"Insanus"

V

Era verano y la temperatura había alcanzado puntos más altos que los pronosticados en el noticiero. Isabel y Daira, amigas de toda la vida, habían decidido detenerse a tomar algo fresco en un café no muy concurrido. A esas horas de la tarde, sólo podía escucharse la suave brisa estival, los pasos apresurados de unos pocos transeúntes por la vereda, las voces de ambas mujeres, charlando sobre trivialidades, y el canto de algunos pájaros, desde la plaza ubicada unos metros lejos.

—¿Y cómo va esa pancita, eh? —preguntó maternalmente Isabel a su amiga, acariciando la pequeña protuberancia de su estómago.

—Excelente. Tengo la segunda ecografía el miércoles próximo. La doctora me dijo que, como son recién tres meses, no se va a notar tanto —dijo, haciendo referencia a su vientre—. Pero que a partir de los seis, voy a parecer un globo.

Ambas rieron.

—Igual se viene notando una diferencia, más en vos, que sos muy delgada —concedió Isabel—. ¿Tu marido qué dice? Tanto hinchaba con tener hijos, y acá estamos.

—Se muere porque sea varón —comentó.

—Como cualquier padre —sonrió, pensando en un hermoso bebé con la sonrisa de su amiga y los ojos celestes de su esposo.

—¡Vení, vení, Carmen! —Se escuchó una voz femenina a lo lejos, proveniente de la plaza.

Ambas giraron los rostros para ver mejor la escena que se desarrollaba allí. Una mujer de unos cuarenta y tantos años caminaba agarrando del brazo a una joven adolescente, que parecía tener una rabieta por algo.

—¿Qué pasará ahí? —inquirió Isabel, curiosa.

Daira suspiró con pena.

—No sé si te conté que hace poco me llegó un caso nuevo. Esta familia, los Di Santi. La mujer se llama Inés, la nena que ves ahí, Carmen.

—¡Pero yo me estaba hamacando, má! —exclamaba la voz a lo lejos, suplicante.

—Ya sé, pero hay que ir a casa, querida. Mañana volvemos, te lo prometo —Le dijo, intentando apaciguarla.

—¡No me digas "querida", me llamo Álvaro y ese es nombre de varón!

Algunas personas se daban vuelta para verlas. Algunos con molestia, otros con compasión. Pero la dupla Di Santi siempre captaba miradas, eso era un hecho.

—¿Dice que es varón? ¿Qué le pasa? —Se preguntaba Isabel, intrigada.

Daira le dirigió una de esas miradas mortalmente serias, cargada de confidencialidad. Como buena psicóloga que era, debía mantener el profesionalismo y no hablar de sus pacientes con terceros. Pero conocía a Isabel desde su infancia, y sabía que si algo era su amiga, era confiable en todos los sentidos. Hablarle de ello quizá serviría para amortiguar la pesadez mental que le provocaba ese nuevo caso en su oficina. Quizá su amiga saldría con alguna sugerencia inteligente, que sirviera para ayudarlos.

—Esto que te voy a confiar no se lo cuentes a nadie —comenzó.

Isabel dejó descansar su vaso de gaseosa encima de la mesa, y se apresuró a escucharla.

—Eso ya lo sabés.

—Bien —dijo, luego de una breve pausa—... Vos ya conocés el trastorno de personalidad múltiple —Su amiga asintió, interesada—. Éste surge como respuesta a un evento traumático. El enfermo disocia su ser en distintas personalidades, que pueden ser un par, o multiplicarse a casos realmente graves, de personas con hasta veinte o más. Esta niña vio a su padre ser asesinado en plena calle. Ambos caminaban, volviendo a casa, cuando un psicópata apareció y se le abalanzó. Comenzó con trompadas; después, como no le fue suficiente, lo remató con un caño de hierro.

Isabel se llevó las manos a la boca, totalmente horrorizada.

—¡Qué hijo de puta, enfermo! —exclamó pasionalmente— ¿La nena lo vio todo?

—Sí, todo. Tenía ocho años en ese entonces. En las sesiones, cuando Carmen emerge, se culpa por no haber hecho nada en el momento.

—Pero ella no tenía la culpa de que no hubiera nadie para socorrerlos. ¡Era una nena, por Dios!

—Lo sé —tranquilizó Daira, sabiendo lo emocional que era su amiga—. ¿Te acordás de un caso muy difundido, allá por el 2004? "El loco del caño", le decían estúpidamente los noticieros. Blas Dietrich se llamaba el asesino. Está preso desde entonces, por suerte, pero aún así ella ya perdió a su papá, Inés perdió a su marido y estamos tratando de recuperar a su hija...

Como psicóloga, a Daira le habían llegado casos difíciles, pero nunca uno así. El trastorno de personalidad múltiple no era algo con lo que ella hubiera lidiado a menudo, salvo en sus tiempos en la Facultad, en los que leía al respecto, y alguno que otro en su época en sanatorios mentales. Pero Carmen Di Santi era única.

—Ahora estaba encaprichada porque Álvaro se quiere quedar jugando en las hamacas —dijo, luego de un silencio prolongado.

—¿Álvaro es una de las personalidades?

—Una de las tres... y comienzo a creer que hay una cuarta.

Isabel la miraba con preocupación. No quería que se hiciera mala sangre, o que aquellas cosas la afectaran, menos estando embarazada. Pero se dijo a sí misma, ¿a quién no le afectaría aquello?

—El mundo está enfermo, corazón —dijo maternalmente—. Pero vos la vas a ayudar a la nena esa, vas a ver que de a poco van a salir adelante.

Sonrió veladamente.

—Álvaro es esa parte suya que quiere permanecer en la eterna niñez. Se pasa horas en los columpios, y tampoco podemos detenerla de pronto, la perturbaríamos. Ylenia es una joven de la Europa Antigua, una ninfa del bosque, según ella. Una vez, Carmen había desaparecido, y fue por ello que su madre decidió empezar con la ayuda profesional. Había huido —relató—, y la encontramos a unos cinco kilómetros de acá, en la arboleda cerca del río. Decía que era parte del bosque. Cuando hablo con Ylenia, la escucho serena. Escribe hermosas poesías sobre la Naturaleza. Dice que puede percibir sus latidos —suspiró—. A veces dice que es Blas.

—¿El asesino? —preguntó atropelladamente, sin creérselo.

—Sí. Esa es su parte iracunda, sin filtros morales. Sólo dos veces se ha puesto así, y la han tenido que sostener entre varios, porque adopta una fuerza extraordinaria. Se jacta de haber matado a su padre, de que asesinará a los injustos derramando su sangre. Como un justiciero errante.

—Dios mío... ¿Y por qué crees que hay un cuarto?

Daira le dio un largo sorbo a su bebida, refrescándose la garganta.

—Éste último es difícil de definir, pues no toma posesión de la personalidad de Carmen. Parece un amigo imaginario, o algo así. Su madre me contó que la encuentra a menudo charlando a la nada, pero que no es Álvaro, o Ylenia, ni siquiera Blas, cuando la mira. Es Carmen, pero hablando con alguien.

—¿Probaste preguntándole quién es su amigo? —sugirió inocentemente Isabel.

—Sí, pero no quiere decirme. Me dijo varias veces que ella tiene un "ángel de la guarda", que es un niño de cabello castaño, medio pelirrojo, y de ojos celestes. Que él la cuida y la comprende. Quizás sea ese mismo niño.

—Eso suena factible —asintió con la cabeza—. ¿Te dio nombres, al menos?

Daira sonrió tristemente.

—Dice que si me lo dijera, afectaría mi embarazo, ¿lo podés creer? No veo en qué modo un nombre podría dañarme.

—Para ella tiene lógica, Dai.

—Sí, ya sé —dio otro suspiro profundo, pensando en Carmen y cómo podría rescatarla de esa prisión que se había vuelto ella misma.

A veces se cuestionaba si todo aquello valía la pena. Carmen era una "loca, enferma" para la sociedad, pero lo que ella veía en cada sesión era a una joven muy sabia. Aunque estuviera rota en tres pedazos, quizás cuatro, no faltaba momento en que no la deslumbrara con su lógica arrolladora.

Tanto Álvaro, como Ylenia... incluso el mismo Blas, cuando se serenaba y dejaba que ella le hablara, parecían guardar alguna enseñanza, como espíritus ancestrales poseyendo un cuerpo mortal. Si pudiera juntar esas tres partes, y ambas pudieran convivir en armonía, Carmen sería una joven notable.

"Ya lo es".

Sí, eso era verdad. Ya era notable, dulce y simpática. Daira la quería tanto como le angustiaba que todos le dijeran "¡Sacala adelante, vos podés!".

—Che, negra, cambiemos de tema mejor, ¿dale? —dijo finalmente, cansada de pensar tanto.

Era sábado, quería dejar a su mente descansar.

—Sí, disculpá, no quería estresarte. Vinimos acá para relajarnos y terminamos hablando de temas mórbidos —Se disculpó su amiga. Daira hizo un gesto con la mano, restándole importancia—. Hablando de toco un poco —Pareció recordar algo de repente—, me urge la curiosidad con algo. ¿Qué nombre le vas a poner al bebé... o a la beba?

Daira se lo pensó, tocando su vientre.

—Mirá, sobre el de mujer no tengo nada decidido todavía. Pero si es varoncito, se va a llamar Mateo. Significa "Regalo de Dios".

—No puede ser más apropiado —sonrió.

—¿Vamos a casa y tomamos unos mates? —dijo Daira, poniéndose de pie.

Por toda respuesta, ambas echaron a andar bajo el Sol.