El sendero se iluminaba con la luz naranja del ocaso. La tierra húmeda se hundía bajo sus pies con cada paso que daba, y el único sonido que se escuchaba era el ocasional crujir de alguna hoja seca esparcida por el camino.

El rifle y la pala en su espalda pesaban toneladas.

Detuvo la marcha un momento, se quitó el casco y se secó el sudor de la frente. Todo su cuerpo estaba empapado. Las ropas se le pegaban como sanguijuelas hambrientas.

Nunca antes una ducha ó al menos un pizca de sombra se le habían imaginado como lujos tan exquisitos. Y también una cena, aunque fuese una a base de queso seco y pan mohoso. Al menos el moho tenia sabor, a diferencia de los gusanos que habitaban la fruta que él y sus compañeros llevaban comiendo desde hacía días.

¿O eran ya semanas?

No podía decirlo con seguridad. El día de su partida era ya tan lejano que parecía más bien un sueño que una memoria.

Tan solo el anhelo lo mantenía unido al pasado…

-Deje de estar haciendo el estúpido y camine, cadete.–

Un empujón en la espalda, no libre de brusquedad, lo arrancó de sus pensamientos. Cuando el cadete alzó la mirada, sus ojos se encontraron con los del capitán.

Era un hombre de baja estatura, y los más listillos del batallón se jugaban la suerte y los huevos atreviéndose a llamarlo El Enano. Siempre a sus espaldas, ya que si no el enano se encargaba de ellos y sus huevos.

-Si no sirven para darle valor a un soldado, al menos sirven para alimentar a los perros.- solía decir el capitán, ondeando su cuchillo frente a los soldados cada vez que se daba la orden de formación – Pobres bestias, que se los comen sin sazonar.-

Si la mutilación viril de parte del capitán era solo un cuento para asustar a los nuevos reclutas ó una advertencia , no se sabía. Pero algo era seguro : el cadete no se iba a jugar los huevos para averiguarlo.

Los iba a necesitar, después de todo, pues detrás de esa montaña en donde el ocaso estaba naciendo, los esperaba el infierno.

Un infierno lleno de plomo, fuego y órdenes del Capitán Enano.

-¿Está usted sordo o solo es retrasado?.-

Esta vez el capitán lo golpeó en el brazo con su pala. Una punzada de dolor adormeció todo el antebrazo del cadete , y le hizo hacer una mueca. Pudo ver como sus compañeros empezaban a mirarlo, pero nunca se detenían ni aminoraban la marcha. Uno de ellos, un sargento de cabello rubio, le dirigió una sonrisa burlona.

El cadete deseó poder borrarle esa sonrisa de un puñetazo ,al muy estúpido. Pero no podía.

El había sido el único en atreverse a romper la formación, y ahora se estaba jugando los huevos por ello.

Y la dignidad, de pilón.

-Señor, lo lamento señor.- dijo el cadete.

-¿Sabe lo que yo lamento? A mis perros se les acabó el alimento hace dos días, y están descontrolados. El hambre los hace parecer rabiosos, pobres bestias. Debo alimentarlos o un dia de estos me despierto sin un brazo… o sin mis huevos. ¿Quiere usted ser quien los alimente en mi lugar, cadete?-

El capitán sacó su cuchillo de su bolsillo y extendió la hoja tan cerca del rostro del cadete que este sintió el beso del metal helado y agudo contra su mejilla. Una gota cálida bajó hasta su mentón. ¿Era sangre acaso?

-No, señor.- respondió el cadete, con la garganta seca y el corazón latiéndole rápidamente en el pecho.

-Pues camine ,entonces. Y recuerde : si se detiene de nuevo, adiós huevos. Y límpiese el sudor, carajo, que parece una mujer en celo. Nosotros vamos a al campo de batalla, no a un burdel.-

El Enano se alejó y se perdió de vista entre las filas de soldados, todos concentrados en su caminata eterna. El cadete no tardó en emprender marcha otra vez. Palpó su mejilla con tres dedos, en los que pudo ver el color carmesí de su sangre.

El Capitán le había dado un pequeño rasguño, no más grande que dos de sus dedos. Con todo , le ardía, en especial a causa del sudor que no dejaba de surcarle el rostro.

"Al menos no ha tomado mis huevos." pensó el cadete, con la luz del ahora moribundo ocaso rozándole la cintura, y con la montana y la batalla cada vez más cerca " Los he salvado."

Cuando la luz murió y el anochecer reclamó el cielo y bañó a los soldados con la oscuridad, el Capitán dio la orden de acampar.

Sería la última vez para muchos. O quizá para todos.

No encendieron fogatas ni se irguieron tiendas. Se repartieron las últimas provisiones podridas y las comieron en silencio.

Sería la última comida para muchos. O quizá para todos.

Durmieron bajo el cobijo de los arboles. Esa noche, el cadete había albergado esperanzas de ver un cielo estrellado, pero fue recompensado en su lugar con un cielo tan oscuro como los ojos del Enano.

Aquello lo entristeció , y le anegó los ojos con lágrimas.

Esa habia sido la última oportunidad de muchos de ver las estrellas en esta vida. O quizá para todos.

O solo para él.

Se quedó tendido en el suelo blando , con el olor de la tierra húmeda y la fragancia de las hojas inundándole la nariz. Aprecio cada aliento que llenaba sus pulmones, y la fragancia se le imaginaba como el perfume mas exquisito que el mundo pudiera haber creado. Incluso apreciaba los ladridos de los perros.

Igual que los soldados, los perros morirían en el campo de batalla al día siguiente.

Pobres bestias, pensó, citando al Capitán Enano.

El cadete no encontró el sueño hasta ya bien entrada la madrugada. El Capitán no tardaría en despertarse y dirigirlos a la cumbre de la montaña.

A la entrada del infierno.

Lo último que escuchó antes de sumergirse en las aguas de la inconsciencia fue el gruñido de un perro.

Estaba hambriento, y ojala no fuera hambre de huevos.


Dos horas más tarde, el amanecer llego, y como siempre, el primero en despertarse fue el Enano.

-A levantase y cavar, soldados. Deprisa, o se irán a su tumba sin huevos.- ordenó El Capitán, con un puro entre los labios. Lo apagó en la cabeza de uno de sus perros, que estaba tan descontrolado que parecía haberse vuelto loco de hambre.

O de miedo tal vez, pensó el cadete.

El perro chilló de dolor y lanzó una mordida de dientes amarillos a su amo, pasando peligrosamente cerca de su entrepierna . Pero una bala en el cráneo aplacó la rabia del animal de forma permanente.

-Maldita perra, carajo, casi se lleva mis huevos.- masculló el capitán, mientras los soldados seguían cavando, tratando de ignorar el alboroto de los perros.

Se pusó el cadáver del animal en el hombro y se acercó al cadete, quien había terminado de cavar su tumba hacia un par de minutos. Y sin ningún reparo, aventó dentro de ella a la perra muerta.

El cadete, en su locura y miedo, tuvo los huevos de reclamar. Su valor momentáneo se escapó en cuanto el enano lo miró.

El capitán se limitó a sonreír.

-Una perra muerta solo descansa en paz en la tumba cavada por una perra viva – rio el Capitán, sonriendo y dejando al descubierto una dentadura tan amarilla como la de sus perros. –Mire que es un honor cadete, y uno no se juega los huevos por honor.-

El cadete no respondió. Estaba cansado, asustado, furioso y avergonzado. Pero sobre todo, preocupado.

Su tumba ya estaba ocupada por el cadáver de una perra.

No tenía lugar de descanso.

Era un Sintumba.

Pero aun tenía sus huevos. Aunque ¿de que le servirían cuando estuviera muerto?.


Otra vez sentía su sudor en la espalda. Frio y agobiante.

Escuchaba el silencio de sus compañeros .Ninguno decía palabra alguna, y el único sonido que salía de sus cuerpos eran los latidos de sus corazones. Sonaban como tambores, tocando una melodía al unisonó.

Hasta pudo escuchar el corazón del capitán, el Enano.

¿Estaría el pudriéndose de miedo al igual que los demás soldados?

Por muy curtido que las batallas anteriores pudieran haberlo dejado, el cadete sabía que ningún hombre es capaz de desprenderse totalmente del miedo. Era como si uno se arrancara el corcazón con las manos y lo dejara abandonado en el suelo erosionado y cálido, a la intemperie del viento y los perros.

Que los perros están hambrientos …

Y por fin, llegaron los otros; cargando el estandarte enemigo entre las filas de formación. El cadete pudo ver desde las trincheras como los enemigos se acercaban a ellos, con pasos firmes y seguros. No pudo leer en sus rostros ni una pequeña señal de miedo.

Esos hombres se habían arrancado el corazón, justo como El Enano.

"No son hombres," pensó el cadete, sintiendo en la garganta un desierto "son bestias, peores que los perros. Son monstruos."

Aunque, ¿que era el entonces?

¿Sentir miedo lo convertía en algo distinto a sus enemigos? ¿Acaso el miedo le devolvería la vida a los soldados que iba a asesinar en cuestión de minutos?

"Soy un Sintumba, nada más. Ojala los perros me hubieran comido… A mí y a mis jodidos huevos."

El Enano dio la orden de ataque. Su grito rompió la melodía silenciosos de los latidos, y la transformó en una orquesta de gritos sedientos de sangre. Soltó tambien a los perros.

Tanto humanos como caninos.

-¡Maten y coman, coman y maten. Esta es la única forma de digna de vivir!- exclamó el capitán, mientras él y sus soldados salían de las trincheras , para ser recibidos por una lluvia de plomo y muerte.

El cadete iba con ellos, mas por deber que por voluntad. Las placas militares colgadas en su cuello rebotaban sobre su pecho con cada movimiento. Vió morir al sargento de pelo rubio que el dia anterior tanto había odiado . Pero al ver su cuerpo sin vida y sin la mitad del rostro, el cadete se dio cuenta que en el campo de batalla, el odio no tenía lugar.

Ninguna sensación. Odio, rencor, envidia, arrepentimiento…. ¿Qué significado podían tener si al final sus hombros tendrían que cargar por siempre con la muerte de sus enemigos?

Y la de sus prójimos.

Sus hermanos.

Fue entonces que el cadete se arrancó el corazón. Probablemente lo dejó al lado del sargento rubio, o tal vez lo había perdido desde el momento que el Enano le arrebató su tumba para darsela a la perra.

Quelos perros se comieran su corazón. Ya no le haría falta nunca más.

El era un soldado, por lo que estaba totalmente seguro de lo siguiente:

El corazón pesa más que la muerte.


El campo estaba minado de cadáveres. Pronto el aroma nauseabundo se haría insoportable. La luz del ocaso banaba a los soldados caídos, y también a los perros.

El capitán admiró el resultado por una eternidad.

El precio de la victoria nunca era bajo, pero la sensación dulce de ser el vencedor compensaba la amarga realidad de la muerte de casi todos sus hombres.

Tal era la vida de un soldado.

Uno de los sobrevivientes, un muchacho menudo y con el rostro surcado aun por el miedo, le preguntó si ya era hora de enterrar los cadáveres.

-Habrá que hacerlo de una buena vez - aceptó al capitán enano – Pero antes hay que alimentar a los perros sobrevivientes. –

El soldado menudo parecía perplejo, y se atrevió a sugerir quemas prudente seria enterrar primero a los suyos, y que los perros se podrían dar un festín con los cadáveres de los enemigos.

-¿Es que es usted estupido ó retrasado?- inquirió el capitán – Un muerto no es amigo ni enemigo, pedazo de animal. De todas formas, mas fácil es enterrar restos que cuerpos enteros. Y cumpla mi orden y libere a los perros, carajo. A menos que los quiera alimentar con sus huevos.-

No hubo que repetir la orden de nuevo. Los perros comieron como reyes, sobre todo del cadáver del cadete, a quien devoraron entero.

Al capitán eso no le sorprendió.

El cadete había sido solo un soldado, un ser humano mas.

Pero sobre todo, habia sido un Sintumba.

-Pobre bestia - masculló el capitan, con las lagrimas empezando a empapar sus mejillas - Pobre bestia…-