Anoréxicamente correcta.

Capítulo II.

Seguí mi trayecto hacia esa escuela privada católica pensando en cómo sería el recibimiento. Teníamos nuevo preceptor, pensé. 1ero y 2do tienen uno, 3ero y 4to otro, y los dos últimos años uno más. Son tres, en total, si saben contar. No me importaba mucho, pero era un detalle. Uno de los tantos que a lo que les daba importancia en mi vida.

Llegué y miré la iglesia que estaba en frente mío. Primero estaba el colegio, hacia el costado se entraba, y de frente tenías el ''templo''. Nunca fui muy religiosa, y a los 15 empecé a considerarme atea. Considerarme, porque nadie lo sabe. Lo cierto es que dios nunca hizo nada por mí, y ese rencor se transformó en una no-creencia.

Entré, me senté en un banco. Tenía ganas de prender un cigarrillo, pero ya tenía suficientes problemas como para que me echaran. Pero si pudiera, les fumaría en la cara a todas las personas que estaban ahí. Absolutamente a todas.

Hundida en mis pensamientos me di cuenta que tocó el timbre y fui a formarme. Tenía sueño, me estaba mareando y no prestaba atención al discursito barato del director. Todos los años lo mismo.

—Querés, darling? —dijo mostrándome un alfajor.

—Sabés la respuesta. –le dije, volteándome, para luego volver a mi posición anterior.

Siempre hay una persona en particular que nos arruina la vida. En mi idioma, que nos caga la existencia.

Y bueno, para eso existía (y sigue existiendo) Sofía. Es una de esas típicas rubias, altas, de pelo largo y lacio (parecido al mío), hueca, pintada como una puerta y con una pollera que parecía ropa interior. Aparece en todas las novelas, y apareció en ese colegio, en mi vida, para arruinarla. Esas que hablan siempre en inglés, chetas, creídas… bueno este tipo de personas, creo que ya entienden.

—¿Segura? —me dijo, burlándose-

—Yo no meto grasa en mi cuerpo.

Me miró mal y se fue.

Tenía esa costumbre de contestar. No me gusta que me callen, y sobre todo que me molesten. Sé que decir, me sale de la nada, pero prefiero ser invisible a ser la burla de todos. Prefiero que no sepan que existo antes de ser un objeto de sus bromas.

Nos dijeron que vayamos al salón de clase. Quinto año. Un salón diferente al del año pasado. Era más grande tanto ancha como largamente.

Tres filas de pupitres, cinco en cada fila. El escritorio en el medio, el pizarrón (que en realidad eran dos: uno normal y otro con fibra). El de fibra solía usarse más para cálculo, matemática y todo eso. Aunque casi todos dictaban. Me senté en el segundo banco del medio (donde estaba el escritorio de profesores). Si nadie se sentaba al lado mío, mejor. Pero se sentó un chico nuevo. No lo conocía y no me interesaba conocerlo.

Usaba el pelo para el costado, medio flogger. Tenía ojos verdes, era alto, nariz perfecta y demás rasgos. Una piel normal y esos detalles. No lo miré. Apoyé mi cara sobre mi mano. Me dolía el estómago y tenía mucho sueño, pero aún así intentara dormir no me iba a salir. Así es la anorexia: confusa, te lleva, te trae.

Entró el director y todos se callaron. Le tienen miedo al viejo ese, loco. Como si les fuera a pegar. Lo bueno es que no era tan religioso, pero venía con el sacerdote.

—Buenos días, alumnos. Espero que hayan disfrutado de sus vacaciones –''disfrutado'' pensé, irónicamente- pero ya es tiempo de volver a sus actividades. —claro, por el amor de Axl Rose-. Les quiero presentar a su nuevo preceptor. Pasá…

Yo no me volteé porque no tenía ganas ni fuerza para hacerlo. Suena exagerado, pero tenía que dramatizar. Después de todo, las personas enfermas vivimos de eso, de la mentira, del teatro.

Todas las chicas se dieron vuelta, supongo que era joven y todo eso. Como dije no me interesa ni me va a interesar. Eso pensaba en el momento, recuerdo. Saqué un par de hojas y una lapicera como para simular hacer algo.
Entre todo se me nubló la vista unos segundos, después volví a ver normal.

—Él es Guido, su nuevo preceptor.

Que nombre más común, por el amor de dios. No tuve otra opción que mirar. Era rubio, teñido. Parecía que no se peinaba, tenía ojos marrones, era alto y dientes muy blancos. Y una sonrisa que cautivaba a cualquiera menos a mí. No me cautivaba ni yo misma, me iban a cautivar los demás.

—Hola… bueno ya saben mi nombre, tengo 23 años. Si precisan algo, estoy en la preceptoría.

¡NO! ¿EN SERIO? Pensé que teníamos que ir hasta tu casa. La gente es tan boluda cuando le conviene. Como si fuera superior a nosotros.
Sé que pensarán que esta es una historia típica de amor en el colegio, pero no es así. Lo sé yo, que la estoy contando.

—Los dejo para que lo conozcan, y les de los datos, tales como horarios, materias, mesas de exámenes, tome lista etc. —dijo el director y sefue con el sacerdote, que sorprendentemente no nos hizo rezar ninguna oración sin sentido.-

Nos dio los horarios, nos habló de no sé que cosa y empezó a tomar lista. No voy a decir que dijo mi nombre y me re sorprendí, dijo mi nombre, dije acá y listo. Fue tan común como el no comer más que manzanas y tomar agua durante una semana.

El resto del día fue normal. Volví a mi casa, y estaba mi prima. También estaba mi tía, pero creo que había salido. Que se yo, no me importaba.

Subí sin saludar. No me llevaba bien con mi prima. Somos demasiado distintas. En ese momento, ella estaba comiendo una ensalada o no sé que cosa. No voy a pensar en eso con rencor; por lo menos podía comer.

Llegué y sentí hambre. Empecé a masticar chicle y a tomar agua. Me puse a ordenar las cosas del colegio, para distraerme. Mientras más cosas haga una anoréxica, más se distrae y por tanto piensa que se le fue el hambre, o se le va la sensación. Y te engañás, y no comés, y todas esas cosas. Ya estaba acostumbrada a eso.