"Insanus"

I

—¿Qué hacés ahí escondida, Carmen? Nadie quiere hacerte daño aquí. Sólo dejate fluir, si sabés que esto es un sueño, y escuchá lo que tengo para decirte.

Se incorporó desde las sombras lóbregas del gran sauce llorón en el que había despertado. La voz que la invitaba a comenzar su sueño era suave como el terciopelo. Quizás eso era lo más peligroso de todo cuanto era la mujer que veía a pocos metros. Una figura armoniosa de guitarra, ataviada en ropas clásicas. Belleza barroca. Ojos oscuros y centelleantes por alguna cosa emocionante que ella no compartía, ni comprendía. La vida le había enseñado, con creces, a desconfiar de todo aquello que se escuchaba y parecía suave como el terciopelo. Pero era un sueño, ¿verdad? Siempre podría despertar.

Carmen se acercó los metros que la alejaban, los gotones de lluvia empapándola inmediatamente. No sintió ni frío ni calor al contacto, y eso le agradaba.

—¿Qué querés? —preguntó, sin demasiados rodeos.

—Tus deseos me invocaron acá, Carmen. Vos sos la que más debería saberlo —sonrió, enseñando unos dientes puntiagudos, como de perro. Carmen se estremeció, aunque no lo hizo notar—. Ese tono que usás para hablarle a la gente, ese "¿Qué querés?"... ¿No podés ser un poco más dulce, como yo?

—Tenés dientes raros —declaró sin quitarle la vista de la boca.

—Tenés un subconsciente raro, mejor dicho. Todos sabemos de tu miedo a los canes. Supongo que a cualquiera le pasaría, después de ser mordido por un Rottwheiler a los siete años. Esas vacunas antirrábicas dolieron, ¿no?

Carmen no dijo nada, simplemente se dejó llevar por la bizarra idea de que esa mujer era producto de su mente enferma, y era normal que conociera sus más arraigados recuerdos. Y que, por ende, fuera hermosa y europea, como ella admiraba la belleza, y tuviera fauces de perro, como ella temía.

—¿Cómo te llamás?

—Ylenia.

Comenzó a caminar, sus pies desnudos aplastando la hierba húmeda. A Ylenia la lluvia parecía no afectarle. La llevó hacia uno de los lugares que Carmen recordaba con más cariño.

Era el claro de un bosque. A su derecha, discurría un profundo río de aguas cristalinas. Podía sentir el palpitar de los peces y el aleteo de las aves, acobachadas entre las ramas de la flora. La disposición de los árboles no tenía ningún sentido: simplemente se ubicaban en algún punto aleatorio del terreno. No era el tipo de lugar al que sacarías fotos para una postal, ni tampoco algo especialmente hermoso. Sólo a una persona como Carmen, que lo recordaba desde sus más tiernas memorias, le llenaba el corazón de algo parecido a la calidez.

—¿Qué es lo que te perturba? —preguntó Ylenia de pronto, deteniéndose frente al río. Observaba algún punto de la corriente con sus ojos azabache fijos, diciendo nada.

—No lo sé, la verdad. ¿Acá es cuando te girarás, profética, y me dirás algo que no había notado? ¿Se supone que me vas a iluminar?

La lluvia no menguaba, y a pesar de sentir un frescor ligero bajo la ropa, Carmen temblaba.

—No. Lo único que puede iluminarte en este momento es la luz del Sol, hermoso, sublime. Hoy se esconde entre las nubes y se siente débil, como si hubiera escapado a unas vacaciones. Como si también estuviera cansado de todo esto. Pero siempre está ahí, como Dios.

Ylenia extendió los brazos hacia el cielo, buscando el abrazo de la Naturaleza. Carmen pudo sentir su cuerpo impregnado de calor Divino, como si fuera el suyo. Esa mujer parecía conocer muchas respuestas, pero se veía lejana, como si le dijera "No hagas trampa. Si te lo digo, ¿de qué te valdrá?".

—Sólo sé que, a veces, la vida parece no tener sentido, y eso me perturba —Sus palabras captaron la atención de la mujer, que se cruzó de brazos, esperando que continuara—. Esta lluvia me moja, y apenas siento frío. Decís que la luz me ilumina, valga la redundancia —corrigió—, pero tampoco siento su calor. Y aún así, me siento terriblemente viva ahora.

—Si despertás, todo esto desaparecerá, ¿lo entendés?

—Lo sé, y lo odio. Soy un corazón que no siente del todo, un alma que está dormida, o drogada, no lo sé.

Aquella mención pareció causarle gracia a Ylenia.

—Te entregás a los estupefacientes y todo parece tener más coherencia. Pero no querés acostumbrarte a eso, no. ¿Qué diría tu familia? Sos una chica bien, no una descarriada que fuma marihuana con sus amigos. Eso te llevará a otras drogas más duras, e irremediablemente terminarás como todos. Adicta, adicta rehabilitada, muerta. Pero una adicta al fin.

—Esas son sólo etiquetas sociales. A la gente le encanta clasificar gente. Uno se entrega a los vicios... viviendo me di cuenta de ello. Lo hacés tarde o temprano. Éste es un mundo hambriento, desea que dependas tanto de algo, tanto, que te cueste la vida, o el alma.

—¿Perder el alma no es lo mismo que morir?

Carmen le sonrió sinceramente a Ylenia. Le gustaba charlar con ella, y que supiera exactamente lo que pensaba. En algún punto de la demencia onírica, su subconsciente la estaba haciendo feliz. Hablaba con alguien que la comprendía.

No debía preguntarle cómo estaba, qué estaba haciendo, qué tal su familia o su trabajo. Ylenia estaba serena como la lluvia, relajada pero inclemente en su fluir. Ella era parte de la Naturaleza, su familia era ese claro del bosque, hermoso y errático. Su trabajo era dejarse llevar, pretendiendo a veces ser un sauce llorón, estoico, pretendiendo a veces ser la corriente fluvial, fresca. Qué atemporal e inhumana era Ylenia, y sin embargo, era lo más humano que había conocido.

—No quiero perder mi alma como todos, Ylenia. No quiero morir y sentir que ya sé lo que es. Si la he perdido, morir sería sólo apagar este recipiente —Se abrazó a sí misma, percibiendo los latidos de su corazón en aumento, y su sangre entibiándole las venas.

La mujer pareció ignorar todo lo dicho, y simplemente la miró, sin ninguna expresión en particular. El recuerdo de que debajo de esos labios rojos se escondían unos colmillos feroces, la estremeció, mas pronto se dio cuenta que Ylenia no tenía mucho más para decirle. Se estaba por ir.

—Hoy iba a responderte esa duda que te venía carcomiendo hace mucho tiempo —anunció finalmente—. Pero me lo acabás de decir. Yo soy partidaria de que uses tu cabeza para resolver estas cuestiones. Si te lo dijera, sería trampa —sonrió irónicamente—. Si Carmen es Ylenia, e Ylenia es Carmen, tememos lo mismo. He encontrado mi alma entre la bruma misteriosa de este bosque, y su lluvia, que nunca se detiene —cerró los párpados, inspirando la humedad largamente—. Este Sol, que nunca duerme, es todo lo que necesito. A veces, incluso, me dejo volar y voy hacia Él. Soy esa parte tuya, que es Naturaleza, y quisiera ser sólo eso, sin pensar en nada más. Pero no soy la única que viaja dentro tuyo, así que es correcto que el resto se presente.

Encaminó sus pasos hacia el río, una vez más, y se giró, sopesando su profundidad.

—Gracias, Ylenia —Sólo atinó a murmurar.

En un parpadeo, la ninfa del bosque había desaparecido, y ya era el río.