que todos tenemos una misión en el mundo. Algo para hacer, para 'salvar', por así decirlo. Yo nací para sufrir, no puedo ni salvarme a mí misma. No puedo con mi genio.

Es que no todos somos iguales. No sentimos lo mismo, no pensamos igual. Somos distintos tanto externa como psicológica y mentalmente.

Pero no voy a venir con discursos médicos a la perfección, porque no soy la adecuada. Sería irónico serlo, y es cuando uno se ríe amargamente de las circunstancias que lo rodean, que son todo lo contrario a lo que no quiere hacer, o hace, o anhela, y no sale como esperaba. Para complacer a terceros, o simplemente para dar sentido a una vida que nosotros mismos consideramos inútil.

Mi nombre es Camila, tengo 16, casi 17, años. Me dicen Cami. O decían, cuando me prestaban atención, cuando existía para algunos. Soy una enferma, según algunos. Según otros, soy una caprichosa que quiere llamar la atención. Y según algunos pocos, simplemente soy un ser humano que intenta darle sentido a la vida. Esos pocos me entienden, pero no sienten lo que yo siento.

El 'no comer' tiene muchos significados, el vomitar también, y por supuesto el cortarse, el quererse matar. El llanto, la depresión, el no verle un sentido a la vida. Pasé por esas cosas, y no es lindo, pero a veces creemos que no nos queda otra. Lo creemos, porque a veces hay una salida.

No todas las chicas (porque casi todas son mujeres) comen o vomitan porque se ven gordas. No todas se cortan para matarse. Puede ser para llamar la atención, como descargo, porque lo necesitan, porque quieren, porque sí, porque tenemos ganas.

A pesar de todo esto, se puede decir que tengo afuera una vida 'normal', según mis padres. Para los que existo cuando quiero. Voy a la escuela, me gusta la música, siento lo que siente una persona normal (si saben a lo que me refiero: el amor, el odio y todo eso) y bueno, por un lado puede verse que soy normal. Ignorando mis ojeras.

No sé si realmente tengo un problema. No sé si pueda parar con esto yo sola, o si realmente necesito ayuda. No sé si lo hago por capricho, para llamar la atención o porque no me gusta mi contextura física, el como soy externamente. No sé lo que me pasa. Soy una persona de vivir lo que le sucede en el momento, y después me atengo a las consecuencias. Soy consciente de eso. Casi siempre está mal, pero soy así. Me es muy difícil adaptarme, amoldarme. Par algunas personas puede resultar increíblemente fácil, pero a mí no. Y hago algo que detesto: que me comparen.

Siempre quisieron que fuera lo que no soy. Lo que nunca iba a ser. Me comparaban con mi prima, de igual edad que yo, y a veces lo siguen haciendo. Me comparan con mis compañeros, con modelos, con científicos, con aliens, con extraterrestres, con Pinky, con Cerebro. Me comparaban, y me siguen comparando. Quieren que sea como los demás, pero nunca aceptan el ser como soy.

Y no digo que yo sea perfecta, simplemente que cada uno es como es. Otras personas podrían ignorar esos superfluos comentarios, que al perecer casi siempre son en desinterés, por decir algo. Pero yo me lo tomo muy en serio. Me tomo todo en serio, y ese es mi problema.

Como muchos otros que tengo, se habrán dado cuenta. Todo lo que hago me sirve como descargo. Como método para darle sentido a mi vida, para lidiar con toda la mierda que tengo adentro, que subconscientemente llamo comida.

De chica no era así. Era normal. Normal en todos los sentidos, no como me describo en "normal" ahora. Simplemente era una chica que jugaba, se divertía, tenía pocos pero fieles amigos y amigas, y… era normal. En una palabra, insisto, ''normal'' era lo que me describía. Ni desastrosa, ni especial… normal.

A los 12 o 13 años empecé con síntomas y sentimientos diferidos de los demás. A los 13 o 14 con esas "enfermedades". Yo no las considero enfermedades. Yo las veo como… métodos para refugiarse. Malos, pero son métodos.

En fin, seguro entienden un poco lo que me pasa. Y bueno, yo estaba de vacaciones. Era feliz, estando sola en mi casa, con mis papás trabajando, mirando la heladera sin sacar nada y pensando en lo que soy. En lo que me convertí. Porque antes no era así.

Me pasé todas las vacaciones así, y ahora empezaban las clases. Volvía a la escuela, a 5to año. Maldito 9 de marzo.

Como es obvio me pasaba recibiendo las burlas y cargadas de casi todos. 'Palito', 'flaca', 'fideo', 'desnutrida', 'anoréxica' y demás apodos me decían todos. Yo los ignoraba o los miraba gélidamente, pero era todo lo contrario a lo que ellos pensaban, que no le daba importancia: me destruían, más de lo que ya estaba.

Cuando me levanté aquel miércoles a las 6:30 AM me di una ducha, me peiné con flequillo y una colita alta, me pinté un poco los ojos, me vestí, me puse perfume y me miré al espejo. Era blanca, tenía ojeras y lucía cansada. Como siempre.
Me miré un rato más acordándome de lo que era y bajé. No había nadie.

Mi papá era un empresario que casi siempre estaba de viaje. No sabía si los viajes eran de negocios o si iba a un telo a tener relaciones sexuales con alguna prostituta. Porque casi nunca se veían con mi mamá, que también era empresaria, pero en casa. Se iba a las 6:00 AM, volvía a las 12 del mediodía y se iba a las 14 hs, y yo llegaba media hora después. Luego de eso no aparecía hasta media noche.

Me dejaba el desayuno y el almuerzo preparados. Que ingenua, a veces me daba lástima. Esa lástima de ingenuidad. No sé si me entienden.

Bueno, eso. Casi siempre lo llevaba en una bolsa y lo dejaba en un orfanato, o se lo daba al perro. Nunca me gustó tirar la comida. Porque tirar no es lo mismo que rechazar. Lo que rechazás se guarda o se come, lo que tirás va al basural, cuando hay gente que se muere de hambre queriendo comer (aclaración necesaria para personas como yo).

Bajé, agarré mi mochila negra con estampados de no sé que cosa y miré la bandeja. Jugo, tostadas, cereales, un café tapado y no sé que cosa. Hoy iba a venir mi tía, así que lo dejé ahí, para 'ella'. Le mandé un mensaje diciendo que le había dejando el desayuno y me fui. Tenía hambre, pero no podía parar ahora. Es decir, poder podía, pero no debía. No es mi naturaleza, con lo que empiezo, termino.

Iba caminando con el uniforme: zapatos negros, medias verdes, pollera verde y gris a cuadrillé, camisa con el escudo del colegio en verde (o chomba, lo que prefieras usar) y una vincha negra, que yo elegí ponerme. Después estaban el buzo, las camperas… todo verde, con el escudo de esa institución tan cara.

Miraba a las personas. Pensaba si sabían lo que me pasaba. Envidiaban que fueran tan normales, tan felices, tan perfectos con su vida perfecta en su trabajo perfecto, su familia perfecta y con su auto perfecto en su casa perfecta o en su oficina perfecta. Los envidiaba, y a la vez me aliviaba no ser como ellos. Porque de ser como ellos, no viviría en paz.