Ese era mi primer día en el Kinder.

Yo fui criada sola con mi padre, mi madre y mi hermano, y raramente tenía contacto con personas que no fueran estos tres mencionados, así que estaba deseosa de llegar al instituto. El hecho de que podría, por fin, hacer amigos me excitaba en exceso.

Era un miércoles de agosto, más no recuerdo el día exacto. Iba en camino al Jardín de Niños de la mano de mi madre, a pesar de que el edificio estaba enfrente de dónde vivíamos en aquel tiempo.

Mi madre me dejó en la entrada y una de las trabajadoras me llevó hasta mi salón.

Cuando entré, la profesora me cargó, me llevó hasta el frente y, aún conmigo en brazos, me presentó con mis nuevos compañeros.

Todos los niños me miraban raro. Tal vez porque parecía menor que ellos, o porque la maestra me estaba dando un trato "especial", puede ser porque estuve ausente durante la primera semana y media de clase…

Déjenme explicarles: desde que tengo memoria, padezco asma. Por aquel entonces, mi cuerpo era mucho más débil que ahora y continuamente caía enferma. Era muy pequeña para mi edad, me veía pálida todo el tiempo, estaba demasiado delgada (casi en los huesos) y no tenía las mismas defensas que posee un niño que tuvo el privilegio de jugar en el suelo, en la tierra, con otros niños. Así, era normal ver en mis boletines escolares la gran cantidad de inasistencias marcadas.

Volviendo a la historia:

La mayoría dejó pasar el suceso. Otros no. Con pesar recuerdo la queja de una de las niñas, "¿¡por qué a esa la cargan y a MÍ no!?".

Entonces, la maestra me bajó y me sentó en donde sería mi lugar permanente en esa clase. Les dijo a los demás niños de mi delicada situación y les pidió que fueran comprensivos.

Fue cuando empezó la clase.

Normalmente, en estos grados no enseñan más que a contar hasta el número cien, el abecedario y a escribir más o menos letras legibles. Lo más que se hacen son juegos, comer y dormir. Pero yo no sabía esto, y fue ahí cuando tuve mi primera decepción. Había insistido a mis padres durante meses para que me inscribieran en una escuela, celosa de que mi hermano pudiera interactuar con otros y yo no. Además, pensé que podría aprender cosas nuevas, pero… no fue así.

Yo ya sabía leer propiamente y escribir (aunque mi caligrafía no fuera decente). Sabía contar del 1 hasta los millares, podía sumar, restar, y me sabía las tablas de multiplicar.

La maestra se mostró sorprendida por eso, no sé por qué, y me pidió que leyera un cuento para clase. "Los tres cerditos".

Ese fue el momento en que hablé por primera vez para ellos, y no fue agradable.

Fue la primera vez que alguien ajeno a mi familia se burlaba de mí.

Fue la primera vez que lloré.


Edad: 3 años, 11 meses.

Fecha: Agosto 2002. Día no recordado.