¡Mil perdones por la tardanza! Se me ha complicado el tema de escribir y subir por las integradoras del colegio u.u Por suerte las clases ya han terminado y ¡estoy de vacaciones! :D Así que tendré más tiempo para seguir con los siguientes capítulos.

El anterior estuvo desde el punto de vista de Thiago, ¿no? Bueno, este será relatado por Sofía. Sip, habrá puntos de vista múltiples en la historia.

Por cierto, ¿dicen que cambie la clasificación? En este capítulo hay una escena...no sé si decir fuerte, o si entra en la categoría T. Juzguen ustedes.

Sin más preámbulos, el capítulo:


II.

(Por puras casualidades se puede cambiar la rutina)

No es hasta que entro a casa, cierro con llave la puerta y me deslizo por la superficie de madera hasta caer en el suelo que comienzo a llorar.

Soy patética.

Dejo que las lágrimas resbalen por mi rostro por un largo rato. ¿Por qué sigue pasando esto? ¿Por qué lo sigue haciendo? Prometió que me protegería, que buscaría todo lo mejor por mí. Entonces, ¿por qué no para? ¿Por qué no me cuida de él mismo? Quiero pensar que es solo una ilusión, pero mi mejilla duele demasiado como para que solo sea mi imaginación.

Ya no me importa si mis padres están en casa y me escuchan llorar, saldré con cualquier excusa. Que intentaron robarme, o algo así. No sé de lo que Mauricio sería capaz si lo delatara. ¿Cómo fui tan ilusa? Tan patética…

No soporto más. No tengo a nadie para contar esto. No quiero preocupar más a Thiago, no quiero que papá y mamá lleguen a enterarse de algo. Debo descargarme por completo, desvincularme de todo aunque sea por un rato. Subo escaleras arriba y camino hasta llegar a mi habitación, para luego arrodillarme en el piso y abrir el cajón de la mesita de luz. Mis dedos hurgan delicadamente hasta que se encuentran con lo que busco. Lo tomo con cuidado, y me dirijo al cuarto de baño.

Agradezco que hasta en este cuarto exista una llave para la puerta. Cierro, tal vez porque así siento un poco más de seguridad, y miro mi reflejo en el espejo: el rastro seco de mi llanto quedó plasmado en mi rostro, y tengo los ojos rojos e hinchados. La marca del golpe ha tomado un color oscuro.

No tengo que permitirme ser tan débil.

Dejo la cuchilla que tomé sobre el lavamanos y abro la canilla de agua fría. Busco en un pequeño armario un pedazo de algodón, que luego mojo en el agua y escurro un poco. Levanto la manga izquierda de mi remera hasta la altura de mi codo, y paso el objeto húmedo suavemente por el antebrazo. La presión no hace que sienta dolor, y es cuando retiro la capa de maquillaje que queda a la vista esa red rojiza de marcas que se superponen y se cruzan, algunas más notorias y recientes que otras. Cierro la canilla y tiro el algodón en el tacho de la basura, para luego tomar la cuchilla.

Está completamente limpia, de un color plateado reluciente. Me siento sobre el piso del baño, con la espalda apoyada contra los azulejos de tonos celestes y azules. Miro al techo blanquecino antes de extender mi antebrazo izquierdo, y sin que me tiemble el pulso hago el primer corte. Suspiro más de alivio que de dolor, porque es este dolor físico el que me desprende de la realidad.

Unas pequeñas gotas de sangre caen en el piso.

Hago un par de cortes más, y luego dejo la cuchilla a un lado. Aunque sean heridas superficiales, el líquido carmesí ha formado un pequeño charco en las baldosas blancas. Miro por la pequeña ventana del baño cómo el sol se oculta por detrás de los edificios y el cielo se tiñe de tonos rojizos y anaranjados. Me levanto con pesadez, camino unos pasos hasta tomar del armario otro pedazo de algodón y una botella de alcohol. El ardor que me provoca este último al colocarlo sobre las heridas aún frescas solo equivale a alejarme más de todo. Puede parecer muy masoquista, pero hay veces que necesito de esto para soportar mi vida.

Desinfecto los cortes, los cubro provisoriamente con unas vendas blancas y procuro que éstas no se noten bajo mi remera. Elimino todo rastro de mis actos para evitar las sospechas de mis padres, cubro de base el golpe de mi mejilla y finalmente salgo del cuarto como si nada hubiera pasado. Vuelvo a mi habitación, y al tomar mi celular noto que hay tres mensajes nuevos. Todos son de Mauricio.

Suspiro con pesadez, porque ya sé casi exactamente lo que dirá cada uno. Aún así los abro. El primero data de las cinco de la tarde, veinte minutos después de haberme ido de su casa.

"Preciosura, lamento lo de hoy. Por favor, perdóname."

El segundo había sido enviado media hora después.

"¿Estás enojada? Lo entiendo si lo estás, soy una completa basura. No sé qué haría sin vos, Sofi."

El último era de hace diez minutos, a las seis y cuarto.

"Soy la peor mierda que existe en el mundo. No te merezco, no merezco a alguien como vos. Perdón por haberte herido."

No tengo que permitirme, pero soy débil igual.

"No te preocupes, Mauri, no pasa nada. Nos vemos mañana, ¿sí?" Luego de teclear eso, lo envío. Arrojo con furia el pequeño aparato sobre el colchón y salgo a grandes zancadas de allí. Simplemente paso el resto de la tarde en el living, entre ver algunos canales de la televisión y leer revistas. Aunque es domingo ya he hecho todas las tareas del colegio, y mis padres aprovechan este día para salir juntos, por lo que no volverán hasta dentro de un rato. Y estoy en lo correcto: llegan a casa cuando ya afuera está anocheciendo.

— ¿Cómo les fue? —pregunto sonriendo, al tiempo que me levanto del sofá. Mi mamá me devuelve la sonrisa y se aproxima a mí para abrazarme. Todos dicen que me parezco a ella cuando era joven, y es cierto que varias facciones nuestras coinciden.

—Oh, cariño, fantástico —responde, en un tono tan embelesado y dulce que hasta a mí me empalaga —. Tu padre me llevó a pasear a una plaza hermosa, y me abrazó de camino a casa cuando empezó a soplar el viento. ¡Es tan dulce!

—Dulce serás tú, corazón —susurra mi padre aproximándose a nosotras. Las características más notorias que tengo de él son el color de ojos y de pelo, que hacen contraste con los ojos claros y el cabello rubio de mamá. La suelto a ella y él se aproxima, para depositar un suave beso en sus labios. Vuelvo a sonreír, aunque lloro internamente.

¿Por qué mi historia no puede ser así?


—Quiero pedirte perdón por lo de ayer. No sé qué me pasó —En conclusión, es lo mismo de casi todos los días. Ya es lunes, de mañana, y Mauricio y yo estamos en el receso, el único momento en que podemos vernos ya que va un año avanzado a mí. Me separó de Thiago cuando fui a hablar con él, y noté que la mirada de mi amigo expresaba desilusión y tristeza. Y ahora, como siempre, viene a pedirme perdón por sus golpes. Pero a sus ojos ambarinos que me miran con profundo dolor no puedo negarme.

—Entiendo, Mauri, no te preocupes —digo, y estrecho su mano con delicadeza. Le dedico la sonrisa más sincera que puedo formar, y él también me sonríe. Aparta un mechón de pelo de mi cara, y me besa suavemente en los labios.

—Eres tan buena —susurra al separarme de mí, con su mirada brillando de ilusión —. Eres la mejor chica que existe en el mundo.

Ahora lo dices. Luego dices que soy una puta.

—Tú eres todo lo que necesito. Te amo —Y es como si un puñal se me clavara en el corazón. Porque hace tiempo dejé de amar al chico rubio que tengo frente a mí. Hace tiempo que la imagen tierna que me daba pasó a ser reemplazada por la de un monstruo. Un monstruo que podría acabar conmigo si yo corto con toda relación (lo cual resulta irónico: no corto con esto, pero sí lo hago con mis muñecas).

Nos quedamos un par de minutos en silencio, escuchando sólo el alboroto lejano de nuestros compañeros. Para hablar más personalmente me ha llevado a uno de los lugares más apartados del colegio, que creo que solo él conoce. Cómo lo ha encontrado, no tengo ni idea, y nunca me he atrevido a preguntarle. En un momento, tal vez sólo para sacar tema de conversación, susurro algo:

— ¿Hoy ibas a acompañarme a casa? —Él me mira extrañado, por lo que carraspeo un poco y vuelvo a hablar—: Digo, mis padres se irán de viaje por unos días por cuestiones de trabajo, y tendré que quedarme en el departamento de mi tía.

—Ah, eso —responde, como restando importancia al asunto —. Esta semana estaré algo ocupado en el taller de papá, así que no podré acompañarte. Cualquier cosa tú sabes cómo llegar allí, ¿no?

—Claro, debo ir hasta una parada de autobús, queda cerca de la casa de Thiago —Noto como frunce los labios ante la mención de su nombre, por lo que utilizo el tono de voz más suave para calmarlo, por millonésima vez—; él es solo mi mejor amigo, no pasa nada.

—Ya sabes que no me gusta —gruñe él con enojo —, no desde aquella vez —Qué coincidencia, él también te odia, pienso en mi fuero interno —. Pero no te diré que dejes de verlo mientras se mantenga a raya.

—Gracias —susurro casi inconscientemente, y aún de reojo percibo su sonrisa.

—No me tienes que agradecer, cariño —Noto que quiere seguir hablando, pero el timbre nos informa el fin del receso. Y con otro suave beso se despide de mí, antes de que los dos salgamos de allí. Cuando lo pierdo de vista entre los cientos de chicos que van por los pasillos, suspiro de alivio. Al menos no se ha enojado, al menos no he hecho las cosas peor.


Tendría que habérmelo esperado, pero ya que. Era más que obvio que me iba a notar desanimada, y que iba a sacar conclusiones por sí solo. Y que iba a comprobarlas. Subestimo mucho a Thiago, siendo que me conoce desde pequeño y sabe absolutamente todo de mí. Eso me ha jugado en contra varias veces, como ahora.

Pero lo necesitaba, necesitaba de él. Por eso lloré, dejé que él me consolara. Solo sabe lo del golpe, nunca supo de mis heridas, y espero que nunca lo sepa. Al menos en eso yo tengo la ventaja.

Me sentí mucho mejor con sus palabras y su cariño. Mauricio no es así conmigo, él no me trata con dulzura de verdad. Me sigo preguntando cómo me fijé en él, y siempre me respondo lo mismo: porque era diferente. Era el chico más tierno del mundo, y yo tenía catorce años: la chica más inmadura de todas. Era natural que me equivocara, pero no sabía la magnitud que cobrarían mis errores.

Las nubes oscuras cubren el cielo en la ciudad. Sé que es normal que llueva en un día de otoño, pero debo apurarme si quiero llegar a tiempo a la parada y tomar el micro que me llevará a destino. Es eso o empaparme completamente, y suficiente ya he tenido por hoy. Todavía estoy a una cuadra de distancia cuando veo a mi transporte, el que debo tomar, pasar ligero a mi lado. Mi mueca se debe haber transformado en una de terror, y pierdo por un momento la noción del tiempo. Solo me centro en correr lo más rápido posible, sino luego deberé esperar una hora hasta que pase otro más.

— ¡Espere! —grito, viendo que ya falta poco para llegar. Ha parado, y solo ruego a Dios llegar a tiempo para subir. Pero parece que eso no sirve de nada, porque unos metros antes de mi meta arranca y se aleja velozmente —. ¡No! ¡Espere! —Ya no me importa si en la calle hay mucha gente o poquísima, y si me escuchan gritar. Miro desilusionada cómo el transporte se vuelve un punto en la lejanía. Luego, simplemente pateo el piso con frustración — ¡Maldición! Nada más puede pasar, ¿verdad?

La primera gota cae en la punta de mi nariz. Pronto le sigue otra en mi pelo, en mi pulóver, y logro ponerme a salvo bajo el techo de chapa de la parada antes de que empiece a llover torrencialmente. Yo y mi gran bocota. Ahora tengo que permanecer sentada aquí, esperando poder volver o que la lluvia ceda un poco. No estoy mojada ni por asomo, pero el viento comienza a soplar más frío y hace que la piel de mis brazos se erice. Luego de unos minutos estornudo, confirmándome que si sigo así voy a enfermarme.

Ahora soy la única alma en toda la calle. Genial, simplemente genial.

Cierro los ojos y me concentro en maldecir a mis padres por no dejarme la casa sola, a mi tía Leticia por vivir tan lejos, al conductor del ómnibus por no parar, a mí por tardar tanto. Pero salgo de mis cavilaciones cuando escucho un llamado. No sé a quién estará dirigido, porque no hay nadie más en la calle, y la voz que habla no me suena conocida. Hasta que oigo algo que me sorprende:

— ¡Hey, tú, la chica de la mochila! —Levanto mi mirada, y noto que un auto está estacionado frente a la vereda, a apenas un par de metros de mí. Es de color oscuro, nuevo pero sin llegar a ser lujoso. La ventanilla delantera de mi lado está un poco baja, y el rostro de un hombre (digo hombre, porque la fina capa de lluvia que nos separa no me permite ver bien sus facciones) parece estar mirándome a mí —. ¿Necesitas transporte?

Estoy segura de que hay un noventa y nueve por ciento de probabilidades de que ese tipo sea un pedófilo o esté vinculado a una red de prostitución, y que yo solo me vuelva una víctima más si llego a subir. El otro porcentaje se centra en que solo sea una persona buena que me vio sola en la calle y quiere ayudarme. Las estadísticas no están a mi favor, pero ya no me importa. Nada peor que lo que vivo puede pasarme.

Cuando me levanto y me aproximo noto que se aleja y abre la puerta del copiloto. Me apresuro a entrar y cerrar rápidamente, y cuando me giro a ver al conductor lo primero con lo que me topo es con unos ojos de un profundo color esmeralda. No es un hombre, pero tampoco está lejos de serlo. Este chico debe de tener unos años más que yo: su rostro demuestra seriedad aún con sus facciones relajadas, algunos mechones de cabello negro azabache tapan parcialmente sus ojos, que me expresan serenidad. Hasta que no exhalo fuertemente no me doy cuenta de que he estado conteniendo la respiración.

— ¿A dónde vas? —inquiere, y aunque habla suavemente su voz suena grave. Susurro casi inaudiblemente la dirección, y el auto se pone en marcha. Evito hablar en todo el viaje, concentrándome en tratar de descifrar el camino (y de que mi corazón deje de latir tan rápido), pero a él no parece importarle. Luego, simplemente me pongo a pensar en lo sucedido en todo el día, en especial en una cosa: lo que le dije a Thiago. Sí, ni yo misma sé por qué habré dicho eso, pero…lo necesitaba. Dependo mucho de él, es mi único amigo.

—Ya hemos llegado —La voz del joven me saca de mis pensamientos. Parpadeo un par de veces, pero lo que veo a través de la ventanilla no hace más que helarme la sangre.

—No es aquí —susurro, y calculo cuánto tiempo me llevará salir del auto y huir a pesar de que ni siquiera conozco esta parte de la ciudad.

—No —me responde casi con sorna —, pero sería muy desconsiderado de mi parte no invitar a una dama a tomar algo —No sé qué es peor: si el miedo o sentir cómo me ruborizo ante sus palabras —. Después de todo, ¿has comido algo en toda la tarde?

Abro la boca para responder, pero se adelanta el sonido que hace mi estómago reclamando comida. Oigo cómo ríe levemente, mientras sólo deseo que se abra el piso y la tierra me trague. Rayos, mi cara ya debe ser completamente roja. A pesar de eso me giro a mirarlo, y me sorprendo al notar que sus ojos no me observan con burla, sino con la misma serenidad de antes.

—No te preocupes, no te haré nada —dice, como si hubiera logrado leer mis pensamientos —. Bajemos, yo invito.

No sé por qué pongo mi confianza en él. Salgo del auto, y me doy cuenta de que aquí no está lloviendo, aunque el cielo sigue cubierto de color gris. Noto como él se pone a mi lado y me guía hasta un bar al otro lado de la calle, pero sin tocarme o tomarme de la mano. Al menos es considerado.

El local resulta ser más grande de lo que aparentaba. Las luces dan un tono amarillento al lugar, lo que hace que sea cálido y tranquilo. La decoración es simple, con unos pocos cuadros en las paredes, muebles sencillos, y una barra al fondo. Sólo hay unas pocas personas aparte de nosotros dos. El hombre se sienta en una mesa individual y me hace señas para ocupar la silla frente a él. Cuando apoyo mi espalda contra el respaldo de madera, recuerdo algo.

—Olvidé mi mochila —digo, y él hace un asentimiento con su cabeza para que me tranquilice.

—La iremos a buscar después —responde, y luego me mira fijamente como inspeccionándome. No te pongas nerviosa, pienso, y me quedo observando una ralladura sobre la superficie de la mesa, hasta que sigue hablando —. Primero deberíamos hacer algo más importante: presentarnos —Levanto la vista, y en ese momento él extiende su mano sobre la mesa —. Me llamo Hernán.

Dudo un momento, pero finalmente extiendo de forma temblorosa mi mano y estrecho la suya. Los dedos largos y finos me hacen saber que el frío que sentía no era pura imaginación.

—Soy Sofía —susurro, mirando directamente a sus ojos. Hernán sonríe satisfecho.

—Sofía. Es un lindo nombre —Sonrío levemente en agradecimiento, y él prosigue — ¿Cuántos años tienes?

Vuelvo a dudar. ¿Será lo correcto darle mis datos a él? Pero si ya me ha recogido en medio de la calle y hasta está dispuesto a invitarme a comer algo, tendría que confiar. ¿O no?

—Quince —respondo, a la vez que me inclino hacia delante y apoyo mis codos sobre la mesa —. ¿Y tú?

—Dieciocho —dice, y confirma mi teoría de que era mayor que yo, aunque no tanto como pensaba —. Debes de ir a la preparatoria.

—Exactamente —En ese momento llega una camarera para tomar nuestro pedido. Yo pido un té y él un café y medialunas para los dos, luego de consultarme qué me gustaba.

El resto de la charla pasa de forma rápida. Mientras comemos nuestra merienda hablamos de cosas triviales como estudios, amigos, y nuestras vidas en general. Yo le cuento el curso en el que estoy, sobre mis profesores de la secundaria, y de Mauricio y Thiago. También me entero de que él va a la universidad, estudia Psicología, soporta a duras penas las materias y no tiene amigos.

— ¿No? —inquiero, un poco sorprendida.

—No —confirma él, y esboza una sonrisa a la vez que revuelve el café con la cuchara —. No cuento a mi compañero de piso como amigo, ya que es la persona más insoportable que existe en el mundo. —Los dos reímos un poco ante eso último, y se siente raro porque hace demasiado tiempo que no reía de verdad.


Ya ha oscurecido cuando llegamos al edificio donde vive mi tía. El tiempo se me ha pasado demasiado rápido, y temo que ella les haya dicho a mis padres sobre mi tardanza. Tendré que inventarme una buena excusa, y la posibilidad de decirle que salí con Thiago suena tentadora. Mucho mejor que decirle que estuve en un bar con un completo desconocido.

—Es un bonito lugar —comenta Hernán, mirando fijamente la estructura frente a la que ha parado. Yo asiento con la cabeza y tomo la mochila para ponérmela al hombro. Pero cuando estoy a punto de salir él me detiene —. Antes de irte, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Sí, claro —respondo, y le sonrío levemente.

— ¿Crees que nos podamos ver mañana? —pregunta, y noto una pizca de esperanza en el tono de su voz —Salgo a las tres de la universidad, y ya sabemos donde vernos —Sé a lo que se refiere: la parada del autobús. Lo pienso un momento: me queda de paso a la casa de mi amigo, Mauricio estará ocupado en toda la semana...técnicamente, no tengo impedimentos para que nos veamos.

— ¿Tres y media te parece? —Él sonríe y asiente, y luego sus ojos de esmeralda vuelven a clavarse unos segundos en los míos. Quedo completamente absorta hasta que carraspeo y estrecho su mano —. Hasta mañana, Hernán.

—Hasta mañana, Sofía —Me bajo sin mirar atrás, y cuando estoy cerca de la entrada escucho el motor del auto al arrancar. Para cuando giro a verme, ya no se encuentra allí. Me siento completamente rara por lo último que ha hecho, el mirarme tan fijamente. ¿Por qué será? ¿Por qué me recogió en medio de la lluvia? No he conocido a nadie que haya hecho algo así. Me quedo pensando en eso, intentando descifrar sus actos. De algo estoy segura: por ahora, Thiago no debe enterarse de esto.

El resto de la semana pasa de igual manera: veo en el colegio a Mauricio, acompaño a Thiago a su casa (sin contarle por qué le he llamado tan tarde ni que ha pasado el lunes), salgo un rato con Hernán y vuelvo al departamento de mi tía; desde que ella me retó por haber llegado tan tarde que procuro estar allí lo más temprano posible.

Casi sin darme cuenta llega el viernes. De nuevo estoy frente al edificio, en el auto de Hernán, a punto de despedirme. Le he dicho la dirección de mi casa y él ha hecho lo mismo, además hemos intercambiado nuestros números de celulares. Mientras mi novio no ande husmeando por ver mis mensajes y contactos, no tendré problema alguno.

—En cualquier momento que podamos vernos solo tienes que avisarme —Sí, le he informado acerca de la sobreprotección y los celos de Mauricio (omitiendo la parte sobre los golpes y los moretones, que por suerte no se han repetido en los últimos días), por lo que tomaremos las medidas necesarias para vernos —. A propósito, ¿tienes algún pasatiempo?

No encuentro relación entre lo anterior y esta pregunta, aunque hasta a mí me sorprende el averiguar la respuesta. ¿Tengo algún pasatiempo? ¿Algo que me entretenga? Y luego de unos segundos, la respuesta aparece clara en mi mente:

—No. ¿Y tú?

—Solo uno —Y luego dice algo que me perturba—: descifrar a las personas —Me giro y lo miro directamente con una ceja arqueada.

— ¿Cómo que descifrar? —pregunto, aunque una parte mía no quiere saber la respuesta.

—No sé. Todos tienen algo que ocultar, ¿verdad? —Ríe un poco, pero se detiene al ver la seriedad de mi rostro —. Como sea —dice, en un tono más apagado—, nos veremos luego.

—Claro, te llamaré —Y salgo sin mirar atrás, como siempre. Eso de descifrar me deja pensando, otra vez. ¿Será por eso que siempre me mira tanto?


Confusión, sorpresa, desilusión y furia, mucha furia. Todas esas emociones pasan por el rostro de Thiago cuando le cuento todo el lunes siguiente: sobre la lluvia, el autobús, Hernán, el bar, y las veces que he salido con él en esa semana de forma clandestina, sin que nadie lo supiera. Y por qué no le había dicho antes.

— ¿Te das una simple idea de lo que podría haber pasado si no llegaba a ser así? —gruñe, conteniéndose de gritarme frente a todos los alumnos del receso. Yo suspiro, principalmente porque me esperaba que fuera a hacer una pregunta así — Esto no es un juego, Sofía. Podría haberte pasado algo malo. ¿Y si te secuestraba, o si...?

—Lo sé —Me mira perplejo ante mi interrupción, pero luego de un par de segundos recobra la compostura y mira enojado al suelo —. Sé que fue peligroso, que me jugué la vida misma, pero no me arrepiento —En ese momento él se levanta y hace ademán de irse, pero lo tomo de la manga de la campera y se gira a mirarme con la frialdad estampada en sus ojos —. Espera, no he terminado—susurro.

—Estás loca —me dice, mientras vuelve a sentarse a regañadientes a mi lado. Yo sonrío levemente, y logro que con eso él curve apenas sus labios.

—Eso también lo sé —respondo —. Y quiero que me entiendas: confío en él, es bueno, no parece querer hacerme algo o lastimarme. Por favor, comprende que...que quiero seguir. Quiero ver qué tal es —Hago una pausa, y razono fijamente lo siguiente que diré. Finalmente, aparto mi mirada a un punto lejano y hablo en pequeños susurros —. N-no me gusta, pero me interesa saber de él.

Pasamos unos segundos en silencio, yo tratando de saber las razones por las que me siento así. Prefiero que sea Thiago quien tome la palabra o se marche, si es que quiere. Yo lo entendería si se fuera y decidiera no hablarme por el resto de su vida. Pero, al contrario de eso, siento cómo sus dedos se entrelazan con los míos, y al levantar la vista sus ojos azules me transmiten paz.

—Te ayudaré en todo lo posible, pero de forma más directa. La última vez que te dejé confiar en un chico... —Se detiene a mitad de frase, e inhala profundamente antes de seguir —: no quiero que vuelva a pasar lo mismo.

Algo dentro de mí se enternece ante esas palabras, y no hago más que abrazar a mi amigo y susurrarle un "Te quiero" al oído. Él corresponde mi abrazo, y cuando nos separamos noto que su mirada expresa felicidad. Revuelvo amistosamente su cabello rojizo, y él se aparta todavía sonriendo.

Thiago promete guardar mi secreto, y yo siento que algo ha cambiado. Que por estar casualmente en esa parada aquel lunes de lluvia se ha roto toda mi rutina de felicidad, llanto, heridas, golpes, tristeza. En mí nace la esperanza de que pueda haber algo que me ayude a seguir adelante, algo diferente a lo que vengo viviendo.

Y acierto en parte, porque al otro día, al llegar al colegio, me encuentro con la mirada molesta de mi mejor amigo. Eso me extraña, ya que ayer hasta nos hemos despedido bien al pasar por su casa (y yo volver a la mía: mis padres terminaron con su viaje). Apresuro el paso para llegar a donde está él, y una vez ahí ladeo la cabeza a un lado.

— ¿Por qué esa cara? —pregunto, usando un tono más ingenuo de lo normal.

—Tendré que convivir con la hija del demonio —Su respuesta me extraña, hasta que decido a mirar más atrás. Y al encontrarme con esa mirada celestina que expresa superioridad y reconocer el rostro de la dueña de esos ojos es cuando me doy cuenta de la verdadera magnitud de las palabras de Thiago.

—Hola, Sofía.