Aquella noche fue especial, nos reunimos alrededor de la televisión para ver la película del "matinée sabatino". Y estaban por dar la película favorita de mis padres.

Luego de unos minutos comencé a cabecear, el sueño había llegado a mí, durante los comerciales mi padre me cargó hasta llevarme a mi cuarto. Sacó mi cuento predilecto luego de arroparme y antes de comenzar a leerlo, me preguntó con su sonrisa.

— ¿Quieres mucho a ese peluche?

—Claro que si, es mi guardián.

—Me alegra saber que tienes alguien que te cuide cuando yo no puedo hacerlo.

Y finalmente, mis párpados se cerraron y la voz de mi padre dejé de oírla, hasta que el sueño me venció.

De repente me desperté, sintiendo que me faltaba el aire y al abrir mis ojos me percaté que me encontraba en una especie de mar. Recordé mis lecciones de natación y nadé hasta la superficie, solo para darme cuenta que mi cama seguía ahí, solo que ahora era tan grande, oscura e impredecible como el mar. A lo lejos escuchaba, como un eco, mi nombre y comencé a nadar buscando una orilla.

A lo lejos vi como una extraña forma se acercaba a mí, una especie de depredador, comencé a nadar con desespero a pesar de mi cansancio. Cada vez sentía a aquella bestia más cerca y mis extremidades más pesadas por cada brazada que daba.

Finalmente vi una luz, la cual señalizaba una escalera.

Di un salto evitando las fauces llenas de dientes de aquel depredador. No había escalones hacia arriba, solo hacía abajo y aquel ruido lejano se escuchaba más cerca, por eso decidí bajar a ver quien lo emitía.

El descenso fue extraño, fue como llegar a un recinto oscuro donde había torturas públicas y algunos gritaban sus deseos de ser los siguientes en aquellos extraños ritos. Pero seguía escuchando mi nombre cada vez más cerca, ahora sonaba como gemidos aquellos gritos.

Una persona con el torso desnudo y una máscara aterradora me tomó con violencia por mis tobillos, trataba de subir, de huir, pero los escalones ya no estaban ahí. Aquella multitud comenzó de nuevo con su extraña alegría de ver una tortura, otros estaban frustrados ya que un infante les quitó el puesto en aquella demente celebración.

Decir que tenía miedo, era quedarse corto, decir que era presa del pánico no era lo suficientemente cercano a aquel trauma, pero saber que nadie estaba para ayudarme me sumió en un dolor inexplicable. El maestro de ceremonias se reía al ver mi rostro con lágrimas mientras le mostraba al público los instrumentos que usaría para torturarme. Acercó lentamente una daga a mi mejilla derecha, pero de nuevo el grito se hizo presente, de entre la multitud, la macabra alegría se convirtió en exclamaciones de una persona que se abría paso hasta donde me encontraba.

Aquella persona, herida en un costado, subió donde me encontraba, él era quien decía con toda su voz mi nombre, se encargó del maestro de ceremonias y salimos, buscando una salida de aquel lugar tan delirante.

Pero la horda nos seguía el paso, pero apenas si pudimos llegar, aquella noble persona a duras penas resistía la frenética carrera.

Me arrojó a un pozo, el único lugar de aquella urbe demente que transmitía nobleza. Y caí, con una velocidad impresionante sin saber que le hacían a aquel valiente.

Algo frio en mi mejilla fue lo que sentí mientras regresaba en mi, abriendo lentamente los ojos, me percaté de todo. Había sido un viaje imaginación, estaba de vuelta en mi habitación, en el geriátrico donde residía desde hace un buen tiempo, que había mojado mi cama y caído al frío suelo. Peor lo más extraño fueron mis gritos, asociados a mi demencia senil.

Después de esto, de seguro mi familia vendría a visitarme.


Nota del autor: Originalmente este relato iba para Cuentos con Descuento, y de paso es la nueva versión de uno viejo, pero me gustó tanto que decidí ponerlo como obra aparte.