Disclaimer: Tom y Jim son creación de Leeh. Zac es de Dany. Andrew es de Lore. Y el resto son míos. Pero todos pertenecen a The Madness RPG, y bueno, eso.

Fandom: The Madness RPG.

Pairings: Tom/Anne Marie. Zac/Anne Marie. Tom/Danielle. Danielle/Andrew.

Summary: Ambos sabían que lo que estaban haciendo no podía estar mal. No cuando se sentía tan bien.

Warnings: Pequeño, pequeño, pequeñísimo lime. AU por completo.

Le blablablá: Tardé más de cinco horas en escribir esto. Yo no esperaba que fuera tan largo. No, para nada. Es un monstruo que aumenta y aumenta de tamaño mientras yo pretendo dejar de apretar las teclas, honestamente. Pero en fin, tenía la idea de esto desde hace mucho and I'm just glad que finalmente pude escribirlo. Esto va para Leeh, por supuesto, porque pues, quiero, puedo y la amo. Fin. También gracias a ella por betearlo. Espero te haya gustado, babe.

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Come and rest your bones with me.

«steal some covers, share some skin, and clouds are shrouding us in moments unforgettable, you twist to fit the mold that I am in

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Había dos razones por las que Anne Marie jamás invitaba a sus amigas al departamento que compartía con sus dos hermanos al sur de Francia. En primera, porque todas estaban perdidamente enamoradas de alguno de ellos y en segunda, porque… bueno, Antoinne podría usarlo como una razón lo suficientemente buena para dormir con ellas, y no, gracias, prefería que en la convivencia diaria no saliera al tema la manera en que su hermano hacía el amor.

Lamentablemente, ese día había dejado que sus principios salieran por la ventana y aceptó que Cécile y Florentine esperaran en su sala mientras Antoinne les ofrecía algo de beber y Edoard intentaba ignorar el hecho de que ambas lo estaban mirando fijamente mientras él escribía en su portátil junto a la ventana. Cuando finalmente salió de su habitación con la maleta hecha y el pasaporte en el bolsillo de su chaqueta, Florentine intentaba establecer conversación con Edoard por todos los medios y Cécile reía como posesa por el chiste de Ant que probablemente ni siquiera había tenido tanta gracia.

—Hora de irnos —cuando ninguna de sus amigas respondió, no pudo más que rodar los ojos y ponerse la chaqueta—. Cécile, si sigues así Antoinne tendrá sexo contigo por una noche y en la vida volverá a llamarte o a siquiera recordar tú nombre; y Florentine, Edoard sólo está aquí de vacaciones, regresa a Estados Unidos en un par de días. Y sí, tiene novia. ¿Podemos irnos ya?

Misión cumplida. Sus amigas se levantaron como despertando de un trance y se acercaron a la puerta, despidiéndose de los hermanos Chevalier para después desaparecer por el pasillo. Anne se giró a mirar a sus hermanos y sonrió brevemente, abrazando a Edoard y besando la mejilla de Antoinne.

—Diviértete en Londres. No hagas nada que yo no haría.

—No le digas eso a Mer, imbécil.

—Cállate, Edoard. Llámame en cuanto llegues, Anne Marie.

—Y cuídate mucho. Grabé en tu teléfono todos los números que…

Anne rodó los ojos. —Edoard, no eres mi padre. Y estaré bien. Regresaré la semana siguiente, ¿de acuerdo? Los quiero a ambos, consíganse una vida decente mientras no estoy.

Y sin más salió corriendo por la puerta principal para alcanzar a sus amigas y dirigirse al aeropuerto.

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La llamada de Zac llegó poco antes de que abordara el avión.

—Hola, Annie.

—Hola, extraño.

—¿Cuánto falta para que llegues?

Anne Marie rió. —¿No sé? ¿Dos, tres horas? Apenas estoy por subir al avión.

—Lo cual me da dos o tres horas para salir a comprarte un lindo atuendo que compartirás en secreto con Victoria.

—Eres un idiota.

—¿Pero sólo soy tu idiota?

—Eso espero, honestamente. Tengo que colgar, amor, te veré pronto.

—Buen vuelo, princesa. Te amo.

—Yo a ti.

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El plan era bastante sencillo. Llegarían a las seis de la tarde, Zac las esperaría en el aeropuerto para llevarlas al hotel a que se refrescaran y después saldrían a un bar que Zac y sus amigos frecuentaban. Supuestamente era uno de esos locales con espíritu de los 60's que aun esperaban buscar ser la cueva para unos nuevos Beatles. Patético, si se lo preguntas, así que de preferencia no lo hagas.

Después regresarían al hotel, dormirían (al menos sus amigas, porque, por favor, ¿seis semanas sin ver a su novio? Definitivamente tenía cosas más importantes que hacer que sólo dormir) y al día siguiente saldrían a conocer todos los monumentos importantes de la ciudad. O algo parecido. En ese momento lo único que importaba era que el avión estaba a punto de aterrizar y que en pocos minutos podría estar entre los brazos de Zachary Payne.

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No va a contarte cómo distinguió a Zac de inmediato entre la multitud de gente que se arremolinaba en la puerta de llegadas internacionales. Tampoco te dirá que fue corriendo hasta él y brincó justo a tiempo para envolver las piernas en su cadera y los brazos en su cuello. Y definitivamente tampoco admitirá que en su mente comenzó a sonar una canción de Adele porque, por favor, pasó suficiente vergüenza en el aeropuerto como para revivirlo a manera de anécdota.

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Ese día, Danielle Anderson había pasado por la peor tortura conocida por los estudiantes de medicina: examen de anatomía. Y es que no sólo era aprender los músculos de todo el cuerpo, era aprender los huesos, las vértebras y hasta las malditas venas, porque enserio, sus profesores se empeñaban en hacer de su vida un completo infierno. Cuando salió del aula y miró su reflejo en la ventana más cercana, se aterrorizó de ver las sombras lilas bajo sus ojos que ni siquiera el maquillaje había podido ocultar.

Fue entonces que su móvil comenzó a vibrar y al extraerlo encontró el mensaje de texto que mejoró su día sobremanera.

«Deja de mirarte como si estuvieras presenciando la imagen del exorcista, Dee-dee. Te ves preciosa con todo y ojeras. Ahora cruza la calle y ven a verme que estoy ansioso por saber cómo te fue en el examen. Te quiero. T.»

La sonrisa que curvó sus labios en ese momento permaneció con ella hasta entrar en aquella pequeña cafetería frente a la facultad y ver al chico más perfecto de todo Londres al otro lado de la barra con un delantal y un gafete que rezaba '¡Hola! Soy Tom, ¿en qué puedo ayudarte?'.

—Hola, linda.

—Voy a morir.

—No, espera, no lo hagas aún. Deja al menos nos tomamos un café.

Y sin más Tom gritó '¡tomaré mi descanso!' y cruzó la barra de un salto, llevando consigo dos tazas de café caliente. Danielle se levantó del taburete en que había tomado asiento y lo siguió hasta la mesa junto a la ventana, ofreciéndole una sonrisa cuando él separó la silla para ella. ¿Había mencionado ya que tenía al novio perfecto?

—Bien, dime qué sucedió —preguntó Tom una vez que tomó asiento frente a ella.

Danielle suspiró y comenzó a hablar.

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Tom era excelente escuchando. Sabía cuándo soltar los 'mmh' y los 'ah' necesarios para parecer que no la estaba ignorando pero que tampoco quería interrumpirla. Cuando Danielle finalmente terminó su tortuoso día, él tomó su mano y la llevó a sus labios, besando sus nudillos con suavidad. Susurró un 'todo va a estar bien, cariño', y al mirar en esos preciosos ojos cafés, Danielle lo creyó.

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Más tarde esa noche, Danielle ladeó el rostro hacia la chica que la miraba desde el espejo con un short oscuro, una blusa azul y los zapatos cerrados con tacón bajo (pero tacón al fin). Sostuvo su cabello por un segundo y volvió a dejarlo caer sobre sus hombros. ¿Y es que cómo se suponía que debía ir a la primera tocada importante que tendría su novio con su banda musical? Suspiró y se puso unos aretes discretos y el collar que él le había regalado con una T pendiendo sobre su pecho.

Cuando escuchó la motocicleta pitar desde la calle, se asomó por la ventana y sonrió a su novio que ya la esperaba abajo. Tomó una bolsa pequeña y la llenó con su teléfono móvil, un brillo labial, máscara para pestañas, sus llaves y su cartera; cerrando la puerta de su habitación a sus espaldas.

—Regresaré más tarde —anunció a su hermano que tenía la mirada trabada en la televisión frente a él. Como pudo, Liam soltó el control del videojuego con una mano y se despidió de ella, asintiendo con la cabeza.

—Con cuidado, Dany.

Danielle asintió a su vez, intentando no sentir la mirada de Andrew sobre ella mientras seguía jugando con su hermano. La rubia sólo bajó la vista y salió por la puerta principal, pretendiendo ignorar el '¡já, gané, Andrew! ¡En tu cara!' que sabía que ella había provocado.

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Anne supo que había sido una mala idea el acudir al bar más popular de la ciudad en un viernes por la noche cuando se dio cuenta de que la fila de gente ya estaba doblando la esquina. Ignoró los chillidos de sus amigas que intentaban planear la mejor manera de convencer a los guardias de seguridad que las dejaran entrar sin formarse como los demás, y se decidió a escribir en su celular. Minutos después vio como Zac bajaba de un taxi frente al bar y se acercaba a ella, rodeando su cintura con un brazo.

—¿Me extrañaste?

—Sí, Zac. Pude soportar poco más de un mes sin verte, pero dos horas pudieron conmigo.

Zac rió y tomó su mano para dirigirse a la entrada del lugar. Sus amigas los siguieron entre risas y comentarios emocionados, callando sólo cuando escucharon al guardia preguntar '¿nombre?' a una chica de tirabuzones rubios que estaba frente a ellos.

—Danielle Anderson, estoy en la lista que le otorgó Thomas Hawkins.

El guardia hojeó la carpeta entre sus manos y finalmente asintió, soltando el cordón de terciopelo rojo que bloqueaba simbólicamente la entrada al resto de las personas (porque seamos honestos, el que realmente bloqueaba la entrada era él). La chica entró, dejando a su paso un aroma a caramelo y miel. Anne arrugó la nariz, haciendo una mueca. Demasiado empalagoso para su gusto.

—¿Nombre?

—Zachary Payne.

El guardia ni siquiera tuvo que mirar en la lista. Simplemente asintió y dejó que Anne, Florentine y Cécile pasaran antes que Zac, cerrando nuevamente la entrada a sus espaldas.

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Anne perdió a sus amigas tan pronto como entraron al bar. Se dejó guiar por Zac hasta la barra y se encogió de hombros cuando él pidió dos whisky. Ella pensaba hacer lo mismo, pero sólo le había ahorrado el trabajo. Cuando decidió comenzar a besarla mientras les servían las bebidas, tampoco protestó. Y no fue hasta que escuchó cómo alguien golpeaba repetidas veces el micrófono con los dedos mascullando el clásico 'bueno, bueno, ¿hola?' en voz baja, que no tiró del labio inferior de Zac, separándose de él con una sonrisa que dejaba implícito el «después, cariño, cuando estemos en tu habitación» que comenzaba a pungir en el vientre de ambos.

Negó con la cabeza cuando él le ofreció acercarse a una de las primeras filas para escuchar a la banda tocar y permaneció sentada en su taburete con la copa de whisky entre las manos.

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Danielle se movió entre la masa de gente para llegar al escenario y subir por las escaleras laterales. Sonrió levemente a Jim y Julian, los compañeros de su novio, y se acercó a Tom que se encontraba tomando una cerveza en una esquina mientras revisaba las hojas pautadas. Envolvió su torso por detrás con ambos brazos, sonriendo al sentirlo girar y envolver su cintura también.

—¿Estas nervioso?

—Un poco, sí.

—Bueno, disfruta tus nervios. Son parte de la experiencia —se puso de puntitas para besar sus labios con dulzura—. Estaré en la primera fila, cielo.

—Te quiero, Dee-dee.

—Yo a ti, Tommy.

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El problema de Danielle es que cuando tenía tiempo libre se ponía a pensar en su vida más de lo debido. Bueno, para ser más específicos, se ponía a pensar más de lo debido acerca de su relación con Tom. Y mientras las luces se apagaban y el presentador subía para anunciar que ésta noche se trataba de una banda nueva que tocarían una canción inédita y que luego coverearían a The Beatles, ella sólo podía pensar en que estaban atorados. Estaban atrapados en ese momento de la relación en que un 'te quiero' no era suficiente para expresar sus sentimientos, pero ninguno era lo suficientemente valiente para ser el primero en decir 'te amo'.

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—Buenas noches, Themple Bar —susurró el chico de cabello castaño con complejo Beatle. ¿Es que todos en esa ciudad usaban así el cabello o…? Anne Marie regresó a ver a su novio que también usaba un corte de cabello que cubría sus cejas haciendo que las puntas de su flequillo se entrelazaran con sus pestañas y sólo rodó los ojos. Sí, todos los británicos usaban ese corte de cabello—. Mi nombre es Thomas Hawkins y junto a mis compañeros estaremos tocando algunas canciones para ustedes.

El público aplaudió con amabilidad. Anne no lo hizo. Ella no era amable.

—La primera canción que tocaremos se titula "She's Thunderstorms" y va dedicada para una chica muy especial. Dee-dee, esto es para ti. Te quiero, linda.

Y señaló a la chica de cabello rubio que habían visto antes en la fila. Anne comenzó a asociar nombres y simplemente se encogió de hombros, dando otro sorbo a su bebida. El chico no tocaba mal la guitarra.

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No supo cómo fue que sucedió, pero llegó un momento durante la segunda canción en que el vocalista de la banda trabó su mirada con la de ella, y por un par de segundos todo dejó de importar. No dirá que su alrededor se desvaneció en una nube de humo y que el mundo cobró un sentido complemente diferente para ella, porque no, tampoco fue de esa manera.

El calor que recorrió su estómago hasta llegar hasta su vientre y la punta de sus dedos fue simple, inesperado y exquisito. Lo suficientemente delicioso como para curvar los labios en una sonrisa y ver un reflejo de ésta en la boca del chico que seguía contorsionándose por las palabras que acompañaban a la música.

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Esa noche ninguno de los dos se acercó a saludar. Ni siquiera cuando se descubrieron mirándose a extremos de la habitación sin discreción ni piedad. Los dos prefirieron ignorar el hecho de que para ser desconocidos parecía haber una historia perdida en sus miradas.

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Anne estaba odiando su día. ¿Qué de interesante tenía el mirar un maldito edificio con un reloj en la punta que hacía «bong, bong, bong» cada que se le pegaba la gana? Y aun así se acercó a sus mejores amigas y sonrió a la cámara cuando decidieron tomar las fotos del recuerdo. Incluso estuvo de acuerdo en asistir a la capilla de Winch-algo (no, no la va a decir porque se escucha estúpido con su acento francés y ya recibió suficiente burla de Zac como para recibirla de ti), y no protestó ni una sola vez hasta que se dieron las tres de la tarde y su estómago comenzó a exigir comida.

Decidieron detenerse en un mercadillo cercano a comer la comida tradicional, y si debe ser honesta, lo único que mejoró su tarde fue el saber que más tarde esa noche tendría el departamento de Zac para los dos solos.

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—Tengo que ir, Annie, no es como si yo lo hubiera decidido así.

—Uh, sí, tú lo decidiste así, Zac. La compañía sólo te dijo 'hey, te necesitamos para unas fotografías que la gente sólo pasara de largo en las revistas, ¿puedes venir?' y tú decidiste aceptar.

—Vaya, gracias por el apoyo.

Anne Maríe rodó los ojos y se tomó un segundo para respirar antes de susurrar: —Bien, lo siento, ¿de acuerdo? Es sólo que pensé en tener una noche especial contigo hoy. Arruinaste mis planes.

Zac se acercó a ella para besar su frente y posteriormente sus labios, acariciando su cabello.

—Lo siento, princesa. Te prometo que regresaré tan pronto como pueda. Sabes que te amo.

Pero ella sólo se encogió de hombros y no contestó.

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Encendió la televisión y buscó algo interesante, pero la televisión británica era tan aburrida como la francesa. Se levantó de la cama y llamó al hotel en que se encontraban sus amigas para saber si tenían planes o querían salir a cenar, pero el recepcionista le informó que habían salido. Perras.

Cuando finalmente se decidió a no pasar la noche entera entre cuatro paredes esperando a Zac, se vistió y tomó sus cosas, cerrando la puerta tras de sí. El problema es que sólo conocía un lugar en el cual pasar el rato y bueno, honestamente no era un problema. Un bar sonaba como una excelente opción.

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No va a negar que lo buscó con la mirada, porque está un poco cansada de decir mentiras. Cuando sus ojos se encontraron, simplemente sonrió y desvió la vista, enfocándola en el vaso de brandy que reposaba inerte frente a ella. Llámala idiota, pero no le gustaba tomar whisky cuando Zac no andaba cerca. Era una tradición de ellos, y sin él se sentía incorrecto. Una tradición profanada.

Cuando el vocalista de la noche anterior se acercó al taburete en que ella estaba sentada, se tuvo que morder el interior de las mejillas para no ser la primera en decir 'hola'. Mantuvo la mirada alejada de él como si se tratara de Sodoma y Gomorra y ella temiera convertirse en un pilar de sal. No supo cuánto tiempo pasó hasta que el brandy comenzó a asentarse en su vaso y decidió terminarlo de una buena vez.

Fue entonces cuando escuchó el «¿quieres salir de aquí?» y simplemente asintió, tomando su abrigo para seguirlo a la entrada principal.

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Su nombre era Thomas Hawkins. Había nacido en Londres y era hijo único aunque tenía una prima-hermana con la cual había crecido llamada Blake. Según él, ella y Anne se agradarían porque tenían personalidades parecidas. Trabajaba en la cafetería que estaba frente a la facultad de medicina y había formado parte de la banda de música desde hacía dos años. Adoraba a su abuelo con la vida y hasta la fecha sólo conocía a su madre por una fotografía que le había dejado cuando tenía tres años antes de desaparecer en el triángulo de las Bermudas.

Anne le contó que tenía dos hermanos y que ambos eran unos idiotas, pero con diferentes personalidades. Intentó explicarle que estaba de vacaciones con unas amigas y que odiaba estar recorriendo los lugares más importantes de la ciudad, pero su inglés no era tan nutrido y los balbuceos en francés parecían incomprensibles para el chico de la chaqueta de cuero.

Cuando llegaron a un puente adoquinado del que podían mirar buena parte de la ciudad, él decidió sentarse con las piernas colgando al vacío y ella sintió que la respiración se le atoraba en la garganta. Éste sería un buen momento para mencionar que las alturas no son sus mejores amigas. No tiene problemas estando en un avión, es el sentir el vacío bajo los pies lo que le provoca náuseas e incomodidad en el pecho. Se recargó en la barandilla y miró a lo lejos, a las luces de la ciudad.

Tom sacó un cigarrillo de su chaqueta y la miró por unos segundos. Anne pretendió no mirarlo. Él tragó en seco antes de delinear los labios de ella con el pulgar hasta sentirlos entreabrirse bajo su piel. Acomodó el cigarrillo entre éstos y acercó las llamas del encendedor, quitándolo de los labios de Anne después de que ella dio la primera calada.

—Te ofrecería uno, pero era el último que tenía. Tendremos que compartir.

Anne no encontró problema alguno, expulsando el humo en suaves volutas mientras la noche transcurría con tranquilidad.

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No la acompañó al departamento de Zac. La llevó de vuelta al bar y la miró una última vez, guardando las manos en su chaqueta nuevamente. Anne tuvo que cerrar las manos en puños porque la necesidad de quitar el cabello de su frente se había tornado un tanto ridícula. Frunció los labios y asintió sin decir nada, dando la vuelta para comenzar a andar, alejándose de él.

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Esa noche finalmente tuvo el reencuentro que había estado esperando desde que vio a Zac en el aeropuerto. Las sábanas se arrugaron bajo sus dedos y su cabello se enredó una y otra vez en la almohada mientras los besos de Zac marcaban su piel como parte de él. Anne gritó y se rompió un poco tras cada estocada hasta que sus ojos se cerraron y sus uñas dejaron líneas rojizas por la espalda de su novio.

Pero de alguna manera, su cabeza estaba en otro lado. Sus labios aun sabían a Zac, a cigarrillo y a él. Por eso cuando más tarde ambos estaban cubiertos bajo la fina tela de la sábana y su novio susurró un «te amo, Annie», ella pretendió dormir.

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Danielle se arrebujó un poco más en el abrazo de su Tommy. Hundió la nariz en su cuello y suspiró, rodeando su tórax con un brazo mientras sentía su piel desnuda hacer fricción con las sábanas que cubrían la cama. Había avisado que esa noche no llegaría a dormir. Liam había soltado el usual «con cuidado, Dany» y Andrew… no, no le importaba lo que él tuviera qué decir. Se abrazó más a su novio, besando su hombro con dulzura.

—¿Cómo estuvo tu día?

—Ocupado. Lo de siempre. Tuve que asistir a clase de Ginecología hoy. Sigo sin entender por qué debo aprender eso si terminaré por especializarme en traumatología, pero en fin, cuando se lo dije al profesor no pareció muy complacido con mi respuesta.

Tom rió y besó sus labios, tomando gusto por el inferior. —Tienes que aprenderlo para cuando Liam te lleve a su esposa y tú asistas el parto de tu primer sobrino.

Danielle sonrió sobre su boca y simplemente asintió. —Suena como una razón justa —, se calló por un segundo y frunció el ceño, separándose levemente de él—. ¿Estuviste fumando?

No le gustaba ser de esas novias controladoras que quieren crear al prototipo perfecto de ser humano en su novio, pero si había algo que sí había intentado modificado en Tom era su hábito de fumar. Tenía suficiente con escuchar en la escuela una y otra vez que un 95% de los fumadores terminaban con cáncer de pulmón, como para pensar en que su novio podría formar parte de las alarmantes estadísticas.

—Sólo fue un cigarrillo, linda.

—¿Sabías tú que el…?

—¿...95% de los fumadores terminan con cáncer de pulmón? Sí. Pero gracias por recordármelo cada que puedes, Dee-dee —Tom se levantó, sentándose a la orilla de la cama mientras cubría su cadera con la sábana.

Danielle se sintió miserable. Suspiró y se hincó a sus espaldas para rodear su torso con ambos brazos y repartir besos suaves por sus hombros.

—Lo siento, Tommy. Es sólo que no quiero que formes parte de una estadística.

—Todos somos estadísticas, Danielle. La diferencia está en de cuáles formamos parte y de cuáles no.

La chica de cabello rubio no contestó porque sabía lo que ocurriría si lo hacía. Seguirían discutiendo hasta que uno de los dos mandara al demonio al otro y toda la noche se arruinara por su terquedad. Tragó en seco y tomó su barbilla para hacerle girar el rostro y poder besar sus labios.

—Lo siento, ¿de acuerdo?

—Está bien —suspiró, volviendo a derribarla sobre la cama—. Prometo intentar dejarlo.

—Gracias.

Pero ambos sabían que no era verdad.

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Esa noche Tom susurró un «te quiero» antes de dormir, y a pesar de que Danielle tenía el «te amo» en la punta de la lengua, supo que ese no era el momento apropiado para decirlo; así que respondió con un «yo también» y sonrió con amargura, durmiendo minutos después.

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Cuando a la mañana siguiente Zac dijo que tenía que regresar al estudio hasta medio día para terminar con unas tomas, Anne ni siquiera se molestó en contestar. Simplemente asintió y lo besó con una pequeña sonrisa adornando sus labios. Una vez que él se fue, se vistió y salió a tomar un taxi que la llevara hasta la facultad de medicina. No tardó ni cuarenta minutos para bajar del vehículo y arreglarse la chamarra oscura sobre el pecho, cruzando la calle para entrar al pequeño café de estilo bohemio.

Al abrir la puerta sintió el aroma impactar sus fosas nasales y no pudo evitar hacer una mueca de felicidad. Eso era lo que le agradaba del café, sin importar dónde te encontraras el café era café. Un punto estable en un mundo que cambiaba continuamente. Y luego estaba él.

Estaba usando un mandil igual que el resto de los meseros del lugar, pero ninguno de los otros la estaba mirando como lo hacía él. Anne sonrió al piso y se acercó con el ceño levemente fruncido para tomar asiento en el taburete frente a él.

—Pensé que no volvería a verte hasta más tarde en el bar.

—Más tarde probablemente tenga planes. Después de todo soy una turista en Londres por vacaciones.

Anne pudo ver cómo el chico ocultaba la risa tras la curvatura de sus labios. La necesidad de tocarlo volvió a embargarla pero respiró profundo y se clavó las uñas en las palmas de las manos.

—¿Qué te sirvo?

—Un café frío, por favor.

—No es café si esta frío, Anne Marie.

—Cállate —y cuando sonrió, él sonrió también.

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Anne Marie pasó más tiempo del que tenía disponible en esa cafetería, sentada en una mesa cercana a la ventana, simplemente viendo al chico de la barra. Las miradas discretas y disimuladas habían quedado atrás. Ahora ambos clavaban la vista en los ojos del otro sin importarles que el resto de los clientes pudieran sentir la tensión que se estaba desarrollando entre ambos.

No sabía cómo es que había llegado a ese momento, pero el calor en su vientre estaba haciendo que la punta de sus dedos cosquillearan y su garganta se resecara a pesar de estar tomando café. Pero no fue hasta que vio que la chica de cabello rubio (¿Arielle Starlenson o algo similar?) entró al local con el uniforme blanco de la universidad y se inclinó sobre la barra para besarlo que el interior de Anne colapsó, porque mientras sus labios se unían y los ojos de ella se cerraban entregándose al beso, los de él permanecieron abiertos, aun trabados con los de Anne.

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El callejón colindante al bar apestaba a cerveza, podredumbre y basura, pero a ninguno de los dos les importó mientras sus labios colapsaban en la vorágine de lo incorrecto y sus manos buscaban el calor que ya comenzaba a arder en el resto de su piel. Los dedos de ella se enredaron en el cabello de él mientras sus manos se perdían en las caderas de ella.

Fue rudo, desesperado, ansioso. Fue una explosión que Anne creyó premeditada desde la primera vez que se vieron. Fue todo lo que Tom pensó jamás hacer. Los pies de ella habían abandonado el suelo tan pronto como su espalda había chocado contra la pared y los labios de Tom se perdían en su cuello. Habían mordido, arañado y besado lo que no era suyo, lo que tenía dueño y nombres grabados a base de caricias ajenas.

Pero nada de eso importaba, ¿sabes? Porque mientras Tom empujaba la cadera al centro de Anne y la cabeza de ella se echaba hacia atrás en un sordo jadeo, ambos sabían que lo que estaban haciendo no podía estar mal. No cuando se sentía tan bien.

(Tan correcto).

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Volvieron a verse un par de veces después de eso. Todo sucedió en hoteles baratos y almacenes llenos de café. Todo se justificó con excusas baratas que ni Danielle, ni Zac creyeron del todo, pero que no cuestionaron porque estaban ocupados teniendo vidas por separado. Todo sucedió sin que ellos lo planearan o lo decidieran.

Pasó y ya.

Cuando terminaban de estar juntos ninguno de ellos decía «te quiero» o «te amo». Tampoco se miraban a los ojos como si la eternidad se escurriera en sus miradas y quedara grabada en su piel. Simplemente miraban el techo y compartían un cigarrillo (no porque no tuvieran más, sino porque les gustaba disfrutar el sabor del otro combinado con el humo y las palabras jamás dichas). Después se vestían y continuaban con sus vidas, sin despedirse con un beso, ni decir adiós.

Porque sabían que se volverían a ver. No sabían si sería más tarde en el bar, al día siguiente en la cafetería o cuando él la estuviera esperándola fuera de la casa de su novio para escabullirse a algún lugar desierto donde sólo existieran ambos; pero no importaba. Eran amantes de la incertidumbre del no saber.

Eran amantes de la vida.

Simplemente amantes.