17 De trapo.

Miércoles. Febrero 9. 2011

-¿Y qué tal esta noche?

La necesidad de ver de nuevo su rostro me resultaba extraña. Era como tener mucha hambre estando a dieta, o como querer lanzarme de un paracaídas con acrofobia. María por su parte, seguía mostrando resistencia, pero de menos escuchar su voz me alegraba el día.

-No lo sé, debo ir al inglés.

-Pero sales a las seis ¿cierto? Te vería después de clases, ¿qué dices?

-Está bien, pero solo a cenar ¿va?

-Ok, entonces pasaré por ti y podemos…

-¡No, no! Mejor me esperas en la esquina. Es que... quedé de ir con unas amigas a un café a la salida, y si les voy a cancelar por verte, lo que menos quiero que nos sorprendan juntas… es decir, que se den cuenta de que te prefiero a ti... como amiga, claro. Son. Muy. Celosas –añadió nerviosa.

-Je. Está bien -mentí.

-¿En verdad?

-Sí hablo enserio, por mi está bien. Te veo ahí.

-Ok, cuídate, bye.

-Bye.

María José estudiaba tres idiomas a la semana que la mantenían ocupada y alejada de los problemas en su casa. Era tres años más chica que yo y se había quedado fuera de la universidad por algunos puntos, así que el francés, inglés y el alemán, eran sus únicas ocupaciones; eso y el acudir a misa todos los domingos a darse golpes de pecho al lado de sus arraigados padres, los cuales parecían haber instalado un GPS en su pequeña hija para estar siempre al pendiente.

CUANDO POR FIN SALIÓ del instituto, la puesta de sol al fondo de la fotografía parecía adornar específicamente su larga y castaña cabellera. Mucho más bonita que la mía debo admitir, o por lo menos mejor peinada. María cotilleó unos minutos con algunas de sus compañeras, y pude notar que entre risas miraba a los lados en busca de mi presencia. Una vez dispersada la gente a las afueras del instituto, María se ajusto la bolsa al hombro y se dirigió sobre la banqueta en dirección contraria de donde me encontraba. Pensé en correr o en gritarle, pero en cuanto me dispuse a hacerlo María volteó su cabeza y me clavo la miel de sus ojos , después de un segundo sonrió.

-¡Espera! ¿Por qué te vas? –espeté mientras trotaba hacía ella.

-Hola –saludó aún con su falsa sonrisa. Esa es mi área, fue fácil saberlo -. Pensé que habíamos acordado vernos en la esquina ¿no?

-Sí, en eso quedamos. Solo que pensé que sería en la otra esquina –reí de manera estúpida, pretendiendo no darme cuenta de que lo que María en verdad quería era huir de nuestra cita, si a eso se le podía llamar una cita, claro.

Caminamos unas cuadras sin saber a dónde ir. No soy del tipo de personas que toman la decisión del lugar destino sino hasta estar en camino al mismo, cualquiera que fuese. Y lo mejor (dado el caso), es que María tampoco lo era.

-No tengo mucha hambre, comí hace rato. Tuve una hora libre entre clases porque la maestra llego tarde.

-Caminemos entonces.

-Estoy cansada.

-Entonces sentémonos en algún parque.

-¡No! Ehmm... vamos a algún café, algo más… privado.

-Okay –acepté confundida. ¿Sería que en verdad quería estar conmigo a solas?, o bueno, sin tanta gente. ¿O acaso lo que quería era no ser vista con una chica que si apenas conocía ya la trataba cariñosamente?

AL SUBIR LAS ESCALERAS del café más cercano María frenó en seco provocando que me estampara contra ella y casi cayera hacia atrás.

-¿Qué pasa?

-Nada, mejor vámonos. Este lugar no me gusta –giró rápidamente y a empujoncitos me guió de nuevo cuesta abajo hasta la puerta.

-¿Qué fue eso? ¿Por qué esa cara?

María se puso palida, abriendo mucho los ojos.

-Son Caro y las chicas... estaban ahí arriba, en la mesa junto a la entrada. ¿Recuerdas que te dije que quede de salir con ellas?

-Aja, sí. Y casualmente olvidaste por completo que se reunirían aquí, ¿no?

-Sí... no sé en que estaba pensando –de nuevo "rió".

Antes de colisionar contra su espalda estoy segura de que alcancé a ver algo de aquella mesa. O al menos eso creo, sino es que así quise imaginarlo. Y no recuerdo haber visto a ninguna mujer, al menos no menor a treinta. Sí a caso vi a una señora bien vestida acompañada por dos o tres jóvenes apuestos, pero eso es todo.

-¡Pizza! -gritó como si hubiese descubierto algo-. Vamos a cenar pizza ¿sí?

-Apenas van a ser las siete, además, ¿no que no tenías hambre?

-Anda Ari, conozco un lugar aquí cerquita, saben riquísimas.

-Ok, pero yo elijo los ingredientes.

Mas tardamos en encontrar una mesa vacía que en lo que María ya había elegido hacer de nuestra pizza una hawaiana. Un escalofrío me araño la espalda al notarlo y darme cuenta de que él estaba ahí.